lunes, 14 de septiembre de 2015

Sagenpaw

Yo y muchos de mis compañeros debimos de retroceder y ocultarnos. Muchos otros simplemente abandonaron y huyeron de una muerte seguro. Cuantas ganas tenía yo de seguirlos, para ser honestos, pero no lo hacía. Me encontraba herido, cansado, angustiado, y aunque no quería admitirlo, tenía miedo. Había visto  muchos de mis camaradas caer de manera violenta ante un enemigo que nos quería ver derrotado a toda costa. La desesperanza invadía mi corazón, la cual se palpaba en una sensación fría que recorría mi pecho y que en ocasiones lo apretaba un poco. Ni si quiera mi orgullo, mi preciado orgullo, del cual yo hago tanto alarde, me estaba sirviendo de utilidad. Sin embargo, seguía ahí. Mi voluntad, mi necesidad por defender lo que creo que es correcto y mi complejo de héroe me impedía irme de allí.

-Ya es hora Xiolotili- me dijo Vegone, haciendo un gesto con la cabeza- No podemos dejar que pasen.

Asistí con la cabeza, tomé un gran respiro y me dije para mí adentro: Ya me llegó la hora.
Apenas salimos de nuestro escondite, me llegó un pedazo de roca que me golpeó la canilla, fracturándome el hueso, el cual quedó plenamente a la vista. Caí inmediatamente al suelo, sin comprender mucho lo que acababa de suceder. Los acontecimientos pasaban tan rápidos que no había tiempo para darse cuenta del dolor. Dolor no recuerdo haber sentido, pero si el no poder moverme. Miré hacia delante y vi a los gigantes bárbaros invasores atacar a mis compañeros, con esos bruscos movimientos, levantando esas enormes espadas y otros lanzando rocas. Fue en ese momento en que el tiempo se detuvo y recordé las palabras de un viejo ermitaño:

- De los viejos y pocos cantos que recuerdo, hay uno que os sirve. Sirviente o no, la naturaleza madre es. El poder que ella concentra, dentro de nosotros reside. Pero sin voluntad para defender, poco puedes hacer. Recuerda al levantarte, que tan poderoso como yo puedes ser.

Ahora entendía, el Sagenpaw (el poder de la voluntad) es el poder máximo que nos ha dado la vida, y mientras lo tengamos no nos podrán vencer. Así que me incorporé de nuevo en un pie, levanté mi espada y avancé con lo que mis fuerzas me permitían avanzar, hasta que unos de los barbaros gigantes me notó y corrió hacia mí para atacarme. Por mucha voluntad que tuviera, este era mi fin. Pasó por mis ojos mi vida entera, siendo lo último la imagen de mi mujer y mis dos hijos. Fue en ese instante en que pasó lo más inesperado. Un duro golpe vino de mi interior, como si una fuerza quisiese salir. Mi cuerpo comenzó a brillar y a crecerle un pelaje café, excepto en la espalda, que era rojo, mientras me creían las manos y luego todo el cuerpo. También me creció un hocico y garras, tanto  en las manos como en los pies. El bárbaro se quedó parado en seco, con el arma arriba, mientras yo lentamente me incorporaba. Me sentía fenomenal, mis heridas se habían curado, el poder corría por mis venas y sentía un animó bestial, imposible de controlar, por matar.

El bárbaro se puso a la defensiva inmediatamente. Ahora yo era más grande. El gigante invasor trató de atacarme pero lo repelí rápidamente con mis fuertes brazos, quitándole la vida inmediatamente. Ahora había que acabar con los demás.

2 comentarios:

  1. Es verdad, no había cachado.

    PD: No es un lobo ajaj.....dejemoslo en que es una gran bestia

    ResponderEliminar