viernes, 7 de agosto de 2015

Ojos de Gladiador (Para Max)

Tras un embiste, las espadas chocaron y el publico grito eufórico en toda la arena. Cientos de personas se agrupaban alrededor de los gladiadores, esperando ver un espectáculo digno de los dioses, donde el valor y la gloria eran las excusas para consentir un ritual violento y salvaje. Uno blandió su espada y otro comenzó a sangrar en un costado, hombres, mujeres y niños rugieron una vez más.

Bajo toda esa masa de personas, Cornelio miraba sus manos esposadas mientras briznas de polvo caían desde un techo que temblaba con cada clamor.

“Esta perdido, el corte fue profundo, debería rendirse” comentó Cayo asomado a una pequeña ventana.

La pelea terminaría y pronto sería su turno. Las manos le temblaban y sentía nauseas aun a pesar de saber que esa era su última batalla. Su último día como gladiador. Después de todo lo hacía por su familia, por Claudia, por Marcos y por Tiberio.

Le costaba recordar sus caras, un par de años habían pasado desde la última vez que los vio, el día en que se vendió como esclavo. El juego había tenido la culpa de todo, las apuestas, lo llevaron a perderlo todo, a perder más de lo que tenía, a perder incluso su derecho de ser humano y así saldar las deudas que había arrastrado por años. Claudia nunca se lo perdonó, y desde entonces su existencia se limitó a sobrevivir en la arena y tratar de no olvidar el rostro de su familia.

“Cuida de ellos” le había dicho a su hermano y se lo volvió a decir días después de su entrevista con el senador.

“Estás loco, no puedes hacer algo así” respondió él.

“Por favor hermano apóyame y confía en mí. Has cuidado de mi familia por muchos años y la deuda que tengo contigo será eterna. No quiero que mis errores sigan siendo tu carga. Permíteme arreglar las cosas. Además, también lo hago por mí, no sabes lo que es ser un esclavo. Mírame a los ojos, ya no queda nada de mi alma, están vacíos, no hay esperanza, ni temor, ni odio. Mi mirada ya no es la de un hombre, soy menos que un animal. O lo era hasta que el senador me visito y me dio una última oportunidad”

 “Está bien, te ayudare” después de eso, se enfocaron solo en los detalles.

 Un abucheo lo trajo de vuelta al calabozo y supo que su momento había llegado.

“Vamos” dijo Cayo y le saco las esposas. Subieron por pasadizos oscuros hasta llegar a la puerta de la arena.

Dos guardias regresaban de la arena arrastrando un cuerpo ensangrentado pero con vida, esa era la razón del abucheo. Otro guardia le abrió paso y le entrego su arma con una sonrisa.

“Están sedientos de sangre, no perdonaran la vida de nadie”

Cornelio puso un pie en la arena y sintió el calor bajo sus sandalias y las miradas por sobre su cabeza.
 
“Que los dioses te amparen” dijo Cayo  “y regresa con vida, porque esta noche habrá cordero para los vencedores”

Pero no regresaría.

Con paso seguro avanzó hasta el centro, delante de él un negro, delgado pero de cuerpo atlético, lo esperaba con un tridente en una mano y una red en la otra.

Un presentador comenzó a narrar sus hazañas, pero Cornelio no escuchaba. Buscaba entre las graderías a su familia, aunque sabía que no estaban. En el centro, en un palco privilegiado, Décimo, el senador, tomaba vino mientras conversaba con alguien más.

Las trompetas sonaron, Cornelio levantó el escudo y la danza comenzó. Ambos se miraban fijamente, girando a la espera del primer ataque. Cornelio se arriesgó con una estocada y recibió un golpe de la red. El negro quería alejarlo y aprovechar el alcance de sus armas, Cornelio debía acercarse y eliminar esa ventaja. El tridente atacó a la cintura y con ayuda del escudo lo bloqueó, el impacto fue fuerte y su mano se resintió, pero aprovechó el instante y atacó una vez más. La espada le hizo un corte en el hombro y el negro se alejó. Cornelio pudo sentir a sus espaldas la mirada reprobatoria del senador. Debía ser convincente.

La red se lanzó a su cabeza y una vez más se cubrió con su escudo. A su pesar, su brazo se atascó en la malla y el negro le dio un tirón haciéndolo perder el equilibrio. Un paso al frente y pudo ver como el tridente iba directo a su cabeza. Su brazo derecho lo cubrió esta vez, el dolor lo atravesó y la espada se le soltó. Había detenido un golpe mortal, pero a cambio, había perdido su arma. El tridente retrocedió, llevándose parte de su brazo y la sangre baño la arena. Cornelio se alejó nublado por el dolor y arrastrando el peso extra de la red. No esperaba algo así, no quería morir así.

A su alrededor el publico gritaba sin descanso, ansiosos de ver más sangre. Su contrincante avanzó, seguro de su victoria. Ahora con la espada en su mano izquierda. La situación era desfavorable, y la derrota parecía ser inminente. Ese era el final, ya no quedaba nada más. Trato de recordar el rostro de Claudia y de sus hijos, pero no lo logró. El miedo comenzó a bloquearlo, el dolor desapareció, su mente se congeló.

Con un grito lanzaron el tridente y en un impulso de supervivencia, Cornelio se cubrió una vez más con el escudo, la malla atrapó el tridente y al ver que la espada se acercaba desde arriba, arremetió con sus últimas fuerzas. Empujó al negro por el estomago y logro derrumbarlo. La euforia lo había cegado y poseído de una furia bestial le arrancó la espada. El dolor de su brazo derecho lo tenía al borde del desmayo, pero aun así golpeo una y otra vez, hasta quedar cubierto en una sangre que no era suya y siguió con su ataque hasta mucho después de notar que el negro había muerto.

Cuando se levanto, agotado, pudo sentir el clamor de la gente, extasiados de ver una masacre de ese tipo. Cornelio soltó el escudo, tomó la espada con la mano izquierda y caminó despacio hasta la puerta, sin importarle los gritos de la gente, ni lo que estuviera pensando el senador. Por fin se había acabado, ya no volvería a pelear, sus días como gladiador habían terminado.

Bajo las sombras del calabozo, Cayo se acercó a felicitarlo y antes de que emitiera alguna palabra, Cornelio le clavó la espada en la garganta.

“Esta noche no comeré cordero, comeré con mi familia”

Rápidamente cruzó el calabozo pensando si su hermano ya habría cobrado la apuesta. Tenían el tiempo contado, debían arrancar lo antes posible hacia los bosques donde su familia lo estaría esperando. Mientras corría hacia la salida donde debía estar su hermano con un caballo, vio a un grupo de gladiadores y notó por última vez esos ojos vacíos y sin alma, más tristes que los ojos de un animal. Sintió lastima por ellos y también la tuvo consigo mismo. Después de todo el también había tenido esa mirada. Una mirada que cambió gracias a la codicia de un senador.


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