Pásate el diapasón. El diapasón dije. Diapasón oh. Esa weá de ahí. La otra weá. Pásalo
rápido, lo necesito, esta weá sigue mal.
Extendía su mano sacudiéndola con un gesto rítmico y armónico, como quién indeciso
intenta pedir una herramienta y a la vez que dirige una orquesta.
Estaban en una sala amplia, con un fuerte brillo de barniz
en el piso y en los muebles, con paredes abultadas de gruesos y coloridos libros,
dispuestos simétricamente en estanterías e hileras perfectamente derechas.
En el centro están solitarios ambos personajes. Junto a
ellos un piano negro opaco, encima de él un cuaderno de apuntes y por debajo
una alfombra que se extiende varios metros. En las cercanías herramientas
dispersas por el piso, un sobre abierto y un sillín para sentarse.
Abre el piano, pasa sus manos pesadamente por sobre las
frías teclas si hacer ningún sonido y contempla las cuerdas tensas en la
maquinaria expuesta detrás del tablero. Definitivamente no es la maquinaria la
que esta fallando.
De pie sigue tratando de marcar un ritmo en las hojas que lo
deje satisfecho, pues sus versos no parecen seguir el compás correcto y la música
en su cabeza no hace justicia a las palabras que enhebran sus pensamientos. ¡Así no! Más rápido, tiene que ser más
rápido, pero necesito también que la sensación se quede ahí, ¡¿ pero cómo?! … Azota
con impotencia las teclas.
¡Diapasón!
¡Y ahora también la llave!, ¡los tornillos no están tan tensos como lo necesito!
Rápido pasame la que tengas más cerca., ¿Qué haces? El otro instalado en el sillín, pasa distraídamente la llave, dejándosela
caer en la mano mientras lee el contenido de una carta. Este otro está seguro
que es tanta agitación lo que al primero no le permite estar conforme con su
trabajo. O siquiera le deja disfrutarlo.
“El
trabajo se aprecia solo si nunca se visto algo así de original/
cuando se acaban lágrimas y uno aún se puede
emocionar y llorar.”
Sentado en el sillín, el otro se ríe de los malos versos y
la cursileria del agitado, tanto tiempo de pié y así de tenso solo podía
significar una caía libre para la calidad de su trabajo. Pero allí seguía él,
esperándolo a falta de algo mejor que hacer en tan basta habitación.
Llevaba tanto esperando que incluso descubrió
que mucho tiempo atrás y antes de estar azotando el pobre piano, su compañero había
leído todo el contenido de las repisas hasta tener suficiente conocimiento como para
fabricar el aparato ese y crear lo que necesariamente debía ser no menos que
una obra maestra. Había leído tanto, preparose tanto, que poseía tantas
herramientas para trabajar que no podía evitar atropellarse a sí mismo,
intentando usarlas todas.
Azotaba con vehemencia el diapasón contra el borde del
piano, sacando astillas irregulares. Ni la historia ni la música podían seguir
su mente, el quería eso y no lo podía alcanzar, pero estaba a punto de lograrlo.
Casi la escuchaba. La obra maestra y la calma cuando encontrase el error que se
le pasaba.
El otro con risa burlona termina de leer el contenido del
sobre, y luego sonríe despreocupado al agitado que indignado lo mira sin querer
creer que el quizá haya visto el error
antes que él. Llegó una pequeña carta
para ti. Le dice el otro. Es tu
madre, pero son solo un par de líneas. Extendió un poco el papel y le echo
una última mirada burlona. Es cosa poca,
una simple notita, algo que olvidó decirte parece. No hace falta que leas tú,
lo hago por ti.
“¡Mi
niño, como disfrute mucho mi última visita!¡Como me llena verte apasionado en
lo que haces!, pero como una nunca jubila en esto, me veo obligada a decirte, que
tanta herramienta desparramada, tanta cosa asimilada y tanta cosa pulida, no es
para el piano, ¡pajarón! Es para la canción interior. Disfruta más de ti mismo,
del trabajo y de todo lo que hay. El instrumento es un lindo toque, pero deberías tratar de afinar el oído, a ese ruido que haces le falta solo alegre atención para ser melodía en tu interior.
Muchos cariños,
La
vieja pesada.”
Acto seguido el cuaderno está sobre las cuerdas, el
diapasón sobre el teclado, su espalda sobre el alfombrado y su manos bajo la
nuca. Satisfacción sobre su rostro. El otro toca alegre la enérgica
composición, mientras el compositor disfruta la nota que no alcanzaba con sus herramientas.
Bailan sus pies mientras el sigue acostado, su bigote se
menea y lo asalta una sonrisa despreocupada, aun cuando le cuesta creer, que así de difícil le resulte hacer cosas tan fáciles. Yo ya podría ser padre y mi madre sigue sabiendo mejor que yo donde están
las cosas que no encuentro, esa estúpida nota faltante jamás iba a estar en el
piano. Estaba en el maldito sobre. Y jamás se me ocurrió notar lo bien que sonaba
mi canción o lo genial que este weón toca el piano.
Cierra las ojos para oír mejor y se ríe de sí mismo, se rie con fuerza.
Se estira un poco y por fin luego de tantos años preparándose, despierta.
Esta buenisimo!!! me sentí muy identificado.
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