Para Floro (Amigo Secreto)
Mientras veía esa imagen no logró
contener una lágrima de impotencia. Ya no sabía de dónde venía ni hacia dónde
iba. Después de unos momentos, sacudió la cabeza, alcanzó el reloj de oro que
se escondía en el bolsillo de su chaleco y le echó una mirada rápida. – “Voy
tarde” – se dijo.
Miró una vez más su reflejo con
desagrado y se puso en marcha. Se odió cada vez que arrugaba la nariz frente a
un puesto de pescados, cada vez que aceleraba el paso para no tener que tratar
con algún vendedor ambulante o un niño pidiendo limosna. No lograba entender
cómo podían vivir así, como animales, como cerdos. Pensar que de ahí venía…
Sacó su tabaquera y se decepcionó
al ver que le quedaba un solo cigarrillo. Lo puso en su boca y lo encendió,
pensó que eso lo ayudaría a tranquilizarse.
Aspiró profundo y lentamente dejó
escapar el humo por nariz. Ya había llegado, la puerta de lo que alguna vez fue
su casa estaba justo frente a él, sostenida únicamente por la bisagra inferior.
Apagó su cigarrillo y guardó lo que le quedaba de vuelta en su tabaquera,
respiró hondo y con aire decidido, entró.
Se quedó paralizado, vio cómo la
lámpara de aceite caía en cámara lenta desde la mesa de la cocina, y vio,
horrorizado, cómo las llamas crecían, consumiendo todo lo que lo rodeaba.
Escuchó los gritos de una mujer,
y a lo lejos logró divisar a su madre, acorralada por las llamas cada vez más
agresivas. Intentó correr hacia ella, pero una viga cayó frente a él y se lo
impidió.
Dio un par de pasos mientras
pasaba el índice por los restos carbonizados de lo que alguna vez había sido la
mesa del comedor.
El fuego ya se había expandido y
estaba ahora en toda la casa. Desde donde estaba lo único que podía hacer era
mirar, miraba a su madre tratando de abrirse paso entre las brasas y a un niño
intentando socorrerla desesperadamente.
Caminaba ahora por su pieza, se
sentó en el suelo, donde debía estar su cama…encendió su cigarrillo otra vez.
El niño luchaba contra los
ardientes obstáculos, si sólo hubiera sido más fuerte.
Se agarró la cabeza y dejó que
una lágrima cayera al suelo; aspiró y dejó caer la colilla de su cigarro.
Su madre le gritaba al niño que
corriera, que ya no había nada que pudiera hacer para salvarla. Mientras decía
esto, el fuego la alcanzó y los gritos desgarradores comenzaron, tal como los
recordaba.
El niño corrió hasta no saber
dónde estaba. No lograba asimilar lo que había sucedido. Ya no había nada para
él en ese pueblo infernal. Sin pensarlo, saltó al primer barco que vio, y
esperó.
Se paró y siguió con su recorrido,
abriéndose paso entre los escombros, las memorias no paraban de volver, todo lo
que había dejado atrás ahora parecía increíblemente real. Su madre habría
estado tan decepcionada de él si hubiera seguido viva. Con esas ropas
elegantes, su corte de pelo caro, su bigote y su reloj. Se sintió asqueado de
sí mismo. Si tan sólo hubiera sido más fuerte…
Escuchó un crepitar en la pieza
de al lado. Lo que vio lo dejó sin aire en ese mismo instante. La colilla que
había botado minutos antes había prendido un manojo de pasto seco que se
encontraba entre los tablones del suelo. Las llamas habían vuelto para reclamar
la vida que no se pudieron llevar aquella vez. Por lo menos ya no tendría que
seguir en ese mundo como un extraño, sintiéndose como extranjero tanto en su
tierra natal como en el resto del mundo. En unos minutos todo habría de
terminar, al fin iba a ver a su madre.
Muy bueno, me encanto como seguiste la historia, aunque triste el final.
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