“Nuestros
hechiceros están siendo masacrados por un lancero frente a la muralla oeste.
Encárgate.”
Siempre
me molestó un poco la telepatía. Claro, tiene sus usos. En el estruendo de la
batalla no es fácil dar órdenes, especialmente en una operación tan grande como
esta. Pero me deja un gusto amargo en la mente, si existe tal cosa. Demasiado
invasivo, y al terminar quedas con la duda de si sigue alguien ahí. Cambié mi
rumbo ligeramente y aceleré el paso a buscar al lancero. Probablemente tiene
una lanza lo suficientemente maldita como para penetrar las barreras de los
hechiceros, y con lo especializados en magia que estos eran, dudaba de su
capacidad de defenderse por mucho.
El
distintivo olor a magia me indica que estoy cerca, y al superar una colina, veo
que “masacrados” no era una expresión. La mitad de los hechiceros yacen
muertos, cada uno con un hoyo del tamaño de una manzana en el torso, justo a la
altura del corazón. La otra mitad se encuentra desesperadamente lanzando un
variado arsenal de hechizos contra el lancero, al que apenas percibo como un
rayo rojo en el campo de batalla. Solo alcanzo a divisarlo mejor cuando para
por un instante a retirar su lanza de sus víctimas. Un par de minutos más y
perderíamos a la unidad completa.
Se está
moviendo demasiado rápido como para un ataque sorpresa. Decido desafiarlo.
“¡LANCERO!”
grito a todo pulmón. Inmediatamente me pongo a murmurar las activaciones para
las runas que recorren mi armadura. Si había derrotado media unidad de
hechiceros solo, no iba a ser una pelea fácil.
Elhaz. Protección.
Urur. Fortaleza.
Hagalaz. Velocidad.
El
lancero interrumpe su ataque y me mira. La sangre de los hechiceros cubre su
rostro, pero sus ojos brillan de un carmesí más fuerte. Su lanza pulsa con sed
de sangre del mismo color. Claramente un demonio la poseía. La intensidad de su
mirada dura poco y resume su labor de matanza. Le doy una advertencia.
“¡LANCERO!
¡ENFRÉNTAME! ¡POR LAS BUENAS O LAS MALAS!” lo desafío de nuevo. Si tengo que
hacerlo una tercera vez, no tendrá opción, pero prefiero guardarlo para el peor
de los casos. Sigo con mis activaciones.
Ingwaz. Poder.
Ehwaz. Resistencia.
Sowilo. Victoria.
Esta
última de superstición más que nada. No solía ser un tipo supersticioso, pero
bueno, tampoco creía en la magia, y aquí estoy, usando el ritual escandinavo
para combatir contra un guerrero con una lanza endemoniada. Me he visto forzado
a reevaluar muchas cosas últimamente.
El
lancero no para esta vez. Su lanza silba por el aire y atraviesa otro
hechicero. Por las malas, entonces.
Invoco
una runa distinta. Esta no está inscrita en mi armadura, ni en mis guantes.
Esta cuelga de mi cuello, suspendida por
una fina cadena de plata que se rompe apenas termino la invocación.
“Ath nGabla.”
El
guerrero enemigo frena en seco, incapaz de resistirse a la compulsión de la
runa de duelo. Ahora solo podemos atacar al otro, hasta que alguno de los dos
haya sido derrotado. Prefiero no usarla, porque me expone mucho si llega un
aliado de mi contrincante. Pero no podíamos perder más hechiceros.
Me
concentro y envío un mensaje mental a la base. Ellos se encargarán de
comunicárselo a los hechiceros restantes de esta unidad.
“No lo
ataquen más. Yo me encargo. Ustedes recupérense y cuando estén listos
satúrenme.”
El
lancero se acerca, girando su lanza, salpicando sangre por todos lados. Se para
a cinco metros de distancia. Él habla primero.
“Desenfunda
tu arma, asesino. Un duelo querías, un duelo te daré. Por corto que sea.”
Clásica arrogancia de lancero. Se le ve irritado, molesto que interrumpí su
diversión.
Levanto
las manos en posición de guardia, y separo los pies para mejorar mi balance. En
mi armadura y mis guantes pulsan con fuerza mis runas. El lancero levanta una
ceja, con algo de sorpresa a mi elección de magia. Las runas no son muy
comunes, pero sobretodo, le asombra mi falta de arma. En este mundo todos
luchan con armas, pero en el mío usamos nuestras extremidades. La sorpresa le
dura poco, y con una poderosa patada al suelo, salta como proyectil hacia mí,
lanza apuntando a mi pecho. Pivoteo sobre mi pie derecho y esquivo su ataque,
planto mi pie izquierdo en el suelo, y rápidamente levanto la rodilla derecha, clavándosela
en el abdomen. Las runas me permiten hacer movimientos sobrehumanos, y la
fuerza de mi rodillazo lo levanta un par de metros. Un gruñido de sorpresa se
convierte en uno de enojo mientras gira su cuerpo para golpearme con el costado
de su arma. Prediciendo ese ataque, esquivo su lanza y arrojo un
puñetazo a su cara. La inestabilidad de su posición no le da para moverse a
tiempo, y mi puño conecta con su mejilla derecha, haciendo un satisfactorio
crujido al romper su pómulo. Cae al suelo pero parece rebotar y su lanza cruza
en un arco diagonal por el aire, obligándome a saltar hacia atrás. Con una
vuelta en el aire se incorpora, y se hace una pausa en el combate.
Se me
escapa una sonrisa al ver sangre suya mezclándose con la de sus víctimas en su
cara. Se enfurece al verme sonreír y con un grito animalesco, se lanza hacia mí
de nuevo. Esta vez noto una diferencia en su estilo, y justo a tiempo alcanzo a
decidir contra esquivar y patear su lanza hacia el lado. Tomado por sorpresa
por la fuerza del bloqueo, su cara vuelve a chocar contra mi puño, esta vez
rompiéndose la nariz. Alcanzo a asestar otro par de golpes antes que el silbido
de la lanza me dé la advertencia de saltar hacia atrás un par de metros. No
logro esquivarla completamente, y la punta atraviesa mi armadura sin problema
alguno. Una delgada cortada marca mi pecho. Unos instantes menos de aviso y
rebanaba mi corazón.
Si
antes estaba furioso, ahora la rabia desfiguraba su cara, en adición a lo que
habían hecho mis puñetazos. Subí la guardia, atento a su próximo movimiento. Mi
victoria estaba cerca, y era el momento más peligroso del combate: las últimas
medidas. En este mundo de magia, eran totalmente impredecibles. Se recompone un
poco antes de hablar.
“Tu
nombre, asesino. Quiero saber quién tendrá el honor de morir por la maldición de
mi lanza.”
No le
respondo, pero comienzo a formular un contraataque en mi mente. Claramente iba
a liberar al demonio de su arma, pero que efecto tendría era imposible decir.
Comienzo a murmurar refuerzos a mis runas de agilidad y defensa, cuando recibo
otro mensaje.
“Sentirás
tu pecho apretado ahora. No te resistas, te vamos a salvar la vida.” Me obligo
a no mirar la fuente del mensaje, uno de los hechiceros restantes, para no
delatar al lancero que ya están recuperados. Inmediatamente siento la presión
en mi pecho, y dejo que la magia me envuelva, confiando en mi equipo.
El
lancero decide dejar de esperar por mi nombre, y apunta su lanza al suelo
diagonalmente. Una sed de sangre mil veces más fuerte que la normal emana de la
lanza, saturando el aire mismo con un concepto: muerte. El demonio era de
altísimo grado, eso quedaba claro. No se ve bien esto.
Mucho
más rápido que antes, y prácticamente arrastrado por su arma, el lancero vuela
hacia mí. Las runas reforzadas me dan para apenas esquivar la punta de lanza,
con un potente salto hacia el lado. Cuando aterrizo, veo una sonrisa en la cara
del lancero, e inmediatamente siento antes de ver la causa de ella.
En mi
pecho, a la altura del corazón, un hoyo del tamaño de una manzana.
El
lancero comienza a explicar. Algo de reversión de causa y efecto, que mi muerte
era asegurada cuando decidió soltar al demonio. La magia de la runa de duelo se
dispersa, habiendo elegido a un ganador. Comienzo a desvanecerme mientras mi
contrincante me da la espalda, intento en continuar con su diversión. Siento la
magia de los hechiceros de nuevo, esta vez menos fuerte y seguramente un
desperdicio de maná. Ninguna magia iba a curar una herida tan grave de algo tan
endemoniado.
Sin
embargo, no muero. Extraño porque ahí sigue el hoyo. Pero siento todavía mi
sangre fluir por las venas, siento todavía algo bombear en mi pecho. Me estoy
desangrando todavía, pero algo me mantiene vivo, aunque no por mucho. Un mensaje
me confirma lo anterior.
“Tienes
dos minutos antes de desangrarte.”
Ahora
si miro a los hechiceros, que enfrentan al lancero sin mirarme a mí. Veo que no
hacen ningún tipo de magia para defenderse del eminente ataque. Sin
embargo me comienzo a sentir saturado en energía. Están apostando todo en mí.
Procuraré no desilusionar.
Reincorporándome,
activo una de las magias propias de mi clase. Soy un asesino poco convencional,
pero asesino después de todo. Concilio me hace prácticamente indetectable, y
salgo detrás del lancero, que se encuentra saboreando la calma antes de la
tormenta. Los hechiceros se ven aterrorizados, sin delatar su esperanza
secreta.
Un
golpe preciso en su antebrazo es mi ataque sorpresa. Nada muy dañino, pero
logra activar su reflejo y hacerlo soltar la lanza. Se da vuelta, estupefacto,
para ser agarrado por mi mano izquierda del cuello. Las runas y saturación
hacen que levantarlo sea tarea fácil. Echo mi brazo derecho para atrás, y
concentro todo mi maná restante en mi puño. Inspirado por una infancia de
películas de acción, o tal vez afectado por la falta de sangre, digo:
“Mi
nombre es Max, y no muero tan fácil.”
La
velocidad del golpe logra romper la barrera del sonido, junto con su cara y por
lo menos la mitad de su cerebro. Suelto el cuerpo inerte de mi contrincante, y
miro a los hechiceros detrás. Ya están trabajando en curar mi herida, y su
líder, el que mandó el mensaje, se acerca a mí.
“Tu
segundo corazón no va a resistir mucho más, asesino. Te voy a poner en un coma
para alentar el desangrado.”
“No
será necesario, hechicero” alcanzo a decir, antes de desmayarme.
Al principio, de solo verlo, dije: Que lata leerlo.
ResponderEliminarPero enganché altiro. Fue un cuento entretenido y fácil de leer.
Fixed, gracias!
ResponderEliminarYa te lo había mencionado y cumple 100% el objetivo de mi pauta. Luego de ver Fate me quedan imágenes más nítidas. Lo encontré notable, y lo más importante para mi, es que fue entretenido de leer. Nada que agregar, mis más sinceras Felicitaciones.
ResponderEliminarUn manjar