viernes, 8 de mayo de 2015

Nunca más

-¡Traicionaste mi confianza! ¡Yo jamás te habría hecho algo como esto! ¡Eres una basura como persona! – gritó Felipe.
-¡No me trates así! – respondió Lucy.
-¿¡Por qué lo hiciste!? – volvió a gritar Felipe.
-…- Lucy no contestaba; pequeñas lágrimas asomaban por sus ojos de color azul y se deslizaban por sus mejillas, antes de color rosa piel, ahora rojas e hinchadas.
-¿No vas a decir nada? – preguntó Felipe.
-…Creí que… - a Lucy le costaba articular las palabras – Creí que sería lo mejor – dijo finalmente. No había nadie más en la habitación, sólo había un cuadro de Cristo crucificado, una ventana cerrada, una mesa redonda, siete sillas de plástico de color verde,  de las cuales dos estaban rotas y una puerta de madera de roble que permitía entrar y salir de ésta.
-¿Eso creíste, ah? ¡Creíste mal, Lucy, ahora yo y ella no podremos trabajar juntos en la obra, y sólo porque le dijiste lo que explícitamente te pedí que no le dijeras! – gritó nuevamente Felipe.
-¡No me trates así! – gritó Lucy. Felipe no dijo nada más, dio la vuelta y salió de la habitación. Se dirigió cabizbajo a recoger sus pertenencias. Se puso su polerón, tomó la mochila y su bolso de almuerzo y partió en dirección a su casa. Iba caminando muy lento a través de las calles de asfalto. Hacía frío, el aire estaba húmedo y además ya era de noche. Comenzó a chispear. Felipe se detuvo y miró hacia arriba. Contempló el cielo. No habían estrellas, sólo una nube negra sobre él, que chispeaba diminutas gotas de agua.
Lucy seguía de pie, inmóvil en la habitación. Sus manos y pies temblaban. No se movía. Lágrimas caían al piso, y ese era el único sonido que había en la habitación. De pronto, comenzó a chispear. Lucy volvió en sí. Secó sus lágrimas y fue a buscar su bolso. Lo encontró en la misma esquina de la sala contigua en la que lo había dejado. Se arrodilló para recogerlo y, luego de tomarlo, se levantó con dificultad y salió por la puerta principal. Lentamente se dirigió a su hogar.

- Hola Felipe – saludó Lucy.
- Hola Lucy – respondió Felipe.
- ¿Cómo estás? – preguntó ella.
- Muy bien, ¿y tú? – contestó él
- Bien también gracias. Oye, ¿te tinca si vamos al cine el viernes? ¡Están dando una película buenísima! – dijo Lucy.
- ¡Ya! Buenísimo – contestó Felipe.
Acordaron ir al cine el viernes. Se encontraron ahí pasado las 20:00 hrs. Primero compraron las entradas: la función era a las 21:00. Durante la hora de espera, fueron a comer pizza de pepperoni  y a conversar. Felipe le contó un secreto a Lucy y le pidió que por favor no le dijera a nadie, en especial a la persona sobre la cual trataba aquél secreto. Luego, vieron la película y Felipe acompañó a Lucy a su casa. Era una noche despejada, y Felipe le dijo a Lucy que viera la infinita cantidad de estrellas que había en el cielo. Lucy sonrió, se despidieron con un beso en la mejilla y Felipe se fue caminando a su casa también con una sonrisa en su rostro.
Felipe siguió caminando mientras chispeaba; ya no iba en dirección a su casa, simplemente dobló en la primera calle que se le cruzó. Se tambaleaba. Apenas sostenía su bolso de almuerzo. Siguió caminando, por 1 hora en completo silencio, sólo se escuchaba el caer de las gotas, que ya no eran un simple chispeo. Había comenzado a llover.
Lucy caminaba despacio, siguiendo la acera de la calle principal que conectaba con el pasaje que dirigía a su hogar. Cuando llegó, empapada, subió a su pieza, tiró su bolso al piso, se acostó en su cama y comenzó a sollozar. El chispeo había cesado. Ahora llovía.
Ya eran pasadas las 23:00 y Felipe aún no llegaba a su casa. Seguía vagando, calla tras calle, pasaje tras pasaje, hasta que de pronto se detuvo. La lluvia cesó. Felipe miró nuevamente al cielo. No había estrellas. Se quedó en esa posición por 5 minutos hasta que de pronto, abrió los ojos, bajó rápidamente la mirada y miró sus manos. Luego exclamó: -¿Qué es lo que he hecho? – Y comenzó a correr en dirección a la casa de Lucy.
Lucy seguía recostada boca abajo en su cama color rosa. Cesó la lluvia. Lucy se levantó lentamente, se cambió la ropa húmeda se abrigó con un chaleco y una parca sobre su pijama. Salió a la calle a mirar el cielo. No había estrellas y la lluvia se había detenido. Estuvo 5 minutos en esa posición, sin moverse.
Felipe llegó donde se encontraba Lucy. Lucy dejó de contemplar el cielo sin estrellas y lo miró. Felipe, jadeando, se acercó lentamente a ella. Cuando estuvieron frente a frente, Lucy lo miró directamente a los ojos. Los ojos de Lucy se habían oscurecido. Ya no eran los ojos azules de antes, cristalinos, que se asemejaban a un cielo de un día de primavera, ahora eran de un azul oscuro como el del rincón más profundo del océano. Su cara estaba pálida, sus párpados caídos y tenía el cabello húmedo. Luego de 3 minutos de mirarse en silencio el uno al otro, dijo fríamente:
-Se acabó, Felipe… – Felipe no dijo nada, sólo agachó la cabeza y lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. Se arrojó al suelo de rodillas y comenzó a golpear el asfalto mientras se lamentaba. Lucy dio la vuelta y entró en su casa. Cerró el portón con llave. Felipe quedó inmóvil viendo como Lucy entraba por la puerta principal. Ya no se lamentaba ni tampoco golpeaba el asfalto. Simplemente, estaba ahí, arrodillado en la calle, completamente quieto, con los rastros de las lágrimas en su rostro y toda su ropa empapada. Sus ojos se oscurecieron y lentamente se levantó. Dio media vuelta y se fue.
Felipe y Lucy no volverían a hablar, nunca más.

Martín Castro Ferreiro 2013

1 comentario:

  1. Donde está en la ventana? Me perdí... Bueno, este era un cuento hiper realista q había q describir mucho, hecho a principio de IV medio, y no era q le gustaba, era al revez... Pero bueno, gracias por el feedback!!! :D

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