Yo y
muchos de mis compañeros debimos de retroceder y ocultarnos. Muchos otros
simplemente abandonaron y huyeron de una muerte seguro. Cuantas ganas tenía yo
de seguirlos, para ser honestos, pero no lo hacía. Me encontraba herido,
cansado, angustiado, y aunque no quería admitirlo, tenía miedo. Había
visto muchos de mis camaradas caer de
manera violenta ante un enemigo que nos quería ver derrotado a toda costa. La
desesperanza invadía mi corazón, la cual se palpaba en una sensación fría que
recorría mi pecho y que en ocasiones lo apretaba un poco. Ni si quiera mi
orgullo, mi preciado orgullo, del cual yo hago tanto alarde, me estaba sirviendo
de utilidad. Sin embargo, seguía ahí. Mi voluntad, mi necesidad por defender lo
que creo que es correcto y mi complejo de héroe me impedía irme de allí.
-Ya es
hora Xiolotili- me dijo Vegone, haciendo un gesto con la cabeza- No podemos
dejar que pasen.
Asistí
con la cabeza, tomé un gran respiro y me dije para mí adentro: Ya me llegó la
hora.
Apenas
salimos de nuestro escondite, me llegó un pedazo de roca que me golpeó la
canilla, fracturándome el hueso, el cual quedó plenamente a la vista. Caí
inmediatamente al suelo, sin comprender mucho lo que acababa de suceder. Los
acontecimientos pasaban tan rápidos que no había tiempo para darse cuenta del
dolor. Dolor no recuerdo haber sentido, pero si el no poder moverme. Miré hacia
delante y vi a los gigantes bárbaros invasores atacar a mis compañeros, con
esos bruscos movimientos, levantando esas enormes espadas y otros lanzando
rocas. Fue en ese momento en que el tiempo se detuvo y recordé las palabras de
un viejo ermitaño:
- De los viejos y pocos cantos
que recuerdo, hay uno que os sirve. Sirviente o no, la naturaleza madre es. El
poder que ella concentra, dentro de nosotros reside. Pero sin voluntad para
defender, poco puedes hacer. Recuerda al levantarte, que tan poderoso como yo
puedes ser.
Ahora
entendía, el Sagenpaw (el poder de la voluntad) es el poder máximo que nos ha
dado la vida, y mientras lo tengamos no nos podrán vencer. Así que me incorporé
de nuevo en un pie, levanté mi espada y avancé con lo que mis fuerzas me permitían
avanzar, hasta que unos de los barbaros gigantes me notó y corrió hacia mí para
atacarme. Por mucha voluntad que tuviera, este era mi fin. Pasó por mis ojos mi
vida entera, siendo lo último la imagen de mi mujer y mis dos hijos. Fue en ese
instante en que pasó lo más inesperado. Un duro golpe vino de mi interior, como
si una fuerza quisiese salir. Mi cuerpo comenzó a brillar y a crecerle un
pelaje café, excepto en la espalda, que era rojo, mientras me creían las manos
y luego todo el cuerpo. También me creció un hocico y garras, tanto en las manos como en los pies. El bárbaro se
quedó parado en seco, con el arma arriba, mientras yo lentamente me
incorporaba. Me sentía fenomenal, mis heridas se habían curado, el poder corría
por mis venas y sentía un animó bestial, imposible de controlar, por matar.
El
bárbaro se puso a la defensiva inmediatamente. Ahora yo era más grande. El
gigante invasor trató de atacarme pero lo repelí rápidamente con mis fuertes
brazos, quitándole la vida inmediatamente. Ahora había que acabar con los
demás.
Es verdad, no había cachado.
ResponderEliminarPD: No es un lobo ajaj.....dejemoslo en que es una gran bestia
esta muy bueno!! me gusto mucho
ResponderEliminar