El molesto zumbido
del timbre de la cola sonó otra vez, silenciando el murmullo por unos segundo y
llamando a que la fila avance. El hombre palpó otra vez dentro de los bolsillos
de su chaqueta para asegurarme antes de dar el paso. Tarjeta de identificación,
pasaporte, certificado de trabajo, certificado de autorización, certificados
para su familia y los pasajes del tren hacia el Oeste, todo estaba ahí. Seguro
ahora, avanzó antes de que la señora detrás pudiera empujarlo, y paró detrás de
la espalda del corpulento hombre delante él.
Otro
escalofrío pasó por la espalda del hombre. Siempre ocurrían cuando otros ojos
lo observaban y analizaban, y no era sorpresa dado el lugar. Parecía que había
más acero en rejas, alambres de púas y las cuatro torres de vigilancia que se
paraban en la esquina de la estación que los pilares que sostenía el vasto
techo que alguna vez resistió hasta las bombas aliadas, todo construyendo un
complejo laberinto hecho para dar la certeza de que el escape es imposible y
asegurando que el gris se sobrepusiera a cualquier color que la estación
hubiera tenido. Mirando alrededor se encontró con su vigilante, un
doberman detrás de 2 o 3 rejas que lo
miraba con sospecha, como si lo estuviera ya eligiendo como presa si llegara a
sonar alguna alarma y el guardia soltara la correa.
El zumbido
interrumpió de sus pensamientos al hombre, y la cola dio otro paso hacia
delante. Ya podía escuchar tenuemente la voz del hombre que atendía el puesto,
pidiendo sistemáticamente diversos papeles con la misma frialdad que una
máquina y procesándolos para elaborar un aprobación del viaje o no. El padre se
inclinó para el lado para observar lo que quedaba de la cola detrás de la
enorme espalda, y para su sorpresa era solamente la persona que estaban atendiendo
actualmente. Conforme con su puesto en la fila, el hombre rápidamente volvió a
su puesto para no causar sospecha.
“Aprobado”
dijo el soldado que hacía de burócrata, estampando sus palabras con el timbre,
y presionando el botón que sonaba el timbre. Otra vez, la gente en la cola da
un sistemático paso hacia delante, y el padre puede escuchar el intercambio
entre el señor de la espalda ancha y el atendedor.
“Documentos
por favor.” El burócrata dice como su programación le dice. El forzudo hombre
saca de su propia chaqueta una tupida billetera llena de documentos. La apoya
sobre el pequeño espacio de mesón entre él y las barras de hierro y saca unos
papeles mantenidos juntos por un hilo que los amarraba con un nudo. Se los pasa
y el soldado empieza a sistemáticamente analizarlos, la rutina y las
instrucciones de sus superiores siendo aplicadas al mínimo detalle. Cuando
estaba analizando el Certificado de Trabajo, arrugó su nariz en un cierto
disgusto.
“Este
documento es falso.” El soldado dijo como juez último del papel. Las palabras
llamaron la atención de los guardias cercanos, que miraron al corpulento hombre
y empezaron a caminar hacia él. Y el hombre miro de lado a lado, nervioso, en
la situación que se estaba encontrando. Encaró al que atendía, con voz
titubeante y una gota de sudor cayendo por el lado de su cara a pesar del frio.
“P-puede revisar otra vez?”
El
burócrata con un tono amable, que solo denotaba aún más su frialdad solo dijo.
“Por favor, no se resista al arresto”
Los guardias
se acercaban cada vez más al hombre, y este perdía su temple con cada metro más
cerca a él. La gente estaba mirando la escena, murmullando con cada vez más
volumen y preguntándose qué estaba pasando, el perro guardia empezó a ladrar en
advertencia. Cuando ya los soldados estaban lo suficientemente cerca para
apresar al hombre, este violentamente empujó uno de ellos a su lado y corrió
hacia las barras del portón. El murmullo empezó a ser caos en cuanto el hombre
empezó a escalar la reja, la ordenada fila perdiéndose entre los curiosos
movimientos. El hombre ascendió hasta que los guardias no lo pudieran alcanzar,
creando su propia victoria sobre ellos.
Hasta que
todo culminó con el toque de un martillo contra la pólvora, contra la bala. El
sonido calló a la gente en ese instante, y el proyectil dio precisamente en el
pecho del hombre. Este cayó al suelo como cuerpo inerte desde su cumbre hasta
los pies de los guardias. Fue una muerte relativamente limpia, ningún pedazo de
carne saltó volando, y todo el sangrado fue contenido por su gruesa chaqueta.
La fila miraba expectante como los guardias rápidamente tomaron el muerto y se
lo llevaron, como si fuera común, como si fuera rutina. El burócrata de la
misma manera llenó un papel desde su puesto, probablemente para documentar la
pequeña rebelión que había pasado. Nadie, ni los guardias dijeron nada hasta
que una vez terminado el archivamiento de la fatalidad, el soldado en cargo de
los papeleos presionó el botón que activaba el molesto zumbido del timbre.
El padre
dio un paso hacia delante, sacando sus documentos de sus bolsillos y
preparándose para ver si su pasaporte pasaba la prueba.
Esta brigido el cuento. esta muy bien contado, me imagine perfecto el ambiente gris, las rejas, la policía, muy carcelario. y el miedo del padre.
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