Anoche tomé la pistola, decidido a hacerlo y salí al vació. Creo que nadie me vio, y fui al departamento de Steve. Me recuerdo nervioso. Temblaba por lo que iba a hacer.
Él me recibió con un abrazo que evité, por miedo que notara el arma que llevaba bajo mi abrigo. Un jazz sonaba fuerte, Buddy Rich o Sonny Rollins, no lo sé, pero el sonido de la batería me violentó al instante, incitándome a hacerlo. Hubiera sido perfecto, el disparo se habría camuflado entre la música y podría haber salido de aquí. Pero el miedo me congeló y no supe hacerlo.
Nos sentamos en el sofá. Me sirvió una copa de vino, demasiado seco para mis nervios, hubiera preferido un whisky, de golpe y luego soltar dos tiros. Pero no. Y me quedé sentado escuchándolo hablar de su nuevo trabajo, mientras yo me preocupaba de que no notara la transpiración de mi frente o el temblor de mi mano. Sin darse cuenta terminó comentando algo de la exposición de Sara. Me mostró un borrador de la crítica, acompañado de un comentario que tiró al aire “estúpidos negros, deberían dedicarse sólo a la música”. Años de escuchar comentarios de ese tipo me llevaron a matarlo, y en ese momento, leer su reseña fue el ultimo impulso que necesitaba, en tres párrafos destrozaba la carrera de Sara. Gracias a Dios llegué yo para evitar que la publique.
Confieso que nunca había matado, fue mi primera vez y al parecer la última. Le disparé en el pecho, justo cuando los bronces anunciaban el final de la canción, y no bajé el arma hasta que estuve seguro que había muerto. El resto fue rápido, guardé la reseña en mi bolsillo, tiré mi copa por la ventana, eliminando la única prueba de que había estado aquí y corrí a la puerta. Empujé, levanté y tiré de la manilla, pero no se abrió. Desesperado, ya no me importó hacer ruido y la golpeé con el hombro, luego una patada, la hija de puta ni se movió. Probé con un destornillador, un cuchillo que se partió mientras hacía palanca y dos tiros directos a la cerradura. Nada. Fui a la ventana, pero no había forma de escapar de un doceavo piso. Desesperado me senté al lado del sangriento Steve, pensando que los vecinos, despiertos con los disparos, ya habrían llamado a la policía. Saque un whisky por ahí y tome un vaso. Mucho mejor que ese vino de mierda. Miré a la puerta una vez más y descargue mi impotencia contra ella. Dos disparos más, que solo sirvieron para reafirmar las dudas de los vecinos. Y la puerta se reía de mi. Cuanto me hubiera gustado tirarla abajo con un hacha, asomar mi cabeza entre los restos y gritar “Heres’s Johnny!”. Hubiera sido espectacular. Pero nadie tiene un hacha en un departamento y Steve no era la excepción.
El resto de la noche lo pasé acá, tomando y llorando junto al cuerpo de Steve. Rezando por salir, saltando ante cualquier ruido, y esperando a que llegara alguien. Probé la puerta otras veces, pero no se abrió. Aburrido, empecé a escribir esto, en la única hoja que encontré en todo el departamento.
Ya son las once de la mañana y la policía todavía no llega. No sé qué hacer. Y las balas que quedan en el cargador me parecen más atractivas que nunca…
La puerta se abrió!!! Es increíble. No hay nadie en el pasillo. Y no sé porque sigo escribiendo si al final voy a terminar quemando esta hoja. Mi manía de terminar todo lo que empiezo. Esto es una señal, sin lugar a dudas una señal, un perdón divino, una segunda oportunidad y la voy a aprovechar, voy a cambiar, lo prometo. Pero primero visitare a Clara, después, seré un hombre nuevo.
todo calza pollo!! jaja, que bueno que te haya gustado la conexión, el otro lo había mandado por mail pa la ultima clase, no se si lo leyeron, yo no pude ir.
ResponderEliminar