Un día se sentó frente al koto y
se puso a tocar. Bajo el encanto de su música, el mundo se inundó de las
emociones que se guardaban en su interior. Bajo ese mismo encanto, la
naturaleza quedó rendida a sus pies. Los elementos de la naturaleza bailaron al
ritmo de sus dedos, que punteaban y rasgueaban las 13 cuerdas. Animales y
bestias salvajes, hipnotizadas por la melodía, inclinaban humildemente sus
cabezas y se dejaban inundar por la belleza.
Entonces sobrevino un contrapunto,
al ser alcanzado aquel espacio del alma del hombre que éste tanto quería evitar
y que a la vez tanto quería dejar salir. Un desgarrador y doloroso quiebre a la
armonía previa transformó el ambiente, dejándolo invadido por la tristeza. Todo
el que lo escuchaba se sintió inquieto frente a este cambio ¿Qué era esa
sombra? Todos ellos estaban ahí para escucharlo y admirarlo, y sin embargo no
entendían qué significaba ese dolor.
El dragón, que escuchaba desde lo alto,
sintió esta perturbación y comprendió. Miró a las bestias, a los animales y a
la naturaleza en sus distintos elementos rodeando al intérprete y vio lo que
quería y no quería el hombre con su música. Y como el dragón tenía el poder de
unir el mundo terrenal con el trascendental, se abrió paso entre los cielos y
los unió y bajó hasta donde tocaba el hombre su música, cargando sobre sí
aquello que la música convocaba y que no había acudido a su llamado.
Los que estaban ahí, al ver a la
mujer que descansaba sobre el cuerpo del dragón, comprendieron por fin, no sólo
el quiebre, sino toda la música que el hombre tocara. La belleza que en un principio
los reunió y la tristeza que luego los desgarró. Era él, era ella. Eran él y
ella, era la pérdida de ella por él. Pues ella estaba muerta y no podía
escucharlo y como no podía escucharlo, no podía ir hasta donde él estaba.
El hombre vio a la mujer y luego
vio al dragón y supo que gracias a él, ella podía escucharlo una vez más. Sin embargo, desesperado corrió hasta donde ella estaba y trató de abrazarla, sin poder
alcanzar más que el aire, lleno y vacío. Ella lo miró con amor y compasión y
luego súplica y el comprendió. Así que se sentó nuevamente frente al koto y
dejó que, así como el dragón la había traído a ella hasta él, el koto le llevara
lo que él era hasta ella.
Cuando la música terminó ya no
había nadie junto a él. Al principio eran solo él y el koto y el silencio. Pero
él supo mirar nuevamente el cielo y encontrar ahí la silueta de un dragón que
llevaba sobre sí a una mujer que le sonreía una vez más, a través de la música
que el mundo cantaba, respondiendo y correspondiendo a la suya, por siempre.
Me gusta!! es como la historia de orfeo pero mas bonita. lo encuentro muy bien redactado
ResponderEliminarEs cierto! no lo había pensado jajaja se parece. Me encanta esa historia. Muchas gracias :)!
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