martes, 1 de diciembre de 2015

La pelea

Antes de partir pon en tu cabeza “Seven nations army”, el soundtrack perfecto para esta historia, y mira como tú pie ya empieza a moverse junto al riff.

Sobre su cama, el chico abrocha sus zapatillas, la camisa de colegio esta tirada sobre el piso. La batería entra en juego, y vamos tras el chico que sale de la casa sin avisar a la nana. ¿Su mamá? De viaje por dos semanas más. ¿Su papá? Sólo lo ve una vez al mes.

Jack White comienza a cantar y Benjamín corre por el medio de la calle en sincronía con el golpe del tom. Está oscureciendo y piensa que sus amigos ya deberían estar en la plaza. Él tiene miedo, pero evita pensar en eso. Todo por Clara, o eso quiere creer, es mejor decir que lo hace por proteger a su mina que por la presión social, y aceptar esto sería una cobardía.

Ocultos bajo la sombra de un árbol, un grupo de quinceañeros fuma mientras lo ven llegar. No hay nada que decir, todos saben las reglas, sin patadas ni golpes sucios, y la pelea termina con el primero que cae a piso. El círculo se arma, con Benjamín y Pablo en el centro.

El coro de guitarra entra con todo y Pablo recibe un golpe en la cara. Los nudillos de Benjamín se quejan, pero no hay tiempo para eso y embiste una vez más. Esta vez Pablo lo recibe con uno firme en la boca del estomago, el aire se le escapa, y otro le hace un corte en el labio. El gusto a sangre y los gritos a su alrededor lo hacen sentirse más vivo que nunca. La música está en él, es lo que lo mueve. La guitarra se calla por un segundo y empieza el riff una vez más.

Los dos se alejan, se estudian, Pablo se ríe y le tira unos garabatos. La furia lo inunda pero Benjamín no va a caer en esa, toma aire. Necesita reponerse, aunque no siente dolor.

El sonido de la batería lo oculta todo. ”Es por Clara” se dice, sabiendo que pelea más por orgullo que por ella.

Los otros se aburren y Pablo dice que Clara es una maraca. El solo de guitarra lo acalla todo.
Le tira una derecha al rostro y con el antebrazo izquierdo le pega en el cuello, Pablo le mete uno desde abajo que le hace morderse la lengua. La furia lo enceguece y los combos de Benjamín hacen retroceder al otro. Golpes en el estomago, las costillas, los brazos, la cara, y Pablo termina por caer. Pero la música sigue y Benjamín se tira encima perdido en un mar rojo y oscuro.

Todos a la cara, sin ritmo, con fuerza desmedida. No puede detenerse, por fin está votando todo lo que ha reprimido. Hasta que alguien lo agarra por atrás y lo pone de cara al suelo, frente a una masa sanguinolenta que solía ser Pablo. El miedo no ha desaparecido, se ha transformado en algo peor. El círculo se desarma y la última nota termina perdiéndose en el aire.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Vísperas de una Guerra

Eternal- Evanecence

Ambos bandos se preparaban para la guerra, una guerra en que ambas contrincantes se jugaban el destino de su respectiva civilización y el dominio del planeta.
En el espacio, los generales y comandantes observaban y coordinaban los movimientos de tropas, tanques y naves, que se agrupan  y se movían en perfecta sintonía.

Silencio. En tierra, comienza a caer la lluvia sobre las tropas nativas, quienes miraban en silencio al cielo esperando que apareciesen entre las oscuras nubes esas enormes naves espaciales. Cundía la desesperanza, aunque había un pequeño sentimiento de posibilidad, que se mezclaba con el deseo único de defender lo que es propio, aquello único que da ferocidad ante la terrible ansiedad.

Silencio.

Intervencionista


Versión mejorada, 
escrita mientras se escucha 
“Eternal” de Evanescence

Gotas son los instantes que nos van moldeando y definiendo. Ese día, en ese momento, el mundo merecía su desprecio. Merecía que ella dejara el carito del supermercado allí en el medio del estacionamiento, sin cuidado, con descuido y con desdén.

Ella lo haría si... pudiera hacerlo en caso de..., pero no lo hace. Ella es una pequeña masa de agua de ingenuidad, de borbotones de egocentrismo.

Ella aprovechaba cualquier momento para impactar, para intervenir. Un día vio rosales preciosos en el Parque Araucano y regaló pétalos caídos a los peatones, como flyers y anuncios, diciendo al entregarlos "Debes ir al parque, está precioso".

Varias veces dejó paltas pesadas y marcadas en los estantes de frutas, para darle a otros un pequeño regalo útil, un pedacito de comodidad y tiempo.

Dejaba permanentemente poemas doblados en esquinas y bancos, imaginando los ojos lectores y agradecidos que se posarían sobre ellos. Disfrutaba dejar notitas y lápices de colores para que hallaran nuevos dueños y almas.

Ahora solo quería irse, había sido un terrible, el mundo merecía el desprecio de dejar el carrito botado. Pero no lo hizo.

Arrastró sus pies hasta la fila de carritos y sonrió. No todas sus intervenciones tienen que ser notorias. Las mudas también eran regalos hacia desconocidos perdidos y anhelantes de sentido.


La primera versión de la historia, 
escrita mientras se escucha 
“Macondo” de Marcelo Saitta

Fue un día horrible, en su mente se accionó una idea estridente, desagradable, feroz: por qué no dejar ahí mismo el carrito del supermercado, por qué no dejarlo donde solo a ella le acomoda, donde se ahorra unos pasos de dejarlo donde corresponde, a instantes de su auto, ocupando espacio de otros puestos. Por qué, por qué, por qué no. Necesitaba por un segundo no pensar en los demás, no hacer cosas por ello, no arreglarles la vida, no ser la héroe, no buscar mejorar al otro, ¿por qué simplemente no velar por sí?

Porque no, porque no quiere herir, porque le incomoda generar perjuicio al otro, porque el mal está en las pequeñas cosas, porque hay que hacer el bien. El mundo necesita bien.

Pero no, no era por eso. Era porque ser egoísta era igualmente impactar. Era igualmente meterse en la vida de los demás, era seguir interviniendo.

Este gesto era desagradable, pero era un gesto al otro. No era esta acción diferente a otras, a cuando dejó un diario abierto, cuando regaló una flor en una banca, a cuando dejó paltas ya marcadas y pesadas en el supermercado hace unos segundos. Es una loca de la intervención, es al final una enorme ególatra que se regala por el mundo, que se impone, que se echa sobre los demás, posesiva, anhelando reacción. Necesita una respuesta, no sirve de nada no impactar. Si la palta se pudre y nadie la vio, no hizo la pega. Si hay silencio hay falla.


miércoles, 28 de octubre de 2015

Ephraim contra Felgrand


En la pradera a las afueras del reino de Áster, dos armadas se preparaban para una inevitable guerra, el mismo escenario de hace 3 años, pero esta vez, los generales serían los primeros en enfrentarse. Justo antes de que el general del ejército de Áster, Faoh, y el general del ejército de Berthum, Felgrand, comenzaran su duelo, un Círculo de Invocación apareció entre ellos. Ambos retrocedieron, sin bajar la guardia. Ninguno sabía si el círculo era obra de su contrincante, o era algo externo. Una figura comenzó a materializarse. Faoh, sin dar crédito a lo que sus ojos veían, sólo reaccionó guardando sus armas, inclinando una rodilla y bajando su cabeza.

-    ...Príncipe... Martín... Está con vida... -dijo atónito, mientras la figura del príncipe que todo el reino de Áster creía muerto, luego de perder su brazo y caer por el precipicio de la Montaña Torán, aparecía frente a ellos.
-    Levántate, Faoh -dijo mientras se acercaba al general- es una larga historia, pero no es el momento. Y mi nombre no es Martín, es Ephraim.
-    ¿Cómo lo supo? -preguntó nervioso mientras se levantaba.
-    Deshice el hechizo que alteró mis recuerdos, así que por favor, Ephraim está bien -contestó amigablemente.
-    ¿Dónde está su espada legendaria? -preguntó aún confuso Faoh.
-    ¿Ignisber? La perdí... Pero no hay de qué preocuparse, amigo mío -dijo poniendo una mano en su hombro, esbozando una sonrisa- yo me encargo de Felgrand.
-    Pero señor, ¡no lleva ningún arma! -aseveró Faoh.
-    Lo sé -contestó sin dejar de sonreír- ¿Felgrand sigue teniendo las mismas armas legendarias?
-    Así es, señor.
-    Entonces, su espada manipula el elemento hielo, su escudo absorbe la magia y su colgante cura sus heridas... Muy bien, basta de preguntas -dijo mientras daba media vuelta- ¡Felgrand!
-    Príncipe de Áster, ¿asi que sigues con vida? -dijo ligeramente asombrado.
-    Terminemos con esta guerra, Felgrand, no tiene que morir más gente inocente -dijo Ephraim mientras se acercaba al general enemigo.
-    Habiendo sido derrotado una vez, sin armas, sin armadura y aun así, ¿me desafías? Eres menos inteligente de lo que pensaba. Te derrotaré nuevamente, y luego a todo tu ejército.


Mientras se acercaban, un aura negra y dorada comenzó a emanar del cuerpo de Ephraim. Sus ojos cambiaron el color café oscuro de su iris por el mismo dorado claro de su aura. Al ver esto, Felgrand inmediatamente retrocedió de un salto, blandió su espada tres veces y proyectó ondas de hielo contra Ephraim. Éste desvió el ataque, invocando una espada del mismo color de su aura. "Así que Magia de Invocación..." pensó Felgrand. Ephraim se detuvo, apuntó su mano al general y comenzó a disparar "Voltios Oscuros", la magia ofensiva más simple. "Veamos como funciona ese escudo" pensó Ephraim. Felgrand posicionó su escudo y absorbió todos los voltios. Ephraim detuvo su ataque, y comenzó a correr en dirección a su enemigo. Este blandió su espada nuevamente, pero además, reflejó todos los voltios absorbidos. Ephraim cambió de dirección, para esquivar el contraataque y rodear a Felgrand. Con su espada desviaba y cortaba los disparos, mientras esquivaba y bloqueaba las ondas de hielo. Sin embargo, un voltio golpeó su mano y lo obligó a soltar su espada, lo que le impidió bloquear una inminente onda de hielo que golpeó de lleno su estómago, arrojándolo varios metros hacia atrás. "Con eso tendrá todos sus órganos congelados" pensó Felgrand. La espada invocada por Ephraim se desvaneció. Felgrand dejó su estancia de batalla y se acercó a Ephraim.

-    Nunca tuviste oportunidad, príncipe -dijo Felgrand llegando al cuerpo inmóvil.- Acabaré con todo tu ejército, y luego el reino de Áster se-

Felgrand no terminó la frase, debido a un repentino y fuerte dolor en su espalda. Un corte se extendía desde su hombro hasta la cadera. El cuerpo ya no estaba a sus pies. Rápidamente se dio vuelta blandiendo su espada, pero fue bloqueado sin dificultad. Frente a él se hallaba el príncipe, sin heridas y con su espada en mano. Felgrand no entendía qué había pasado. Activó el sistema de protección de su espada, y el aire comenzó a enfriarse a su alrededor. Ephraim notó esto y retrocedió a la misma velocidad que se había levantado y atacado a Felgrand.

-    ¡¿Cómo hiciste eso?! -preguntó Felgrand, mientras su herida se regeneraba gracias al colgante y desactivaba el sistema de protección.
-    Me levanté y te ataqué por la espalda -contestó sarcástico Ephraim.
-    ¡Mi onda de hielo te impactó directamente, deberías estar agonizando con todos tus órganos congelados! -gritó enfurecido Felgrand.
-    Tienes razón, recibí tu ataque, pero no fue lo suficientemente fuerte para traspasar mi Aura y dañarme. Sólo me empujó -explicó Ephraim.
-    ¿Que significa eso? -preguntó al mismo tiempo que su herida terminaba de curarse.
-    Mi Aura me hace inmune a la Magia de bajo poder.
-    ¡Eso es mentira, cuando te golpeé la mano, soltaste tu espada!
-    No fuiste tú quien golpeó mi mano, fue uno de mis voltios.


Felgrand enfurecido, se levantó y reactivó el sistema de protección. El Aura de su arma creó una barrera de hielo semi transparente que lo envolvió completamente. "Primero habrá que encargarse del escudo... Espero que esto funcione" pensó Ephraim. Tomó la espada con ambas manos y levantó los brazos hasta la altura del pecho. Parte de su Aura se concentró en esta, hasta formar una lanza helicoidal que, desde la mitad, se desenrollaba en 3 puntas con bordes afilados. Ephraim se posicionó para arrojar la lanza, mientras Felgrand alzaba su escudo. Ephraim apuntó, corrió una pequeña distancia y la arrojó. Al momento de ser arrojada, la lanza se enrolló sobre sí misma, dejando una sola punta. La barrera de hielo no opuso resistencia, pero el escudo la detuvo. Sin embargo no la absorbió. "¡¿No es Magia?!" pensó Felgrand utilizando todas sus fuerzas para detener el impacto. Pero luego de unos segundos, la lanza perforó el escudo, haciéndolo trizas y atravesando de lado a lado el hombro izquierdo de Felgrand. El general soltó su espada y se tomó el brazo herido. Vio su escudo legendario destrozado y miró al Príncipe.

-    ¡¿Qué fue ese ataque?! -gritó el general enemigo, mientras el colgante restauraba su hombro.
-    ¿Sorprendido? -preguntó sarcástico Ephraim.
-    ¡Maldito! -gritó nuevamente, mientras se preguntaba "¿qué era esa lanza?, ¿por qué tenía esa extraña forma? Si no era Magia, pero tampoco un arma convencional, ¿cómo atravesó mi escudo?"

Con su hombro recuperado, Felgrand se incorporó y recogió su espada. "No permitiré que me pongas en ridículo..." murmuró cerrando sus ojos y tomando con ambas manos su arma. El pasto a su alrededor se cubrió de escarcha. La barrera de hielo que lo cubría se tornó más densa. Pronto, la escarcha alcanzó los pies de Ephraim. "Es Magia de Hielo muy poderosa; está congelando el Espacio, mi Aura no podrá protegerme... Debo acabar con esta pelea pronto" pensó Ephraim mientras invocaba dos espadas, una para desgarrar y otra para perforar. Utilizando su máxima velocidad, comenzó a correr alrededor de Felgrand, atacando con ambas espadas la barrera de hielo. Felgrand no podía seguir sus movimientos; cada vez que intentaba contraatacar, Ephraim estaba golpeando la barrera a su espalda. Era como si hubiera 3 enemigos atacándolo al mismo tiempo. Sin embargo, Ephraim comenzó a ralentizarse. Hematomas habían comenzado a formarse en su cuerpo debido a la exposición a la Magia de Hielo. La barrera comenzó a trisarse. Felgrand giró, blandiendo su espada, y emitió una onda circular. Ephraim retrocedió para esquivarla, se posicionó frente a Felgrand y rompió la barrera, al mismo tiempo que este clavaba su espada en el piso. Logró destruir su colgante, justo antes de que una enorme onda expansiva lo golpeara en todo el cuerpo y lo arrojara por el aire; sólo alcanzó a cubrir su rostro y su pecho. Ephraim de pie. Sin embargo, cayó sobre sus rodillas casi al mismo tiempo que aterrizaba. Intentó levantarse, pero no hubo caso: sus extremidades y su abdomen estaban completamente congelados. Comenzó a vomitar sangre. "Maldición..." pensó mientras veía su cuerpo cubierto de escarcha. La barrera de hielo de Felgrand se había recuperado. Hubo unos segundos de silencio.


"No... Esto no ha terminado..." El Aura de Ephraim comenzó a condensarse a su alrededor, creando una armadura. Se levantó, aunque sus extremidades se rompieran casi completamente en el proceso. Invocó las dos espadas y las juntó. Calzaban perfectamente, y una nueva espada se había formado: su espada legendaria Ignisber. Ephraim se dirigió al general enemigo. Cada vez que daba un paso, algún músculo, órgano o hueso se trizaba. "¡Imposible, maldito Príncipe!" pensó Felgrand mientras comenzaba a disparar ondas de hielo. Estas rebotaban sin mover a Ephraim quien seguía acercándose. La desesperación de Felgrand fue tal, que intentó huir, pero al darse la vuelta, se encontró cara a cara con Ephraim. Este blandió su espada y destrozó completamente la barrera de Felgrand. El general enemigo intentó golpearlo con su espada, pero no era capaz de atravesar la armadura. Eventualmente Ephraim bloqueó la espada y la rompió.  Flegrand quedó con el mango en sus manos mirando al príncipe que alguna vez venció, pero esta vez como un enemigo invencible. "Él... Había ganado antes de empezar..." pensó bajando los brazos y botando el mango. Finalmente, Ephraim tomó la espada con ambas manos y atravesó a Felgrand por el estómago. "Quiebre Ignición" murmuró Ephraim. La espada comenzó a vibrar y a calentarse, hasta quedar al rojo vivo. "Esto no puede estar pasando..." pensó Felgrand.

Luego de un destello, hubo una enorme explosión.


-    ¡Clérigos, recuperen al príncipe! -gritó Faoh mientras el ejército opresos huía- el resto, vuelvan a casa...

lunes, 26 de octubre de 2015

La niña que no tuve - Rodrigo Rey Rosa

A los ocho años, había sido condenada a muerte. Una extraña enfermedad, cuyo nombre no quiero repetir, la disolvería en menos de ciento veinte días, según varios doctores. El médico que me dio las malas nuevas lo hizo cuan humanamente pudo, pero eso no bastó. Tuvo que ser cruel, con la crueldad particular que se desarrolla en esa profesión. Le pedí que describiera las etapas de la enfermedad, y él precisó punto por punto – “con un margen de dos o tres semanas” – la descomposición de mi niña. Como, terminada la descripción, él añadió: “Me temo que no hay nada más que nosotros podamos hacer”, le dije que si lo que aseguraba no era cierto, yo lo maldecía.

Llegué a casa con pensamientos fúnebres mezclados con accesos de esperanza: pero la niña estaba tendida en su camita, pálida y temblorosa, pues era la hora de los ataques.

La niñera salió del cuarto en silencio, y yo me arrodillé al lado de la niña.

- ¿Cómo te sientes? – le pregunté, y le besé la frente.
- Mal – dijo, y agregó -: Voy a morirme, ¿verdad?

Por un descuido mío, una semana antes ella había leído una carta del doctor, acerca de la posibilidad de su muerte.

- No creo – le dije -. De niño yo también estuve muy enfermo varias veces y sobreviví.
- Yo también quiero sobrevivir – dijo con una seriedad conmovedora -. Pero papi, si voy a morirme, si los doctores piensan que me voy a morir, dímelo, no me engañes.

Me miraba fija, intensamente, y no pude mentir.

- Según el doctor que ha estado viéndote, podrías morirte dentro de cuatro meses. Pero yo no le creo.
- ¿Cuatro meses? –se puso a contar, primero mentalmente y luego, para asegurarse, con los dedos-. Eso sería en febrero.

Asentí con la cabeza. Tomé su mano, sudorosa, y la apreté. Y ella se quedó dormida, o, con su delicadeza, fingió que se dormía.

Al día siguiente me levanté temprano, le hice el desayuno y le preparé el baño. Por la mañana, parecía una niña sana, y por un momento olvidé que había sido condenada. Salí de compras. Era una esplendorosa mañana de noviembre, de modo que al volver a casa, le propuse que saliéramos a pasear después de comer.

- ¿A dónde quieres ir? – me preguntó.
- A donde tú quieras.
Dijo inmediatamente:
- A un lugar al que nunca hayamos ido.

Eran tantos los lugares a los que habíamos ido, pensé. Había sido un error que yo la concibiera, yo, que siempre tuve miedo a la descendencia. Pero no me opuse a los deseos de su madre con suficiente determinación, y la niña nació.

Su madre me abandonó hace tres años, y aquí estamos.

Cuando salíamos, al cruzar la doble puerta del vestíbulo, un hombre alto y pálido que aguardaba la ocasión, se introdujo furtivamente en el corredor.

- Un drogadicto – dijo ella, y el hombre pudo oírla.
- Tal vez – dije.
En la calle, me recriminó.
- Claro que era un drogadicto. Por qué dices tal vez.
- Tal vez te oyó.
- Y qué, es la verdad.
- A la gente no le gusta oír lo que uno piensa de ella.
Me miró, entre decepcionada y comprensiva, y dijo:
- Supongo que no.

En la esquina del Bowery y la octava, me tiró de la mano.

- ¿Por qué no vamos a Times Square?

Tomamos el subterráneo en Astor Place, con su telón de fondo kitsch. Abajo, en el andén, una bandada de poetas daba un tono intelectual y hasta elegante a ese agujero del grand gruyére. La cosa sería evacuar la ciudad, demolerla por completo de una sola vez, darle la espalda al sitio y reintegrarse a la realidad.

Subimos al tren, ingresamos en el túnel. El carro dio un bandazo, y los pasajeros que estaban de pie fueron lanzados unos contra otros, pero los cuerpos con caras grises se mantuvieron de pie, con un movimiento pendular, como si colgaran de sus ganchos en un matadero prolongado. Cadáveres de todas las edades.

El cemento era tan duro en la Calle 42 y el aire helado hería de la misma manera que diez años atrás, cuando caminé por primera vez en esta ciudad, pero el lugar había cambiado.

En la antesala de la muerte, hubiera sido de esperar que cada quien buscara el placer del prójimo como el suyo propio, pero suele ocurrir lo contrario. Así, en lugar de un jardín de delicias de fin de siglo, la ciudad era una morgue suprema.

Dimos una vuelta por Times Square. Y así, entre aquel torbellino de gente muerta y en ejército de criaturas de Walt Disney, perdimos una de las ciento veinte tardes que le quedaban a mi niña.

Volvimos a casa decaídos al atardecer. Llegué al séptimo piso como siempre, sin aliento. Las luces de un pequeño rascacielos entraban, en lugar de la luz de las primeras estrellas, por un ventanastro en el otro extremo de nuestro apartamento. Me acerqué a la ventana. Era como arena erizada al lomo de un imán, aquel paisaje.

Preparamos juntos la comida y cuando nos sentamos a comer ella dijo:

- Perdimos el tiempo esta tarde. Debí quedarme leyendo o estudiando. No tengo tiempo que perder.
- Pero linda, hacía un día hermoso.
- Sí, lo sé. Sé que tratas de hacerme feliz porque tengo poco tiempo. Pero no trates demasiado, ¿está bien?

Me quedé callado un momento, mientras ella miraba por la ventana el pequeño rascacielos.

- Claro, preciosa –dije después-. Perdona, pero nadie es perfecto. – Me encogí de hombros, y creo que, si hubiera tenido rabo, lo habría escondido entre las piernas.

Ella cerró los ojos, y luego me miró de una manera extraña. Me atemorizó.

- Papi – me dijo -, antes de morirme, quiero saber lo que es el sexo.

Levanté las cejas y tragué saliva y se me cortó la respiración. Habría oído algo en la escuela, pensé, era lo natural. Me pregunté fugazmente si no habría fantasmas pornográficos flotando todavía por la Calle 42. Recordé al ratón Mickey, a Pluto, a Carabela.

- Sí, mi niña – dije con una sonrisa confundida-, un día de estos te lo explicaré.
- ¿Me lo prometes?
Asentí con la cabeza.
- No – insistió-, quiero que lo digas.

Dije que se lo explicaría. Miré el reloj que estaba sobre el televisor.

- ¿Cuándo?- preguntó.
- Ya son las siete, cómo corre el tiempo- le dije-. Desde luego, hoy no.
Hizo una mueca.
- Sí- dijo, ya lo sé, comienzo a sentir los temblores.

La acompañé a su cuarto, le puse el pijama y la acosté. Le di a tomar sus medicinas: tantas gotas de esto, tantas de aquello, tantas de lo otro.

- La luz- dijo.

Apagué la luz, y nos quedamos juntos en la penumbra esperando los ataques.

miércoles, 21 de octubre de 2015

So You Want To Be A Writer - Charles Bukowski

if it doesn't come bursting out of you
in spite of everything,
don't do it.
unless it comes unasked out of your
heart and your mind and your mouth
and your gut,
don't do it.
if you have to sit for hours
staring at your computer screen
or hunched over your
typewriter
searching for words,
don't do it.
if you're doing it for money or
fame,
don't do it.
if you're doing it because you want
women in your bed,
don't do it.
if you have to sit there and
rewrite it again and again,
don't do it.
if it's hard work just thinking about doing it,
don't do it.
if you're trying to write like somebody
else,
forget about it.
if you have to wait for it to roar out of
you,
then wait patiently.
if it never does roar out of you,
do something else.

if you first have to read it to your wife
or your girlfriend or your boyfriend
or your parents or to anybody at all,
you're not ready.

don't be like so many writers,
don't be like so many thousands of
people who call themselves writers,
don't be dull and boring and
pretentious, don't be consumed with self-
love.
the libraries of the world have
yawned themselves to
sleep
over your kind.
don't add to that.
don't do it.
unless it comes out of
your soul like a rocket,
unless being still would
drive you to madness or
suicide or murder,
don't do it.
unless the sun inside you is
burning your gut,
don't do it.

when it is truly time,
and if you have been chosen,
it will do it by
itself and it will keep on doing it
until you die or it dies in you.

there is no other way.

and there never was.

viernes, 16 de octubre de 2015

El asesino de la paz

No siempre fui un loco psicópata. Hubo una vez un tiempo en que fui una buena persona, que solo quería vivir en una sociedad normal. Pero en mi tiempo la policía se encuentra corrupta a más no poder. El narcotráfico se ha infiltrado en varias agencias policiales, por lo que la justicia no abunda, y en gran parte fue culpa mía, por no querer ver un enemigo donde realmente lo había. Hubo un momento en donde podría haberlos eliminados, a varios de ellos por lo menos, ya que los conocía de manera cercana. Tíos, primos y sus hijos, especialmente sus hijos.

Mi tío, Hernán Erving era un demente; siempre vio el mundo como le daba la gana y no tenía ningún escrúpulo al momento de pasar a llevar a otros. Cuando comenzó a lucrar con el negocio de la droga, la facilidad de este lo cautivo y pronto se volvió un multimillonario narcotraficante. Sus hijos, es decir mis primos, tuvimos una gran infancia juntos, fuimos mejores amigos y por ello siempre me rehusé a creer que ellos seguirían el camino de su padre, y lo creí hasta el día en que mataron a mi hermano junto a toda su familia. Los hijos de mis primos no fueron un caso aparte, ya que ellos lograron llevar el negocio familiar a otro nivel. La red mafiosa que venía cultivándose hace varios años, ellos la expandieron a su máximo, convirtiendo a toda la policía nacional en un títere a su disposición. Tampoco se podía confiar en los jueces ni en la milicia. El mundo estaba bajo el dominio Erving. Cargué con el peso de culpabilidad toda mi vida hasta que un día encontré un agujero del tiempo en mi sótano. Este apareció después de una lluvia de meteoritos. Si bien la mayoría se desintegró en la atmósfera, un pequeño trozo de piedra logró caer en mi patio y atravesarlo hasta el sótano.

La curiosidad me llevó a entrar en aquel portal, y sin demora aparecí en un terreno vacío de 30 años atrás. En ese momento no hice nada y me volví por el portal por donde vine. En el instante en que regresé a mi sótano, sabía lo que debía hacer; debía asesinar a mi tío y a mis primos. Volví un par de veces más y estudié cada detalle de la vida de mis parientes, sus horarios, sus comidas, sus amigos, etc. Finalmente llegó el día en que perpetré mi primer crimen y este fue contra mi tío. Había pensado que se me haría dificultoso, pero debo admitir que al final lo disfruté. Cuando intenté volver a mi tiempo, me encontré con la horrible sorpresa que ya no podía volver. Aparentemente el cambio que tengo que haber generado debe haber destruido mi tiempo. Pero eso no me desalentó. Mi incorporé a la sociedad rápidamente y continué con el plan. Asesiné a mis 3 primos a sangría fría, lo cual trajo la atención de la versión joven de mi mismo. Mi yo joven comenzó a investigar por su cuenta los asesinatos de sus queridos primos, y en más de una ocasión “fui” un estorbo para mí mismo, pero de alguna manera u otra, le daba más diversión a esto, que para mí ya se había convertido en un juego. Mis últimos asesinatos fueron contra otras personas que en un futuro serán socios de mis primos y mis sobrinos lejanos, y ya habiendo terminado mis actos criminales, era justo hacerle saber a “mi mismo” el porqué de estos asesinatos, así que decidí que había llegado el momento en que nos conociéramos, a pesar de no estar seguro de que si me veía yo iba a desaparecer o se iba a producir una paradoja del tiempo; ya saben, problemas del tiempo.

Así que me hice un par de juegos para poder finalmente llegar al estadio, donde tocaría la antigua banda Queen.

-Bosco- Le dije cuando lo encontré.

El (osea yo) se dio vuelta y quedó sumamente sorprendido.

-Pero si eres….eres….yo.


-¿Ahora entiendes porque es una autodestrucción?- Le pregunté. La situación me hacía mucha gracia la verdad y mi mente retorcida había calado muy hondo en mi como para comportarme como una persona normal.

jueves, 15 de octubre de 2015

El Regreso

 Algunos años después se volvió a encontrar sobre cubierta, luchando por encender un cigarrillo que el viento se obstinaba en apagar. Derrotado por el mistral, lo guardó en su cigarrera y se limitó a contemplar la bastedad infinita del mar que cruzaba. Esta vez, regresaba a su país natal. Volvía aquella tierra que levantaba polvo a cada paso. Un lugar detenido en el tiempo, donde la gente se seguía levantando antes que el gallo cantara avisando que el sol comenzaba a salir. El país que le había formado su obstinación, la misma, que lo había llevado a cruzar el mar la primera vez.

Nacido y criado en las faldas de la cordillera, siempre tuvo la sensación de no pertenecer a aquel lugar. La soledad, las historias de un abuelo colono y los libros extranjeros, terminaron por convencerlo de buscar una nueva vida. Escapar antes que su espíritu se brutalizara, y lo convirtiera en otro campesino de ojos tristes. Así cuando su padre murió, vendió todo lo que pudo y arrancó. Abandonando a su madre con promesas de cartas que nunca enviaría.

Todavía recordaba el día cuando llegó a la ciudad de las luces. Deslumbrado ante el lujo y la voluptuosidad, la urbe lo recibió en todo su esplendor. Demostrándole que todo lo que había soñado alguna vez era posible ahí. Durante esos años la quiso y la conoció, más de lo que ella lo conoció a él. Dominó su idioma, se empapó de su cultura y emuló su espíritu bohemio. Conoció personalidades inimaginables, humanistas cosmopolitas, artistas y filólogos. Sin embargo, y a pesar de todo el amor que él le profesó, ella nunca lo invitó a pasar más allá del salón. Despechado, comenzó a notar las sombras que existían en la ciudad. Sombras que no había notado antes, porque sus ojos extranjeros no se habían acostumbrado aun, al brillo de la ciudad.
Un malestar se alojó en sus entrañas, un lamento sordo que solo lograba acallar los fines de semana, con la ayuda del alcohol y los recuerdos de la tierra que había dejado atrás. Y conoció un nuevo tipo de soledad, distinta a la que se siente en las montañas, la soledad de la ciudad, estremecimiento que nace al verse uno rodeado por multitudes impersonales. Así, una noche de verano mientras caminaba por calles adoquinadas, decidió volver. Dos maletas y un traje fue todo lo que alcanzó a tomar y una semana después, regresó al puerto que lo había visto llegar. Sin mirar atrás, pero con la vista en su pasado, más allá del mar, tomó el primer barco hacia el oeste.

Mientras viajaba, volvió a percatarse que los días pasaban más lento en el mar como si el tiempo se distorsionara cada vez que el sol se perdía en el océano uniforme, incapaz de encontrar la ruta a su diario morir. Sin una noción del tiempo, pasó sus primeros meses conversando con tripulantes, en pláticas casuales y planas que siempre terminaban en pronósticos climáticos. Aburrido y con una maleta llena de libros que le era inútil por el mareo, se volcó de lleno a sus pensamientos. Buscó el hilo del destino que lo había hecho terminar ahí, y jugó con las posibilidades infinitas, y aterradoras, que le esperaban en el futuro.

Cerca del final de su viaje, el día que el viento apagó su cigarrillo, notó que las aguas se detenían y que azules, como reflejo del cielo despejado, creaban una ilusión hermosa. Fue incapaz de distinguir donde terminaba el mar y donde comenzaba el cielo. El barco se reflejó sobre su cabeza y el agua replico esta imagen hasta la eternidad. Él gozó de esta maravilla, sin molestarse en cuestionar la veracidad de lo que veía. Y supo que esa era la señal de que su viaje terminaba, porque solo en su tierra la magia se mezclaba con la realidad. Bajó a su cabina, armó su maleta, se limpió la cara y tras vestirse con ropas frescas, se recostó hasta escuchar el bullicio del puerto.
Salió precipitado, con la esperanza de reencontrarse con su tierra y rellenar su soledad con el amor por su país. Nadie lo esperaba, nadie lo hubiera reconocido. Y el único familiar que le quedaba, había muerto mucho tiempo atrás, murmurando el nombre de su hijo.

Con el peso de sus maletas en cada mano, chocó de frente con su pasado. A primera vista todo le pareció igual al día lejano de su partida, como si los años en el extranjero nunca hubieran acontecido. Pero tras una segunda mirada, pudo ver los estragos que dejaba el tiempo al correr. Notó que aquello no era un puerto, sino, una pequeña caleta de pescadores. Hedionda a orines, ruinosa y empobrecida. Las calles seguían siendo de un polvo negro y las casas, que se amontonaban a la orilla del mar, se veían incapaces de soportar una brisa marina. Las pocas personas que se veían, vestían ropas de muchos años atrás. Poco quedaba del puerto pintoresco que había atestiguado su partir. Y después de haber visto ciudades esplendorosas que se perdían en el horizonte, aquello le parecía una postal desoladora.

Recorrió las calles arrastrando sus maletas, y sintió en sus espaladas las miradas inquisidoras de los costinos. Curiosidad, extrañeza y algo de rencor, era lo que expresaban sus caras resquebrajadas. No le gustaba esa atención. Y mientras caminaba hacia la estación de trenes se detuvo ante el escaparate de una tienda y vio su reflejo. Un bigote bien cuidado, ropas de corte ingles y una cadena de oro que se perdía en el bolsillo de su chaleco. Un hombre de mundo. Pero al ver el resto del retrato, notó que lo único que desentonaba en aquella imagen era él. Un extranjero en su propia tierra.


miércoles, 23 de septiembre de 2015

Dragón - Ray Bradbury

La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y en las sienes.

Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada.

-¡No, idiota, nos delatarás!

-¡Qué importa! -dijo el otro hombre-. El dragón puede olernos a kilómetros de distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.

-Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos...

-¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!

-¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al pueblo vecino.

-¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!

-¡Espera, escucha!

Los dos hombres se quedaron quietos.

Aguardaron largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de los caballos, como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de plata de los estribos, suavemente, suavemente.

-Ah... -el segundo hombre suspiró-. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede aquí. Alguien apaga el Sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios, escucha! Dicen que este dragón tiene ojos de fuego y un aliento de gas blanquecino; se le ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos y azufre, quemando el pasto. Las ovejas aterradas, enloquecen y mueren. Las mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida del Sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros, pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como fracasaremos también nosotros?

-¡Suficiente, te digo!

-¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en qué año estamos.

-Novecientos años después de Navidad.

-No, no -murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados-. En este páramo no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos ampare!

-¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!

-¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos ataviados.

Enfundado a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y volvió la cabeza.

En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro. El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas, tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.

-Mira... -murmuró el primer hombre-. Oh, mira, allá.

A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido: el dragón.

Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos en silencio. Un monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta y el dragón, rugiendo, se acercó y se acercó todavía más. La deslumbrante mirilla amarilla apareció de pronto en lo alto de un cerro y, en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano, impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.

-¡Pronto!

Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.

-¡Pasará por aquí!

Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los caballos.

-¡Señor!

-Sí; invoquemos su nombre.

En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos. Hubo un terrible alarido quejumbroso y, con ímpetu demoledor, la bestia prosiguió su carrera.

-¡Dios misericordioso!

La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por el aire. El dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó y el monstruo negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo, gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.

-¿Viste? -gritó una voz-. ¿No te lo había dicho?

-¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!

-¿Vas a detenerte?

-Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo. Me pone la carne de gallina. No sé que siento.

-Pero atropellamos algo.

El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.

Una ráfaga de humo dividió la niebla.

-Llegaremos a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?

Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada, hacia el norte, desapareciendo para siempre y dejando un humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire quieto.

FIN

Proceso de selección

Iba llegando puntual, estaba perfumada, maquillada, perfecto. Iba bien vestida, con ropa elegante pero estilosa. Ocupaba por supuesto los aros azules de la suerte. ¿Resultado? Se sentía bien. Estaba formal y atractiva.

Allí estaba él con clásica ropa oficinesca. "Hola, un gusto, soy Claudia". "Igualmente, Eduardo". Se saludaron como totales desconocidos, pero en realidad ambos habían averiguado del otro. De partida en Internet y además por los comentarios del contacto que los conectó.

Atraviesan velozmente el palabreo, el "small talk". Que el clima, los temblores, las celebraciones del 18. ¿Sus respuestas? Ligeras y despreocupadas, "todo excelente", "me alegro, vale".

Hasta que van al tema laboral: "Me dijo mi cuñada, pero cuéntame, dónde trabajas". Ella le cuenta, sabe que debe lanzar frases con puntería, que debe lucir todo el tiempo relajada a la vez que segura. Él es discreto, no se entusiasma demasiado con sus respuestas, pero no lo puede evitar engancha en un par de cosas. Y por eso caen ambos suavemente en las conversaciones personales: sobre la familia, los hobbies.

Hay una complicidad entre los dos, la noche avanza, ya van por el postre. Cada uno lanza sus mejores dardos, cada uno entrega algo solo para inmediatamente después retroceder. Después de todo cada uno sabe lo que vale en el mercado, ninguno se anda regalando.

¡Eureka! De forma espontánea surgió el plan de segunda cita el sábado. Ha terminado el encuentro. Él pagó la cuenta, ella lanzó toda su coquetería en la despedida. 

Ya ella copuchea con su mejor amiga. Le ha gustado el chiquillo, pero el proceso de selección debe seguir. Se abriría la siguiente etapa, la danza del flirteo. En el mundo amoroso, como en el laboral, ninguna de las partes puede ser clara en sus intereses. Hay que tener paciencia  y ser piola, pero lanzar la artillería, todo lo que uno sabe que funciona para ver si en una de esas se logra encontrar a la persona. Después de todo, de alguna manera todos vamos por la vida con el marco de una pintura, tratando de encontrar ese personaje perfecto, que se alinea con nuestras ilusiones y -también- con nuestras posibilidades.


lunes, 21 de septiembre de 2015

Desperté con el traquetear de las ruedas sobre el camino rocoso, me incorporé de la maleza fría y dura y vi como ninguno de los otros se enteraba del ruido, todos dormían. Con esfuerzo enfoqué los angulosos contornos del carruaje que se nos acercaba.

Entonces te vi, tu rostro tranquilo. Noté sobre el ala de tu sombrero una hoja de roble depositada, caída sin propósito y por azar desde las ramas que ensombrecían la vía. Su inocente presencia atestiguaba que tus obsesiones ya no estaban contigo; el ansia enferma por el orden y la pulcritud ya no te atormentaban.

Recorriste con la vista la orilla del camino, pasaste sobre mi rostro sorprendido y no me reconociste. Instintivamente observé mis ropas y repasé mi rostro con las manos, como buscando la causa de tu indiferencia. Hallé mugre, tierra y pena, pero yo seguia ahi. Al menos yo si podía encontrarme.

Tu carruaje pasó inmediatamente en frente. Pude notar recién entonces que ibas acompañado, una joven se inclinaba dulcemente sobre tu hombro, tal como alguna vez tuve permitido hacerlo.

En la milésima de tiempo que su rostro se volteó, se tiñó ella de angustia. Por mi dibujó una mueca en sus dulces rasgos. Tu ni siquiera te giraste.

Cuando finalmente tu carro nos sobrepasó, miré a mis amigos, esos que siempre asemejaban borrachos durmientes. En lo más profundo de mi voluntad deseé, como tu, ser incapaz de reconocerlos.

Despertó Anabelle, de seguro presionada por mi mirada.

que pasa? - me dijo amodorrada
 quizá he muerto - Le contesté.

Ella sonrió con paciencia y volvió a recostarse junto a mi.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Terremoto

La tierra se rompió. 

No literalmente, aunque por poco. Pero el eje de la tierra se rompió, y se desencadenó en un gigantesco y largo remezón. Luego de los tres minutos de sacudida, vinieron momentos de paz, pero cada cierto tiempo el suelo temblaba, como recordándonos de lo que había pasado. Eventualmente nos dimos cuenta que no era normalidad interrumpida por réplicas, sino que la nueva normalidad era el movimiento, y el reposo era la interrupción.

La tierra se rompió, y nunca la arreglaron. 

lunes, 14 de septiembre de 2015

Sagenpaw

Yo y muchos de mis compañeros debimos de retroceder y ocultarnos. Muchos otros simplemente abandonaron y huyeron de una muerte seguro. Cuantas ganas tenía yo de seguirlos, para ser honestos, pero no lo hacía. Me encontraba herido, cansado, angustiado, y aunque no quería admitirlo, tenía miedo. Había visto  muchos de mis camaradas caer de manera violenta ante un enemigo que nos quería ver derrotado a toda costa. La desesperanza invadía mi corazón, la cual se palpaba en una sensación fría que recorría mi pecho y que en ocasiones lo apretaba un poco. Ni si quiera mi orgullo, mi preciado orgullo, del cual yo hago tanto alarde, me estaba sirviendo de utilidad. Sin embargo, seguía ahí. Mi voluntad, mi necesidad por defender lo que creo que es correcto y mi complejo de héroe me impedía irme de allí.

-Ya es hora Xiolotili- me dijo Vegone, haciendo un gesto con la cabeza- No podemos dejar que pasen.

Asistí con la cabeza, tomé un gran respiro y me dije para mí adentro: Ya me llegó la hora.
Apenas salimos de nuestro escondite, me llegó un pedazo de roca que me golpeó la canilla, fracturándome el hueso, el cual quedó plenamente a la vista. Caí inmediatamente al suelo, sin comprender mucho lo que acababa de suceder. Los acontecimientos pasaban tan rápidos que no había tiempo para darse cuenta del dolor. Dolor no recuerdo haber sentido, pero si el no poder moverme. Miré hacia delante y vi a los gigantes bárbaros invasores atacar a mis compañeros, con esos bruscos movimientos, levantando esas enormes espadas y otros lanzando rocas. Fue en ese momento en que el tiempo se detuvo y recordé las palabras de un viejo ermitaño:

- De los viejos y pocos cantos que recuerdo, hay uno que os sirve. Sirviente o no, la naturaleza madre es. El poder que ella concentra, dentro de nosotros reside. Pero sin voluntad para defender, poco puedes hacer. Recuerda al levantarte, que tan poderoso como yo puedes ser.

Ahora entendía, el Sagenpaw (el poder de la voluntad) es el poder máximo que nos ha dado la vida, y mientras lo tengamos no nos podrán vencer. Así que me incorporé de nuevo en un pie, levanté mi espada y avancé con lo que mis fuerzas me permitían avanzar, hasta que unos de los barbaros gigantes me notó y corrió hacia mí para atacarme. Por mucha voluntad que tuviera, este era mi fin. Pasó por mis ojos mi vida entera, siendo lo último la imagen de mi mujer y mis dos hijos. Fue en ese instante en que pasó lo más inesperado. Un duro golpe vino de mi interior, como si una fuerza quisiese salir. Mi cuerpo comenzó a brillar y a crecerle un pelaje café, excepto en la espalda, que era rojo, mientras me creían las manos y luego todo el cuerpo. También me creció un hocico y garras, tanto  en las manos como en los pies. El bárbaro se quedó parado en seco, con el arma arriba, mientras yo lentamente me incorporaba. Me sentía fenomenal, mis heridas se habían curado, el poder corría por mis venas y sentía un animó bestial, imposible de controlar, por matar.

El bárbaro se puso a la defensiva inmediatamente. Ahora yo era más grande. El gigante invasor trató de atacarme pero lo repelí rápidamente con mis fuertes brazos, quitándole la vida inmediatamente. Ahora había que acabar con los demás.

No Te Des Vuelta

- No te des vuelta, no ahora, no así, por favor. - No logró evitar que una lágrima cayera al suelo.
Ella lo miraba atenta, sabía lo que venía, lo tenía asumido, pero aún así sintió lástima por él.
No recordaba su vida antes de conocerlo, era todo lo que tenía, pero ya no más, debía irse, y ambos lo sabían.
La abrazó con fuerza, a ella le dolió, pero no se quejó, sabía que él lo necesitaba.
La hora había llegado, la miró a los ojos y ella, moviendo la cola, apoyó su cabeza en su regazo y, sin dejar de mirarlo, expiró.


Para la Clarita.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Asesino

“Nuestros hechiceros están siendo masacrados por un lancero frente a la muralla oeste. Encárgate.”

Siempre me molestó un poco la telepatía. Claro, tiene sus usos. En el estruendo de la batalla no es fácil dar órdenes, especialmente en una operación tan grande como esta. Pero me deja un gusto amargo en la mente, si existe tal cosa. Demasiado invasivo, y al terminar quedas con la duda de si sigue alguien ahí. Cambié mi rumbo ligeramente y aceleré el paso a buscar al lancero. Probablemente tiene una lanza lo suficientemente maldita como para penetrar las barreras de los hechiceros, y con lo especializados en magia que estos eran, dudaba de su capacidad de defenderse por mucho.

El distintivo olor a magia me indica que estoy cerca, y al superar una colina, veo que “masacrados” no era una expresión. La mitad de los hechiceros yacen muertos, cada uno con un hoyo del tamaño de una manzana en el torso, justo a la altura del corazón. La otra mitad se encuentra desesperadamente lanzando un variado arsenal de hechizos contra el lancero, al que apenas percibo como un rayo rojo en el campo de batalla. Solo alcanzo a divisarlo mejor cuando para por un instante a retirar su lanza de sus víctimas. Un par de minutos más y perderíamos a la unidad completa.

Se está moviendo demasiado rápido como para un ataque sorpresa. Decido desafiarlo.

“¡LANCERO!” grito a todo pulmón. Inmediatamente me pongo a murmurar las activaciones para las runas que recorren mi armadura. Si había derrotado media unidad de hechiceros solo, no iba a ser una pelea fácil.

Elhaz. Protección.
Urur. Fortaleza.
Hagalaz. Velocidad.

El lancero interrumpe su ataque y me mira. La sangre de los hechiceros cubre su rostro, pero sus ojos brillan de un carmesí más fuerte. Su lanza pulsa con sed de sangre del mismo color. Claramente un demonio la poseía. La intensidad de su mirada dura poco y resume su labor de matanza. Le doy una advertencia.

“¡LANCERO! ¡ENFRÉNTAME! ¡POR LAS BUENAS O LAS MALAS!” lo desafío de nuevo. Si tengo que hacerlo una tercera vez, no tendrá opción, pero prefiero guardarlo para el peor de los casos. Sigo con mis activaciones.

Ingwaz. Poder.
Ehwaz. Resistencia.
Sowilo. Victoria.

Esta última de superstición más que nada. No solía ser un tipo supersticioso, pero bueno, tampoco creía en la magia, y aquí estoy, usando el ritual escandinavo para combatir contra un guerrero con una lanza endemoniada. Me he visto forzado a reevaluar muchas cosas últimamente.

El lancero no para esta vez. Su lanza silba por el aire y atraviesa otro hechicero. Por las malas, entonces.

Invoco una runa distinta. Esta no está inscrita en mi armadura, ni en mis guantes. Esta cuelga de mi cuello, suspendida por  una fina cadena de plata que se rompe apenas termino la invocación.

Ath nGabla.”

El guerrero enemigo frena en seco, incapaz de resistirse a la compulsión de la runa de duelo. Ahora solo podemos atacar al otro, hasta que alguno de los dos haya sido derrotado. Prefiero no usarla, porque me expone mucho si llega un aliado de mi contrincante. Pero no podíamos perder más hechiceros. 

Me concentro y envío un mensaje mental a la base. Ellos se encargarán de comunicárselo a los hechiceros restantes de esta unidad.

“No lo ataquen más. Yo me encargo. Ustedes recupérense y cuando estén listos satúrenme.”

El lancero se acerca, girando su lanza, salpicando sangre por todos lados. Se para a cinco metros de distancia. Él habla primero.

“Desenfunda tu arma, asesino. Un duelo querías, un duelo te daré. Por corto que sea.” Clásica arrogancia de lancero. Se le ve irritado, molesto que interrumpí su diversión.

Levanto las manos en posición de guardia, y separo los pies para mejorar mi balance. En mi armadura y mis guantes pulsan con fuerza mis runas. El lancero levanta una ceja, con algo de sorpresa a mi elección de magia. Las runas no son muy comunes, pero sobretodo, le asombra mi falta de arma. En este mundo todos luchan con armas, pero en el mío usamos nuestras extremidades. La sorpresa le dura poco, y con una poderosa patada al suelo, salta como proyectil hacia mí, lanza apuntando a mi pecho. Pivoteo sobre mi pie derecho y esquivo su ataque, planto mi pie izquierdo en el suelo, y rápidamente levanto la rodilla derecha, clavándosela en el abdomen. Las runas me permiten hacer movimientos sobrehumanos, y la fuerza de mi rodillazo lo levanta un par de metros. Un gruñido de sorpresa se convierte en uno de enojo mientras gira su cuerpo para golpearme con el costado de su arma. Prediciendo ese ataque, esquivo su lanza y arrojo un puñetazo a su cara. La inestabilidad de su posición no le da para moverse a tiempo, y mi puño conecta con su mejilla derecha, haciendo un satisfactorio crujido al romper su pómulo. Cae al suelo pero parece rebotar y su lanza cruza en un arco diagonal por el aire, obligándome a saltar hacia atrás. Con una vuelta en el aire se incorpora, y se hace una pausa en el combate.

Se me escapa una sonrisa al ver sangre suya mezclándose con la de sus víctimas en su cara. Se enfurece al verme sonreír y con un grito animalesco, se lanza hacia mí de nuevo. Esta vez noto una diferencia en su estilo, y justo a tiempo alcanzo a decidir contra esquivar y patear su lanza hacia el lado. Tomado por sorpresa por la fuerza del bloqueo, su cara vuelve a chocar contra mi puño, esta vez rompiéndose la nariz. Alcanzo a asestar otro par de golpes antes que el silbido de la lanza me dé la advertencia de saltar hacia atrás un par de metros. No logro esquivarla completamente, y la punta atraviesa mi armadura sin problema alguno. Una delgada cortada marca mi pecho. Unos instantes menos de aviso y rebanaba mi corazón.

Si antes estaba furioso, ahora la rabia desfiguraba su cara, en adición a lo que habían hecho mis puñetazos. Subí la guardia, atento a su próximo movimiento. Mi victoria estaba cerca, y era el momento más peligroso del combate: las últimas medidas. En este mundo de magia, eran totalmente impredecibles. Se recompone un poco antes de hablar.

“Tu nombre, asesino. Quiero saber quién tendrá el honor de morir por la maldición de mi lanza.”
No le respondo, pero comienzo a formular un contraataque en mi mente. Claramente iba a liberar al demonio de su arma, pero que efecto tendría era imposible decir. Comienzo a murmurar refuerzos a mis runas de agilidad y defensa, cuando recibo otro mensaje.

“Sentirás tu pecho apretado ahora. No te resistas, te vamos a salvar la vida.” Me obligo a no mirar la fuente del mensaje, uno de los hechiceros restantes, para no delatar al lancero que ya están recuperados. Inmediatamente siento la presión en mi pecho, y dejo que la magia me envuelva, confiando en mi equipo.

El lancero decide dejar de esperar por mi nombre, y apunta su lanza al suelo diagonalmente. Una sed de sangre mil veces más fuerte que la normal emana de la lanza, saturando el aire mismo con un concepto: muerte. El demonio era de altísimo grado, eso quedaba claro. No se ve bien esto.
Mucho más rápido que antes, y prácticamente arrastrado por su arma, el lancero vuela hacia mí. Las runas reforzadas me dan para apenas esquivar la punta de lanza, con un potente salto hacia el lado. Cuando aterrizo, veo una sonrisa en la cara del lancero, e inmediatamente siento antes de ver la causa de ella.

En mi pecho, a la altura del corazón, un hoyo del tamaño de una manzana.

El lancero comienza a explicar. Algo de reversión de causa y efecto, que mi muerte era asegurada cuando decidió soltar al demonio. La magia de la runa de duelo se dispersa, habiendo elegido a un ganador. Comienzo a desvanecerme mientras mi contrincante me da la espalda, intento en continuar con su diversión. Siento la magia de los hechiceros de nuevo, esta vez menos fuerte y seguramente un desperdicio de maná. Ninguna magia iba a curar una herida tan grave de algo tan endemoniado.
Sin embargo, no muero. Extraño porque ahí sigue el hoyo. Pero siento todavía mi sangre fluir por las venas, siento todavía algo bombear en mi pecho. Me estoy desangrando todavía, pero algo me mantiene vivo, aunque no por mucho. Un mensaje me confirma lo anterior.

“Tienes dos minutos antes de desangrarte.”

Ahora si miro a los hechiceros, que enfrentan al lancero sin mirarme a mí. Veo que no hacen ningún tipo de magia para defenderse del eminente ataque. Sin embargo me comienzo a sentir saturado en energía. Están apostando todo en mí. Procuraré no desilusionar.

Reincorporándome, activo una de las magias propias de mi clase. Soy un asesino poco convencional, pero asesino después de todo. Concilio me hace prácticamente indetectable, y salgo detrás del lancero, que se encuentra saboreando la calma antes de la tormenta. Los hechiceros se ven aterrorizados, sin delatar su esperanza secreta.

Un golpe preciso en su antebrazo es mi ataque sorpresa. Nada muy dañino, pero logra activar su reflejo y hacerlo soltar la lanza. Se da vuelta, estupefacto, para ser agarrado por mi mano izquierda del cuello. Las runas y saturación hacen que levantarlo sea tarea fácil. Echo mi brazo derecho para atrás, y concentro todo mi maná restante en mi puño. Inspirado por una infancia de películas de acción, o tal vez afectado por la falta de sangre, digo:

“Mi nombre es Max, y no muero tan fácil.”

La velocidad del golpe logra romper la barrera del sonido, junto con su cara y por lo menos la mitad de su cerebro. Suelto el cuerpo inerte de mi contrincante, y miro a los hechiceros detrás. Ya están trabajando en curar mi herida, y su líder, el que mandó el mensaje, se acerca a mí.

“Tu segundo corazón no va a resistir mucho más, asesino. Te voy a poner en un coma para alentar el desangrado.”

“No será necesario, hechicero” alcanzo a decir, antes de desmayarme. 

jueves, 10 de septiembre de 2015

Inexplicable

Del tamaño de una caja de zapatos, blanco y pareciendo haber salido de un capítulo viejo de Star Trek, el Dispositivo concentraba toda la atención de Alan.

Había llegado en el correo. Alan no recordaba haber encargado nada a Amazon en los últimos días, ya estaba a fin de mes y como siempre se había quedado sin un dólar en la cuenta. Pero su papá le había enseñado que hacer con los caballos regalados, y en menos de un minuto ya estaba desenvuelto y enchufado. Marco, su gato, se frotaba inefectivamente contra su pierna: el Dispositivo concentraba toda la atención de Alan.

Emitía un leve zumbido, casi imperceptible en realidad. Ninguna luz ni otro ruido indicaban su funcionamiento. Llevaba un minuto así, observándola atentamente, cuando desde la cocina se escuchó la tostadora lanzar sus quemadísimos panes al aire. El eterno déficit atencional de Alan lo arrancó de la máquina y se fue garabateando a la cocina. A la tostadora se le había atascado el temporizador en máximo, y si no la cancelaba manualmente, le salían panes negros. Lo peor es que eran sus últimos dos del mes.

Después de un vigoroso raspado de las tostadas y liberal aplicación de mantequilla y mermelada, Alan caminaba de vuelta a su living, donde el Dispositivo seguía sentado pasivamente. Marco se había trepado al librero, y estaba justo pisando un libro precariamente balanceado sobre el borde. Libro y felino cayeron, y justo Alan sintió un aumento en la frecuencia del ligero zumbido. Marco cayó de espaldas con un lastimero miau, pero en un instante se recompuso y salió disparado al segundo piso, como para evitar vergüenza.

Qué raro… Juraba que los gatos siempre caían parados… pensaba Alan, mientras notaba que el Dispositivo había vuelto a su frecuencia anterior. Se sentó con su desayuno a seguir observando la máquina. A veces pensaba que se estaba imaginando ese zumbido, tan tenue era. Mientras comía su pan con mermelada, se balanceaba en su silla (uno de sus múltiples malos hábitos), y en un momento casi se va para atrás. Lanzando todo su peso hacia el frente, logró volver a nivelarse, pero su pan había salido volando en el proceso. Cayó en el suelo, mermelada arriba. Alan se quedó estupefacto. Eso sí que no pasaba nunca.

Se percató, justo antes que volviera a la normalidad, que el Dispositivo estaba emitiendo ese zumbido más alto justo cuando su pan volaba por los aires. Una idea comenzó a formarse en la ruidosa mente de Alan. Sacó una moneda de su bolsillo y la lanzó al aire sobre la mesa. El zumbido aumentó, y la moneda cayó de lado, perfectamente balanceada.

Después de veinte minutos más de ver imposibilidades como su ex llamarlo para pedir perdón, su computador prenderse sin instalar actualizaciones, el agua de la ducha salier de la temperatura ideal a la primera y que todas sus películas favoritas estuvieran en la tele y sin comerciales, Alan decidió apuntar a lo grande: iría al casino. Tomó sus escasos ahorros y salió de su casa silbando.

Iba con una meta clara: un millón de dólares. Si ganaba más se vería sospechoso y sería expulsado del casino. En un par de horas de apostar en la ruleta ya había ganado el millón, y sentía la mirada penetrante de los guardias del recinto, así que tomó sus ganancias y se fue.


Llegando a su casa con un maletín lleno de dólares, y un cuerpo lleno de adrenalina, subió las escaleras corriendo, lanzó el maletín sobre su cama, y encontró en el closet el revólver de su papá. Sacó una de las seis balas, le dio un giro al barril, lo cerró con un movimiento de la muñeca y se lo puso contra la sien. Su corazón palpitaba a mil por hora, y con una sonrisa de locura, apretó el gatillo.

El fin

Se han reunido los líderes bajo la tierra silenciosa, casi al término del camino que lleva a las últimas profundidades.
La negociación trajo la paz.
La temida paz ¿Qué será de la superficie ahora que el fuego de la batalla se ha apagado?
Se enfriará y enfriará y tanto ellos como nosotros moriremos.

El agua

Sin mucho aviso, y todo sucediendo muy rápido, el agua fue finalmente lo único que podía ver.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

La condena y su fruto

Mi historia es una historia de aprendizaje, de un duro aprendizaje, que a veces pareciera estar a simple vista, algunos como yo, no lo descubrimos hasta que estamos en nuestros últimos y más desesperados momentos.

Todo partió cuando perdí mi casa en una apuesta. Si, así es, los juegos de azar y las apuestas siempre han sido mi punto débil, pero al menos sabía reconocerlo, y mientras más tomaba conciencia de mi enfermedad, más ganas tenía de jugar. Lo que más me apasionada era el dinero. El ganar dinero me causaba una sensación de felicidad indescriptible. Pero no siempre se ganaba, otras veces perdía, y no solo dinero, sino como dije, la casa, el auto, alguna joya, etc.
Después de perder la casa, perdí consecutivamente a mi familia, a la poca que todavía me tenía fe. La depresión fue profunda y por ello, en un intento desesperado, pedí a quién fuese que me escuchase, cambiar todo lo que tengo por una suerte inconmensurable en los juegos. Si lograba ganar mucho dinero, recuperaría todo lo demás. Sin embargo jamás creí que alguien escucharía mi deseo. Pero así fue. En los días siguientes, gané tímidamente una buena suma de dólares. Al principio pensé que era solo y pura suerte, pero el tiempo me hizo cambiar de parecer y me di cuenta de que no podía perder en el juego. Después de ganar varios dólares, fui a recuperar a mis seres queridos, pero fue inútil. Me rechazaron tajantemente, diciéndome que yo jamás cambiaría, y otros que fueron un poco más duros, y ni si quiera me reconocieron. Cada día que pasaba me comencé a sentir cada vez más solo hasta el punto en que volví a pedir otro deseo a la misma fuerza que me escuchó antes, solo que ahora le pedí que me quitara mi suerte con el dinero y ahora poder recuperar a mi familia y amigos. Así que fui al casino nuevamente a ver si mi suerte había cambiado, pero no. Esta noche gané un millón de dólares, por lo que la respuesta fue obvia para mí: Estoy condenado.
Esta es mi carta de despedida de este  mundo cruel, que yo no supe apreciar cuando debía hacerlo. No se molesten en buscar el dinero, porque se lo he enviado todo a mis seres queridos.

La carta terminaba con unas gotas de sangre que manchaban la firma del pobre hombre que yacía muerto junto a ella.


El funeral se hizo en los días posteriores, y para sorpresa de todos, la asistencia fue masiva y la ceremonia sumamente emotiva. El nombre de Mario Manuel Cienfuegos fue recordado con cariño por todas las personas cuyo dinero ayudó.



Chicos, nunca pensé que pudiera tener una oportunidad así, de conocer a este maravilloso grupo y a cada uno. Para mi representan mucho y de verdad nunca pensé que se llegaría a formar una dinámica tan genial. Cada uno tiene una creatividad única y admirable que me sorprende cada día más. Tienen un talento envidiable.

Soy de pocas palabras, solo quería decirles gracias por dejarme entrar y poder ser parte de esto. Los valoro mucho y si a veces no opino de sus cuentos, no es porque no quiera, (es más, la mayoría me parecen estupendos) pero es porque me cuesta estar en grupo. Ojalá me entiendan. Gracias. 

Por un puñado de dolares

La mucama es la primera en dar la alerta. La sangre y los restos humanos la dejaron al borde de un colapso. El administrador del hotel, le pide que se tranquilice, que se quede en la bodega y que no le diga nada a nadie. Rápido y eficiente, como lo requiere su trabajo, mueve a los huéspedes que habían en el piso a una suite principal. “una cañería rota” es la escusa que da.

El tercero en saber es el dueño del casino y del hotel, el señor K., quien llama a la policía. No a la central, directo al agente Sánchez, un hombre de la casa.

-¿Que es lo que sucedió?- pregunta dormido
-Hay un hombre muerto, es algo delicado, te pido discreción.
-Bien, no se preocupe, voy para allá.

Dos horas y después de muchos exabruptos por parte del señor k., aparece Sánchez. Ajado, con anteojos y un cigarro en la boca. Lo sigue un muchacho delgado y formal. Al señor K. no le gusta esto y enojado los guía hasta la habitación, deja entrar al muchacho y toma a Sánchez por el brazo.

-¿Por qué trajiste a ese chico? Te pedí discreción.
-necesito un forense- dice Sánchez y entra a la habitación con un “hijo de puta” que mascullan a sus espaldas. Le gusta eso, saber que él tiene el control, incluso sobre los hombres poderosos.

La escena es dura para esas horas de la mañana. Tres disparos, sangre abundante y pedazos de cerebro del pobre tipo en la bañera. Será un trabajo duro. El muchacho, con los guantes puesto busca alguna pista.

-No hay maletas, ni ropa, ni llaves, solo su billetera en su bolsillo.- se la entrega a Sánchez- claramente es un robo que terminó en asesinato.

La billetera esta vacía, ni un solo peso, pero queda la licencia de conducir. Llama a la central y pide más información. “36 años, soltero, sin familia, un contador de una pequeña empresa” dice la chica de la central. “Un alma solitaria que nadie extrañara” piensa Sánchez.

Sánchez sale del cuarto con ganas de un café, pero solo está el señor K. y no le puede pedir un café al señor K., eso sería forzar mucho la ya tensa situación. En cambio saca otro cigarro y se pone a conversar.

-Es un maldito desastre, no creo que podamos ocultar algo así de los medios.
-Vamos, tienes que hacer algo. Un asesinato. Sabes cómo afectaría esto a la reputación del casino.
-Podría saltarme algunos pasos, pero no mucho más, este caso requiere una investigación profunda.

El silencio se cuela entre los dos. Sánchez, se rasca su cara sin afeitar.

-¿Había algo en las cámaras? ¿Andaba con alguien?- pregunta, incomodo por el silencio.
-No, siempre solo. Pero el tipo tuvo una buena noche. Ganó casi un millón de dólares, sin trucos.

Ya tenía el móvil, ahora faltaba saber quien había disparado. Entra en la habitación, pensativo y se sienta sobre la cama. El colchón esta duro, demasiado duro, como si hubiera algo abajo. De un salto, se levanta y da vuelta el colchón. Sus ojos brillan ante el espectáculo. “Esto lo cambia todo” piensa y con discreción cierra la puerta de la habitación. Llama al muchacho, que todavía sigue buscando pistas en el baño y le muestra los dolares.

-¡Cuánto dinero!- exclama el muchacho.
-Tendrás que cambiar el informe.- el chico lo mira extrañado.- esto es un suicidio.
-¿Suicidio? ¿Y qué hay con todas estos billetes?
-¿Qué billetes? Yo no veo ninguno.