domingo, 9 de agosto de 2015

Otro

Necesitaba un lugar pacífico para sentarse a descansar sin ser molestado, pero todo el campus estaba lleno de seres humanos, malditos sean. Finalmente encontró un rincón perdido muy ameno, en el patio, lo suficientemente lejos de los edificios como para que la mayoría de los estudiantes no quisieran darse la lata de caminar el trecho hasta y desde allá. Había varias bancas y algunas recibían sombra de unos árboles. Eligió una de esas y se recostó.
Bendita soledad.
O eso creía. No llevaría ni 10 minutos dormitando cuando escuchó pisadas aproximándose sobre el maicillo.
Era una chica, que al notar su presencia dejó entrever, no intencionadamente, una expresión de hastío. Él le dirigió una mirada desinteresada. Ella entornó los ojos, evaluando el lugar y encogiéndose de hombros, suspiró y se sentó en otra de las bancas que recibía sombra. Sacó de su mochila una libreta y comenzó a escribir algo en ella.
Además de los ocasionales pájaros, se escuchaba la constante respiración de ambos. Era silenciosamente incómoda, molesta denotativa y adjetivamente.
Él se puso los audífonos e intentó ignorar la presencia de la chica, mientras dibujaba unos garabatos en su propio cuaderno. Luego comenzó a dibujar su pie, su tobillo, el torso de su mano escribiendo. El camino que la había llevado hasta allá, la historia que su suspiro contaba, el mundo que existía perfilado en su rostro. Preguntas que saltaban al vacío, nunca hechas, sólo planteadas en esos bosquejos.
Ella escribía y escribía. Tachaba, borraba y volvía a escribir.
De repente él sintió la sombra de la chica sobre él. Algo sorprendido, recibió la mirada que ella le dirigió mientras se marchaba.
Se incorporó y se fijó en la hora. Llevaba recostado ahí una hora entera. Si no se daba prisa, llegaría tarde a la siguiente clase.
Más adelante, ella caminaba con una libreta en su mochila, que en las últimas páginas comenzaba una historia que decía:

“Cansado del constante y molesto murmullo de los hombres, decidí encaminarme a una zona solitaria, para poder ocuparme de mis propios pensamientos. No esperaba que tras tomarme la molestia de alejarme del mundo en busca de un sitio sin almas, una intrusa arrollara mi reflexión (…)”

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