Felipe escuchó la micro antes de verla. Años de
esperarla todos los días en el paradero habían acostumbrado a su oído al rugido
de su motor luchando contra la subida de la calle. Felipe nunca había escuchado
a un león en persona, pero sospechaba que si alguno fumara dos cajetillas de
cigarros al día, sonaría algo así. Sin embargo, ese ruido que normalmente le
alegraba ahora lo ponía en aprietos: faltaban varios metros para el paradero, y
los choferes de las micros C eran famosos por parar solo en paraderos.
No había tiempo para procesar. Felipe sabía que si
no se subía a esta micro, iba a llegar tarde a clase, y la profe tomaba
asistencia al principio de la clase. Ya había calculado que con una falta más
no iba a cumplir el requisito de asistencia de la clase, y se echaba automáticamente
el ramo. No quería echarse más ramos.
El frío mañanero le llenaba los pulmones, sedientos
de oxígeno. La mochila le saltaba en la espalda, desbalanceándolo con cada
rebote. Sus zapatos no eran los ideales, y tenía los cordones desabrochados en
el izquierdo, por lo que corría con zancadas extrañas. Los huevos del desayuno
amenazaban con devolverse violentamente. Definitivamente no comenzaba bien su
día.
La micro se escuchaba cada vez más cerca. Se podía
imaginar el conductor indiferente, posiblemente encañado, con ganas de terminar
con sus tres recorridos del turno para poder tomarse un café y apagar tele en
algún rincón discreto. Los saludaba amablemente al subirse siempre, pero la
respuesta raramente variaba de un silencio acompañado de mirada de apatía. No
iba a parar por él, lo sabía. Tenía que llegar a ese paradero.
Ahora se arrepentía de no hacer más ejercicio. Le
quemaba el cuerpo entero por el esfuerzo físico, y el maldito paradero seguía a
una buena distancia. Pero la posibilidad de fracaso no lo distraía, no era
opción. Nunca había corrido así en su vida.
Pensó en todas las decisiones que lo llevaron a
estar en esta situación. Ignorar la alarma un par de minutos. Esperar a que el
agua calentara a la temperatura que le gustaba a él. Acostarse después de la
ducha por otro par de minutos. Ponerse la polera al revés por no querer prender
la luz, y tener que ponérsela bien. Un montón de pequeños momentos, inofensivos
por su propia cuenta, terribles en conjunto.
La micro lo pasó, justo empezando a frenar para el
paradero. Una ola de energía cuyo origen Felipe desconocía le llenó las
piernas. Empujándolo en el final de su carrera. Vio las puertas abrirse y a un
par de trabajadores conocidos subir. Estaba cerca, tan cerca que podía ver en
el reflejo del espejo retrovisor la cara del conductor absolutamente
indiferente listo para partir de nuevo. No esta vez, no después de tanto
esfuerzo.
Con dos zancadas que ya parecían saltos, alcanzó su
objetivo, y se lanzó a la izquierda justo cuando el silbido de los hidráulicos
de las puertas amenazaba con robarle de su victoria. Rebotó contra el lector de
la Bip y cayó desplomado, agotado pero vencedor. Uno de los trabajadores
conocidos se le acercó con cara de preocupación. Era Nicolás.
“¿Filipide, estai bien?” preguntó. Conocía a Felipe
lo suficiente como para haber adoptado su costumbre de usar apodos ridículos.
“…Nico-men…” exhaló Felipe con su último aliento. Su
corazón no resistió y murió en ese pegajoso suelo de micro.
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