Prólogo
El camino parecía no tener fin,
el sol brillaba y dibujaba espejismos en el pavimento. Las únicas formas de
vida, además de nosotros cuatro, eran unos cuantos alacranes y tarántulas que
caminaban despreocupadamente cerca nuestro y se escondían tras unos cactus.
-¿Alguien vio eso? – Preguntó Tomás
con cara de sorpresa.
-¿Qué cosa? Lo único que hay aquí
es arena. –Respondió Francisco.
-Bueno, debe haber sido otro de
esos espejismos ¡Me tienen chato! Les dije que no debíamos haber venido. ¡Llevamos
caminando tres horas y todavía no para ningún auto! Ni siquiera hemos visto
indicios de civilización.
-O tal vez sí ¡Miren!- Dijo
Pablo, mi hermano, mientras apuntaba hacia algo que parecía ser una vieja
construcción que se divisaba entre una nube de polvo a un par de kilómetros de
ahí.
Sin pensarlo dos veces, corrimos
en esa dirección, hasta que llegamos a ella.
-Parece ser una especie de hotel…
¿Entramos?- Preguntó Tomás lleno de alivio.
-Ok- contestamos al unísono.
-¡Mierda! ¡Estoy seguro de
haberlo visto otra vez!
-¿Qué viste?- Le pregunté.
-No sé, algo…algo raro con una
capa negra, creo que una persona, pero no le vi la cara.
-Debe haber sido un espejismo. Mejor
entremos rápido para que descanses un poco.
Desde ese momento, nada volvió a
ser igual.
No hay comentarios:
Publicar un comentario