jueves, 27 de agosto de 2015

Una puerta trabada

Vamos a hacerlo simple, además solo tengo esta hoja. La verdad, no sé porque escribo esto, quizás para matar el tiempo antes de decidir entre quedarme y esperar a la policía, o pegarme un tiro. Empezaré desde el principio.

Anoche tomé la pistola, decidido a hacerlo y salí al vació. Creo que nadie me vio, y fui al departamento de Steve. Me recuerdo nervioso. Temblaba por lo que iba a hacer.

Él me recibió con un abrazo que evité, por miedo que notara el arma que llevaba bajo mi abrigo. Un jazz sonaba fuerte, Buddy Rich o Sonny Rollins, no lo sé, pero el sonido de la batería me violentó al instante, incitándome a hacerlo. Hubiera sido perfecto, el disparo se habría camuflado entre la música y podría haber salido de aquí. Pero el miedo me congeló y no supe hacerlo.

Nos sentamos en el sofá. Me sirvió una copa de vino, demasiado seco para mis nervios, hubiera preferido un whisky, de golpe y luego soltar dos tiros. Pero no. Y me quedé sentado escuchándolo hablar de su nuevo trabajo, mientras yo me preocupaba de que no notara la transpiración de mi frente o el temblor de mi mano. Sin darse cuenta terminó comentando algo de la exposición de Sara. Me mostró un borrador de la crítica, acompañado de un comentario que tiró al aire “estúpidos negros, deberían dedicarse sólo a la música”. Años de escuchar comentarios de ese tipo me llevaron a matarlo, y en ese momento, leer su reseña fue el ultimo impulso que necesitaba, en tres párrafos destrozaba la carrera de Sara. Gracias a Dios llegué yo para evitar que la publique.

Confieso que nunca había matado, fue mi primera vez y al parecer la última. Le disparé en el pecho, justo cuando los bronces anunciaban el final de la canción, y no bajé el arma hasta que estuve seguro que había muerto. El resto fue rápido, guardé la reseña en mi bolsillo, tiré mi copa por la ventana, eliminando la única prueba de que había estado aquí y corrí a la puerta. Empujé, levanté y tiré de la manilla, pero no se abrió. Desesperado, ya no me importó hacer ruido y la golpeé con el hombro, luego una patada, la hija de puta ni se movió. Probé con un destornillador, un cuchillo que se partió mientras hacía palanca y dos tiros directos a la cerradura. Nada. Fui a la ventana, pero no había forma de escapar de un doceavo piso. Desesperado me senté al lado del sangriento Steve, pensando que los vecinos, despiertos con los disparos, ya habrían llamado a la policía. Saque un whisky por ahí y tome un vaso. Mucho mejor que ese vino de mierda. Miré a la puerta una vez más y descargue mi impotencia contra ella. Dos disparos más, que solo sirvieron para reafirmar las dudas de los vecinos. Y la puerta se reía de mi. Cuanto me hubiera gustado tirarla abajo con un hacha, asomar mi cabeza entre los restos y gritar “Heres’s Johnny!”. Hubiera sido espectacular. Pero nadie tiene un hacha en un departamento y Steve no era la excepción.

El resto de la noche lo pasé acá, tomando y llorando junto al cuerpo de Steve. Rezando por salir, saltando ante cualquier ruido, y esperando a que llegara alguien. Probé la puerta otras veces, pero no se abrió. Aburrido, empecé a escribir esto, en la única hoja que encontré en todo el departamento.



Ya son las once de la mañana y la policía todavía no llega. No sé qué hacer. Y las balas que quedan en el cargador me parecen más atractivas que nunca…




La puerta se abrió!!! Es increíble. No hay nadie en el pasillo. Y no sé porque sigo escribiendo  si al final voy a terminar quemando esta hoja. Mi manía de terminar todo lo que empiezo. Esto es una señal, sin lugar a dudas una señal, un perdón divino, una segunda oportunidad y la voy a aprovechar, voy a cambiar, lo prometo. Pero primero visitare a Clara, después, seré un hombre nuevo.

Tienes que ver a Sara cantar

Había visto a Sara antes, pero nunca me había fijado en ella. Además no coincidíamos mucho en los ensayos, porque ella no tenía un papel en la obra, solo era parte del coro. Yo sabía que era la chica negra, la única en todo el set y me parecía bonita. Era delgada y de rasgos finos, pero no sobresalía. Quizás por su personalidad, demasiado tímida para mi gusto. Y creo que nunca me habría acercado a ella si no la hubiera visto cantar.

En ese tiempo, yo era un personaje secundario, tres escenas y terminaba mezclado entre el coro al final del musical. Aun así ensayaba todos los días con la esperanza de que algún actor principal se rompiera una pierna o algo y así yo pudiera tomar su puesto. Pero esas cosas no pasan, a no ser que uno las haga pasar. Los años ya me pesaban y después de una serie de papeles insignificantes, la realidad comenzaba a convencerme de que mi carrera como actor llegaba a su fin. Pero nada de esto es relevante. Esta historia es sobre Sara.

El teatro estaba vacío y Steve, el director, se encontraba haciendo casting para reemplazar a una chica que estaba enferma. Un papel de cortesana, nada importante. Yo, estaba en un asiento al fondo, esperando a Clara. La había invitado a comer, cumplíamos un año ese día. No recuerdo cuando comenzó a sonar música, ni cuando Sara entró al escenario. Me pareció pequeña e insignificante. Eso, hasta que comenzó a cantar. Nunca había visto nada igual. Su voz era bonita y afinada pero nada muy especial. Lo extraordinario era su cuerpo, que con movimientos ligeros se fundió en la música. Algo completamente único e inesperado. Su pelo brillaba con cada nota, sus ojos vibraban de ritmo y su cuello palpitaba junto a la melodía. Sus caderas, sus brazos, sus piernas. Era indescriptible. Yo no logre entenderlo pero mi cuerpo se erizó. Steve no lo apreció y la música se corto tras un instante, dejándome con ganas de mucho más. Esa noche, fui un ente y Clara me lo recriminó, creo que peleamos y dormí en el sofá. No lo recuerdo muy bien, solo pensaba en Sara.

Sin darme cuenta me obsesioné con ella. Solo curiosidad, en un principio. Quería conocerla, entenderla. Descifrar como había llegado a hacer algo así. ¿Qué era lo que la movía mientras cantaba? ¿Qué era lo que pensaba durante el acto? Y con esta excusa, casi científica, empecé a buscarla en los ensayos, esperando poder verla cantar una vez más. Lo que nunca sucedió, ya que ella se comedía y cantaba como el resto de nosotros.

Clara dejo de interesarme y el poco amor que sentía por ella fue desplazado por esta mujer intrigante que me obligaba a repensarla constantemente. Por supuesto que no le dije nada a Clara y me esforcé por que las cosas siguieran igual. Yo me excusaba bajo el stress preestreno y ella como buena artista, lo entendía y me perdonaba el desamor.

Fue justo días antes del estreno que tuve el placer de volver a verla cantar. Sus hombros se elevaron por sobre el resto, sus caderas retumbaron en mi cabeza y su pelo negro la cubrió completa por momentos, emulando sombras que solo se pueden ver al anochecer. Yo quede inmóvil e intente fundirme en esa danza que era incapaz de entender y sentí como mis dedos comenzaban a cantar, mis piernas se ponían a vibrar y mi boca enmudecía de encanto. Pero todo terminó cuando ella me miró.

Asustadiza, escondió la mirada y se dio media vuelta. Yo me acerque a ella y pregunté inocentemente.

-¿Cómo haces eso?

Ella se rió con timidez y luego me preguntó.

-¿Te gustó?

Su voz me pareció hermosa y sin darme cuenta ya había caído.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Los Enigmas hacia la autodestrucción.

-Bosco Eiving- respondía el teléfono Bosco. Sin embargo, no hubo una respuesta.

- ¿Aló?- insistió Bosco. Hubo otro instante de silencio en la línea, hasta que finalmente alguien respondió.

-Hola Bosco- respondía una voz grave con un tono escalofriante pero al mismo tiempo burlesco.
-¿Quién es?- preguntó Bosco sin perder la compostura.

-Yo creo que sabes muy bien quien soy- volvía a responder la voz.
-¿Qué es lo que quieres?- preguntaba Bosco.

-Quiero ser atrapado. Ya me aburrí de andar de aquí para allá, haciendo arte con la muerte y que todavía nadie pueda darle el crédito a su autor- respondía la voz, sin perder su tono burlón.

-¿Y por qué no llamas a la policía? ¿Por qué no te entregas?- preguntaba Bosco, aun que ya sabía la respuesta.

-¿La policía dices?- preguntaba la voz con su tono burlón- No, mi carrera tiene que terminar en la gloria misma. Quiero ser atrapado con algo de entusiasmo, y quien mejor que tú, la persona que lleva buscándome con tanta sed de venganza hace meses, y quien más cerca ha estado de lograrlo.

-¿Y cómo quieres que te atrape?- preguntaba Bosco, quien aparentemente no parecía muy entusiasmado.

-Te dejaré 2 pistas que te llevaran directamente hasta mí, pero tendrás solo 2 horas por cada pista.- La voz dejó de hablar durante un momento, y luego continuó- Si fallas en atraparme, entonces habrás perdido tu oportunidad de atraparme para siempre. ¿Está claro?

- Esta claro- respondía Bosco, como siempre sin perder la compostura.

-¡Excelente!- respondió la voz con entusiasmo- La primera pista te llegará a tu celular en un momento.

La voz colgó el teléfono. Bosco sacó su celular de su bolsillo, y en un principió no había nada nuevo, pero luego apareció un mensaje de texto que decía:

Mi querido Bosco, el fin de mi carrera se representa en estos números. 122211645202119223391614.
Bosco se puso a trabajar de inmediato. Sabía que esos números debían significar alguna palabra, ya que no podían ser coordenadas, ni algún código binario, ni nada parecido, dado a los números. Así que sabía que cada número debía ser una letra. El problema era ver que letra era cada número. Partió por descifrar las 4 primeras letras, y una de las combinaciones que le dio era la palabra AUTO (1-22-21-16).

-El fin de mi carrera- pensaba en voz alta Bosco.- Auto saboteo, Auto entregarse….auto….auto.
La respuesta le apareció inmediatamente al mirar los números que continuaban, es decir, el 4 y el 5. Como no podía ser el 45, y tampoco un numero sobre 27, era obvio que las siguientes letras eran D –E.

-¡Autodestrucción!- Exclamó Bosco. Inmediatamente tomó su celular e intentó llamar al celular que le había mandado el mensaje. Sin embargo no tuvo respuesta. Bosco se comenzó a poner nervioso; no tenía como comunicarse con el enigmático criminal. Sin embargo no esperó mucho para que sonara su teléfono.

-¿No creerás que comunicarse conmigo iba a ser tan fácil conmigo o si? – era la voz del criminal.
- Autodestrucción, eso significaba los números- respondió Bosco.

-No me esperaba menos de ti, aunque cabe decir que esa fue una fácil- respondía con su tono burlón la voz.- Ahora viene la difícil. Si logras dar con ésta, entonces lograras encontrarme.

La voz colgó el teléfono. En seguido le llegó otro mensaje a Bosco al celular. Este decía:

Bosco, ambos somos campeones a nuestra manera, y por ello ambos merecemos ser alabados ante una multitud. Tal vez esta palabra te ayude; famdmbbc.

Esto no le hizo ningún sentido a Bosco, pero igualmente comenzó a tratar de resolver el enigma. Intentó muchas cosas para tratar de resolver la palabra famdmbbc. No estaba seguro si era una abreviación de una frase, o si es una sola palabra. Buscó en internet famdmbbc para ver si encontraba cualquier cosa que le fuese útil, cualquier cosa que se le pareciera. Pero nada, absolutamente nada. Bosco se encontraba cada momento más ansioso por resolver el problema, pero cada vez se sentía más lejos de solucionarlo. Finalmente decidió darle otro enfoque a su investigación. Famdmbbc ya no era primordial, sino que debía fijarse en lo primero; “Ambos somos campeones”. Ahí fue cuando se le ocurrió buscar en Internet “Campeones famdmbbc”. Las imágenes que le aparecían no eran algo que pudiera ser significativo, hasta que vio una pequeña imagen de un cantante frente a un estadio lleno. Eso le hizo pensar en la canción “we are the champions” de la banda de glam rock inglesa llamada Queen.

-¿Pero como calza famdmbbc con……..? – Bosco se quedó callado ante una idea que se le cruzó por su mente, dando resultado las siguientes palabras en sus labios- Son acordes.  

De inmediato comenzó a buscar los acordes de “We are the champions” en internet, pero en las primeras páginas que buscó, los acordes no calzaban, hasta que finalmente encontró una página en donde la frase “we are the champions”  venía acompañada de las siguientes letras; F-Am-Dm-Bb-C.
Había llegado a la conclusión que quería. Efectivamente se trataba de la canción del grupo Queen, pero aquello no le servía para saber la ubicación del criminal. No le servía hasta que se dio cuenta de que era lo que le faltaba. Queen venía a su ciudad y el concierto era hoy. Trató de llamar al tipo del enigma al celular, pero nuevamente no le contestó. El celular de Bosco sonó un tiempo después.

-Vaya que te demoraste. Por un momento pensé que ibas a fallar- decía la voz.

- El concierto de Queen, esa es la respuesta- respondió Bosco- ahora debes entregarte.

-Revisa el parabrisas de tu auto, ahí te dejé un boleto para el concierto- dijo la voz.-Cuando llegues, yo te encontraré.

Bosco partió al estadio, y cuando llegó, se fue a algún lugar donde su figura fuese visible.

-Bosco- dijo una voz con tono burlón.

Bosco se dio vuelta y quedó sumamente sorprendido.

-Pero si eres…..-Bosco no sabía cómo decirlo- eres….yo.


-Ahora entiendes porque es una autodestrucción- dijo el hombre igual a Bosco con una gran sonrisa en la cara.

lunes, 24 de agosto de 2015

La peor de las malas noches


La peor de las malas noches fue esa en que agarró sus cosas y se alejó. "Dormir", "comer", "hablar" son acciones cotidianas. "Abandonar", en cambio, es un verbo extraño, ajeno, absurdo. Abandonar a la familia es un error. Debía saberlo, tenía que haberlo imaginado.

Pero esa, la peor noche, su interior gritaba descanso, rogaba soledad, parecía no hallar reposo hasta no estar lejos de ese sofá fuera de la pieza, de esa casa de infinitas discusiones. No aguantaba un grito más, una frustración, un "poco hombre" más. Hoy sentía tan infértil el impulso de escapar y dejarlo todo. Hoy su razonamiento de entonces era tan tenue y ridículo, entonces su mente sentía que ya que nunca era lo suficiente para su señora, entonces chao, que le falte todo, que no haya un algo mediocre, que se enfrente a la carencia absoluta. En definitiva, que sufra esa perra.

Tomó alguna cosa poca y se alejó, con una adrenalina que solo ha igualado en los siguientes peores momentos de su vida, esos en los que le provoca apagar su existencia. Pero no es capaz, los ojos miel, la dulzura infinita de la niña de sus recuerdos lo empuja hasta la asfixia a la subsistencia.

Por allá, en el lugar que abandonó imbécilmente quedaban los mechones de pelo de su niña, su vocecita ilusionada. Sus preguntas divertidas, su hermosa manía de idealizarlo aunque su madre tenía razón, él no es nadie, no alcanza a ser nada. En la memoria que no fue han quedado las velas de cumpleaños que sabe que se apagan a lo lejos, en las sonrisas que no alcanzó a trazar permanecen los cuentos de su pequeña, su crecimiento imaginado, sus manitos que no puede tocar, sus orejitas perforadas que no puede ver.

Si tan solo hubiese vuelto, antes de que todos despertaran, antes de que la señora le dijera de todas las formas y vías posibles que se olvidara de su familia, que él estaba muerto. No, la llama de la locura que lo hizo irse duró demasiado como para poder recuperar su pequeño sitial, la sombra que lo acobijaba dulce y ferozmente. Hoy estaba alejado, perdido, olvidado, el que fue abandonado esa noche asquerosa e imbécil fue él mismo.

Los gritos de su señora eran apenas susurros frente a las agrias frases de su hija la única vez que contestó el teléfono, años después de la noche asquerosa. Recuerda desordenadamente, adrenalínico, atormentado, retazos que retumban en las paredes de su cabeza enloquecida: "No quiero que vuelvas", "mucha suerte", "no te necesito", "hasta nunca", "vive con tus decisiones". Ese era el camino que había trazado su destino.  

La vieja decrépita le gritó hace algunos inviernos que al fin su hija recuperó la confianza en el mundo, que hasta pudo volver a imaginar que hay hombres no perdedores, que es posible tener una pareja sana. Esa vez también le vociferó que si hay algo que no es desprecio en su corazón, debe mantenerse lejos, muerto para ellas.

Así que ahí sigue, meneando hielos, recordando esa noche, esa pesada decisión, ese instante que lo cambió todo. A ese momento vuelve una y otra vez con el pensamiento, hasta caer en pesadillas. En sus alucinaciones no alcanza a atarse a sí mismo allí con sus dedos oníricos, no alcanza con su garganta seca a tragar su estupidez y aferrarse a ese, el sofá que lo esperaba tan amablemente tras cada endemoniada y a la vez paradisíaca pelea. Cuánto desearía poder volver a la discusión infinita y librarse de la vida minúscula.

sábado, 22 de agosto de 2015

Esto no es una historia de amor

Podría partir describiéndote los alrededores, pero para esta historia, nada de eso importa. Mejor imagínate una calle del centro de Santiago y ahí va Rodrigo, a tres cuadras exactas de Juanita. Va escuchando radio en su celular, de camino a su trabajo, chato de su trabajo, arrepentido de no haber estudiado arquitectura. Nada que hacer, la vida es así, y a Rodrigo solo le queda bancarse lo que venga y encontrar a su alma gemela. Para él, ese es su camino a la felicidad. Rodrigo cree en todo lo idílico que puede ser el amor, las almas gemelas, el amor a primera vista y las canciones de John Lennon.

Muy rápido, volvamos atrás.

Va vestido ligero, con ropa cómoda, jovial, intelectual, esa es su onda, media hipster. Le gusta el rock alternativo, la literatura contemporánea, las películas de Scorsese y las chicas delgadas. Chicas de pelo negro, más bajas que él y de rasgos finos, nada muy voluptuoso.

Ahora pasemos a Juanita la chica que está dos cuadras más allá. Va en dirección a su oficina, y sin saberlo, hacia Rodrigo. Lo divertido en todo esto, es que ella está soltera y con más de veinticinco años, ya se está empezando a preocupar. No es que ande con el vestido en la cartera, pero esta buscando algo más serio, una relación con proyección como dice ella. ¿Cómo le gustan los hombres?
La verdad, como su primer gran amor, alguien inteligente, inseguro e inexperto. Esta idea nace de una fijación completamente racional, basada en los buenos recuerdos que tenia de su primer pololo y los malos recuerdos de su ultimo ex.

Para que sus amigas dejaran de presentarle pasteles, ella les describia a su hombre ideal. Un ingeniero comercial, que le guste el arte, un tipo simpático, entretenido, quizás un poco nerd, delgado y que les gusten los perros. Esto es importante.

Cuáles son las probabilidades. Si ya notas para donde voy sabrás que a una cuadra viene Rodrigo, ingeniero comercial, que adora los perros pero no tiene ninguno por que vive en un apartamento donde el conserje es muy estricto. Sin embargo se ha prometido que cuando tenga una casa en el sur, tendrá por lo menos tres.

Rodrigo tiene miedo del amor, después de algunos años sin nada serio, cree que el corazón se le enfrió, esta idea la saco de una película, donde alguien explicaba que el amor es una habilidad y hay entrenarla o algo así, qué sé yo, nunca la vi. Con miedo y todo, moldea a su alma gemela como una chica tranquila, intelectual, melómana y que le gusta el té. Exactamente como Juanita, a dos pasos de él.

Ambos se miran, el tiempo se detiene y parece como si ellos fueran las únicas personas en todo el mundo. Ninguno de los dos sonríe, porque en Santiago nadie le sonríe a un desconocido, él la encuentra bonita, ella simpático y los dos pasan de largo.

Qué esperabas. La vida es así. Demasiado real para dar pie a un momento mágico. Además esto no es una historia escrita por autor de novelas ligeras, ni una típica historia de “boy meets girl”. Esto es la vida y aquí Rodrigo y Juanita nunca llegaran a conocerse. A no ser que él, o ella, o ambos se den vuelta…

ahora.

jueves, 20 de agosto de 2015

La carta esperada

Nabih entró rápidamente a su departamento y tiró sus cosas por ahí. Había estado esperando esa carta por mucho tiempo, no le habían dicho cuando ni como llegaría, pero sabía que era la carta que tanto había esperado. Dentro de ese sobre encontraría  una nueva vida y se había prometido a si mismo que lucharía por esta misión de vida. Estaba muy excitado, le costaba abrir el sobre. Había pasado casi dos meses esperándola.

Los dos meses de embarazo empezaban a molestar a Sofía, pero las molestias pasaron a segundo plano cuando abrió el sobre y miró lo que había adentro. Un par de dulces junto a una carta le parecieron un contenido bastante extraño, así que tomó primero la carta y comenzó a leerla, buscando alguna respuesta de su contenido. Su madre empezó a gritarle algo a lo lejos, pero ella no hizo caso, estaba concentrada en la misiva. Afuera estaba lloviendo.

Fue como un balde de agua fría, Rahajeng no esperaba algo como eso. Se sentía comprometido con la causa, pero esto estaba a otro nivel de compromiso. Tenía sentido después de todo, pero no sabía si tendría las fuerzas para hacerlo, guardó los dulces en su bolsillo y salió al jardín. Estaba cansada, el sol no daba tregua y había sido un día largo, pero después de hoy todo seria distinto. Tomó el encendedor que llevaba  siempre  y le prendió fuego al sobre y la carta.

Estaba prendido, con una racha de buena suerte que cualquiera envidiaría. Todo le había salido bien ese día y estaba seguro que terminaría siendo un elegido. El teléfono sonó y Carl lo sacó de su chaqueta para contestar. Era su novia y tras saludarla comenzó a hablar sobre su día y el trabajo, que hace un mes que no la veía y sobre lo mucho que la echaba de menos. “Todo saldrá bien, seré elegido” pensó mientras jugaba con los caramelos de su bolsillo. Después de una larga conversación, que podría haber sido la última, salió de su departamento.

La puerta se cerró tras ella. No quería reconocerlo pero estaba asustada, era un gran sacrificio y confiaba en que fuera una elegida, pero no quería morir, solo tenía 23 años. Las calles estaban desiertas, el calor era extenuante y era difícil que alguien saliera a caminar con ese calor. Sintió un poco de alivio al ver que no había nadie cerca, era una suerte. A veces sentía que todo era simple suerte, quizás no existía una razón detrás de todo, quizás no existía tal cosa como el destino, pero aun así iba a confiar plenamente en su sino, esa era su prueba. Un hombre apareció a la vuelta de la esquina y Xuan dejó de lado sus pensamientos para centrarse en aquel hombre.

El hombre se quedó de pie frente al paradero de buses,  no sabía muy bien qué hacer, debería haberlo pensado mejor antes de actuar. Se acercó lentamente y se quedó parado al lado del hombre. No sabía que decirle, ni siquiera se atrevía a mirarlo. Saco una cajetilla de cigarrillos y sin pensarlo mucho se la ofreció al hombre. El los rechazo, era de esperar vestía muy formal y llevaba un maletín, un hombre demasiado formal para aceptar un cigarro de cualquiera. Roderick no alcanzo a dar dos pitadas cuando vio que el bus venia a lo lejos. “siempre pasa lo mismo, prendo un cigarro y el bus aparece mágicamente” dijo y tiró el cigarro al suelo, el hombre lo miró y sonrió. Era su oportunidad, Roderick sacó los dulces de su bolsillo y le ofreció uno al hombre.

La chica aceptó con gusto, al parecer nunca le habían dicho que no debía aceptar dulces de extraños. Véronique sintió un poco de pena, la niña desenvolvió el papel y se comió el dulce. Ella hizo lo mismo y se fue a sentar a una banca, quería quedarse cerca de la niña. No sabía si pasaría instantáneamente o si demoraría un tiempo, quizás había que esperar un día o más. Ya no importaba estaba hecho. El dulce tenía sabor a piña, le pareció agradable, aunque tenía la boca seca. No podía negarlo era un hermoso día, el sol brillaba intensamente, no habían nubes en el cielo y los árboles del parque se veían mas verdes que nunca. Era un lindo día para morir.

“No es un lindo día para morir” pensó Glen, pero ya había tragado el dulce, sentía un gusto raro, su boca comenzó a secarse y sentía que le faltaba el aire. Debía haber aprovechado mejor su vida, quizás lo que estaba haciendo era una completa locura. Comenzó a pensar en su familia, sus amigos, su  ex. Todo había terminado para ella ahora, era una pena pero si el destino lo quería así no había nada más que hacer. De pronto, un ruido le saco de sus pensamientos, la mujer estaba en el piso con convulsiones, una mesera se acercó a la mujer y trató de ayudarla. “Llama a una ambulancia” le dijo la mesera. Glen no se movió, estaba en shock, el mundo le había dado una nueva oportunidad. Había sido elegida. Una sonrisa cruzó por su rostro y al mirar la costa nublada, le pareció un día hermoso.

sábado, 15 de agosto de 2015

El Combate

Los dos contrincantes se rodeaban a pasos lentos en la arena. Los vítores del público eran ruido de ambiente, totalmente ignorado. Cada uno solo tenía oídos para su entrenador, a quienes esperaban ansiosos para recibir su siguiente orden. Años de preparación se condensaban en este particular momento. Quien saliera victorioso sería el dueño del título de campeón de la Liga. Eran ambos los últimos luchadores de sus respectivos jefes, pero había una clara ventaja: el de Asche acababa de salir a pelear, mientras que el de Rouge se encontraba bastante demacrado tras su última contienda. El ganador era predecible, y al luchador debilitado solo le quedaba una opción: ser más rápido que su enemigo, y derrotarlo de un solo golpe. Los dos entrenadores dieron sus órdenes.

Rouge gritó primero. “¡Voltorb, usa autodestrucción!”


“Por la grandísima puuuuuuu-“ el grito de frustración de Asche fue interrumpido por una enorme explosión.  

jueves, 13 de agosto de 2015

¿Qué pasó con el tiempo?

Última vez Felipe, ¡que no se vuelva a repetir! -le dijo su padre, antes de salir del cuarto con un portazo.
Ya... -susurró Felipe, mientras se recostaba en su cama, mirando el techo con sus manos detrás de la cabeza.

 Una araña se asomó por la almohada, y se subió al torso de Felipe.

¿Cuál es tu excusa esta vez? -preguntó Joaquín mientras se recostaba.
Hablaba y hablaba y hablaba... -contestó Felipe con la mirada perdida.
¿En serio? ¿Tanto como la primera? -Joaquín suspiró- Debes dejar de arrojar personas por la ventana por razones tan ridículas como esta. Es la quinta.
Sólo trataba de ayudarlo -dijo Felipe- como lo haces tu conmigo.
Claro, pero gracias a tu ayuda, ahora él no está. Yo jamás te he arrojado por la ventana -rió Joaquín.
Sólo porque no puedes -replicó sonriendo Felipe.

 Se quedaron conversando un rato, hasta que Joaquín decidió irse. Se metió bajo la almohada y Felipe se puso a escuchar música. Pasaron la horas, que parecían minutos, los minutos que parecían segundos... los segundos que parecían horas. Eventualmente, luego de escuchar 10,500 canciones, repitiendo sólo 3 de ellas, se acordó de ella.

¿Sigues ahí? -preguntó Felipe mientras guardaba sus audífonos.
Dime -respondió Joaquín mientras se asomaba por la almohada.
Ya... Me acordé de ella... -comentó Felipe mientras se sentaba en el borde de su cama y se ponía las zapatillas- La extraño.
"A ya yay"...-suspiró Joaquín- ¿Qué sientes?
No se describirlo, pero quiero estar con ella... -contestó deprimido Felipe.
¿Con la infinidad de palabras que existen, no puedes describirlo? -preguntó desconcertado Joaquín mientras se subía al hombro de Felipe- Ayúdame que yo te ayudaré.
Ya... -dijo Felipe mientras terminaba de amarrarse las zapatillas.
¿Qué, vas a intentarlo de nuevo? -preguntó decepcionado Joaquín.
Sí, a ver si logro deshacerme de ti de una vez por todas. Prepárate. -dijo amenazante Felipe mientras sacaba el rociador de veneno y el lanzallamas de su bolsillo.

Joaquín saltó al escritorio y miró directamente a Felipe. Felipe apuntó a quemarropa el veneno y disparó. Joaquín gritó y se retorció bañado en veneno para arañas hasta quedarse quieto.

Ya... -dijo Felipe mientras apuntaba el lanzallamas al cuerpo corroído de Joaquín- Como si fuera a creerte.

 Activó el lanzallamas, y encendió su escritorio. Eventualmente toda su pieza estaba en llamas. Salió por la puerta y prendió el pasillo y todas las demás piezas. Se retiró por la puerta de entrada, y solo se escuchaban los gritos de dolor y auxilio de toda su familia. Jacinta, su Golden Retriever, lo acompañó fuera de su casa. Felipe miraba su hogar envuelto en llamas mientras acariciaba a Jacinta que estaba recostada a su lado. Una araña se subió a su hombro.

¿Quieres un helado? -preguntó Joaquín.
Ya... -contestó Felipe.
¿De qué sabor? -insistió Joaquín.
Azul sensual...


miércoles, 12 de agosto de 2015

Texto Pauta Erotismo (Sín Título aún)

Tomados de la mano, él con la derecha y ella con la izquierda, bajo una manta carmesí, en un sofá de cuero blanco, veían una película de trama poco importante: una película para no ver. Ella apoyaba su cabeza en el hombro de él, y él su cabeza sobre la de ella. Eventualmente sus dedos y sus sentimientos se entrelazaron, y ambos levantaron la cabeza. Se miraron el uno al otro, ella de piel blanca, cabello dorado largo y ojos color dulce de leche, y él, moreno, cabello negro y ojos color cafe profundo. Él con su mano libre acarició la mejilla de ella y arregló su cabello detrás de la oreja, para poder verla claramente. Ella llevó su mano libre y tomó la de él. Cerraron sus ojos y acercaron sus rostros, inclinados levemente hacia la derecha de cada uno, hasta que sus labios se tocaron. Cesaron su respiración y entreabrieron sus bocas para comenzar a besarse. Seguían los movimientos el uno del otro lentamente, aguantando la respiración, aunque sus corazones latieran rápido y al unísono. Cortos y ligeros sonidos de ambas bocas al juntarse y separarse, se percibían en la sala, eran opacados por la película. Veinte minutos de la película habían transcurrido.

Sin despegar los labios de su piel, él comenzó a alejarse de su boca, volvió a respirar y comenzó a recorrer su mejilla en dirección al cuello, besándola ocasionalmente. Ella levantó un poco la cabeza para abrirle paso, al mismo tiempo que volvía a respirar y se mordía el labio inferior en el lado derecho. Cada vez que él la besaba, ella sentía una pequeña corriente eléctrica por todo su cuerpo y se contraía levemente. Al llegar al cuello, la mordió con sumo cuidado y cariño. Ella dejó escapar un pequeño gemido y apretó un poco su mano. Él se enderezó y la miró fijamente: su cabeza aún orientada hacia arriba, los ojos cerrados y una pequeña sonrisa se dibujaba en su rostro. Pensó en retirar la mano de su mejilla, pero antes de concretar la acción, ella sostuvo su mano y lentamente la dirigió hasta su pecho, hasta tocar su seno izquierdo. Él había seguido con la mirada la acción, y al llegar a ese punto, la miró sin expresiones en su rostro. Sin decir nada preguntó: "¿estás segura?". Ella esbozó una tímida sonrisa, lo besó dulcemente y asintió. Él sonrió también.

Soltaron las manos entrelazadas. Se enderezaron aún sentados, dejaron la manta roja a un lado y volvieron a besarse. Él movió gentilmente su seno y con la otra mano tomó su cadera. Ella puso sus manos dulcemente en la cara de él y lo acarició dulcemente mientras se besaban. Él trasladó su mano derecha bajo la blusa, y comenzó a acariciar su vientre. La empujó levemente hacia el sofá, levantó su blusa y comenzó a recorrerla con la boca, besándola ocasionalmente. Ella,  recostada, acariciaba su cabello. Él le retiró su abrigo y levantó su blusa hasta quitársela, quedando ella sólo con su lencería de la cadera para arriba. Ella hizo lo mismo con él, dejándolo a torso desnudo. Se besaron nuevamente, mientras se abrazaban. Él desabrochó el brasier, y lo retiro. Ella se cubrió tímidamente y desvió la mirada. Él acarició su cara y enderezó su mirada. Ella, suspiró y bajó los brazos. Él la recorrió con la mirada y se abalanzó sobre ella. Sus cuerpos comenzaron buscar el equilibrio térmico, mientras ella le clavaba levemente las uñas en la espalda, y él mordía su cuello y acariciaba su espalda.

Eventualmente llegaron al dormitorio de ella y se desplomaron sobre la cama, sin dejar de besarse. Él comenzó a recorrer su pecho con la boca, bajando por su vientre hasta llegar a la hebilla de su pantalón. La desabrochó, y terminó de desvestirla, dejándola solo con sus bragas.  Ella jadeaba, soltaba leves gemidos y ocasionalmente se movía con pequeños espasmos Continuó recorriendo, con su boca, su muslo derecho, luego el izquierdo hasta llegar a su entrepierna. Se detuvo frente a las bragas de ella, y besó su sexo. Ella se contrajo y apretó con las piernas la cabeza de él. Él terminó de desvestirla. Ella terminó de desvestirlo a él y se recostó de espalda en la cama. Él se recostó sobre ella. Se miraron a los ojos y se besaron.

Él despertó en su cama, confundido, sudando y con el pijama húmedo en la parte inferior. Ella despertó en su cama, jadeando, con el corazón acelerado, nerviosa y con el cuerpo a una alta temperatura. Él se incorporó, revisó su celular y fue a limpiarse al baño. Ella se levantó al baño a  mojarse la cara, revisó su celular y volvió a su cama. Ambos se acostaron, cada uno en su cama, y pensaron al unísono: "¿Quién era?".

Prólogo (No des vuelta, en progreso)

Prólogo

El camino parecía no tener fin, el sol brillaba y dibujaba espejismos en el pavimento. Las únicas formas de vida, además de nosotros cuatro, eran unos cuantos alacranes y tarántulas que caminaban despreocupadamente cerca nuestro y se escondían tras unos cactus.

-¿Alguien vio eso? – Preguntó Tomás con cara de sorpresa.
-¿Qué cosa? Lo único que hay aquí es arena. –Respondió Francisco.
-Bueno, debe haber sido otro de esos espejismos ¡Me tienen chato! Les dije que no debíamos haber venido. ¡Llevamos caminando tres horas y todavía no para ningún auto! Ni siquiera hemos visto indicios de civilización.
-O tal vez sí ¡Miren!- Dijo Pablo, mi hermano, mientras apuntaba hacia algo que parecía ser una vieja construcción que se divisaba entre una nube de polvo a un par de kilómetros de ahí.

Sin pensarlo dos veces, corrimos en esa dirección, hasta que llegamos a ella.

-Parece ser una especie de hotel… ¿Entramos?- Preguntó Tomás lleno de alivio.
-Ok- contestamos al unísono.
-¡Mierda! ¡Estoy seguro de haberlo visto otra vez!
-¿Qué viste?- Le pregunté.
-No sé, algo…algo raro con una capa negra, creo que una persona, pero no le vi la cara.
-Debe haber sido un espejismo. Mejor entremos rápido para que descanses un poco.


Desde ese momento, nada volvió a ser igual.

martes, 11 de agosto de 2015

El Extranjero


Para Floro (Amigo Secreto)

Mientras veía esa imagen no logró contener una lágrima de impotencia. Ya no sabía de dónde venía ni hacia dónde iba. Después de unos momentos, sacudió la cabeza, alcanzó el reloj de oro que se escondía en el bolsillo de su chaleco y le echó una mirada rápida. – “Voy tarde” – se dijo.

Miró una vez más su reflejo con desagrado y se puso en marcha. Se odió cada vez que arrugaba la nariz frente a un puesto de pescados, cada vez que aceleraba el paso para no tener que tratar con algún vendedor ambulante o un niño pidiendo limosna. No lograba entender cómo podían vivir así, como animales, como cerdos. Pensar que de ahí venía…

Sacó su tabaquera y se decepcionó al ver que le quedaba un solo cigarrillo. Lo puso en su boca y lo encendió, pensó que eso lo ayudaría a tranquilizarse.

Aspiró profundo y lentamente dejó escapar el humo por nariz. Ya había llegado, la puerta de lo que alguna vez fue su casa estaba justo frente a él, sostenida únicamente por la bisagra inferior. Apagó su cigarrillo y guardó lo que le quedaba de vuelta en su tabaquera, respiró hondo y con aire decidido, entró.

Se quedó paralizado, vio cómo la lámpara de aceite caía en cámara lenta desde la mesa de la cocina, y vio, horrorizado, cómo las llamas crecían, consumiendo todo lo que lo rodeaba.

Escuchó los gritos de una mujer, y a lo lejos logró divisar a su madre, acorralada por las llamas cada vez más agresivas. Intentó correr hacia ella, pero una viga cayó frente a él y se lo impidió.
Dio un par de pasos mientras pasaba el índice por los restos carbonizados de lo que alguna vez había sido la mesa del comedor.

El fuego ya se había expandido y estaba ahora en toda la casa. Desde donde estaba lo único que podía hacer era mirar, miraba a su madre tratando de abrirse paso entre las brasas y a un niño intentando socorrerla desesperadamente.

Caminaba ahora por su pieza, se sentó en el suelo, donde debía estar su cama…encendió su cigarrillo otra vez.

El niño luchaba contra los ardientes obstáculos, si sólo hubiera sido más fuerte.

Se agarró la cabeza y dejó que una lágrima cayera al suelo; aspiró y dejó caer la colilla de su cigarro.
Su madre le gritaba al niño que corriera, que ya no había nada que pudiera hacer para salvarla. Mientras decía esto, el fuego la alcanzó y los gritos desgarradores comenzaron, tal como los recordaba.

El niño corrió hasta no saber dónde estaba. No lograba asimilar lo que había sucedido. Ya no había nada para él en ese pueblo infernal. Sin pensarlo, saltó al primer barco que vio, y esperó.

Se paró y siguió con su recorrido, abriéndose paso entre los escombros, las memorias no paraban de volver, todo lo que había dejado atrás ahora parecía increíblemente real. Su madre habría estado tan decepcionada de él si hubiera seguido viva. Con esas ropas elegantes, su corte de pelo caro, su bigote y su reloj. Se sintió asqueado de sí mismo. Si tan sólo hubiera sido más fuerte…

Escuchó un crepitar en la pieza de al lado. Lo que vio lo dejó sin aire en ese mismo instante. La colilla que había botado minutos antes había prendido un manojo de pasto seco que se encontraba entre los tablones del suelo. Las llamas habían vuelto para reclamar la vida que no se pudieron llevar aquella vez. Por lo menos ya no tendría que seguir en ese mundo como un extraño, sintiéndose como extranjero tanto en su tierra natal como en el resto del mundo. En unos minutos todo habría de terminar, al fin iba a ver a su madre.

lunes, 10 de agosto de 2015

Titulo en progeso.

Pásate el diapasón. El diapasón dije. Diapasón oh. Esa weá de ahí. La otra weá. Pásalo rápido, lo necesito, esta weá sigue mal. Extendía su mano sacudiéndola con un gesto rítmico y armónico, como quién indeciso intenta pedir una herramienta y a la vez que dirige una orquesta.
Estaban en una sala amplia, con un fuerte brillo de barniz en el piso y en los muebles, con paredes abultadas de gruesos y coloridos libros, dispuestos simétricamente en estanterías e hileras perfectamente derechas.
En el centro están solitarios ambos personajes. Junto a ellos un piano negro opaco, encima de él un cuaderno de apuntes y por debajo una alfombra que se extiende varios metros. En las cercanías herramientas dispersas por el piso, un sobre abierto y un sillín para sentarse.
Abre el piano, pasa sus manos pesadamente por sobre las frías teclas si hacer ningún sonido y contempla las cuerdas tensas en la maquinaria expuesta detrás del tablero. Definitivamente no es la maquinaria la que esta fallando.
De pie sigue tratando de marcar un ritmo en las hojas que lo deje satisfecho, pues sus versos no parecen seguir el compás correcto y la música en su cabeza no hace justicia a las palabras que enhebran sus pensamientos. ¡Así no! Más rápido, tiene que ser más rápido, pero necesito también que la sensación se quede ahí, ¡¿ pero cómo?! … Azota con impotencia las teclas.
¡Diapasón! ¡Y ahora también la llave!, ¡los tornillos no están tan tensos como lo necesito! Rápido pasame la que tengas más cerca., ¿Qué haces? El otro instalado en el sillín, pasa distraídamente la llave, dejándosela caer en la mano mientras lee el contenido de una carta. Este otro está seguro que es tanta agitación lo que al primero no le permite estar conforme con su trabajo. O siquiera le deja disfrutarlo.
“El trabajo se aprecia solo si nunca se visto algo así de original/
 cuando se acaban lágrimas y uno aún se puede emocionar y llorar.”
Sentado en el sillín, el otro se ríe de los malos versos y la cursileria del agitado, tanto tiempo de pié y así de tenso solo podía significar una caía libre para la calidad de su trabajo. Pero allí seguía él, esperándolo a falta de algo mejor que hacer en tan basta habitación. 
 Llevaba tanto esperando que incluso descubrió que mucho tiempo atrás y antes de estar azotando el pobre piano, su compañero había leído todo el contenido de las repisas hasta tener suficiente conocimiento como para fabricar el aparato ese y crear lo que necesariamente debía ser no menos que una obra maestra. Había leído tanto, preparose tanto, que poseía tantas herramientas para trabajar que no podía evitar atropellarse a sí mismo, intentando usarlas todas.
Azotaba con vehemencia el diapasón contra el borde del piano, sacando astillas irregulares. Ni la historia ni la música podían seguir su mente, el quería eso y no lo podía alcanzar, pero estaba a punto de lograrlo. Casi la escuchaba. La obra maestra y la calma cuando encontrase el error que se le pasaba.
El otro con risa burlona termina de leer el contenido del sobre, y luego sonríe despreocupado al agitado que indignado lo mira sin querer creer que el quizá haya visto el error antes que él. Llegó una pequeña carta para ti. Le dice el otro. Es tu madre, pero son solo un par de líneas. Extendió un poco el papel y le echo una última mirada burlona. Es cosa poca, una simple notita, algo que olvidó decirte parece. No hace falta que leas tú, lo hago por ti.
“¡Mi niño, como disfrute mucho mi última visita!¡Como me llena verte apasionado en lo que haces!, pero como una nunca jubila en esto, me veo obligada a decirte, que tanta herramienta desparramada, tanta cosa asimilada y tanta cosa pulida, no es para el piano, ¡pajarón! Es para la canción interior. Disfruta más de ti mismo, del trabajo y de todo lo que hay. El instrumento es un lindo toque, pero deberías tratar de afinar el oído, a ese ruido que haces le falta solo alegre atención para ser melodía  en tu interior.
 Muchos cariños,
La vieja pesada.”
Acto seguido el cuaderno está sobre las cuerdas, el diapasón sobre el teclado, su espalda sobre el alfombrado y su manos bajo la nuca. Satisfacción sobre su rostro. El otro toca alegre la enérgica composición, mientras el compositor disfruta la nota que no alcanzaba con sus herramientas.
Bailan sus pies mientras el sigue acostado, su bigote se menea y lo asalta una sonrisa despreocupada, aun cuando le cuesta creer, que así de difícil le resulte hacer cosas tan fáciles. Yo ya podría ser padre y mi madre sigue sabiendo mejor que yo donde están las cosas que no encuentro, esa estúpida nota faltante jamás iba a estar en el piano. Estaba en el maldito sobre. Y jamás se me ocurrió notar lo bien que sonaba mi canción o lo genial que este weón toca el piano.

Cierra las ojos para oír mejor y se ríe de sí mismo, se rie con fuerza.
Se estira un poco y por fin luego de tantos años preparándose, despierta.

Boceto

Recuerdo el día en que dijiste que incluso podrías estar conmigo, lo dijiste con un sarcasmo liviano, sin ninguna significancia y luego me miraste, me miraste de reojo para que compartiera tu broma. Y yo mientras sonreía tan casual como podía, en mi mente intentaba suprimir la imagen de ti, recorriéndome con tu sonrisa cada hombro hasta mi cuello, la suprimía con todas mis fuerzas mientras seguía sonriéndote y tú mirándome divertida, pero no pude hacerlo del todo y desde ese entonces es que te volviste el boceto de mis fantasías.

Hoy en perfecto traje azul y ojos verdes estás sentada sobre la escalera. Imagino el contacto frío y suave del mármol contra la piel desnuda de tus muslos, imagino que la brisa primaveral que acaricia tu rostro se escabulle por tu pelo y se aloja tras tu nuca traviesa. Imagino esa brisa enredándose y enredándose para aterrizar con mil besos por detrás de tus orejas. Y me hablas y yo pretendo que te escucho, cuando en realidad miró más allá de tus ojos al lugar donde recorres con tus manos mis contornos. 

Pienso que algún día estarás conmigo, como dijiste, como imagino. Esperaré a vivir la sutileza con que acaricia tu cuerpo ese vestido.

De pronto ríes, con esa risa que se mete por mi piel y me entornas lo ojos. No sé si sospechas lo que imagino, en mi mente estoy segura que es así.

Like

Ella sale de la ducha y revisa Twitter mientras prepara el desayuno. Comenta en Facebook y sube a instagram la foto de sus crepes con una tasa de café. G.Frey le pone un like.

Después de maquillarse sube una selfie junto con #saliendoaltrabajo. G.Frey es el primero en poner un like.

En la micro comenta algunas noticias de Twitter, ve el muro de sus amigos y lee el Watsapp de su ex. Es definitivo, su estado en Facebook pasa a soltera. A G.Frey le gusta esto.

Tras salir del trabajo en Foursquare se publica que está en el gimnasio. Seguido en twitter por el comentario. “a quemar calorías, votar el stress y a olvidar todo lo malo #Gym, #PlanVerano”. Como siempre G.Frey pone su like y ella no le molesta, no lo conoce, no le importa, de hecho le agrada tener un seguidor así.

En su casa agotada, después de una maratón de su serie favorita, se acuesta de cara a la ventana a revisar una vez más sus redes sociales. “Buenas noches #Mñnseraotrodia”. Bloquea el teléfono y en el reflejo de la pantalla negra ve a que a sus espaldas hay un hombre, iluminado por un teléfono.

A G.Frey le gusta esto.



http://www.upsocl.com/comunidad/su-camara-web-no-se-apagaba-lamentablemente-no-era-algo-que-el-servicio-tecnico-pudiese-resolver/

Fetiche

Superé mi vergüenza y le dije con el aliento contenido mi extraño fetiche. Sin embargo su reacción no era la que esperaba, en vez de un rostro anhelante me regaló una mezcla de extrañeza y jocosidad, no me creía. Al parecer no le parecía sensual y divertido disfrazarnos de cachorros poodle y yo que creía que la posición en cuatro era su favorita…

La Chichi !!!


Soy un viajero con un inicio de travesía poco sorprendente, pues partí como todos desde el mismo punto y con el mismo primer paso, el pasar de tener nada a tener la idea de un viaje.
Soy alguien que siempre fue en busca del final mágico y anhelado que tienen las buenas historias, soy un viajero que dejó correr las páginas de sus historias con el viento, ¡ con ese “cálido” viento del sur que los Magallánicos conocen tan bien!.
Aparecí en esos días tranquilos, mientras ella caminaba con cero grados en el termostato, en esas calles tranquilas junto a la esquina de centro comercial. Si la memoria no me falla, fue por esos días también en que me volví material, luego de una visita por la librería.
 Es desde entonces que estuve dando vueltas por aquí y por allá, constantemente y entre varias ciudades, estando algunas veces más que otras presente en las andanza de mi amiga, pero la verdad es que yo seguía siempre allí, a medio camino entre ella y su mesón.
En esos meses fui ganando marcas y arrugas, dobleces, apretujones, desgastándome, ¡pero también llenándome! Obtuve por ahí algunas manchas y entonces les admito, ¡les admito! que se me olvidó completamente explicar quién es mi amiga.
¡Retomo desde el comienzo! Yo surgí cuando ella seguía en Punta Arenas, esa chica multitasking de la que hablo, rubia e inteligente… ¡ Y para remate alegre! La conocí cuando miraba su reflejo en la vitrina, por entonces creo que note en esa mirada un brillo que ella no veía en sí misma, pero que yo  volví a ver cuando rasgaba su reflejo en mis páginas.
Pasaron los años y yo cambie de cubiertas, de color de lápiz,  caligrafía, de tema e incluso fui cambiando de géneros literarios. Pero la verdad es que siempre fui el mismo, una idea mudando el material que la cubría, siempre viajando entre mundos y estilos.
Nos volvimos amigos sin decirnos nunca nada tan directo ni tan especial y no nos presentáramos al resto del mundo muy a menudo, pero sí estábamos en una amistad donde el cariño era mutuo y constante. Creo que soy esa clase de amigo secreto que saca en parte algo de lo más lindo de ella o que por lo menos disfruta recibiendo tanta maravilla en sus líneas.
Pero bueno, tome la decisión con el tiempo de siempre seguirla, incluso cuando decidió irse a Santiago, esperando llegar a buen puerto en ella. Debo decir que estuve dando tumbos, saltos y piruetas entre tanto que tenía ella que ensayar para su obra, o que me lanzaba en la mochila corriendo al hospital, que me olvidaba por el pololo o lo más común, que era lo de ponerse el scrub, cerrar de un portazo el departamento y salir corriendo olvidándome junto con las llaves de la casa…  y bueno, aunque a veces me olvidaba, siempre mantuve el buen humor ya que con el tiempo que llevábamos juntos sabia que necesitaría volver a escribir y de quién le permitiese sacar todo eso fuera. Y entonces retomaríamos el viaje.
Volvería a escribir versos y sus cuentos con los que a todas voces me era infiel, porque creía que eran su razón de escribir, pero yo intuía que me prefería por ser yo el medio que tiene para hacerlos valer, era su servidor, y un buen escritor siempre sabe agradecer la oportunidad de crear.
 Di vueltas, tumbos y piruetas muchos años hasta ese día en que complete mi paso de idea a medio,  fui esquinas de cuadernos, notas en el celular, rayones en el dorso de la mano hasta que surgí distinto entre librerías; y pasaron algunos más hasta que pase de medio a propósito, que fue en el preciso momento en que entendió entre una multitud de los precisos, que la creación sirve para hallarnos con los demás. Y  me volví mágico.
Y ese día llegó porque entre tanto estar con ella desde nuestro último gran viaje a la capital, en el metro, acompañándola a la biblioteca, yendo a sus ayudantías de patología y  devolviéndonos al departamento, intenté un día algo extraño y nuevo, siguiéndola a su taller, ese donde hablaban mentiras, porque la profesora les pidió traer sus ideas en libretas.
Recuerdo claramente el momento, ella me anotaba mientras los demás expresan sus ideas, y crecíamos juntos, y nosotros con ellos.
Mentían llenos de verdad y creando ficción en cofradía,  recuerdo que recibí aportes de camiones que no son,  de mundos post-apocalípticos, reflexiones  en la micro, salas de de hospital, viajes en barco, porteros amables, los sentimientos de feño y publicistas perdidos en el espacio.
Recuerdo que mientras la reflejaba, le susurré un pregunta:
“Y tú,  ¿por qué no me relatas?
¿Por qué no recitar afuera, lo que sonríe dentro?”
Y en eso pronto me vuelvo mágico, porque con mis palabras, que decidió llevar a su taller de mentiras,  me abre frente a todos y me recita. Y me dió ese final anhelado y mágico, cortante y disonante en lo literario, pero que a la vez es el perfecto regalo para el amigo.


Un amigo que espera que repitas este final muchas veces este final.

Furia

Me enfurece. Me da rabia, me descontrola, verdaderamente me saca de quicio. ¿Cómo caigo tan fácil? ¿Cómo soy tan incapaz de resistirme? ¿Dónde se fueron todos esos años de formación valórica?

Mis labios protestan la interrupción del beso, pero mis manos se frustran con tantas cosas entre nosotros. Su blusa, mi polera y su sostén desaparecen en un tiempo muy relativo, mis manos apenas se ven de la velocidad, pero mis labios no soportan la separación prácticamente eterna.

Parezco animal en celo. Yo que siempre me enorgullecí de mi frialdad, de lo capaz de abstraerme que soy. ¡Los placeres del cuerpo son distracciones en comparación al intelecto! Esto lo sé, pero mi cuerpo dejó de responder a mi supuesta fuerza de voluntad.

Mis labios ya no se conforman con buscar los suyos, ahora la buscan a ella entera. Lo que no cubren en besos lo acarician mis manos. Mis oídos solo procesan sus suspiros y gemidos, incitando al resto de mi cuerpo a seguir adelante. Mi cerebro se ahoga en endorfinas.

Es una conspiración contra mí. Debe ser eso, no hay otra posible razón. Mi cuerpo se rebela contra mis intentos de controlarlo. Mi mente (yo) es lo único que se resiste a esto, y esa resistencia se va debilitando…


Mis dedos se enfrentan a una dificultad al bajarle los pantalones, pero mi cuerpo rebelde no da tiempo a capitalizar el momento de lucidez, y prácticamente se los arranca. Rasguño por accidente su muslo, pero no reconozco diferencia entre sus ruidos de placer y el de dolor que posiblemente le causé. Mi nariz capta el olor a su excitación y es esa la gota que colma el vaso.

La Micro (para Martín)

Felipe escuchó la micro antes de verla. Años de esperarla todos los días en el paradero habían acostumbrado a su oído al rugido de su motor luchando contra la subida de la calle. Felipe nunca había escuchado a un león en persona, pero sospechaba que si alguno fumara dos cajetillas de cigarros al día, sonaría algo así. Sin embargo, ese ruido que normalmente le alegraba ahora lo ponía en aprietos: faltaban varios metros para el paradero, y los choferes de las micros C eran famosos por parar solo en paraderos.

No había tiempo para procesar. Felipe sabía que si no se subía a esta micro, iba a llegar tarde a clase, y la profe tomaba asistencia al principio de la clase. Ya había calculado que con una falta más no iba a cumplir el requisito de asistencia de la clase, y se echaba automáticamente el ramo. No quería echarse más ramos.

El frío mañanero le llenaba los pulmones, sedientos de oxígeno. La mochila le saltaba en la espalda, desbalanceándolo con cada rebote. Sus zapatos no eran los ideales, y tenía los cordones desabrochados en el izquierdo, por lo que corría con zancadas extrañas. Los huevos del desayuno amenazaban con devolverse violentamente. Definitivamente no comenzaba bien su día.

La micro se escuchaba cada vez más cerca. Se podía imaginar el conductor indiferente, posiblemente encañado, con ganas de terminar con sus tres recorridos del turno para poder tomarse un café y apagar tele en algún rincón discreto. Los saludaba amablemente al subirse siempre, pero la respuesta raramente variaba de un silencio acompañado de mirada de apatía. No iba a parar por él, lo sabía. Tenía que llegar a ese paradero.
Ahora se arrepentía de no hacer más ejercicio. Le quemaba el cuerpo entero por el esfuerzo físico, y el maldito paradero seguía a una buena distancia. Pero la posibilidad de fracaso no lo distraía, no era opción. Nunca había corrido así en su vida.

Pensó en todas las decisiones que lo llevaron a estar en esta situación. Ignorar la alarma un par de minutos. Esperar a que el agua calentara a la temperatura que le gustaba a él. Acostarse después de la ducha por otro par de minutos. Ponerse la polera al revés por no querer prender la luz, y tener que ponérsela bien. Un montón de pequeños momentos, inofensivos por su propia cuenta, terribles en conjunto.

La micro lo pasó, justo empezando a frenar para el paradero. Una ola de energía cuyo origen Felipe desconocía le llenó las piernas. Empujándolo en el final de su carrera. Vio las puertas abrirse y a un par de trabajadores conocidos subir. Estaba cerca, tan cerca que podía ver en el reflejo del espejo retrovisor la cara del conductor absolutamente indiferente listo para partir de nuevo. No esta vez, no después de tanto esfuerzo.

Con dos zancadas que ya parecían saltos, alcanzó su objetivo, y se lanzó a la izquierda justo cuando el silbido de los hidráulicos de las puertas amenazaba con robarle de su victoria. Rebotó contra el lector de la Bip y cayó desplomado, agotado pero vencedor. Uno de los trabajadores conocidos se le acercó con cara de preocupación. Era Nicolás.

“¿Filipide, estai bien?” preguntó. Conocía a Felipe lo suficiente como para haber adoptado su costumbre de usar apodos ridículos.


“…Nico-men…” exhaló Felipe con su último aliento. Su corazón no resistió y murió en ese pegajoso suelo de micro.

Rayuela - Capítulo 68; Julio Cortázar

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

FIN

domingo, 9 de agosto de 2015

El Taxi

Cuando caía la noche, las estrellas aparecían tenuemente a la vista detrás de la gaza que se  encontraba en el altar. Los novios me saludaban alegremente mientras se iban a acercando a la mesa donde se encontraban sus padres y amigos, lo que daba comienzo a su primera fiesta como matrimonio oficial.
Me subí al escenario justo a tiempo para preparar mi micrófono y dirigirme hacia ellos y al resto de los comensales.
-Ya, es la hora- me dije. Y Mi cuerpo se estremeció ante las miradas inquisitivas esperando que dijera algo.  El discurso que tenía preparado como padrino se me olvidó completamente, y busqué los apuntes en bolsillo derecho de mi pantalón y vi que estaba roto. La luz me llegaba de lleno a la cara, haciendo que todo fuera más incómodo.
Entonces, en un intento desesperado por saber que decir, miré de un lado a otro y empecé a cantar, no se me cruzó en la mente mas que una de Pitbull: <<Yo la conocí en un taxi, En camino al club. Yo la conocí en un taxi, En camino al club. Me lo paro:El taxi. Me lo paro:El taxi.Me lo paro:El taxi.Me lo paro…>> 
Todos quedaron boquiabiertos y. y. no me aguanté.  Adivinen lo que pasó con mi terno blanco. Quedó una pequeña poza amarilla en la tarima después del brindis.


Encuentro (Para Babi)

                                                                  
                                             
                                                                     

-Nunca había visto un palacio en tan mal estado- Dijo Shaila al mahout mientras recorrían la selva espesa-Es realmente impactante, el mármol, las estatuas, todo.
-Bueno, no esperes más de la reina Victoria. No hay razón alguna por la que necesite ser restaurado según la corte, ya le hemos mandado varias quejas al gobierno inglés y no han hecho nada. Siempre que visitan esta zona del Imperio se llevan las estatuas, Karnataka no es la misma que  hace 100 años.- dijo picando la cabeza al elefante que manejaba.
-Si, es preocupante, la India es una zona muy hermosa como para que forasteros la saqueen.- Dijo mientras observaban la vegetación.
Una bandada de pájaros salió volando por entre las lianas, azotándolas contra sus cabezas. El camino no se veía tan largo como presentían que sería y bajaron por del elefante por agua a un pueblo cercano.
Al adentrarse vieron que todas las casas eran  de roca cortada con ángulos casi perfectos.
-Que lugar más extraño, otra vez mi cantimplora se.- le comentó a al mahout, y no terminó de hablar hasta que vio un que un pequeño arco. El hombre  fijó la mirada hacia una de las casas donde había un viejo, mirándolo fijamente desde la puerta.
Caminaron hacia el viejo para pedir indicaciones y éste los hizo pasar. La casa no era mas que  una pieza con un montón de madera que parecía ya podrida cubierta con una manta y a un costado se encontraban dos ratas.
Se acercó al mahout  y le  habló en un dialecto que Shaila no pudo reconocer.En ese instante les indicó a una de las ratas y repentinamente cerró la puerta. El viejo sacó un una tiza de su bolsillo y empezó a dibujar un circulo por todo el suelo de la casa incluyéndolos al mahout y a Shaila.
El viejo, una vez terminado, cogió una de las ratas y le clavó un pedazo de madera en el estómago. dejando ver las vísceras.
-Vámonos de aquí- Susurró asustada.
El viejo cayó al suelo con la rata entre las manos.
El mahout se hincó a socorrerlo mientras Shaila se concentró en examinar a la rata.
-Está muerto- Le dijo a Shila mientras se acercaba al corazón-Pobre hombre-.
Un viento fuerte empezó a soplar por entre medio de las rendijas, oyeron un barritar del elefante y en un segundo, como cayó.
¡VÁMONOS!- Chillaron al unísono.  Y no se oyó nada más.



-Si, quinientos años pasaron. No se necesita decir mas. Los restos petrificados de estos dos jóvenes están en perfecto estado y serán llevadas a Londres para ser examinados. – Dijo el ministro a los periodistas que se encontraban en el lugar.
No será necesaria una autopsia.



Otro

Necesitaba un lugar pacífico para sentarse a descansar sin ser molestado, pero todo el campus estaba lleno de seres humanos, malditos sean. Finalmente encontró un rincón perdido muy ameno, en el patio, lo suficientemente lejos de los edificios como para que la mayoría de los estudiantes no quisieran darse la lata de caminar el trecho hasta y desde allá. Había varias bancas y algunas recibían sombra de unos árboles. Eligió una de esas y se recostó.
Bendita soledad.
O eso creía. No llevaría ni 10 minutos dormitando cuando escuchó pisadas aproximándose sobre el maicillo.
Era una chica, que al notar su presencia dejó entrever, no intencionadamente, una expresión de hastío. Él le dirigió una mirada desinteresada. Ella entornó los ojos, evaluando el lugar y encogiéndose de hombros, suspiró y se sentó en otra de las bancas que recibía sombra. Sacó de su mochila una libreta y comenzó a escribir algo en ella.
Además de los ocasionales pájaros, se escuchaba la constante respiración de ambos. Era silenciosamente incómoda, molesta denotativa y adjetivamente.
Él se puso los audífonos e intentó ignorar la presencia de la chica, mientras dibujaba unos garabatos en su propio cuaderno. Luego comenzó a dibujar su pie, su tobillo, el torso de su mano escribiendo. El camino que la había llevado hasta allá, la historia que su suspiro contaba, el mundo que existía perfilado en su rostro. Preguntas que saltaban al vacío, nunca hechas, sólo planteadas en esos bosquejos.
Ella escribía y escribía. Tachaba, borraba y volvía a escribir.
De repente él sintió la sombra de la chica sobre él. Algo sorprendido, recibió la mirada que ella le dirigió mientras se marchaba.
Se incorporó y se fijó en la hora. Llevaba recostado ahí una hora entera. Si no se daba prisa, llegaría tarde a la siguiente clase.
Más adelante, ella caminaba con una libreta en su mochila, que en las últimas páginas comenzaba una historia que decía:

“Cansado del constante y molesto murmullo de los hombres, decidí encaminarme a una zona solitaria, para poder ocuparme de mis propios pensamientos. No esperaba que tras tomarme la molestia de alejarme del mundo en busca de un sitio sin almas, una intrusa arrollara mi reflexión (…)”

sábado, 8 de agosto de 2015

No te des la vuelta

Enzo era un escolar cualquiera, un joven común y corriente, que al igual que sus compañeros, se preparaba para entrar en la universidad. Un día en el colegio, un compañero suyo llegó contando sobre un video que había visto en internet, que aparentemente se caracterizaba por ser un tanto perturbador. En los días siguientes el video ya estaba en boca de todos. Siempre había alguien que parafraseaba o imitaba al sujeto del video, un travesti con problemas mentales que tenía la cara pintada de blanco y que bailaba al son de una música tétrica.

Enzo decidió que era hora de ver el tan afamado video. Cuando llegó a su casa después del colegio, se sentó en el computador y se metió a internet a ver el video. Mientras veía el escalofriante sujeto bailando, Enzo sentía como si alguien estuviese detrás de él, por lo que más de una vez volteó para simplemente chequear que todo estuviera en orden. El video terminaba con la frase “No te des la vuelta”, lo que le llamó la atención a Enzo. Luego de haber visto el video, se puso hacer un trabajo en el computador, que tenía que hacer por el colegio. Al finalizar la tarea, se dispuso a imprimirlo. La primera vez que mandó a imprimir, las hojas salieron en blanco, por lo que revisó la impresora para ver que todo estuviera en orden. Viendo que todo estaba bien, mandó a imprimir por segunda vez. Esta vez sí funcionó, pero Enzo notó rápidamente que no como él quería. La primera hoja tenía escrito repetidamente “No te des la vuelta”. Enzo se  extraño, y un escalofrío le recorrió el cuerpo, aunque Enzo mantuvo la calma y dejó que la impresora siguiese imprimiendo. La segunda hoja, imprimió una imagen del tipo del video, lo que generó ya miedo en Enzo, y reaccionando ya un tanto asustando detuvo la impresión inmediatamente. Se levantó de su fija para calmarse un poco, tomó las hojas impresas y las volvió a mirar.


-No te des la vuelta- pensó para su adentro, cuando inmediatamente sintió una respiración detrás suyo.

viernes, 7 de agosto de 2015

No debería estar ahí

Era muy tarde y sentía que no debía estar ahí. La noche era fría y la oscuridad del parque intensificaba esa sensación. Se encontraba casi en la mitad del parque, rodeada por las sombras de los arboles y solo con la guía de unos faroles que apenas alcanzaban a alumbraban el camino.

No debería estar ahí.

El viento se levantó desde abajo y las sombras se movieron a su alrededor. Ella trató de reprimir un pensamiento.

"Quizás alguien se oculta entre las hojas"

Un escalofrío recorrió su espalda y pensó que debería haber tomado el camino largo, por las calles más transitadas. Delante suyo las luz de un faro titilaba y cuando puso un pie bajo su luz esta se apagó, junto con todos los otros faros. Asustada, se detuvo. La luz de la luna le permitía distinguir el camino, pero la sombra de los arboles controlaban todo lo demás. Entre todo ese silencio un ruido de hojas, apenas perceptible, la espantó. Apuró el paso, casi al punto de correr. El sonido de sus propios pasos la hizo creer que alguien iba detrás suyo. La idea de mirar atrás le dio miedo y comenzó a correr.

No debería estar ahí.

El parque parecía interminable, a lo lejos solo se veía oscuridad. Debería enfrentar sus miedos, solo era su imaginación y cuando viera que no había nadie, podría seguir caminando tranquila. Pero algo en ella le decía que no debía mirar.

"Todo esto es una estupidez"

Se detuvo y lentamente giró su cabeza. Podía sentir el palpitar de su corazón, su respiración se aceleró y cuando vio que no había nada a sus espaldas se sintió como una idiota y rió. Más tranquila decidió seguir con su camino y al mirar hacia delante un rostro blanco la encaró.






(No lean este comic, da mucho miedo)

Un suceso inesperado


El erotismo se puede encontrar en muchos lados ya que forma parte de la vida en sí. Pero nadie lo sabe mejor que Johnny, quien experimentó un suceso inesperado.
Johnny se sentía feliz. Se había comprado un helado de vainilla y con gozo exclamaba: ¡Yay Ice cream, yay!

Así le dio un lengüetazo al helado, pero para su horrible sorpresa, el helado reaccionó con un sonido orgásmico para luego lengüetear a Johnny de vuelta.

Johnny gritó espantado ante esta situación. ¿Qué sucedió después? Me temo que jamás lo sabremos con certeza.

Ojos de Gladiador (Para Max)

Tras un embiste, las espadas chocaron y el publico grito eufórico en toda la arena. Cientos de personas se agrupaban alrededor de los gladiadores, esperando ver un espectáculo digno de los dioses, donde el valor y la gloria eran las excusas para consentir un ritual violento y salvaje. Uno blandió su espada y otro comenzó a sangrar en un costado, hombres, mujeres y niños rugieron una vez más.

Bajo toda esa masa de personas, Cornelio miraba sus manos esposadas mientras briznas de polvo caían desde un techo que temblaba con cada clamor.

“Esta perdido, el corte fue profundo, debería rendirse” comentó Cayo asomado a una pequeña ventana.

La pelea terminaría y pronto sería su turno. Las manos le temblaban y sentía nauseas aun a pesar de saber que esa era su última batalla. Su último día como gladiador. Después de todo lo hacía por su familia, por Claudia, por Marcos y por Tiberio.

Le costaba recordar sus caras, un par de años habían pasado desde la última vez que los vio, el día en que se vendió como esclavo. El juego había tenido la culpa de todo, las apuestas, lo llevaron a perderlo todo, a perder más de lo que tenía, a perder incluso su derecho de ser humano y así saldar las deudas que había arrastrado por años. Claudia nunca se lo perdonó, y desde entonces su existencia se limitó a sobrevivir en la arena y tratar de no olvidar el rostro de su familia.

“Cuida de ellos” le había dicho a su hermano y se lo volvió a decir días después de su entrevista con el senador.

“Estás loco, no puedes hacer algo así” respondió él.

“Por favor hermano apóyame y confía en mí. Has cuidado de mi familia por muchos años y la deuda que tengo contigo será eterna. No quiero que mis errores sigan siendo tu carga. Permíteme arreglar las cosas. Además, también lo hago por mí, no sabes lo que es ser un esclavo. Mírame a los ojos, ya no queda nada de mi alma, están vacíos, no hay esperanza, ni temor, ni odio. Mi mirada ya no es la de un hombre, soy menos que un animal. O lo era hasta que el senador me visito y me dio una última oportunidad”

 “Está bien, te ayudare” después de eso, se enfocaron solo en los detalles.

 Un abucheo lo trajo de vuelta al calabozo y supo que su momento había llegado.

“Vamos” dijo Cayo y le saco las esposas. Subieron por pasadizos oscuros hasta llegar a la puerta de la arena.

Dos guardias regresaban de la arena arrastrando un cuerpo ensangrentado pero con vida, esa era la razón del abucheo. Otro guardia le abrió paso y le entrego su arma con una sonrisa.

“Están sedientos de sangre, no perdonaran la vida de nadie”

Cornelio puso un pie en la arena y sintió el calor bajo sus sandalias y las miradas por sobre su cabeza.
 
“Que los dioses te amparen” dijo Cayo  “y regresa con vida, porque esta noche habrá cordero para los vencedores”

Pero no regresaría.

Con paso seguro avanzó hasta el centro, delante de él un negro, delgado pero de cuerpo atlético, lo esperaba con un tridente en una mano y una red en la otra.

Un presentador comenzó a narrar sus hazañas, pero Cornelio no escuchaba. Buscaba entre las graderías a su familia, aunque sabía que no estaban. En el centro, en un palco privilegiado, Décimo, el senador, tomaba vino mientras conversaba con alguien más.

Las trompetas sonaron, Cornelio levantó el escudo y la danza comenzó. Ambos se miraban fijamente, girando a la espera del primer ataque. Cornelio se arriesgó con una estocada y recibió un golpe de la red. El negro quería alejarlo y aprovechar el alcance de sus armas, Cornelio debía acercarse y eliminar esa ventaja. El tridente atacó a la cintura y con ayuda del escudo lo bloqueó, el impacto fue fuerte y su mano se resintió, pero aprovechó el instante y atacó una vez más. La espada le hizo un corte en el hombro y el negro se alejó. Cornelio pudo sentir a sus espaldas la mirada reprobatoria del senador. Debía ser convincente.

La red se lanzó a su cabeza y una vez más se cubrió con su escudo. A su pesar, su brazo se atascó en la malla y el negro le dio un tirón haciéndolo perder el equilibrio. Un paso al frente y pudo ver como el tridente iba directo a su cabeza. Su brazo derecho lo cubrió esta vez, el dolor lo atravesó y la espada se le soltó. Había detenido un golpe mortal, pero a cambio, había perdido su arma. El tridente retrocedió, llevándose parte de su brazo y la sangre baño la arena. Cornelio se alejó nublado por el dolor y arrastrando el peso extra de la red. No esperaba algo así, no quería morir así.

A su alrededor el publico gritaba sin descanso, ansiosos de ver más sangre. Su contrincante avanzó, seguro de su victoria. Ahora con la espada en su mano izquierda. La situación era desfavorable, y la derrota parecía ser inminente. Ese era el final, ya no quedaba nada más. Trato de recordar el rostro de Claudia y de sus hijos, pero no lo logró. El miedo comenzó a bloquearlo, el dolor desapareció, su mente se congeló.

Con un grito lanzaron el tridente y en un impulso de supervivencia, Cornelio se cubrió una vez más con el escudo, la malla atrapó el tridente y al ver que la espada se acercaba desde arriba, arremetió con sus últimas fuerzas. Empujó al negro por el estomago y logro derrumbarlo. La euforia lo había cegado y poseído de una furia bestial le arrancó la espada. El dolor de su brazo derecho lo tenía al borde del desmayo, pero aun así golpeo una y otra vez, hasta quedar cubierto en una sangre que no era suya y siguió con su ataque hasta mucho después de notar que el negro había muerto.

Cuando se levanto, agotado, pudo sentir el clamor de la gente, extasiados de ver una masacre de ese tipo. Cornelio soltó el escudo, tomó la espada con la mano izquierda y caminó despacio hasta la puerta, sin importarle los gritos de la gente, ni lo que estuviera pensando el senador. Por fin se había acabado, ya no volvería a pelear, sus días como gladiador habían terminado.

Bajo las sombras del calabozo, Cayo se acercó a felicitarlo y antes de que emitiera alguna palabra, Cornelio le clavó la espada en la garganta.

“Esta noche no comeré cordero, comeré con mi familia”

Rápidamente cruzó el calabozo pensando si su hermano ya habría cobrado la apuesta. Tenían el tiempo contado, debían arrancar lo antes posible hacia los bosques donde su familia lo estaría esperando. Mientras corría hacia la salida donde debía estar su hermano con un caballo, vio a un grupo de gladiadores y notó por última vez esos ojos vacíos y sin alma, más tristes que los ojos de un animal. Sintió lastima por ellos y también la tuvo consigo mismo. Después de todo el también había tenido esa mirada. Una mirada que cambió gracias a la codicia de un senador.


jueves, 6 de agosto de 2015

Para la Nati [Sin Título]

El molesto zumbido del timbre de la cola sonó otra vez, silenciando el murmullo por unos segundo y llamando a que la fila avance. El hombre palpó otra vez dentro de los bolsillos de su chaqueta para asegurarme antes de dar el paso. Tarjeta de identificación, pasaporte, certificado de trabajo, certificado de autorización, certificados para su familia y los pasajes del tren hacia el Oeste, todo estaba ahí. Seguro ahora, avanzó antes de que la señora detrás pudiera empujarlo, y paró detrás de la espalda del corpulento hombre delante él.

Otro escalofrío pasó por la espalda del hombre. Siempre ocurrían cuando otros ojos lo observaban y analizaban, y no era sorpresa dado el lugar. Parecía que había más acero en rejas, alambres de púas y las cuatro torres de vigilancia que se paraban en la esquina de la estación que los pilares que sostenía el vasto techo que alguna vez resistió hasta las bombas aliadas, todo construyendo un complejo laberinto hecho para dar la certeza de que el escape es imposible y asegurando que el gris se sobrepusiera a cualquier color que la estación hubiera tenido. Mirando alrededor se encontró con su vigilante, un doberman  detrás de 2 o 3 rejas que lo miraba con sospecha, como si lo estuviera ya eligiendo como presa si llegara a sonar alguna alarma y el guardia soltara la correa.

El zumbido interrumpió de sus pensamientos al hombre, y la cola dio otro paso hacia delante. Ya podía escuchar tenuemente la voz del hombre que atendía el puesto, pidiendo sistemáticamente diversos papeles con la misma frialdad que una máquina y procesándolos para elaborar un aprobación del viaje o no. El padre se inclinó para el lado para observar lo que quedaba de la cola detrás de la enorme espalda, y para su sorpresa era solamente la persona que estaban atendiendo actualmente. Conforme con su puesto en la fila, el hombre rápidamente volvió a su puesto para no causar sospecha.

“Aprobado” dijo el soldado que hacía de burócrata, estampando sus palabras con el timbre, y presionando el botón que sonaba el timbre. Otra vez, la gente en la cola da un sistemático paso hacia delante, y el padre puede escuchar el intercambio entre el señor de la espalda ancha y el atendedor.

“Documentos por favor.” El burócrata dice como su programación le dice. El forzudo hombre saca de su propia chaqueta una tupida billetera llena de documentos. La apoya sobre el pequeño espacio de mesón entre él y las barras de hierro y saca unos papeles mantenidos juntos por un hilo que los amarraba con un nudo. Se los pasa y el soldado empieza a sistemáticamente analizarlos, la rutina y las instrucciones de sus superiores siendo aplicadas al mínimo detalle. Cuando estaba analizando el Certificado de Trabajo, arrugó su nariz en un cierto disgusto.

“Este documento es falso.” El soldado dijo como juez último del papel. Las palabras llamaron la atención de los guardias cercanos, que miraron al corpulento hombre y empezaron a caminar hacia él. Y el hombre miro de lado a lado, nervioso, en la situación que se estaba encontrando. Encaró al que atendía, con voz titubeante y una gota de sudor cayendo por el lado de su cara a pesar del frio. “P-puede revisar otra vez?”

El burócrata con un tono amable, que solo denotaba aún más su frialdad solo dijo. “Por favor, no se resista al arresto”

Los guardias se acercaban cada vez más al hombre, y este perdía su temple con cada metro más cerca a él. La gente estaba mirando la escena, murmullando con cada vez más volumen y preguntándose qué estaba pasando, el perro guardia empezó a ladrar en advertencia. Cuando ya los soldados estaban lo suficientemente cerca para apresar al hombre, este violentamente empujó uno de ellos a su lado y corrió hacia las barras del portón. El murmullo empezó a ser caos en cuanto el hombre empezó a escalar la reja, la ordenada fila perdiéndose entre los curiosos movimientos. El hombre ascendió hasta que los guardias no lo pudieran alcanzar, creando su propia victoria sobre ellos.

Hasta que todo culminó con el toque de un martillo contra la pólvora, contra la bala. El sonido calló a la gente en ese instante, y el proyectil dio precisamente en el pecho del hombre. Este cayó al suelo como cuerpo inerte desde su cumbre hasta los pies de los guardias. Fue una muerte relativamente limpia, ningún pedazo de carne saltó volando, y todo el sangrado fue contenido por su gruesa chaqueta. La fila miraba expectante como los guardias rápidamente tomaron el muerto y se lo llevaron, como si fuera común, como si fuera rutina. El burócrata de la misma manera llenó un papel desde su puesto, probablemente para documentar la pequeña rebelión que había pasado. Nadie, ni los guardias dijeron nada hasta que una vez terminado el archivamiento de la fatalidad, el soldado en cargo de los papeleos presionó el botón que activaba el molesto zumbido del timbre.

El padre dio un paso hacia delante, sacando sus documentos de sus bolsillos y preparándose para ver si su pasaporte pasaba la prueba.

lunes, 3 de agosto de 2015

Les subo mi cuento de presentación al taller

Tiempo

Y mientras hablaba y hablaba, y hablaba, yo seguía tratando de no escucharlo, no lo odiaba ni nada por el estilo, no, pero el recuerdo de ella me atormentaba como nunca antes.

Nuestra historia me recordaba cada vez más lo difícil que era todo…su imagen… tantos momentos que (no) pasamos juntos, dejándonos estar, segundos que duraban minutos, minutos que duraban horas…horas que duraban minutos.

Tantas escenas, tantas situaciones, raccontos que aparecían en mi cabeza en forma de flashbacks, disfrazados, falsos en apariencia, reales como la vida, reales como el amor, reales como el odio, la muerte, las penas y alegrías, el día y la noche, el fuego y el hielo, reales como el amor…

Echo de menos todo lo que no hicimos, pero que podríamos haber hecho.

Tantas noches que pensé en ella, en su imagen, su voz, sus dedos, su olor, tantas noches que pensé en ella, sin dormir, durmiendo también. Incluso cuando dormía despierto su idea me acechaba sin descanso.

Sólo me queda esperar y esperar…y esperar, que un día moriré y podré decirle lo que nunca me atreví antes del accidente, de la ambulancia, de la clínica, antes de que apareciera esa terrible línea en el monitor, de ese color verde prendidoapagado, y el pitido, el pitido, ese ruido constante que te dice a gritos que todo terminó, que estás solo desde ese momento…


Domingo Herreros Turkieltaub.