La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y en las sienes.
Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada.
-¡No, idiota, nos delatarás!
-¡Qué importa! -dijo el otro hombre-. El dragón puede olernos a kilómetros de distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.
-Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos...
-¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!
-¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al pueblo vecino.
-¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!
-¡Espera, escucha!
Los dos hombres se quedaron quietos.
Aguardaron largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de los caballos, como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de plata de los estribos, suavemente, suavemente.
-Ah... -el segundo hombre suspiró-. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede aquí. Alguien apaga el Sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios, escucha! Dicen que este dragón tiene ojos de fuego y un aliento de gas blanquecino; se le ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos y azufre, quemando el pasto. Las ovejas aterradas, enloquecen y mueren. Las mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida del Sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros, pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como fracasaremos también nosotros?
-¡Suficiente, te digo!
-¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en qué año estamos.
-Novecientos años después de Navidad.
-No, no -murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados-. En este páramo no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos ampare!
-¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!
-¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos ataviados.
Enfundado a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y volvió la cabeza.
En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro. El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas, tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.
-Mira... -murmuró el primer hombre-. Oh, mira, allá.
A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido: el dragón.
Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos en silencio. Un monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta y el dragón, rugiendo, se acercó y se acercó todavía más. La deslumbrante mirilla amarilla apareció de pronto en lo alto de un cerro y, en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano, impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.
-¡Pronto!
Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.
-¡Pasará por aquí!
Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los caballos.
-¡Señor!
-Sí; invoquemos su nombre.
En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos. Hubo un terrible alarido quejumbroso y, con ímpetu demoledor, la bestia prosiguió su carrera.
-¡Dios misericordioso!
La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por el aire. El dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó y el monstruo negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo, gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.
-¿Viste? -gritó una voz-. ¿No te lo había dicho?
-¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!
-¿Vas a detenerte?
-Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo. Me pone la carne de gallina. No sé que siento.
-Pero atropellamos algo.
El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.
Una ráfaga de humo dividió la niebla.
-Llegaremos a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?
Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada, hacia el norte, desapareciendo para siempre y dejando un humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire quieto.
FIN
"Y así los mentirosos se adentraron en la ficción, acercándose letra a letra a la vida!"
miércoles, 23 de septiembre de 2015
Proceso de selección
Iba llegando puntual, estaba perfumada, maquillada, perfecto. Iba bien vestida, con ropa elegante pero estilosa. Ocupaba por supuesto los aros azules de la suerte. ¿Resultado? Se sentía bien. Estaba formal y atractiva.
Allí estaba él con clásica ropa oficinesca. "Hola, un gusto, soy Claudia". "Igualmente, Eduardo". Se saludaron como totales desconocidos, pero en realidad ambos habían averiguado del otro. De partida en Internet y además por los comentarios del contacto que los conectó.
Atraviesan velozmente el palabreo, el "small talk". Que el clima, los temblores, las celebraciones del 18. ¿Sus respuestas? Ligeras y despreocupadas, "todo excelente", "me alegro, vale".
Hasta que van al tema laboral: "Me dijo mi cuñada, pero cuéntame, dónde trabajas". Ella le cuenta, sabe que debe lanzar frases con puntería, que debe lucir todo el tiempo relajada a la vez que segura. Él es discreto, no se entusiasma demasiado con sus respuestas, pero no lo puede evitar engancha en un par de cosas. Y por eso caen ambos suavemente en las conversaciones personales: sobre la familia, los hobbies.
Hay una complicidad entre los dos, la noche avanza, ya van por el postre. Cada uno lanza sus mejores dardos, cada uno entrega algo solo para inmediatamente después retroceder. Después de todo cada uno sabe lo que vale en el mercado, ninguno se anda regalando.
¡Eureka! De forma espontánea surgió el plan de segunda cita el sábado. Ha terminado el encuentro. Él pagó la cuenta, ella lanzó toda su coquetería en la despedida.
Ya ella copuchea con su mejor amiga. Le ha gustado el chiquillo, pero el proceso de selección debe seguir. Se abriría la siguiente etapa, la danza del flirteo. En el mundo amoroso, como en el laboral, ninguna de las partes puede ser clara en sus intereses. Hay que tener paciencia y ser piola, pero lanzar la artillería, todo lo que uno sabe que funciona para ver si en una de esas se logra encontrar a la persona. Después de todo, de alguna manera todos vamos por la vida con el marco de una pintura, tratando de encontrar ese personaje perfecto, que se alinea con nuestras ilusiones y -también- con nuestras posibilidades.
lunes, 21 de septiembre de 2015
Tú
Desperté con el traquetear de las ruedas sobre el camino rocoso, me incorporé de la maleza fría y dura y vi como ninguno de los otros se enteraba del ruido, todos dormían. Con esfuerzo enfoqué los angulosos contornos del carruaje que se nos acercaba.
Entonces te vi, tu rostro tranquilo. Noté sobre el ala de tu sombrero una hoja de roble depositada, caída sin propósito y por azar desde las ramas que ensombrecían la vía. Su inocente presencia atestiguaba que tus obsesiones ya no estaban contigo; el ansia enferma por el orden y la pulcritud ya no te atormentaban.
Recorriste con la vista la orilla del camino, pasaste sobre mi rostro sorprendido y no me reconociste. Instintivamente observé mis ropas y repasé mi rostro con las manos, como buscando la causa de tu indiferencia. Hallé mugre, tierra y pena, pero yo seguia ahi. Al menos yo si podía encontrarme.
Tu carruaje pasó inmediatamente en frente. Pude notar recién entonces que ibas acompañado, una joven se inclinaba dulcemente sobre tu hombro, tal como alguna vez tuve permitido hacerlo.
En la milésima de tiempo que su rostro se volteó, se tiñó ella de angustia. Por mi dibujó una mueca en sus dulces rasgos. Tu ni siquiera te giraste.
Cuando finalmente tu carro nos sobrepasó, miré a mis amigos, esos que siempre asemejaban borrachos durmientes. En lo más profundo de mi voluntad deseé, como tu, ser incapaz de reconocerlos.
Despertó Anabelle, de seguro presionada por mi mirada.
que pasa? - me dijo amodorrada
quizá he muerto - Le contesté.
Ella sonrió con paciencia y volvió a recostarse junto a mi.
Entonces te vi, tu rostro tranquilo. Noté sobre el ala de tu sombrero una hoja de roble depositada, caída sin propósito y por azar desde las ramas que ensombrecían la vía. Su inocente presencia atestiguaba que tus obsesiones ya no estaban contigo; el ansia enferma por el orden y la pulcritud ya no te atormentaban.
Recorriste con la vista la orilla del camino, pasaste sobre mi rostro sorprendido y no me reconociste. Instintivamente observé mis ropas y repasé mi rostro con las manos, como buscando la causa de tu indiferencia. Hallé mugre, tierra y pena, pero yo seguia ahi. Al menos yo si podía encontrarme.
Tu carruaje pasó inmediatamente en frente. Pude notar recién entonces que ibas acompañado, una joven se inclinaba dulcemente sobre tu hombro, tal como alguna vez tuve permitido hacerlo.
En la milésima de tiempo que su rostro se volteó, se tiñó ella de angustia. Por mi dibujó una mueca en sus dulces rasgos. Tu ni siquiera te giraste.
Cuando finalmente tu carro nos sobrepasó, miré a mis amigos, esos que siempre asemejaban borrachos durmientes. En lo más profundo de mi voluntad deseé, como tu, ser incapaz de reconocerlos.
Despertó Anabelle, de seguro presionada por mi mirada.
que pasa? - me dijo amodorrada
quizá he muerto - Le contesté.
Ella sonrió con paciencia y volvió a recostarse junto a mi.
sábado, 19 de septiembre de 2015
Terremoto
La tierra se rompió.
No literalmente, aunque por poco. Pero el eje de la tierra se rompió, y se desencadenó en un gigantesco y largo remezón. Luego de los tres minutos de sacudida, vinieron momentos de paz, pero cada cierto tiempo el suelo temblaba, como recordándonos de lo que había pasado. Eventualmente nos dimos cuenta que no era normalidad interrumpida por réplicas, sino que la nueva normalidad era el movimiento, y el reposo era la interrupción.
La tierra se rompió, y nunca la arreglaron.
lunes, 14 de septiembre de 2015
Sagenpaw
Yo y
muchos de mis compañeros debimos de retroceder y ocultarnos. Muchos otros
simplemente abandonaron y huyeron de una muerte seguro. Cuantas ganas tenía yo
de seguirlos, para ser honestos, pero no lo hacía. Me encontraba herido,
cansado, angustiado, y aunque no quería admitirlo, tenía miedo. Había
visto muchos de mis camaradas caer de
manera violenta ante un enemigo que nos quería ver derrotado a toda costa. La
desesperanza invadía mi corazón, la cual se palpaba en una sensación fría que
recorría mi pecho y que en ocasiones lo apretaba un poco. Ni si quiera mi
orgullo, mi preciado orgullo, del cual yo hago tanto alarde, me estaba sirviendo
de utilidad. Sin embargo, seguía ahí. Mi voluntad, mi necesidad por defender lo
que creo que es correcto y mi complejo de héroe me impedía irme de allí.
-Ya es
hora Xiolotili- me dijo Vegone, haciendo un gesto con la cabeza- No podemos
dejar que pasen.
Asistí
con la cabeza, tomé un gran respiro y me dije para mí adentro: Ya me llegó la
hora.
Apenas
salimos de nuestro escondite, me llegó un pedazo de roca que me golpeó la
canilla, fracturándome el hueso, el cual quedó plenamente a la vista. Caí
inmediatamente al suelo, sin comprender mucho lo que acababa de suceder. Los
acontecimientos pasaban tan rápidos que no había tiempo para darse cuenta del
dolor. Dolor no recuerdo haber sentido, pero si el no poder moverme. Miré hacia
delante y vi a los gigantes bárbaros invasores atacar a mis compañeros, con
esos bruscos movimientos, levantando esas enormes espadas y otros lanzando
rocas. Fue en ese momento en que el tiempo se detuvo y recordé las palabras de
un viejo ermitaño:
- De los viejos y pocos cantos
que recuerdo, hay uno que os sirve. Sirviente o no, la naturaleza madre es. El
poder que ella concentra, dentro de nosotros reside. Pero sin voluntad para
defender, poco puedes hacer. Recuerda al levantarte, que tan poderoso como yo
puedes ser.
Ahora
entendía, el Sagenpaw (el poder de la voluntad) es el poder máximo que nos ha
dado la vida, y mientras lo tengamos no nos podrán vencer. Así que me incorporé
de nuevo en un pie, levanté mi espada y avancé con lo que mis fuerzas me permitían
avanzar, hasta que unos de los barbaros gigantes me notó y corrió hacia mí para
atacarme. Por mucha voluntad que tuviera, este era mi fin. Pasó por mis ojos mi
vida entera, siendo lo último la imagen de mi mujer y mis dos hijos. Fue en ese
instante en que pasó lo más inesperado. Un duro golpe vino de mi interior, como
si una fuerza quisiese salir. Mi cuerpo comenzó a brillar y a crecerle un
pelaje café, excepto en la espalda, que era rojo, mientras me creían las manos
y luego todo el cuerpo. También me creció un hocico y garras, tanto en las manos como en los pies. El bárbaro se
quedó parado en seco, con el arma arriba, mientras yo lentamente me
incorporaba. Me sentía fenomenal, mis heridas se habían curado, el poder corría
por mis venas y sentía un animó bestial, imposible de controlar, por matar.
El
bárbaro se puso a la defensiva inmediatamente. Ahora yo era más grande. El
gigante invasor trató de atacarme pero lo repelí rápidamente con mis fuertes
brazos, quitándole la vida inmediatamente. Ahora había que acabar con los
demás.
No Te Des Vuelta
- No te des vuelta, no ahora, no así, por favor. - No logró evitar que una lágrima cayera al suelo.
Ella lo miraba atenta, sabía lo que venía, lo tenía asumido, pero aún así sintió lástima por él.
No recordaba su vida antes de conocerlo, era todo lo que tenía, pero ya no más, debía irse, y ambos lo sabían.
La abrazó con fuerza, a ella le dolió, pero no se quejó, sabía que él lo necesitaba.
La hora había llegado, la miró a los ojos y ella, moviendo la cola, apoyó su cabeza en su regazo y, sin dejar de mirarlo, expiró.
Para la Clarita.
domingo, 13 de septiembre de 2015
Asesino
“Nuestros
hechiceros están siendo masacrados por un lancero frente a la muralla oeste.
Encárgate.”
Siempre
me molestó un poco la telepatía. Claro, tiene sus usos. En el estruendo de la
batalla no es fácil dar órdenes, especialmente en una operación tan grande como
esta. Pero me deja un gusto amargo en la mente, si existe tal cosa. Demasiado
invasivo, y al terminar quedas con la duda de si sigue alguien ahí. Cambié mi
rumbo ligeramente y aceleré el paso a buscar al lancero. Probablemente tiene
una lanza lo suficientemente maldita como para penetrar las barreras de los
hechiceros, y con lo especializados en magia que estos eran, dudaba de su
capacidad de defenderse por mucho.
El
distintivo olor a magia me indica que estoy cerca, y al superar una colina, veo
que “masacrados” no era una expresión. La mitad de los hechiceros yacen
muertos, cada uno con un hoyo del tamaño de una manzana en el torso, justo a la
altura del corazón. La otra mitad se encuentra desesperadamente lanzando un
variado arsenal de hechizos contra el lancero, al que apenas percibo como un
rayo rojo en el campo de batalla. Solo alcanzo a divisarlo mejor cuando para
por un instante a retirar su lanza de sus víctimas. Un par de minutos más y
perderíamos a la unidad completa.
Se está
moviendo demasiado rápido como para un ataque sorpresa. Decido desafiarlo.
“¡LANCERO!”
grito a todo pulmón. Inmediatamente me pongo a murmurar las activaciones para
las runas que recorren mi armadura. Si había derrotado media unidad de
hechiceros solo, no iba a ser una pelea fácil.
Elhaz. Protección.
Urur. Fortaleza.
Hagalaz. Velocidad.
El
lancero interrumpe su ataque y me mira. La sangre de los hechiceros cubre su
rostro, pero sus ojos brillan de un carmesí más fuerte. Su lanza pulsa con sed
de sangre del mismo color. Claramente un demonio la poseía. La intensidad de su
mirada dura poco y resume su labor de matanza. Le doy una advertencia.
“¡LANCERO!
¡ENFRÉNTAME! ¡POR LAS BUENAS O LAS MALAS!” lo desafío de nuevo. Si tengo que
hacerlo una tercera vez, no tendrá opción, pero prefiero guardarlo para el peor
de los casos. Sigo con mis activaciones.
Ingwaz. Poder.
Ehwaz. Resistencia.
Sowilo. Victoria.
Esta
última de superstición más que nada. No solía ser un tipo supersticioso, pero
bueno, tampoco creía en la magia, y aquí estoy, usando el ritual escandinavo
para combatir contra un guerrero con una lanza endemoniada. Me he visto forzado
a reevaluar muchas cosas últimamente.
El
lancero no para esta vez. Su lanza silba por el aire y atraviesa otro
hechicero. Por las malas, entonces.
Invoco
una runa distinta. Esta no está inscrita en mi armadura, ni en mis guantes.
Esta cuelga de mi cuello, suspendida por
una fina cadena de plata que se rompe apenas termino la invocación.
“Ath nGabla.”
El
guerrero enemigo frena en seco, incapaz de resistirse a la compulsión de la
runa de duelo. Ahora solo podemos atacar al otro, hasta que alguno de los dos
haya sido derrotado. Prefiero no usarla, porque me expone mucho si llega un
aliado de mi contrincante. Pero no podíamos perder más hechiceros.
Me
concentro y envío un mensaje mental a la base. Ellos se encargarán de
comunicárselo a los hechiceros restantes de esta unidad.
“No lo
ataquen más. Yo me encargo. Ustedes recupérense y cuando estén listos
satúrenme.”
El
lancero se acerca, girando su lanza, salpicando sangre por todos lados. Se para
a cinco metros de distancia. Él habla primero.
“Desenfunda
tu arma, asesino. Un duelo querías, un duelo te daré. Por corto que sea.”
Clásica arrogancia de lancero. Se le ve irritado, molesto que interrumpí su
diversión.
Levanto
las manos en posición de guardia, y separo los pies para mejorar mi balance. En
mi armadura y mis guantes pulsan con fuerza mis runas. El lancero levanta una
ceja, con algo de sorpresa a mi elección de magia. Las runas no son muy
comunes, pero sobretodo, le asombra mi falta de arma. En este mundo todos
luchan con armas, pero en el mío usamos nuestras extremidades. La sorpresa le
dura poco, y con una poderosa patada al suelo, salta como proyectil hacia mí,
lanza apuntando a mi pecho. Pivoteo sobre mi pie derecho y esquivo su ataque,
planto mi pie izquierdo en el suelo, y rápidamente levanto la rodilla derecha, clavándosela
en el abdomen. Las runas me permiten hacer movimientos sobrehumanos, y la
fuerza de mi rodillazo lo levanta un par de metros. Un gruñido de sorpresa se
convierte en uno de enojo mientras gira su cuerpo para golpearme con el costado
de su arma. Prediciendo ese ataque, esquivo su lanza y arrojo un
puñetazo a su cara. La inestabilidad de su posición no le da para moverse a
tiempo, y mi puño conecta con su mejilla derecha, haciendo un satisfactorio
crujido al romper su pómulo. Cae al suelo pero parece rebotar y su lanza cruza
en un arco diagonal por el aire, obligándome a saltar hacia atrás. Con una
vuelta en el aire se incorpora, y se hace una pausa en el combate.
Se me
escapa una sonrisa al ver sangre suya mezclándose con la de sus víctimas en su
cara. Se enfurece al verme sonreír y con un grito animalesco, se lanza hacia mí
de nuevo. Esta vez noto una diferencia en su estilo, y justo a tiempo alcanzo a
decidir contra esquivar y patear su lanza hacia el lado. Tomado por sorpresa
por la fuerza del bloqueo, su cara vuelve a chocar contra mi puño, esta vez
rompiéndose la nariz. Alcanzo a asestar otro par de golpes antes que el silbido
de la lanza me dé la advertencia de saltar hacia atrás un par de metros. No
logro esquivarla completamente, y la punta atraviesa mi armadura sin problema
alguno. Una delgada cortada marca mi pecho. Unos instantes menos de aviso y
rebanaba mi corazón.
Si
antes estaba furioso, ahora la rabia desfiguraba su cara, en adición a lo que
habían hecho mis puñetazos. Subí la guardia, atento a su próximo movimiento. Mi
victoria estaba cerca, y era el momento más peligroso del combate: las últimas
medidas. En este mundo de magia, eran totalmente impredecibles. Se recompone un
poco antes de hablar.
“Tu
nombre, asesino. Quiero saber quién tendrá el honor de morir por la maldición de
mi lanza.”
No le
respondo, pero comienzo a formular un contraataque en mi mente. Claramente iba
a liberar al demonio de su arma, pero que efecto tendría era imposible decir.
Comienzo a murmurar refuerzos a mis runas de agilidad y defensa, cuando recibo
otro mensaje.
“Sentirás
tu pecho apretado ahora. No te resistas, te vamos a salvar la vida.” Me obligo
a no mirar la fuente del mensaje, uno de los hechiceros restantes, para no
delatar al lancero que ya están recuperados. Inmediatamente siento la presión
en mi pecho, y dejo que la magia me envuelva, confiando en mi equipo.
El
lancero decide dejar de esperar por mi nombre, y apunta su lanza al suelo
diagonalmente. Una sed de sangre mil veces más fuerte que la normal emana de la
lanza, saturando el aire mismo con un concepto: muerte. El demonio era de
altísimo grado, eso quedaba claro. No se ve bien esto.
Mucho
más rápido que antes, y prácticamente arrastrado por su arma, el lancero vuela
hacia mí. Las runas reforzadas me dan para apenas esquivar la punta de lanza,
con un potente salto hacia el lado. Cuando aterrizo, veo una sonrisa en la cara
del lancero, e inmediatamente siento antes de ver la causa de ella.
En mi
pecho, a la altura del corazón, un hoyo del tamaño de una manzana.
El
lancero comienza a explicar. Algo de reversión de causa y efecto, que mi muerte
era asegurada cuando decidió soltar al demonio. La magia de la runa de duelo se
dispersa, habiendo elegido a un ganador. Comienzo a desvanecerme mientras mi
contrincante me da la espalda, intento en continuar con su diversión. Siento la
magia de los hechiceros de nuevo, esta vez menos fuerte y seguramente un
desperdicio de maná. Ninguna magia iba a curar una herida tan grave de algo tan
endemoniado.
Sin
embargo, no muero. Extraño porque ahí sigue el hoyo. Pero siento todavía mi
sangre fluir por las venas, siento todavía algo bombear en mi pecho. Me estoy
desangrando todavía, pero algo me mantiene vivo, aunque no por mucho. Un mensaje
me confirma lo anterior.
“Tienes
dos minutos antes de desangrarte.”
Ahora
si miro a los hechiceros, que enfrentan al lancero sin mirarme a mí. Veo que no
hacen ningún tipo de magia para defenderse del eminente ataque. Sin
embargo me comienzo a sentir saturado en energía. Están apostando todo en mí.
Procuraré no desilusionar.
Reincorporándome,
activo una de las magias propias de mi clase. Soy un asesino poco convencional,
pero asesino después de todo. Concilio me hace prácticamente indetectable, y
salgo detrás del lancero, que se encuentra saboreando la calma antes de la
tormenta. Los hechiceros se ven aterrorizados, sin delatar su esperanza
secreta.
Un
golpe preciso en su antebrazo es mi ataque sorpresa. Nada muy dañino, pero
logra activar su reflejo y hacerlo soltar la lanza. Se da vuelta, estupefacto,
para ser agarrado por mi mano izquierda del cuello. Las runas y saturación
hacen que levantarlo sea tarea fácil. Echo mi brazo derecho para atrás, y
concentro todo mi maná restante en mi puño. Inspirado por una infancia de
películas de acción, o tal vez afectado por la falta de sangre, digo:
“Mi
nombre es Max, y no muero tan fácil.”
La
velocidad del golpe logra romper la barrera del sonido, junto con su cara y por
lo menos la mitad de su cerebro. Suelto el cuerpo inerte de mi contrincante, y
miro a los hechiceros detrás. Ya están trabajando en curar mi herida, y su
líder, el que mandó el mensaje, se acerca a mí.
“Tu
segundo corazón no va a resistir mucho más, asesino. Te voy a poner en un coma
para alentar el desangrado.”
“No
será necesario, hechicero” alcanzo a decir, antes de desmayarme.
jueves, 10 de septiembre de 2015
Inexplicable
Del tamaño
de una caja de zapatos, blanco y pareciendo haber salido de un capítulo viejo
de Star Trek, el Dispositivo concentraba toda la atención de Alan.
Había
llegado en el correo. Alan no recordaba haber encargado nada a Amazon en los
últimos días, ya estaba a fin de mes y como siempre se había quedado sin un
dólar en la cuenta. Pero su papá le había enseñado que hacer con los caballos
regalados, y en menos de un minuto ya estaba desenvuelto y enchufado. Marco, su
gato, se frotaba inefectivamente contra su pierna: el Dispositivo concentraba
toda la atención de Alan.
Emitía
un leve zumbido, casi imperceptible en realidad. Ninguna luz ni otro ruido
indicaban su funcionamiento. Llevaba un minuto así, observándola atentamente,
cuando desde la cocina se escuchó la tostadora lanzar sus quemadísimos panes al
aire. El eterno déficit atencional de Alan lo arrancó de la máquina y se fue
garabateando a la cocina. A la tostadora se le había atascado el temporizador
en máximo, y si no la cancelaba manualmente, le salían panes negros. Lo peor es
que eran sus últimos dos del mes.
Después
de un vigoroso raspado de las tostadas y liberal aplicación de mantequilla y
mermelada, Alan caminaba de vuelta a su living, donde el Dispositivo seguía
sentado pasivamente. Marco se había trepado al librero, y estaba justo pisando
un libro precariamente balanceado sobre el borde. Libro y felino cayeron, y
justo Alan sintió un aumento en la frecuencia del ligero zumbido. Marco cayó de
espaldas con un lastimero miau, pero en un instante se recompuso y salió
disparado al segundo piso, como para evitar vergüenza.
Qué
raro… Juraba que los gatos siempre caían parados… pensaba Alan, mientras notaba
que el Dispositivo había vuelto a su frecuencia anterior. Se sentó con su desayuno
a seguir observando la máquina. A veces pensaba que se estaba imaginando ese
zumbido, tan tenue era. Mientras comía su pan con mermelada, se balanceaba en
su silla (uno de sus múltiples malos hábitos), y en un momento casi se va para
atrás. Lanzando todo su peso hacia el frente, logró volver a nivelarse, pero su
pan había salido volando en el proceso. Cayó en el suelo, mermelada arriba.
Alan se quedó estupefacto. Eso sí que no pasaba nunca.
Se
percató, justo antes que volviera a la normalidad, que el Dispositivo estaba
emitiendo ese zumbido más alto justo cuando su pan volaba por los aires. Una
idea comenzó a formarse en la ruidosa mente de Alan. Sacó una moneda de su
bolsillo y la lanzó al aire sobre la mesa. El zumbido aumentó, y la moneda cayó
de lado, perfectamente balanceada.
Después
de veinte minutos más de ver imposibilidades como su ex llamarlo para pedir
perdón, su computador prenderse sin instalar actualizaciones, el agua de la
ducha salier de la temperatura ideal a la primera y que todas sus películas
favoritas estuvieran en la tele y sin comerciales, Alan decidió apuntar a lo
grande: iría al casino. Tomó sus escasos ahorros
y salió de su casa silbando.
Iba con
una meta clara: un millón de dólares. Si ganaba más se vería sospechoso y sería
expulsado del casino. En un par de horas de apostar en la ruleta ya había
ganado el millón, y sentía la mirada penetrante de los guardias del recinto,
así que tomó sus ganancias y se fue.
Llegando
a su casa con un maletín lleno de dólares, y un cuerpo lleno de adrenalina,
subió las escaleras corriendo, lanzó el maletín sobre su cama, y encontró en el
closet el revólver de su papá. Sacó una de las seis balas, le dio un giro al barril,
lo cerró con un movimiento de la muñeca y se lo puso contra la sien. Su corazón
palpitaba a mil por hora, y con una sonrisa de locura, apretó el gatillo.
El fin
Se han reunido los líderes bajo la tierra silenciosa, casi al término del camino que lleva a las últimas profundidades.
La negociación trajo la paz.
La temida paz ¿Qué será de la superficie ahora que el fuego de la batalla se ha apagado?
Se enfriará y enfriará y tanto ellos como nosotros moriremos.
La negociación trajo la paz.
La temida paz ¿Qué será de la superficie ahora que el fuego de la batalla se ha apagado?
Se enfriará y enfriará y tanto ellos como nosotros moriremos.
El agua
Sin mucho aviso, y todo sucediendo muy rápido, el agua fue finalmente lo único que podía ver.
miércoles, 9 de septiembre de 2015
La condena y su fruto
Mi historia es una
historia de aprendizaje, de un duro aprendizaje, que a veces pareciera estar a
simple vista, algunos como yo, no lo descubrimos hasta que estamos en nuestros últimos
y más desesperados momentos.
Todo partió cuando
perdí mi casa en una apuesta. Si, así es, los juegos de azar y las apuestas
siempre han sido mi punto débil, pero al menos sabía reconocerlo, y mientras
más tomaba conciencia de mi enfermedad, más ganas tenía de jugar. Lo que más me
apasionada era el dinero. El ganar dinero me causaba una sensación de felicidad
indescriptible. Pero no siempre se ganaba, otras veces perdía, y no solo
dinero, sino como dije, la casa, el auto, alguna joya, etc.
Después de perder la
casa, perdí consecutivamente a mi familia, a la poca que todavía me tenía fe. La
depresión fue profunda y por ello, en un intento desesperado, pedí a quién
fuese que me escuchase, cambiar todo lo que tengo por una suerte
inconmensurable en los juegos. Si lograba ganar mucho dinero, recuperaría todo
lo demás. Sin embargo jamás creí que alguien escucharía mi deseo. Pero así fue.
En los días siguientes, gané tímidamente una buena suma de dólares. Al
principio pensé que era solo y pura suerte, pero el tiempo me hizo cambiar de
parecer y me di cuenta de que no podía perder en el juego. Después de ganar
varios dólares, fui a recuperar a mis seres queridos, pero fue inútil. Me
rechazaron tajantemente, diciéndome que yo jamás cambiaría, y otros que fueron
un poco más duros, y ni si quiera me reconocieron. Cada día que pasaba me
comencé a sentir cada vez más solo hasta el punto en que volví a pedir otro
deseo a la misma fuerza que me escuchó antes, solo que ahora le pedí que me
quitara mi suerte con el dinero y ahora poder recuperar a mi familia y amigos. Así
que fui al casino nuevamente a ver si mi suerte había cambiado, pero no. Esta
noche gané un millón de dólares, por lo que la respuesta fue obvia para mí:
Estoy condenado.
Esta es mi carta de
despedida de este mundo cruel, que yo no
supe apreciar cuando debía hacerlo. No se molesten en buscar el dinero, porque
se lo he enviado todo a mis seres queridos.
La carta terminaba con unas gotas de sangre que manchaban la
firma del pobre hombre que yacía muerto junto a ella.
El funeral se hizo en los días posteriores, y para sorpresa
de todos, la asistencia fue masiva y la ceremonia sumamente emotiva. El nombre
de Mario Manuel Cienfuegos fue recordado con cariño por todas las personas cuyo
dinero ayudó.
Chicos, nunca pensé que pudiera tener una oportunidad así,
de conocer a este maravilloso grupo y a cada uno. Para mi representan mucho y de
verdad nunca pensé que se llegaría a formar una dinámica tan genial. Cada uno
tiene una creatividad única y admirable que me sorprende cada día más. Tienen
un talento envidiable.
Soy de pocas palabras, solo quería decirles gracias por dejarme
entrar y poder ser parte de esto. Los valoro mucho y si a veces no opino de sus
cuentos, no es porque no quiera, (es más, la mayoría me parecen estupendos)
pero es porque me cuesta estar en grupo. Ojalá me entiendan. Gracias.
Por un puñado de dolares
La mucama es la primera en dar la alerta. La sangre y los restos humanos la dejaron al borde de un colapso. El administrador del hotel, le pide que se tranquilice, que se quede en la bodega y que no le diga nada a nadie. Rápido y eficiente, como lo requiere su trabajo, mueve a los huéspedes que habían en el piso a una suite principal. “una cañería rota” es la escusa que da.
El tercero en saber es el dueño del casino y del hotel, el señor K., quien llama a la policía. No a la central, directo al agente Sánchez, un hombre de la casa.
-¿Que es lo que sucedió?- pregunta dormido
-Hay un hombre muerto, es algo delicado, te pido discreción.
-Bien, no se preocupe, voy para allá.
Dos horas y después de muchos exabruptos por parte del señor k., aparece Sánchez. Ajado, con anteojos y un cigarro en la boca. Lo sigue un muchacho delgado y formal. Al señor K. no le gusta esto y enojado los guía hasta la habitación, deja entrar al muchacho y toma a Sánchez por el brazo.
-¿Por qué trajiste a ese chico? Te pedí discreción.
-necesito un forense- dice Sánchez y entra a la habitación con un “hijo de puta” que mascullan a sus espaldas. Le gusta eso, saber que él tiene el control, incluso sobre los hombres poderosos.
La escena es dura para esas horas de la mañana. Tres disparos, sangre abundante y pedazos de cerebro del pobre tipo en la bañera. Será un trabajo duro. El muchacho, con los guantes puesto busca alguna pista.
-No hay maletas, ni ropa, ni llaves, solo su billetera en su bolsillo.- se la entrega a Sánchez- claramente es un robo que terminó en asesinato.
La billetera esta vacía, ni un solo peso, pero queda la licencia de conducir. Llama a la central y pide más información. “36 años, soltero, sin familia, un contador de una pequeña empresa” dice la chica de la central. “Un alma solitaria que nadie extrañara” piensa Sánchez.
Sánchez sale del cuarto con ganas de un café, pero solo está el señor K. y no le puede pedir un café al señor K., eso sería forzar mucho la ya tensa situación. En cambio saca otro cigarro y se pone a conversar.
-Es un maldito desastre, no creo que podamos ocultar algo así de los medios.
-Vamos, tienes que hacer algo. Un asesinato. Sabes cómo afectaría esto a la reputación del casino.
-Podría saltarme algunos pasos, pero no mucho más, este caso requiere una investigación profunda.
El silencio se cuela entre los dos. Sánchez, se rasca su cara sin afeitar.
-¿Había algo en las cámaras? ¿Andaba con alguien?- pregunta, incomodo por el silencio.
-No, siempre solo. Pero el tipo tuvo una buena noche. Ganó casi un millón de dólares, sin trucos.
Ya tenía el móvil, ahora faltaba saber quien había disparado. Entra en la habitación, pensativo y se sienta sobre la cama. El colchón esta duro, demasiado duro, como si hubiera algo abajo. De un salto, se levanta y da vuelta el colchón. Sus ojos brillan ante el espectáculo. “Esto lo cambia todo” piensa y con discreción cierra la puerta de la habitación. Llama al muchacho, que todavía sigue buscando pistas en el baño y le muestra los dolares.
-¡Cuánto dinero!- exclama el muchacho.
-Tendrás que cambiar el informe.- el chico lo mira extrañado.- esto es un suicidio.
-¿Suicidio? ¿Y qué hay con todas estos billetes?
-¿Qué billetes? Yo no veo ninguno.
viernes, 4 de septiembre de 2015
La vida después de Clara
Era increíble, era increíble, era increíble, pero como en toda historia de amor, algo malo debe pasar. Y no es que ocurra por que a destino le gusta ver tragedias, son cosas que suceden en pro del amor. O eso quiero creer. Después de todo Romeo y Julieta no seria Romeo y Julieta si ambos vivieran felices por siempre.
Yo, todavía sin presentarme por mi nombre, pero con mi voz interna, característica de un film noir, vivía mis días dividido entre Sara y Clara. Disfrutando la pasión que se siente en los primeros meses del amor, y a la vez compartiendo los restos con Clara. Eran tiempos felices, para los tres, creo, solo me sentía cansado, mentir era extenuante, y además con Clara dormía poco, si entiendes a que me refiero. Pero como dije, en una buena historia debe haber drama y bajo esta regla, mi felicidad termino repentinamente. Era de esperarse, y más temprano que tarde ella nos descubrió, a Sara y a mi, en nuestro departamento. Fue un gran descuido de mi parte, pero en mi defensa y como dije en otro cuento, Sara me volvía loco cada vez que la veía cantar. Enserio deben verla cantar.
Sara y yo estábamos sobre la cama, bajo ella y entre ella, cuando Clara entró. Mi antiguo departamento era de un solo ambiente, cocina, dormitorio, comedor, sala de estar y todo en menos de 6 metros cuadrados (creo haberlos contado alguna vez) y a un costado esta el pequeño baño-ducha-lavamanos, cuya puerta se traba porque la madrera se hincha de humedad. Estoy divagando otra vez.
Así que ahí esta la cama-silla-mesa enredada entre Sara y yo, cuando Clara entró. Clara hizo lo más lógico, tomó un cuchillo y nos amenazó, Sara lloró, cubierta por sabanas y escudada por mi cuerpo la saque del departamento. El cuchillo nunca cortó nada. Solo era una de las tantas figuras teatrales que Clara amaba usar, pero volaron algunos vasos, algunos platos y mi ropa fue arrojada por la ventana. De nuevo, Clara solía ser muy teatral, un cliché.
Sin rastros de vergüenza traté de justificarme. Ella lloraba, y yo le mentía a ella y a mi, al decir que Sara no significaba nada, que no era nada para mi, solo una aventura, para rellenar la falta de trabajo. Para rellenar el vació que dejó el amor al volverse cotidiano, esto último no lo dije. Tirada sobre el piso, indigna, incrédula seguía llorando porque sabia la verdad, desde mucho antes de saberlo, porque así son las mujeres siempre saben, incluso cuando no saben.
Yo tanteaba, desde lejos, la situación, ya externo en la escena, casi tras bambalinas, con palabras silenciosas y alejadas, para dormir a la bestia indomable que puede ser el rencor. Y puse, despacio, delicadamente, mi mano sobre su hombro, sin saber que ello encendería todo otra vez.
Los gritos resonaron por el edificio otra vez y el resto de mi ropa voló por la ventana y superado por la situación intente salvar algo que no quería salvar, use el comodín y dije lo que nunca debí decir.
"Solo era una negra" grite irritado.
"Eso lo hace todavía peor" respondió ella, dejándome con la duda de quien era el racista en ese dialogo.
No pude preguntarlo, por que antes me sacó del departamento. Ese que fue mi departamento, nuestro departamento, su futuro departamento.
"Por lo menos tengo a Sara" pensé con mente fría.
Y sí. La tenia. Al salir a la calle Sara estaba ahí, vestida solo con una de mis camisas y el resto de mis ropas entres sus brazos.
"Así que solo soy una negra" dijo ella enfurecida y tiró mi ropa al piso.
La había cagado. Dos veces, en muy poco tiempo. Podría haber salido tras ella y arreglarlo todo con una de esas mentiras que se me daban tan bien y un beso romántico e hipócrita bajo la noche estallada, pero estaba cansado, irritado, semi desnudo y mi ropa seguía tirada sobre la calle. La amaba, todavía lo hago, pero fui aún más idiota al pensar que con el tiempo podría redimirme de mis pecados.
Yo, todavía sin presentarme por mi nombre, pero con mi voz interna, característica de un film noir, vivía mis días dividido entre Sara y Clara. Disfrutando la pasión que se siente en los primeros meses del amor, y a la vez compartiendo los restos con Clara. Eran tiempos felices, para los tres, creo, solo me sentía cansado, mentir era extenuante, y además con Clara dormía poco, si entiendes a que me refiero. Pero como dije, en una buena historia debe haber drama y bajo esta regla, mi felicidad termino repentinamente. Era de esperarse, y más temprano que tarde ella nos descubrió, a Sara y a mi, en nuestro departamento. Fue un gran descuido de mi parte, pero en mi defensa y como dije en otro cuento, Sara me volvía loco cada vez que la veía cantar. Enserio deben verla cantar.
Sara y yo estábamos sobre la cama, bajo ella y entre ella, cuando Clara entró. Mi antiguo departamento era de un solo ambiente, cocina, dormitorio, comedor, sala de estar y todo en menos de 6 metros cuadrados (creo haberlos contado alguna vez) y a un costado esta el pequeño baño-ducha-lavamanos, cuya puerta se traba porque la madrera se hincha de humedad. Estoy divagando otra vez.
Así que ahí esta la cama-silla-mesa enredada entre Sara y yo, cuando Clara entró. Clara hizo lo más lógico, tomó un cuchillo y nos amenazó, Sara lloró, cubierta por sabanas y escudada por mi cuerpo la saque del departamento. El cuchillo nunca cortó nada. Solo era una de las tantas figuras teatrales que Clara amaba usar, pero volaron algunos vasos, algunos platos y mi ropa fue arrojada por la ventana. De nuevo, Clara solía ser muy teatral, un cliché.
Sin rastros de vergüenza traté de justificarme. Ella lloraba, y yo le mentía a ella y a mi, al decir que Sara no significaba nada, que no era nada para mi, solo una aventura, para rellenar la falta de trabajo. Para rellenar el vació que dejó el amor al volverse cotidiano, esto último no lo dije. Tirada sobre el piso, indigna, incrédula seguía llorando porque sabia la verdad, desde mucho antes de saberlo, porque así son las mujeres siempre saben, incluso cuando no saben.
Yo tanteaba, desde lejos, la situación, ya externo en la escena, casi tras bambalinas, con palabras silenciosas y alejadas, para dormir a la bestia indomable que puede ser el rencor. Y puse, despacio, delicadamente, mi mano sobre su hombro, sin saber que ello encendería todo otra vez.
Los gritos resonaron por el edificio otra vez y el resto de mi ropa voló por la ventana y superado por la situación intente salvar algo que no quería salvar, use el comodín y dije lo que nunca debí decir.
"Solo era una negra" grite irritado.
"Eso lo hace todavía peor" respondió ella, dejándome con la duda de quien era el racista en ese dialogo.
No pude preguntarlo, por que antes me sacó del departamento. Ese que fue mi departamento, nuestro departamento, su futuro departamento.
"Por lo menos tengo a Sara" pensé con mente fría.
Y sí. La tenia. Al salir a la calle Sara estaba ahí, vestida solo con una de mis camisas y el resto de mis ropas entres sus brazos.
"Así que solo soy una negra" dijo ella enfurecida y tiró mi ropa al piso.
La había cagado. Dos veces, en muy poco tiempo. Podría haber salido tras ella y arreglarlo todo con una de esas mentiras que se me daban tan bien y un beso romántico e hipócrita bajo la noche estallada, pero estaba cansado, irritado, semi desnudo y mi ropa seguía tirada sobre la calle. La amaba, todavía lo hago, pero fui aún más idiota al pensar que con el tiempo podría redimirme de mis pecados.
martes, 1 de septiembre de 2015
El perro
La picadura que me dejó la avispa de mar era letal,
supuestamente no sobreviviría más de 10 minutos, y heme aquí, saliendo del
hospital de Melbourn con un simple
parche en la pierna derecha y sintiéndome mejor que nunca.
Y así fue como terminé en el veterinario. Sedado. Y siendo
un canguro más en cautiverio.
¿Cómo, Cuando, donde y por qué? Seguramente te estarás
preguntando. ¿Sabes qué? Tú inventaras como pasó y yo te contaré el final.
Los doctores quedaron boquiabiertos con mi recuperación y me
dieron de alta ese mismo día. En ese glorioso instante en que salí por la puerta
de la sala de urgencias creo que conocí al ser que más me ha marcado hasta el
día de hoy: el perro.
Si, digo el perro, no un perro, ni el nombre que tenía
escrito en su collar. Pero en fin, sigamos con lo que importa.
Apenas lo vi, sentí como un escalofrío recorría todo mi
cuerpo. No porque diera miedo o porque me ladró cuando cruzamos nuestras
miradas de la forma más romántica que fuera posible. Sino que cuando rozó su
cola con mi pierna me sentí completo.
Seguí caminando y el perro siguió a su dueño que lo esperaba
al otro lado de la calle, perdiéndose de vista entre la maleza y el asfalto.
Nunca lo volví a ver. Pero en el instante en que se fue, me
di cuenta que mis manos se tornaban grises, luego mis brazos, mis piernas ¡todo!.
(Gracias a Dios que no fue verde.)
Llegué a casa en busca de mi jabón antibacterial para poder
sacarme el color y me vi al espejo. Casi me dio un infarto. Estaba a punto de
llamar a urgencias y descubrí que no podía sacar mi celular de mi bolcillo, y
busqué en el grande, y tampoco estaba. ¿En el grande?. Me volví a mirar al
espejo, y me cayó la teja. Fui a ver a Miriam que estaba en su pieza y vi como
me miraba. Nunca había visto esos ojos color miel mirándome así.
Un grito salió de su boca y abrió el ventanal echándome con
la escoba.
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