La peor de las malas noches fue esa en que agarró sus cosas y se alejó.
"Dormir", "comer", "hablar" son acciones
cotidianas. "Abandonar", en cambio, es un verbo extraño, ajeno,
absurdo. Abandonar a la familia es un error. Debía saberlo, tenía que haberlo imaginado.
Pero esa, la peor noche, su interior gritaba descanso, rogaba soledad,
parecía no hallar reposo hasta no estar lejos de ese sofá fuera de la pieza, de
esa casa de infinitas discusiones. No aguantaba un grito más, una frustración,
un "poco hombre" más. Hoy sentía tan infértil el impulso de escapar y
dejarlo todo. Hoy su razonamiento de entonces era tan tenue y ridículo,
entonces su mente sentía que ya que nunca era lo suficiente para su señora,
entonces chao, que le falte todo, que no haya un algo mediocre, que se enfrente
a la carencia absoluta. En definitiva, que sufra esa perra.
Tomó alguna cosa poca y se alejó, con una adrenalina que solo ha igualado en
los siguientes peores momentos de su vida, esos en los que le provoca apagar su
existencia. Pero no es capaz, los ojos miel, la dulzura infinita de la niña de
sus recuerdos lo empuja hasta la asfixia a la subsistencia.
Por allá, en el lugar que abandonó imbécilmente quedaban los mechones
de pelo de su niña, su vocecita ilusionada. Sus preguntas divertidas, su
hermosa manía de idealizarlo aunque su madre tenía razón, él no es nadie, no
alcanza a ser nada. En la memoria que no fue han quedado las velas de
cumpleaños que sabe que se apagan a lo lejos, en las sonrisas que no alcanzó a
trazar permanecen los cuentos de su pequeña, su crecimiento imaginado, sus
manitos que no puede tocar, sus orejitas perforadas que no puede ver.
Si tan solo hubiese vuelto, antes de que todos despertaran, antes de
que la señora le dijera de todas las formas y vías posibles que se
olvidara de su familia, que él estaba muerto. No, la llama de la locura que lo
hizo irse duró demasiado como para poder recuperar su pequeño sitial, la sombra
que lo acobijaba dulce y ferozmente. Hoy estaba alejado, perdido, olvidado, el que
fue abandonado esa noche asquerosa e imbécil fue él mismo.
Los gritos de su señora eran apenas susurros frente a las agrias frases
de su hija la única vez que contestó el teléfono, años después de la noche
asquerosa. Recuerda desordenadamente, adrenalínico, atormentado, retazos que
retumban en las paredes de su cabeza enloquecida: "No quiero que
vuelvas", "mucha suerte", "no te necesito",
"hasta nunca", "vive con tus decisiones". Ese era el camino
que había trazado su destino.
La vieja decrépita le gritó hace algunos inviernos que al fin su hija
recuperó la confianza en el mundo, que hasta pudo volver a imaginar que hay
hombres no perdedores, que es posible tener una pareja sana. Esa vez también le
vociferó que si hay algo que no es desprecio en su corazón, debe mantenerse
lejos, muerto para ellas.
Así que ahí sigue, meneando hielos, recordando esa noche, esa pesada
decisión, ese instante que lo cambió todo. A ese momento vuelve una y otra vez
con el pensamiento, hasta caer en pesadillas. En sus alucinaciones no alcanza a
atarse a sí mismo allí con sus dedos oníricos, no alcanza con su garganta seca
a tragar su estupidez y aferrarse a ese, el sofá que lo esperaba tan
amablemente tras cada endemoniada y a la vez paradisíaca pelea. Cuánto desearía
poder volver a la discusión infinita y librarse de la vida minúscula.
Lo encontré buenisimo!! que envidia de escribir así, de partida me transmitió completamente el sentimiento de culpa y "lo bueno para nada" del personaje principal esta muy bien retratado en cada una de las frases.
ResponderEliminarLo mejor es como se narra la historia, desde el principio describiendo los verbos y luego con frases que retratan perfectamente el clima de ese hogar, hasta al final con dos palabras "meneando hielos" me lo imagine en un bar de mala muerte. Muy potente la historia, me llegó.
Mil gracias, Floro.
ResponderEliminarInteresante, Babi, puede que tengas razón! Me calza porque en cierto punto me parece que me torno repetitiva jaja, capaz es eso, al final me fui al chacho capaz con la profundización de su tortura.
Sobre la redención. Mi idea es esta: la redención del personaje es mantenerse al margen, aunque esto lo enloquezca cada minuto.
Lo encontré impresionante, en verdad me llegó demasiado, me emocionó cuando empieza a hablar de su hija. Muy interesante que hayas elegido catalogarlo como "Redención" en lugar de "Autodestrucción", me gusta que dos cosas que son de naturalezas tan distintas puedan calzar en una misma historia, hace pensar en las dos caras de la moneda, o más bien en las muchas caras de un dado...de rol
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