sábado, 23 de mayo de 2015

El terror a los demás

  El terror a los demás
Se abren las puertas de la exposición y son las 23:00 hrs, es mi única opción posible. Siento que mis imágenes del mundo podrían aplastarme.
La obsesión con lo que no quiero-quiero me permite ignorar todo lo demás, aunque solo mientras la estoy llevando cabo. Hay necesidad de llamar la atención. Necesidad de ser comprendido. O no.
Soy el mundo en infinitas partes sin conexión real, la verdad solo se puede recoger del piso mediante el ejercicio de la interpretación artística de la mayoría de esas gotas, muy fluorescentes, que quedan al estallar mis emociones. Pero hay miedo de que Alguien urge y encuentre.
Por eso seguía frenando a chantazos el tiempo por un rato en paz, paz para rayar el por qué de tanto movimiento, ¿por qué existe tanta gente? Es que no soy capaz de reducirlas a todas en un pequeño espacio recóndito en mi mente. Hay demasiado que hacer,  demasiado y demasiado. Trato de contenerlo y fallo. El exorcista bendijo la casa con agua de colores antes de calmarme.
Todo ese ruido y luz en mi exposición me protege, cosas desconocidas caminan y avanzan sin devolverse. Quizá  existen fuera de mí, tal vez para atarme y arrancarme de este lugar.
Voy caminando y fotografío esas esquinas de la ciudad dentro de la sala, sala donde a ratos quiero posar y explicar lo que no puedo decirles, lo que igual no entienden. Entiendan mierdas que expongo.
 La gente pasa y pasa y observa mis cartas de amor, solo que no las leen, las admiran pero no pueden sacar una sola idea clara de ellas. Quizá si no las cubriera tanto de mi sería más fácil leer mi idioma sanscrito coloquial. Si Alguien llega, logrará descifrar todo lo que hago.  Es a él al que podría amar.
Otro casi lo logra esta vez, pero solo porque dijo cosas tan disonantes como el ruido en mi cabeza.
De repente lo rayones en el block vibraron provocando una erección de muebles y flora, lo que despertó mis reflejos en espejos de sucesión infinita (pero no al público), arrancando así dos lunares de mismo color para observar cómo Alguien apretó con fuerza los dientes mientras me veía con obsesión en la sala del cine, sobre la pared obscura y plana. Interrumpida por la luz de ese film molesto. Lo odio.
Lo seguí, seguí, seguí, seguí, pero no lo alcancé. Su bufanda daba coletazos que me hacían maniobrar zigzageando por mi vida dentro de la avenida amueblada y baldía. Tenía una bufanda, solo Alguien podía llevar una bufanda roja con manchas de nescafé negras. En la sala solo encontré a todos.
Salgo a buscarlo cargando un paraguas lleno de lunares. Pero ya se fue, se fue. Quizá el amor es donde te amarran a un lugar. ¿Habrá más amor en esas paredes blancas y rayables?
Haré la prueba con cada uno que encuentre, solo él podrá calzar este paraguas, podré ser feliz al entenderme con alguien. Solo si consigue calzarse este paraguas. Nadie lo logrará si no él y nadie no es suficiente para salvarme de mí. De mí y mis blocks y mis estallidos. Estallidos.
¡Al que le calce este paraguas! ¡El que tenga la medida perfecta!... mierda el paraguas se lo llevo el viento… y también extravié el otro paraguas del par. El viento sigue soplando muy fuerte, mucho como para alanzarlo y ya fueron hace mucho las de 12 de la noche. 

Como a Wharhol, mi corazón me falla. Ahora es de papel y adhesivo, y lleno de agua. Falla y no podré reconocer a alguien por allí, fuera de mí. Pero quizá, perdí a propósito el otro zapato.

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