domingo, 31 de mayo de 2015

Por qué no

-¿¡Pero por qué no!?...Qué tiene de malo…no, no lo entiendo.
-No lo sé, es que, mi vida ahora no es lo suficientemente buena para eso. Yo te quiero pero no así. Es demasiado para mí tomar una decisión así de importante, una casa, y después ¡hijos! No. No. Lo siento. Creo que eso no es lo mío.
Se fue dejándolo solo de rodillas frente al puente mientras ella salió corriendo hacia la calle en busca de su auto. Una lágrima corrió sobre su mejilla para después terminar en la calle.
-No. Hoy no fue mi día. Es la última vez que hago esto- se dijo.
Abrió la puerta y lo puso en marcha. Había algo en su mirada que había cambiado.
-¿Cómo te fue?- preguntó desde el asiento del copiloto Vladimir.
-No me hables por favor. Creo que fue suficiente por hoy- dijo con voz ahogada.
-¿Hay otros, no?... Eso es lo que piensas, ¿cierto?
-¿Vamos por un café?
Y siguieron por la 5ta avenida hasta que llegaron.
-Me pondré en la cola, ¿Dónde vas a estar?- preguntó ella.
-Cerca de la caja- dijo Vladimir. Y se teletransportó hacia donde estaba el mesón donde preparaban el café.
-Tú. Maravillosa. La luz que me ha acompañado toda mi vida sin saberlo. Tu. Simple y a la vez, perfecta. Tu.- Dijo inclinándose por entre medio de la tapa de la licuadora.
Permaneció en silencio hasta que la mesera apretó un botón y se llevó a su amigo de plástico junto con una taza de leche y una medida de café.
-¡¡¡Noo!!! ¡¡¡Otra vez no!!! ¡¡¡Vladyyyy!!!- Gritó ella desde el final de la fila.
Una luz salió de la mezcla de la licuadora salpicando a todos los del local. De repente, un muchacho que estaba en la fila, se giró suavemente sobre si mismo y se dirigió hacia ella y la tomó por el brazo.
-Hola- le dijo mirándola a los ojos.     


Fin


Ángeles García Acharán                                                                                                                                                              

miércoles, 27 de mayo de 2015

7:35 de la mañana

Vean este corto, 7:35 de la mañana, muy bueno. Me acorde de él mientras leía el cuento q mando la gabi al mail.

Vendo zapatos - Ernest Hemingway

Vendo zapatos de bebé, sin usar.

FIN

Ni

Este cuento va para Martín que con su historia del portero me recordó la de mi conserje.

Notas: Este cuento surgió en el taller literario que tuve con Pablo Zúñiga / Nunca me atreví a regalarle el relato al dueño, el señor Mario.



NI RICO
Dicen que abrí los ojos un 6 de junio de 1949. Les creo, pero sé que algo más importante se abrió 7 años después. Entonces entendí algo gravísimo. Mucho más grave de que no existe el ratón Miguel. Lali era la niña más linda del universo. Llegada de muy lejos, vestida con bonitos vestidos, tenía un ángel que pensé que eran sus ojos verdes. Cuando le declaré mi amor en los columpios me interrumpió diciendo que lo sentía, pero que yo era pobre. Pensé que no lo sentía y le tomé rencor. Pero luego entendí que su ángel era esa cosa que da el tener dinero, y que mi pena era mi pobreza. A los 7 comprendí que la pobreza desagrada tanto como un mal olor de la calle. Que los pobres afeamos.

NI DE IZQUIERDA
Pobre pero de este lado. Sí, señor. A mí nadie me va a decir nada, que no soy pobre o no viví en blocks o campos. Yo de allá soy. Y sé lo que he visto, sé lo que he escuchado, me acuerdo lo que he leído. La izquierda es como el sida. Que nadie me hable de las víctimas porque aquí mismo en este edificio está la que cobra pensión por viuda a pesar de pasar los domingo en la finca del marido. Que nadie me hable de los indefensos porque yo mismo vi en Nancagua como pasaban la voz de que llegó el azúcar e iban los comunistas por su regalito adentro. No pelearon con palos de escoba o lápices de pasta. Que nadie me hable de compasión porque quién fue que lloró a los militares y carabineros caídos. Eso sí, de este bando no hay corderitos. El pueblo pidió a los militares, para 4 o 6 años, pero no lo que tuvieron. 

NI ABANDONAO
Yo creo que nosotros éramos pejesapos, que se repartían las moscas para alimentarse, que croaban en las noches dictando ceremonias de amor. Creo que después ella se hizo colibrí y yo hoja. Cuando yo fui pajarito ella fue cerámica en el piso. Creo esto porque cuando yo la vi supe que ella era mi pejesapo, mi caimán, mi colibrí, mi pedazo de azulejo. Vi a Nelda Crystina en su puestico de sopaipilla. Algo se activó. Iba cada día buscando esas masitas para poco a poco mordisquear sus afanes. Años después me contaría que esa locura mía por ir siempre a la misma hora funcionó. Minutos antes de mi llegada, cada día, Nelda tenía preparadas sopaipillas calentitas para mi guata y mi corazón. Son ya 38 años juntos entre soles amarillos sopaipa y almas enredadas, como las lenguas de pejesapos de caricatura. 

NI CON PEGA NORMAL
19 años con sus noches protegiendo este edificio de 66 departamentos. Necesité apenas un año para acostumbrar mi metabolismo y esa cosa del alma a los horarios de este empleo. Ser guardia de noche es llevar una vida al revés. El día es mi noche, la oscuridad es mi jornada. Soy un vigilante de sueños. En el 702 debe dormir la guagua. En el 301 el francés debe reposar para su empleo mañanero. El gato y el perro del 205 necesitan calma para aullar y maullar. Sin embargo, entre los descansos se cuelan fiestas, reuniones. En mis noches se respiran risotadas y ronquidos. Se cuelan bostezos y pesadillas, como secretos y amores. Llegan las 6 de la mañana y entrego llaves al desgraciado del mayordomo, pero ha pasado la noche. Esta es mi pega hasta que me quede nailon en el carrete.

lunes, 25 de mayo de 2015

Link interesante

Encontré un cuento que me gustaría compartir. A la autora le convendría que visiten su sitio, por lo cual les dejo el link en vez de transcribir.

- Fernando

sábado, 23 de mayo de 2015

Autopista del Sur

Primera vez que me meto al blog, y veo que ya estoy atrasado en una tarea. Aquí va un cuento que me encanta, tal vez algo sesgado con mi ser geek de autos y haber visto Relatos Salvajes hace poco.



Autopista del Sur
Julio Cortazar

Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa, fuera el tiempo de los que no han hecho la estupidez de querer regresar a París por la autopista del sur un domingo de tarde y, apenas salidos de Fontainbleau, han tenido que ponerse al paso, detenerse, seis filas a cada lado (ya se sabe que los domingos la autopista está íntegramente reservada a los que regresan a la capital), poner en marcha el motor, avanzar tres metros, detenerse, charlar con las dos monjas del 2HP a la derecha, con la muchacha del Dauphine a la izquierda, mirar por retrovisor al hombre pálido que conduce un Caravelle, envidiar irónicamente la felicidad avícola del matrimonio del Peugeot 203 (detrás del Dauphine de la muchacha) que juega con su niñita y hace bromas y come queso, o sufrir de a ratos los desbordes exasperados de los dos jovencitos del Simca que precede al Peugeot 404, y hasta bajarse en los altos y explorar sin alejarse mucho (porque nunca se sabe en qué momento los autos de más adelante reanudarán la marcha y habrá que correr para que los de atrás no inicien la guerra de las bocinas y los insultos), y así llegar a la altura de un Taunus delante del Dauphine de la muchacha que mira a cada momento la hora, y cambiar unas frases descorazonadas o burlonas con los hombres que viajan con el niño rubio cuya inmensa diversión en esas precisas circunstancias consiste en hacer correr libremente su autito de juguete sobre los asientos y el reborde posterior del Taunus, o atreverse y avanzar todavía un poco más, puesto que no parece que los autos de adelante vayan a reanudar la marcha, y contemplar con alguna lástima al matrimonio de ancianos en el ID Citroën que parece una gigantesca bañadera violeta donde sobrenadan los dos viejitos, él descansando los antebrazos en el volante con un aire de paciente fatiga, ella mordisqueando una manzana con más aplicación que ganas.

A la cuarta vez de encontrarse con todo eso, de hacer todo eso, el ingeniero había decidido no salir más de su coche, a la espera de que la policía disolviese de alguna manera el embotellamiento. El calor de agosto se sumaba a ese tiempo a ras de neumáticos para que la inmovilidad fuese cada vez más enervante. Todo era olor a gasolina, gritos destemplados de los jovencitos del Simca, brillo del sol rebotando en los cristales y en los bordes cromados, y para colmo sensación contradictoria del encierro en plena selva de máquinas pensadas para correr. El 404 del ingeniero ocupa el segundo lugar de la pista de la derecha contando desde la franja divisoria de las dos pistas, con lo cual tenía otros cuatro autos a su derecha y siete a su izquierda, aunque de hecho sólo pudiera ver distintamente los ocho coches que lo rodeaban y sus ocupantes que ya había detallado hasta cansarse. Había charlado con todos, salvo con los muchachos del Simca que caían antipáticos; entre trecho y trecho se había discutido la situación en sus menores detalles, y la impresión general era que hasta Corbeil-Essones se avanzaría al paso o poco menos, pero que entre Corbeil y Juvisy el ritmo iría acelerándose una vez que los helicópteros y los motociclistas lograran quebrar lo peor del embotellamiento. A nadie le cabía duda de que algún accidente muy grave debía haberse producido en la zona, única explicación de una lentitud tan increíble. Y con eso el gobierno, el calor, los impuestos, la vialidad, un tópico tras otro, tres metros, otro lugar común, cinco metros, una frase sentenciosa o una maldición contenida

A las dos monjitas del 2HP les hubiera convenido tanto llegar a Milly-la-Fôret antes de las ocho, pues llevaban una cesta de hortalizas para la cocinera. Al matrimonio del Peugeot 203 le importaba sobre todo no perder los juegos televisados de las nueve y media; la muchacha del Dauphine le había dicho al ingeniero que le daba lo mismo llegar más tarde a París pero que se quejaba por principio, porque le parecía un atropello someter a millares de personas a un régimen de caravana de camellos. En esas últimas horas (debían ser casi las cinco pero el calor los hostigaba insoportablemente) habían avanzado unos cincuenta metros a juicio del ingeniero, aunque uno de los hombres del Taunus que se había acercado a charlar llevando de la mano al niño con su autito, mostró irónicamente la copa de un plátano solitario y la muchacha del Dauphine recordó que ese plátano (si no era un castaño) había estado en la misma línea que su auto durante tanto tiempo que ya ni valía la pena mirar el reloj pulsera para perderse en cálculos inútiles.

No atardecía nunca, la vibración del sol sobre la pista y las carrocerías dilataba el vértigo hasta la náusea. Los anteojos negros, los pañuelos con agua de colonia en la cabeza, los recursos improvisados para protegerse, para evitar un reflejo chirriante o las bocanadas de los caños de escape a cada avance, se organizaban y perfeccionaban, eran objeto de comunicación y comentario. El ingeniero bajó otra vez para estirar las piernas, cambió unas palabras con la pareja de aire campesino del Ariane que precedía al 2HP de las monjas. Detrás del 2HP había un Volkswagen con un soldado y una muchacha que parecían recién casados. La tercera fila hacia el exterior dejaba de interesarle porque hubiera tenido que alejarse peligrosamente del 404; veía colores, formas, Mercedes Benz, ID, 4R, Lancia, Skoda, Morris Minor, el catálogo completo. A la izquierda, sobre la pista opuesta, se tendía otra maleza inalcanzable de Renault, Anglia, Peugeot, Porsche, Volvo; era tan monótono que al final, después de charlar con los dos hombres del Taunus y de intentar sin éxito un cambio de impresiones con el solitario conductor del Caravelle, no quedaba nada mejor que volver al 404 y reanudar la misma conversación sobre la hora, las distancias y el cine con la muchacha del Dauphine.

A veces llegaba un extranjero, alguien que se deslizaba entre los autos viniendo desde el otro lado de la pista o desde la filas exteriores de la derecha, y que traía alguna noticia probablemente falsa repetida de auto en auto a lo largo de calientes kilómetros. El extranjero saboreaba el éxito de sus novedades, los golpes de las portezuelas cuando los pasajeros se precipitaban para comentar lo sucedido, pero al cabo de un rato se oía alguna bocina o el arranque de un motor, y el extranjero salía corriendo, se lo veía zigzaguear entre los autos para reintegrase al suyo y no quedar expuesto a la justa cólera de los demás. A lo largo de la tarde se había sabido así del choque de un Floride contra un 2HP cerca de Corbeil, tres muertos y un niño herido, el doble choque de un Fiat 1500 contra un furgón Renault que había aplastado un Austin lleno de turistas ingleses, el vuelco de un autocar de Orly colmado de pasajeros procedentes del avión de Copenhague. El ingeniero estaba seguro de que todo o casi todo era falso, aunque algo grave debía haber ocurrido cerca de Corbeil e incluso en las proximidades de París para que la circulación se hubiera paralizado hasta ese punto. Los campesinos del Ariane, que tenían una granja del lado de Montereau y conocían bien la región, contaban con otro domingo en que el tránsito había estado detenido durante cinco horas, pero ese tiempo empezaba a parecer casi nimio ahora que el sol, acostándose hacia la izquierda de la ruta, volcaba en cada auto una última avalancha de jalea anaranjada que hacía hervir los metales y ofuscaba la vista, sin que jamás una copa de árbol desapareciera del todo a la espalda, sin que otra sombra apenas entrevista a la distancia se acercara como para poder sentir de verdad que la columna se estaba moviendo aunque fuera apenas, aunque hubiera que detenerse y arrancar y bruscamente clavar el freno y no salir nunca de la primera velocidad, del desencanto insultante de pasar una vez más de la primera al punto muerto, freno de pie, freno de mano, stop, y así otra vez y otra vez y otra.

En algún momento, harto de inacción, el ingeniero se había decidido a aprovechar un alto especialmente interminable para recorrer las filas de la izquierda, y dejando a su espalda el Dauphine había encontrado un DKW, otro 2HP, un Fiat 600, y se había detenido junto a un De Soto para cambiar impresiones con el azorado turista de Washington que no entendía casi el francés pero que tenía que estar a las ocho en la Place de l’Opéra sin falta you understand, my wife will be awfully anxious, damn it, y se hablaba un poco de todo cuando un hombre con aire de viajante de comercio salió del DKW para contarles que alguien había llegado un rato antes con la noticia de que un Piper Club se había estrellado en plena autopista, varios muertos. Al americano el Piper Club lo tenía profundamente sin cuidado, y también al ingeniero que oyó un coro de bocinas y se apresuró a regresar al 404, transmitiendo de paso las novedades a los dos hombres del Taunus y al matrimonio del 203. Reservó una explicación más detallada para la muchacha del Dauphine mientras los coches avanzaban lentamente unos pocos metros (ahora el Dauphine estaba ligeramente retrasado con relación al 404, y más tarde sería al revés, pero de hecho las doce filas se movían prácticamente en bloque, como si un gendarme invisible en el fondo de la autopista ordenara el avance simultáneo sin que nadie pudiese obtener ventajas). Piper Club, señorita, es un pequeño avión de paseo. Ah. Y la mala idea de estrellarse en plena autopista un domingo de tarde. Esas cosas. Si por lo menos hiciera menos calor en los condenados autos, si esos árboles de la derecha quedaran por fin a la espalda, si la última cifra del cuentakilómetros acabara de caer en su agujerito negro en vez de seguir suspendida por la cola, interminablemente.

En algún momento (suavemente empezaba a anochecer, el horizonte de techos de automóviles se teñía de lila) una gran mariposa blanca se posó en el parabrisas del Dauphine, y la muchacha y el ingeniero admiraron sus alas en la breve y perfecta suspensión de su reposo; la vieron alejarse con una exasperada nostalgia, sobrevolar el Taunus, el ID violeta de los ancianos, ir hacia el Fiat 600 ya invisible desde el 404, regresar hacia el Simca donde una mano cazadora trató inútilmente de atraparla, aletear amablemente sobre el Ariane de los campesinos que parecían estar comiendo alguna cosa, y perderse después hacia la derecha. Al anochecer la columna hizo un primer avance importante, de casi cuarenta metros; cuando el ingeniero miró distraídamente el cuentakilómetros, la mitad del 6 había desaparecido y un asomo del 7 empezaba a descolgarse de lo alto. Casi todo el mundo escuchaba sus radios, los del Simca la habían puesto a todo trapo y coreaban un twist con sacudidas que hacían vibrar la carrocería; las monjas pasaban las cuentas de sus rosarios, el niño del Taunus se había dormido con la cara pegada a un cristal, sin soltar el auto de juguete. En algún momento (ya era noche cerrada) llegaron extranjeros con más noticias, tan contradictorias como las otras ya olvidadas, No había sido un Piper Club sino un planeador piloteado por la hija de un general. Era exacto que un furgón Renault había aplastado un Austin, pero no en Juvisy sino casi en las puertas de París; uno de los extranjeros explicó al matrimonio del 203 que el macadam de la autopista había cedido a la altura de Igny y que cinco autos habían volcado al meter las ruedas delanteras en la grieta. La idea de una catástrofe natural se propagó hasta el ingeniero, que se encogió de hombros sin hacer comentarios. Más tarde, pensando en esas primeras horas de oscuridad en que habían respirado un poco más libremente, recordó que en algún momento había sacado el brazo por la ventanilla para tamborilear en la carrocería del Dauphine y despertar a la muchacha que se había dormido reclinada sobre el volante, sin preocuparse de un nuevo avance. Quizá ya era medianoche cuando una de las monjas le ofreció tímidamente un sándwich de jamón, suponiendo que tendría hambre. El ingeniero lo aceptó por cortesía (en realidad sentía náuseas) y pidió permiso para dividirlo con la muchacha del Dauphine, que aceptó y comió golosamente el sándwich y la tableta de chocolate que le había pasado el viajante del DKW, su vecino de la izquierda. Mucha gente había salido de los autos recalentados, porque otra vez llevaban horas sin avanzar; se empezaba a sentir sed, ya agotadas las botellas de limonada, la coca-cola y hasta los vinos de a bordo. La primera en quejarse fue la niña del 203, y el soldado y el ingeniero abandonaron los autos junto con el padre de la niña para buscar agua. Delante del Simca, donde la radio parecía suficiente alimento, el ingeniero encontró un Beaulieu ocupado por una mujer madura de ojos inquietos. No, no tenía agua pero podía darle unos caramelos para la niña.

 El matrimonio del ID se consultó un momento antes de que la anciana metiera las manos en un bolso y sacara una pequeña lata de jugo de frutas. El ingeniero agradeció y quiso saber si tenían hambre y si podía serles útil; el viejo movió negativamente la cabeza, pero la mujer pareció asentir sin palabras. Más tarde la muchacha del Dauphine y el ingeniero exploraron juntos las filas de la izquierda, sin alejarse demasiado; volvieron con algunos bizcochos y los llevaron a la anciana del ID, con el tiempo justo para regresar corriendo a sus autos bajo una lluvia de bocinas.

Aparte de esas mínimas salidas, era tan poco lo que podía hacerse que las horas acababan por superponerse, por ser siempre la misma en el recuerdo; en algún momento el ingeniero pensó en tachar ese día en su agenda y contuvo una risotada, pero más adelante, cuando empezaron los cálculos contradictorios de las monjas, los hombres del Taunus y la muchacha del Dauphine, se vio que hubiera convenido llevar mejor la cuenta. Las diarios locales habían suspendido las emisiones, y sólo el viajante del DKW tenía un aparato de ondas cortas que se empeñaba en transmitir noticias bursátiles.. Hacia las tres de la madrugada pareció llegarse a un acuerdo tácito para descansar, y hasta el amanecer la columna no se movió. Los muchachos del Simca sacaron unas camas neumáticas y se tendieron al lado del auto; el ingeniero bajó el respaldo de los asientos delanteros del 404 y ofreció las cuchetas a las monjas, que rehusaron; antes de acostarse un rato, el ingeniero pensó en la muchacha del Dauphine, muy quieta contra el volante, y como sin darle importancia le propuso que cambiaran de autos hasta el amanecer; ella se negó, alegando que podía dormir muy bien de cualquier manera. Durante un rato se oyó llorar al niño del Taunus, acostado en el asiento trasero donde debía tener demasiado calor. Las monjas rezaban todavía cuando el ingeniero se dejó caer en la cucheta y se fue quedando dormido, pero su sueño seguía demasiado cerca de la vigilia y acabó por despertarse sudoroso e inquieto, sin comprender en un primer momento dónde estaba; enderezándose, empezó a percibir los confusos movimientos del exterior, un deslizarse de sombras entre los autos, y vio un bulto que se alejaba hacia el borde de la autopista; adivinó las razones, y más tarde también él salió del auto sin hacer ruido y fue a aliviarse al borde de la ruta; no había setos ni árboles, solamente el campo negro y sin estrellas, algo que parecía un muro abstracto limitando la cinta blanca del macadam con su río inmóvil de vehículos, Casi tropezó con el campesino del Ariane, que balbuceó una frase ininteligible; al olor de la gasolina, persistente en la autopista recalentada, se sumaba ahora la presencia más ácida del hombre, y el ingeniero volvió lo antes posible a su auto. La chica del Dauphine dormía apoyada sobre el volante, un mechón de pelo contra los ojos; antes de subir al 404, el ingeniero se divirtió explorando en la sombra su perfil, adivinando la curva de los labios que soplaban suavemente. Del otro lado, el hombre del DKW miraba también dormir a la muchacha, fumando en silencio.

Por la mañana se avanzó muy poco pero lo bastante como para darles la esperanza de que esa tarde se abriría la ruta hacia París. A las nueve llegó un extranjero con buenas noticias: habían rellenado las grietas y pronto se podría circular normalmente. Los muchachos del Simca encendieron la radio y uno de ellos trepó al techo del auto y gritó y cantó. El ingeniero se dijo que la noticia era tan dudosa como las de la víspera, y que el extranjero había aprovechado la alegría del grupo para pedir y obtener una naranja que le dio el matrimonio del Ariane. Más tarde llegó otro extranjero con la misma treta, pero nadie quiso darle nada. El calor empezaba a subir y la gente prefería quedarse en los autos a la espera de que se concretaran las buenas noticias. A mediodía la niña del 203 empezó a llorar otra vez, y la muchacha del Dauphine fue a jugar con ella y se hizo amiga del matrimonio. Los del 203 no tenían suerte; a su derecha estaba el hombre silencioso del Caravelle, ajeno a todo lo que ocurría en torno, y a su izquierda tenían que aguantar la verbosa indignación del conductor de un Floride, para quien el embotellamiento era una afrenta exclusivamente personal. Cuando la niña volvió a quejarse de sed, al ingeniero se le ocurrió ir a hablar con los campesinos del Ariane, seguro de que en ese auto había cantidad de provisiones. Para su sorpresa los campesinos se mostraron muy amables; comprendían que en una situación semejante era necesario ayudarse, y pensaban que si alguien se encargaba de dirigir el grupo (la mujer hacía un gesto circular con la mano, abarcando la docena de autos que los rodeaba) no se pasarían apreturas hasta llegar a Paría. Al ingeniero lo molestaba la idea de erigirse en organizador, y prefirió llamar a los hombres del Taunus para conferenciar con ellos y con el matrimonio del Ariane. Un rato después consultaron sucesivamente a todos los del grupo. El joven soldado del Volkswagen estuvo inmediatamente de acuerdo, y el matrimonio del 203 ofreció las pocas provisiones que les quedaban (la muchacha del Dauphine había conseguido un vaso de granadina con agua para la niña, que reía y jugaba). Uno de los hombres del Taunus, que había ido a consultar a los muchachos del Simca, obtuvo un asentimiento burlón; el hombre pálido del Caravelle se encogió de hombros y dijo que le daba lo mismo, que hicieran lo que les pareciese mejor. Los ancianos del ID y la señora del Beaulieu se mostraron visiblemente contentos, como si se sintieran más protegidos. Los pilotos del Floride y del DKW no hicieron observaciones, y el americano del De Soto los miró asombrado y dijo algo sobre la voluntad de Dios. Al ingeniero le resultó fácil proponer que uno de los ocupantes del Taunus, en que tenía una confianza instintiva, se encargará de coordinar las actividades. A nadie le faltaría de comer por el momento, pero era necesario conseguir agua; el jefe, al que los muchachos del Simca llamaban Taunus a secas para divertirse, pidió al ingeniero, al soldado y a uno de los muchachos que exploraran la zona circundante de la autopista y ofrecieran alimentos a cambio de bebidas. Taunus, que evidentemente sabía mandar, había calculado que deberían cubrirse las necesidades de un día y medio como máximo, poniéndose en la posición menos optimista. En el 2HP de las monjas y en el Ariane de los campesinos había provisiones suficientes para ese tiempo, y si los exploradores volvían con agua el problema quedaría resuelto. Pero solamente el soldado regresó con una cantimplora llena, cuyo dueño exigía en cambio comida para dos personas. El ingeniero no encontró a nadie que pudiera ofrecer agua, pero el viaje le sirvió para advertir que más allá de su grupo se estaban constituyendo otras células con problemas semejantes; en un momento dado el ocupante de un Alfa Romeo se negó a hablar con él del asunto, y le dijo que se dirigiera al representante de su grupo, cinco autos atrás en la misma fila. Más tarde vieron volver al muchacho del Simca que no había podido conseguir agua, pero Taunus calculó que ya tenían bastante para los dos niños, la anciana del ID y el resto de las mujeres. El ingeniero le estaba contando a la muchacha del Dauphine su circuito por la periferia (era la una de la tarde, y el sol los acorralaba en los autos) cuando ella lo interrumpió con un gesto y le señaló el Simca. En dos saltos el ingeniero llegó hasta el auto y sujetó por el codo a uno de los muchachos, que se repantigaba en su asiento para beber a grandes tragos de la cantimplora que había traído escondida en la chaqueta. A su gesto iracundo, el ingeniero respondió aumentando la presión en el brazo; el otro muchacho bajó del auto y se tiró sobre el ingeniero, que dio dos pasos atrás y lo esperó casi con lástima. El soldado ya venía corriendo, y los gritos de las monjas alertaron a Taunus y a su compañero; Taunus escuchó lo sucedido, se acercó al muchacho de la botella y le dio un par de bofetadas. El muchacho gritó y protestó, lloriqueando, mientras el otro rezongaba sin atreverse a intervenir. El ingeniero le quitó la botella y se la alcanzó a Taunus. Empezaban a sonar bocinas y cada cual regresó a su auto, por lo demás inútilmente puesto que la columna avanzó apenas cinco metros.

A la hora de la siesta, bajo un sol todavía más duro que la víspera, una de las monjas se quitó la toca y su compañera le mojó las sienes con agua de colonia. Las mujeres improvisaban de a poco sus actividades samaritanas, yendo de un auto a otro, ocupándose de los niños para que los hombres estuvieran más libres: nadie se quejaba pero el buen humor era forzado, se basaba siempre en los mismos juegos de palabras, en un escepticismo de buen tono. Para el ingeniero y la muchacha del Dauphine, sentirse sudorosos y sucios era la vejación más grande; lo enternecía casi la rotunda indiferencia del matrimonio de campesinos al olor que les brotaba de las axilas cada vez que venían a charlar con ellos o a repetir alguna noticia de último momento. Hacia el atardecer el ingeniero miró casualmente por el retrovisor y encontró como siempre la cara pálida y de rasgos tensos del hombre del Caravelle, que al igual que el gordo piloto del Floride se había mantenido ajeno a todas las actividades. Le pareció que sus facciones se habían afilado todavía más, y se preguntó si no estaría enfermo. Pero después, cuando al ir a charlar con el soldado y su mujer tuvo ocasión de mirarlo desde más cerca, se dijo que ese hombre no estaba enfermo; era otra cosa, una separación, por darle algún nombre. El soldado del Volkswagen le contó más tarde que a su mujer le daba miedo ese hombre silencioso que no se apartaba jamás del volante y que parecía dormir despierto. Nacían hipótesis, se creaba un folklore para luchar contra la inacción. Los niños del Taunus y el 203 se habían hecho amigos y se habían peleado y luego se habían reconciliado; sus padres se visitaban, y la muchacha del Dauphine iba cada tanto a ver cómo se sentían la anciana del ID y la señora del Beaulieu. Cuando al atardecer soplaron bruscamente una ráfagas tormentosas y el sol se perdió entre las nubes que se alzaban al oeste, la gente se alegró pensando que iba a refrescar. Cayeron algunas gotas, coincidiendo con un avance extraordinario de casi cien metros; a lo lejos brilló un relámpago y el calor subió todavía más. Había tanta electricidad en la atmósfera que Taunus, con un instinto que el ingeniero admiró sin comentarios, dejó al grupo en paz hasta la noche, como si temiera los efectos del cansancio y el calor. A las ocho las mujeres se encargaron de distribuir las provisiones; se había decidido que el Ariane de los campesinos sería el almacén general, y que el 2HP de las monjas serviría de depósito suplementario. Taunus había ido en persona a hablar con los jefes de los cuatro o cinco grupos vecinos; después, con ayuda del soldado y el hombre del 203, llevó una cantidad de alimentos a los grupos, regresando con más agua y un poco de vino. Se decidió que los muchachos del Simca cederían sus colchones neumáticos a la anciana del ID y a la señora del Beaulieu; la muchacha del Dauphine les llevó dos mantas escocesas y el ingeniero ofreció su coche, que llamaba burlonamente el wagon-lit, a quienes lo necesitaran. Para su sorpresa, la muchacha del Dauphine aceptó el ofrecimiento y esa noche compartió las cuchetas del 404 con una de las monjas; la otra fue a dormir al 203 junto a la niña y su madre, mientras el marido pasaba la noche sobre el macadam, envuelto en una frazada. El ingeniero no tenía sueño y jugó a los dados con Taunus y su amigo; en algún momento se les agregó el campesino del Ariane y hablaron de política bebiendo unos tragos del aguardiente que el campesino había entregado a Taunus esa mañana. La noche no fue mala; había refrescado y brillaban algunas estrellas entre las nubes.

Hacia el amanecer los ganó el sueño, esa necesidad de estar a cubierto que nacía con la grisalla del alba. Mientras Taunus dormía junto al niño en el asiento trasero, su amigo y el ingeniero descansaron un rato en la delantera. Entre dos imágenes de sueño, el ingeniero creyó oír gritos a la distancia y vio un resplandor indistinto; el jefe de otro grupo vino a decirles que treinta autos más adelante había habido un principio de incendio en un Estafette, provocado por alguien que había querido hervir clandestinamente unas legumbres. Taunus bromeó sobre lo sucedido mientras iba de auto en auto para ver cómo habían pasado todos la noche, pero a nadie se le escapó lo que quería decir. Esa mañana la columna empezó a moverse muy temprano y hubo que correr y agitarse para recuperar los colchones y las mantas, pero como en todas partes debía estar sucediendo lo mismo nadie se impacientaba ni hacía sonar las bocinas. A mediodía habían avanzado más de cincuenta metros, y empezaba a divisarse la sombra de un bosque a la derecha de la ruta. Se envidiaba la suerte de los que en ese momento podían ir hasta la banquina y aprovechar la frescura de la sombra; quizá había un arroyo, o un grifo de agua potable. La muchacha del Dauphine cerró los ojos y pensó en una ducha cayéndole por el cuello y la espalda, corriéndole por las piernas; el ingeniero, que la miraba de reojo, vio dos lágrimas que le resbalaban por las mejillas.

Taunus, que acababa de adelantarse hasta el ID, vino a buscar a las mujeres más jóvenes para que atendieran a la anciana que no se sentía bien. El jefe del tercer grupo a retaguardia contaba con un médico entre sus hombres, y el soldado corrió a buscarlo. Al ingeniero, que había seguido con irónica benevolencia los esfuerzos de los muchachitos del Simca para hacerse perdonar su travesura, entendió que era el momento de darles su oportunidad. Con los elementos de una tienda de campaña los muchachos cubrieron la ventanilla del 404, y el wagon-lit se transformó en ambulancia para que la anciana descansara en una oscuridad relativa. Su marido se tendió a su lado, teniéndole la mano, y los dejaron solos con el médico. Después las monjas se ocuparon de la anciana, que se sentía mejor, y el ingeniero pasó la tarde como pudo, visitando otros autos y descansando en el de Taunus cuando el sol castigaba demasiado; sólo tres veces le tocó correr hasta su auto, donde los viejitos parecían dormir, para hacerlo avanzar junto con la columna hasta el alto siguiente. Los ganó la noche sin que hubiesen llegado a la altura del bosque.

Hacia las dos de la madrugada bajó la temperatura, y los que tenían mantas se alegraron de poder envolverse en ellas. Como la columna no se movería hasta el alba (era algo que se sentía en el aire, que venía desde el horizonte de autos inmóviles en la noche) el ingeniero y Taunus se sentaron a fumar y a charlar con el campesino del Ariane y el soldado. Los cálculos de Taunus no correspondían ya a la realidad, y lo dijo francamente; por la mañana habría que hacer algo para conseguir más provisiones y bebidas. El soldado fue a buscar a los jefes de los grupos vecinos, que tampoco dormían, y se discutió el problema en voz baja para no despertar a las mujeres. Los jefes habían hablado con los responsables de los grupos más alejados, en un radio de ochenta o cien automóviles, y tenían la seguridad de que la situación era análoga en todas partes. El campesino conocía bien la región y propuso que dos o tres hombres de cada grupo saliera al alba para comprar provisiones en las granjas cercanas, mientras Taunus se ocupaba de designar pilotos para los autos que quedaran sin dueño durante la expedición. La idea era buena y no resultó difícil reunir dinero entre los asistentes; se decidió que el campesino, el soldado y el amigo de Taunus irían juntos y llevarían todas las bolsas, redes y cantimploras disponibles. Los jefes de los otros grupos volvieron a sus unidades para organizar expediciones similares, y al amanecer se explicó la situación a las mujeres y se hizo lo necesario para que la columna pudiera seguir avanzando. La muchacha del Dauphine le dijo al ingeniero que la anciana ya estaba mejor y que insistía en volver a su ID; a las ocho llegó el médico, que no vio inconvenientes en que el matrimonio regresara a su auto. De todos modos, Taunus decidió que el 404 quedaría habilitado permanentemente como ambulancia; los muchachos, para divertirse, fabricaron un banderín con una cruz roja y lo fijaron en la antena del auto. Hacía ya rato que la gente prefería salir lo menos posible de sus coches; la temperatura seguía bajando y a mediodía empezaron los chaparrones y se vieron relámpagos a la distancia. La mujer del campesino se apresuró a recoger agua con un embudo y una jarra de plástico, para especial regocijo de los muchachos del Simca. Mirando todo eso, inclinado sobre el volante donde había un libro abierto que no le interesaba demasiado, el ingeniero se preguntó por qué los expedicionarios tardaban tanto en regresar; más tarde Taunus lo llamó discretamente a su auto y cuando estuvieron dentro le dijo que habían fracasado. El amigo de Taunus dio detalles: las granjas estaban abandonadas o la gente se negaba a venderles nada, aduciendo las reglamentaciones sobre ventas a particulares y sospechando que podían ser inspectores que se valían de las circunstancias para ponerlos a prueba. A pesar de todo habían podido traer una pequeña cantidad de agua y algunas provisiones, quizá robadas por el soldado que sonreía sin entrar en detalles. Desde luego ya no se podía pasar mucho tiempo sin que cesara el embotellamiento, pero los alimentos de que se disponía no eran los más adecuados para los dos niños y la anciana. El médico, que vino hacia las cuatro y media para ver a la enferma, hizo un gesto de exasperación y cansancio y dijo a Taunus que en su grupo y en todos los grupos vecinos pasaba lo mismo. Por la radio se había hablado de una operación de emergencia para despejar la autopista, pero aparte de un helicóptero que apareció brevemente al anochecer no se vieron otros aprestos. De todas maneras hacía cada vez menos calor, y la gente parecía esperar la llegada de la noche para taparse con las mantas y abolir en el sueño algunas horas más de espera. Desde su auto el ingeniero escuchaba la charla de la muchacha del Dauphine con el viajante del DKW, que le contaba cuentos y la hacía reír sin ganas. Lo sorprendió ver a la señora del Beaulieu que casi nunca abandonaba su auto, y bajó para saber si necesitaba alguna cosa, pero la señora buscaba solamente las últimas noticias y se puso a hablar con las monjas. Un hastío sin nombre pesaba sobre ellos al anochecer; se esperaba más del sueño que de las noticias siempre contradictorias o desmentidas. El amigo de Taunus llegó discretamente a buscar al ingeniero, al soldado y al hombre del 203. Taunus les anunció que el tripulante del Floride acababa de desertar; uno de los muchachos del Simca había visto el coche vacío, y después de un rato se había puesto a buscar a su dueño para matar el tedio. Nadie conocía mucho al hombre gordo del Floride, que tanto había protestado el primer día aunque después acabara de quedarse tan callado como el piloto del Caravelle.. Cuando a las cinco de la mañana no quedó la menor duda de que Floride, como se divertían en llamarlo los chicos del Simca, había desertado llevándose un valija de mano y abandonando otra llena de camisas y ropa interior, Taunus decidió que uno de los muchachos se haría cargo del auto abandonado para no inmovilizar la columna. A todos los había fastidiado vagamente esa deserción en la oscuridad, y se preguntaban hasta dónde habría podido llegar Floride en su fuga a través de los campos. Por lo demás parecía ser la noche de las grandes decisiones: tendido en su cucheta del 404, al ingeniero le pareció oír un quejido, pero pensó que el soldado y su mujer serían responsables de algo que, después de todo, resultaba comprensible en plena noche y en esas circunstancias. Después lo pensó mejor y levantó la lona que cubría la ventanilla trasera; a la luz de unas pocas estrellas vio a un metro y medio el eterno parabrisas del Caravelle y detrás, como pegada al vidrio y un poco ladeada, la cara convulsa del hombre. Sin hacer ruido salió por el lado izquierdo para no despertar a la monjas, y se acercó al Caravelle. Después buscó a Taunus, y el soldado corrió a prevenir al médico. Desde luego el hombre se había suicidado tomando algún veneno; las líneas a lápiz en la agenda bastaban, y la carta dirigida a una tal Ivette, alguien que lo había abandonado en Vierzon. Por suerte la costumbre de dormir en los autos estaba bien establecida (las noches eran ya tan frías que a nadie se le hubiera ocurrido quedarse fuera) y a pocos les preocupaba que otros anduvieran entre los coches y se deslizaran hacia los bordes de la autopista para aliviarse. Taunus llamó a un consejo de guerra, y el médico estuvo de acuerdo con su propuesta. Dejar el cadáver al borde de la autopista significaba someter a los que venían más atrás a una sorpresa por lo menos penosa: llevarlo más lejos, en pleno campo, podía provocar la violenta repulsa de los lugareños, que la noche anterior habían amenazado y golpeado a un muchacho de otro grupo que buscaba de comer. El campesino del Ariane y el viajante del DKW tenían lo necesario para cerrar herméticamente el portaequipaje del Caravelle. Cuando empezaban su trabajo se les agregó la muchacha del Dauphine, que se colgó temblando del brazo del ingeniero. Él le explicó en voz baja lo que acababa de ocurrir y la devolvió a su auto, ya más tranquila. Taunus y sus hombres habían metido el cuerpo en el portaequipajes, y el viajante trabajó con scotch tape y tubos de cola líquida a la luz de la linterna del soldado. Como la mujer del 203 sabía conducir, Taunus resolvió que su marido se haría cargo del Caravelle que quedaba a la derecha del 203; así, por la mañana, la niña del 203 descubrió que su papá tenía otro auto, y jugó horas y horas a pasar de uno a otro y a instalar parte de sus juguetes en el Caravelle.

Por primera vez el frío se hacía sentir en pleno día, y nadie pensaba en quitarse las chaquetas. La muchacha del Dauphine y las monjas hicieron el inventario de los abrigos disponibles en el grupo. Había unos pocos pulóveres que aparecían por casualidad en los autos o en alguna valija, mantas, alguna gabardina o abrigo ligero. Otra vez volvía a faltar el agua, y Taunus envió a tres de sus hombres, entre ellos el ingeniero, para que trataran de establecer contacto con los lugareños. Sin que pudiera saberse por qué, la resistencia exterior era total; bastaba salir del límite de la autopista para que desde cualquier sitio llovieran piedras. En plena noche alguien tiró una guadaña que golpeó el techo del DKW y cayó al lado del Dauphine. El viajante se puso muy pálido y no se movió de su auto, pero el americano del De Soto (que no formaba parte del grupo de Taunus pero que todos apreciaban por su buen humor y sus risotadas) vino a la carrera y después de revolear la guadaña la devolvió campo afuera con todas sus fuerzas, maldiciendo a gritos. Sin embargo, Taunus no creía que conviniera ahondar la hostilidad; quizás fuese todavía posible hacer una salida en busca de agua.

Ya nadie llevaba la cuenta de lo que se había avanzado ese día o esos días; la muchacha del Dauphine creía que entre ochenta y doscientos metros; el ingeniero era menos optimista pero se divertía en prolongar y complicar los cálculos con su vecina, interesado de a ratos en quitarle la compañía del viajante del DKW que le hacía la corte a su manera profesional. Esa misma tarde el muchacho encargado del Floride corrió a avisar a Taunus que un Ford Mercury ofrecía agua a buen precio. Taunus se negó, pero al anochecer una de las monjas le pidió al ingeniero un sorbo de agua para la anciana del ID que sufría sin quejarse, siempre tomada de la mano de su marido y atendida alternativamente por las monjas y la muchacha del Dauphine. Quedaba medio litro de agua, y las mujeres lo destinaron a la anciana y a la señora del Beaulieu. Esa misma noche Taunus pagó de su bolsillo dos litros de agua; el Ford Mercury prometió conseguir más para el día siguiente, al doble del precio. Era difícil reunirse para discutir, porque hacía tanto frío que nadie abandonaba los autos como no fuera por un motivo imperioso. Las baterías empezaban a descargarse y no se podía hacer funcionar todo el tiempo la calefacción; Taunus decidió que los dos coches mejor equipados se reservarían llegado el caso para los enfermos. Envueltos en mantas (los muchachos del Simca habían arrancado el tapizado de su auto para fabricarse chalecos y gorros, y otros empezaron a imitarlos), cada uno trataba de abrir lo menos posible las portezuelas para conservar el calor. En alguna de esas noches heladas el ingeniero oyó llorar ahogadamente a la muchacha del Dauphine. Sin hacer ruido, abrió poco a poco la portezuela y tanteó en la sombra hasta rozar una mejilla mojada. Casi sin resonancia la chica se dejó atraer al 404; el ingeniero la ayudó a tenderse en la cucheta, la abrigó con la única manta y le echó encima su gabardina. La oscuridad era más densa en el coche ambulancia, con sus ventanillas tapadas por las lomas de la rienda. En algún momento el ingeniero bajó los dos parasoles y colgó de ellos su camisa y un pulóver para aislar completamente el auto. Hacia el amanecer ella le dijo al oído que antes de empezar a llorar había creído ver a lo lejos, sobre la derecha, las luces de una ciudad.

Quizá fuera una ciudad pero las nieblas de la mañana no dejaban ver ni a veinte metros. Curiosamente ese día la columna avanzó bastante más, quizás doscientos o trescientos metros. Coincidió con nuevos anuncios de la radio (que casi nadie escuchaba, salvo Taunus que se sentía obligado a mantenerse al corriente); los locutores hablaban enfáticamente de medidas de excepción que liberarían la autopista, y se hacían referencias al agotador trabajo de las cuadrillas camineras y de las fuerzas policiales. Bruscamente, una de las monjas deliró. Mientras su compañera la contemplaba aterrada y la muchacha del Dauphine le humedecía las sienes con un resto de perfume, la monja hablo de Armagedón, del noveno día, de la cadena de cinabrio. El médico vino mucho después, abriéndose paso entre la nieve que caía desde el mediodía y amurallaba poco a poco los autos. Deploró la carencia de una inyección calmante y aconsejó que llevaran a la monja a un auto con buena calefacción. Taunus la instaló en su coche, y el niño pasó al Caravelle donde también estaba su amiguita del 203; jugaban con sus autos y se divertían mucho porque eran los únicos que no pasaban hambre. Todo ese día y los siguientes nevó casi de continuo, y cuando la columna avanzaba unos metros había que despejar con medios improvisados las masas de nieve amontonadas entre los autos.

A nadie se le hubiera ocurrido asombrarse por la forma en que se obtenían las provisiones y el agua. Lo único que podía hacer Taunus era administrar los fondos comunes y tratar de sacar el mejor partido posible de algunos trueques. El Ford Mercury y un Porsche venían cada noche a traficar con las vituallas; Taunus y el ingeniero se encargaban de distribuirlas de acuerdo con el estado físico de cada uno. Increíblemente la anciana del ID sobrevivía, perdida en un sopor que las mujeres se cuidaban de disipar. La señora del Beaulieu que unos días antes había sufrido de náuseas y vahídos, se había repuesto con el frío y era de las que más ayudaba a la monja a cuidar a su compañera, siempre débil y un poco extraviada. La mujer del soldado y del 203 se encargaban de los dos niños; el viajante del DKW, quizá para consolarse de que la ocupante del Dauphine hubiera preferido al ingeniero, pasaba horas contándoles cuentos a los niños. En la noche los grupos ingresaban en otra vida sigilosa y privada; las portezuelas se abrían silenciosamente para dejar entrar o salir alguna silueta aterida; nadie miraba a los demás, los ojos tan ciegos como la sombra misma. Bajo mantas sucias, con manos de uñas crecidas, oliendo a encierro y a ropa sin cambiar, algo de felicidad duraba aquí y allá. La muchacha del Dauphine no se había equivocado: a lo lejos brillaba una ciudad, y poco y a poco se irían acercando. Por las tardes el chico del Simca se trepaba al techo de su coche, vigía incorregible envuelto en pedazos de tapizado y estopa verde. Cansado de explorar el horizonte inútil, miraba por milésima vez los autos que lo rodeaban; con alguna envidia descubría a Dauphine en el auto del 404, una mano acariciando un cuello, el final de un beso. Por pura broma, ahora que había reconquistado la amistad del 404, les gritaba que la columna iba a moverse; entonces Dauphine tenía que abandonar al 404 y entrar en su auto, pero al rato volvía a pasarse en buscar de calor, y al muchacho del Simca le hubiera gustado tanto poder traer a su coche a alguna chica de otro grupo, pero no era ni para pensarlo con ese frío y esa hambre, sin contar que el grupo de más adelante estaba en franco tren de hostilidad con el de Taunus por una historia de un tubo de leche condensada, y salvo las transacciones oficiales con Ford Mercury y con Porsche no había relación posible con los otros grupos. Entonces el muchacho del Simca suspiraba descontento y volvía a hacer de vigía hasta que la nieve y el frío lo obligaban a meterse tiritando en su auto.

Pero el frío empezó a ceder, y después de un período de lluvias y vientos que enervaron los ánimos y aumentaron las dificultades de aprovisionamiento, siguieron días frescos y soleados en que ya era posible salir de los autos, visitarse, reanudar relaciones con los grupos de vecinos. Los jefes habían discutido la situación, y finalmente se logró hacer la paz con el grupo de más adelante. De la brusca desaparición del Ford Mercury se habló mucho tiempo sin que nadie supiera lo que había podido ocurrirle, pero Porsche siguió viniendo y controlando el mercado negro. Nunca faltaban del todo el agua o las conservas, aunque los fondos del grupo disminuían y Taunus y el ingeniero se preguntaban qué ocurriría el día en que no hubiera más dinero para Porsche. Se habló de un golpe de mano, de hacerlo prisionero y exigirle que revelara la fuente de los suministros, pero en esos días la columna había avanzado un buen trecho y los jefes prefirieron seguir esperando y evitar el riesgo de echarlo todo a perder por una decisión violenta. Al ingeniero, que había acabado por ceder a una indiferencia casi agradable, lo sobresaltó por un momento el tímido anuncio de la muchacha del Dauphine, pero después comprendió que no se podía hacer nada para evitarlo y la idea de tener un hijo de ella acabó por parecerle tan natural como el reparto nocturno de las provisiones o los viajes furtivos hasta el borde de la autopista. Tampoco la muerte de la anciana del ID podía sorprender a nadie. Hubo que trabajar otra vez en plena noche, acompañar y consolar al marido que no se resignaba a entender. Entre dos de los grupos de vanguardia estalló una pelea y Taunus tuvo que oficiar de árbitro y resolver precariamente la diferencia. Todo sucedía en cualquier momento, sin horarios previsibles; lo más importante empezó cuando ya nadie lo esperaba, y al menos responsable le tocó darse cuenta el primero. Trepado en el techo del Simca, el alegre vigía tuvo la impresión de que el horizonte había cambiado (era el atardecer, un sol amarillento deslizaba su luz rasante y mezquina) y que algo inconcebible estaba ocurriendo a quinientos metros, a trescientos, a doscientos cincuenta. Se lo gritó al 404 y el 404 le dijo algo Dauphine que se pasó rápidamente a su auto cuando ya Taunus, el soldado y el campesino venían corriendo y desde el techo del Simca el muchacho señalaba hacia adelante y repetía interminablemente el anuncio como si quisiera convencerse de que lo que estaba viendo era verdad; entonces oyeron la conmoción, algo como un pesado pero incontenible movimiento migratorio que despertaba de un interminable sopor y ensayaba sus fuerzas. Taunus les ordenó a gritos que volvieran a sus coches; el Beaulieu, el ID, el Fiat 600 y el De Soto arrancaron con un mismo impulso. Ahora el 2HP, el Taunus, el Simca y el Ariane empezaban a moverse, y el muchacho del Simca, orgulloso de algo que era como su triunfo, se volvía hacia el 404 y agitaba el brazo mientras el 404, el Dauphine, el 2HP de las monjas y el DKW se ponían a su vez en marcha. Pero todo estaba en saber cuánto iba a durar eso; el 404 se lo preguntó casi por rutina mientras se mantenía a la par de Dauphine y le sonreía para darle ánimo. Detrás, el Volkswagen, el Caravelle, el 203 y el Floride arrancaban, a su vez lentamente, un trecho en primera velocidad, después la segunda, interminablemente la segunda pero ya sin desembragar como tantas veces, con el pie firme en el acelerador, esperando poder pasar a tercera. Estirando el brazo izquierdo el 404 buscó la mano de Dauphine, rozó apenas la punta de sus dedos, vio en su cara una sonrisa de incrédula esperanza y pensó que iban a llegar a París y que se bañarían, que irían juntos a cualquier lado, a su casa o a la de ella a bañarse, a comer, a bañarse interminablemente y a comer y beber, y que después habría muebles, habría un dormitorio con muebles y un cuarto de baño con espuma de jabón para afeitarse de verdad, y retretes, comida y retretes y sábanas, París era un retrete y dos sábanas y el agua caliente por el pecho y las piernas, y una tijera de uñas, y vino blanco, beberían vino blanco antes de besarse y sentirse oler a lavanda y a colonia, antes de conocerse de verdad a plena luz, entre sábanas limpias, y volver a bañarse por juego, amarse y bañarse y beber y entrar en la peluquería, entrar en el baño, acariciar las sábanas y acariciarse entre las sábanas y amarse entre la espuma y la lavanda y los cepillos antes de empezar a pensar en lo que iban a hacer, en el hijo y los problemas y el futuro, y todo eso siempre que no se detuvieran, que la columna continuara aunque todavía no se pudiese subir a la tercera velocidad, seguir así en segunda, pero seguir. Con los paragolpes rozando el Simca, el 404 se echó atrás en el asiento, sintió aumentar la velocidad, sintió que podía acelerar sin peligro de irse contra el Simca, y que el Simca aceleraba sin peligro de chocar contra el Beaulieu, y que detrás venía el Caravelle y que todos aceleraban más y más, y que ya se podía pasar a tercera sin que el motor penara, y la palanca calzó increíblemente en la tercera y la marcha se hizo suave y se aceleró todavía más, y el 404 miró enternecido y deslumbrado a su izquierda buscando los ojos de Dauphine. Era natural que con tanta aceleración las filas ya no se mantuvieran paralelas. Dauphine se había adelantado casi un metro y el 404 le veía la nuca y apenas el perfil, justamente cuando ella se volvía para mirarlo y hacía un gesto de sorpresa al ver que el 404 se retrasaba todavía más. Tranquilizándola con una sonrisa el 404 aceleró bruscamente, pero casi en seguida tuvo que frenar porque estaba a punto de rozar el Simca; le tocó secamente la bocina y el muchacho del Simca lo miró por el retrovisor y le hizo un gesto de impotencia, mostrándole con la mano izquierda el Beaulieu pegado a su auto. El Dauphine iba tres metros más adelante, a la altura del Simca, y la niña del 203, al nivel del 404, agitaba los brazos y le mostraba su muñeca. Una mancha roja a la derecha desconcertó al 404; en vez del 2HP de las monjas o del Volkswagen del soldado vio un Crevrolet desconocido, y casi en seguida el Chevrolet se adelantó seguido por un Lancia y por un Renault 8. A su izquierda se le apareaba un ID que empezaba a sacarle ventaja metro a metro, pero antes de que fuera sustituido por un 403, el 404 alcanzó a distinguir todavía en la delantera el 203 que ocultaba ya a Dauphine. El grupo se dislocaba, ya no existía. Taunus debía de estar a más de veinte metros adelante, seguido de Dauphine; al mismo tiempo la tercera fila de la izquierda se atrasaba porque en vez del DKW del viajante, el 404 alcanzaba a ver la parte trasera de un viejo furgón negro, quizá un Citroën o un Peugeot. Los autos corrían en tercera, adelantándose o perdiendo terreno según el ritmo de su fila, y a los lados de la autopista se veían huir los árboles, algunas casas entre las masas de niebla y el anochecer. Después fueron las luces rojas que todos encendían siguiendo el ejemplo de los que iban adelante, la noche que se cerraba bruscamente. De cuando en cuando sonaban bocinas, las agujas de los velocímetros subían cada vez más, algunas filas corrían a setenta kilómetros, otras a sesenta y cinco, algunas a sesenta. El 404 había esperado todavía que el avance y el retroceso de las filas le permitiera alcanzar otra vez a Dauphine, pero cada minuto lo iba convenciendo de que era inútil, que el grupo se había disuelto irrevocablemente, que ya no volverían a repetirse los encuentros rutinarios, los mínimos rituales, los consejos de guerra en el auto de Taunus, las caricias de Dauphine en la paz de la madrugada, las risas de los niños jugando con sus autos, la imagen de la monja pasando las cuentas del rosario. Cuando se encendieron las luces de los frenos del Simca, el 404 redujo la marcha con un absurdo sentimiento de esperanza, y apenas puesto el freno de mano saltó del auto y corrió hacia adelante. Fuera del Simca y el Beaulieu (más atrás estaría el Caravelle, pero poco le importaba) no reconoció ningún auto; a través de cristales diferentes lo miraban con sorpresa y quizá escándalo otros rostros que no había visto nunca. Sonaban las bocinas, y el 404 tuvo que volver a su auto; el chico del Simca le hizo un gesto amistoso, como si comprendiera, y señaló alentadoramente en dirección de París. La columna volvía a ponerse en marcha, lentamente durante unos minutos y luego como si la autopista estuviera definitivamente libre. A la izquierda del 404 corría un Taunus, y por un segundo al 404 le pareció que el grupo se recomponía, que todo entraba en el orden, que se podría seguir adelante sin destruir nada. Pero era un Taunus verde, y en el volante había una mujer con anteojos ahumados que miraba fijamente hacia adelante. No se podía hacer otra cosa que abandonarse a la marcha, adaptarse mecánicamente a la velocidad de los autos que lo rodeaban, no pensar. En el Volkswagen del soldado debía de estar su chaqueta de cuero. Taunus tenía la novela que él había leído en los primeros días. Un frasco de lavanda casi vacío en el 2HP de las monjas. Y él tenía ahí, tocándolo a veces con la mano derecha, el osito de felpa que Dauphine le había regalado como mascota. Absurdamente se aferró a la idea de que a las nueve y media se distribuirían los alimentos, habría que visitar a los enfermos, examinar la situación con Taunus y el campesino del Ariane; después sería la noche, sería Dauphine subiendo sigilosamente a su auto, las estrellas o las nubes, la vida. Sí, tenía que ser así, no era posible que eso hubiera terminado para siempre. Tal vez el soldado consiguiera una ración de agua, que había escaseado en las últimas horas; de todos modos se podía contar con Porsche, siempre que se le pagara el precio que pedía. Y en la antena de la radio flotaba locamente la bandera con la cruz roja, y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.

El terror a los demás

  El terror a los demás
Se abren las puertas de la exposición y son las 23:00 hrs, es mi única opción posible. Siento que mis imágenes del mundo podrían aplastarme.
La obsesión con lo que no quiero-quiero me permite ignorar todo lo demás, aunque solo mientras la estoy llevando cabo. Hay necesidad de llamar la atención. Necesidad de ser comprendido. O no.
Soy el mundo en infinitas partes sin conexión real, la verdad solo se puede recoger del piso mediante el ejercicio de la interpretación artística de la mayoría de esas gotas, muy fluorescentes, que quedan al estallar mis emociones. Pero hay miedo de que Alguien urge y encuentre.
Por eso seguía frenando a chantazos el tiempo por un rato en paz, paz para rayar el por qué de tanto movimiento, ¿por qué existe tanta gente? Es que no soy capaz de reducirlas a todas en un pequeño espacio recóndito en mi mente. Hay demasiado que hacer,  demasiado y demasiado. Trato de contenerlo y fallo. El exorcista bendijo la casa con agua de colores antes de calmarme.
Todo ese ruido y luz en mi exposición me protege, cosas desconocidas caminan y avanzan sin devolverse. Quizá  existen fuera de mí, tal vez para atarme y arrancarme de este lugar.
Voy caminando y fotografío esas esquinas de la ciudad dentro de la sala, sala donde a ratos quiero posar y explicar lo que no puedo decirles, lo que igual no entienden. Entiendan mierdas que expongo.
 La gente pasa y pasa y observa mis cartas de amor, solo que no las leen, las admiran pero no pueden sacar una sola idea clara de ellas. Quizá si no las cubriera tanto de mi sería más fácil leer mi idioma sanscrito coloquial. Si Alguien llega, logrará descifrar todo lo que hago.  Es a él al que podría amar.
Otro casi lo logra esta vez, pero solo porque dijo cosas tan disonantes como el ruido en mi cabeza.
De repente lo rayones en el block vibraron provocando una erección de muebles y flora, lo que despertó mis reflejos en espejos de sucesión infinita (pero no al público), arrancando así dos lunares de mismo color para observar cómo Alguien apretó con fuerza los dientes mientras me veía con obsesión en la sala del cine, sobre la pared obscura y plana. Interrumpida por la luz de ese film molesto. Lo odio.
Lo seguí, seguí, seguí, seguí, pero no lo alcancé. Su bufanda daba coletazos que me hacían maniobrar zigzageando por mi vida dentro de la avenida amueblada y baldía. Tenía una bufanda, solo Alguien podía llevar una bufanda roja con manchas de nescafé negras. En la sala solo encontré a todos.
Salgo a buscarlo cargando un paraguas lleno de lunares. Pero ya se fue, se fue. Quizá el amor es donde te amarran a un lugar. ¿Habrá más amor en esas paredes blancas y rayables?
Haré la prueba con cada uno que encuentre, solo él podrá calzar este paraguas, podré ser feliz al entenderme con alguien. Solo si consigue calzarse este paraguas. Nadie lo logrará si no él y nadie no es suficiente para salvarme de mí. De mí y mis blocks y mis estallidos. Estallidos.
¡Al que le calce este paraguas! ¡El que tenga la medida perfecta!... mierda el paraguas se lo llevo el viento… y también extravié el otro paraguas del par. El viento sigue soplando muy fuerte, mucho como para alanzarlo y ya fueron hace mucho las de 12 de la noche. 

Como a Wharhol, mi corazón me falla. Ahora es de papel y adhesivo, y lleno de agua. Falla y no podré reconocer a alguien por allí, fuera de mí. Pero quizá, perdí a propósito el otro zapato.

lunes, 18 de mayo de 2015

Sobre la espalda del dragón

Un día se sentó frente al koto y se puso a tocar. Bajo el encanto de su música, el mundo se inundó de las emociones que se guardaban en su interior. Bajo ese mismo encanto, la naturaleza quedó rendida a sus pies. Los elementos de la naturaleza bailaron al ritmo de sus dedos, que punteaban y rasgueaban las 13 cuerdas. Animales y bestias salvajes, hipnotizadas por la melodía, inclinaban humildemente sus cabezas y se dejaban inundar por la belleza.
Entonces sobrevino un contrapunto, al ser alcanzado aquel espacio del alma del hombre que éste tanto quería evitar y que a la vez tanto quería dejar salir. Un desgarrador y doloroso quiebre a la armonía previa transformó el ambiente, dejándolo invadido por la tristeza. Todo el que lo escuchaba se sintió inquieto frente a este cambio ¿Qué era esa sombra? Todos ellos estaban ahí para escucharlo y admirarlo, y sin embargo no entendían qué significaba ese dolor.
El dragón, que escuchaba desde lo alto, sintió esta perturbación y comprendió. Miró a las bestias, a los animales y a la naturaleza en sus distintos elementos rodeando al intérprete y vio lo que quería y no quería el hombre con su música. Y como el dragón tenía el poder de unir el mundo terrenal con el trascendental, se abrió paso entre los cielos y los unió y bajó hasta donde tocaba el hombre su música, cargando sobre sí aquello que la música convocaba y que no había acudido a su llamado.
Los que estaban ahí, al ver a la mujer que descansaba sobre el cuerpo del dragón, comprendieron por fin, no sólo el quiebre, sino toda la música que el hombre tocara. La belleza que en un principio los reunió y la tristeza que luego los desgarró. Era él, era ella. Eran él y ella, era la pérdida de ella por él. Pues ella estaba muerta y no podía escucharlo y como no podía escucharlo, no podía ir hasta donde él estaba.
El hombre vio a la mujer y luego vio al dragón y supo que gracias a él, ella podía escucharlo una vez más. Sin embargo, desesperado corrió hasta donde ella estaba y trató de abrazarla, sin poder alcanzar más que el aire, lleno y vacío. Ella lo miró con amor y compasión y luego súplica y el comprendió. Así que se sentó nuevamente frente al koto y dejó que, así como el dragón la había traído a ella hasta él, el koto le llevara lo que él era hasta ella.

Cuando la música terminó ya no había nadie junto a él. Al principio eran solo él y el koto y el silencio. Pero él supo mirar nuevamente el cielo y encontrar ahí la silueta de un dragón que llevaba sobre sí a una mujer que le sonreía una vez más, a través de la música que el mundo cantaba, respondiendo y correspondiendo a la suya, por siempre.

El Reloj

Y así termina la vida de Luis, hombre millonario que, por culpa de un mapache, lo terminó perdiendo todo.
Al menos el reloj seguía en su lugar

viernes, 15 de mayo de 2015

Reflexiones del egocentrismo

¿Alguna vez sentiste que las personas que se cruzan en tu camino son producto de tu imaginación?
Y que cuando las pierdes de vista, dejan de existir.
Como yo, cuando termines esta oración.


Anónimo

jueves, 14 de mayo de 2015

Persecución y fuga

Mientras escribía, escuchaba con placer un especial de Tchaikovsky que sonaba en la radio. Su mano estaba cansada y la cicatriz de la palma le picaba por el frío. Treinta copias más y habría terminado por hoy. No sabía cómo iban a repartir toda esa propaganda. Andrei decía que tenía un amigo en la universidad, pero a él le costaba confiar en extraños, la policía tenía oídos en todas partes.
De pronto un golpe que casi tiró su puerta lo obligó a soltar la pluma. "Me descubrieron".

La puerta cayó al cuarto intento, abriéndose a un pequeño y gris departamento. Petrov y sus hombres  entraron a la sala gritando y con pistolas en alto. Panfletos en el piso y la ventana abierta mostraban por donde había arrancado el traidor.
Petrov sonrió al oír la obertura de 1812, era su pieza favorita y formaba un ambiente perfecto a la redada. Se asomó por la ventana y lo vio subiendo por una escalera de mano, pensó en disparar pero debía atraparlo con vida. En el interrogatorio soltaría algunos nombres.

El hielo en la escalera y la propaganda bajo el brazo dificultaban la subida. Ya no había motivos para escapar, todo estaba perdido y aun así su fuga continuaba más por instinto que por razón. Una sensación de déjà vu lo acompañó en la subida, al igual que el hombre que trepaba tras él.
En la azotea, la imagen de una ciudad oscura, fría y decadente lo recibió. Caminando entre la nieve se acercó al borde.

“¡Alto!” gritó Petrov. El frío y el esfuerzo le impedían respirar. Sangre corría por su mano derecha, se había cortado la palma mientras subía. 
Vio al hombre sobre la orilla, y pensó que no valía la pena saltar. “No tienes que hacerlo. Ayúdanos y la nación te ayudará”. 

Una mentira. Sabía que la cárcel era peor que saltar. Y recordó años atrás cuando él había sido quien acorraló un hombre al borde de una azotea como esa. En ese entonces pensaba que no valía la pena saltar y todavía seguía pensando lo mismo, pero aun así, mientras caía, vio como el viento se llevaba sus panfletos. 



Florencio Redard

miércoles, 13 de mayo de 2015

A enredar los cuentos - Gianni Rodari


-Érase una vez una niña que se llamaba Caperucita Amarilla.
-¡No, Roja!

-¡Ah!, sí, Caperucita Roja. Su mamá la llamó y le dijo: “Escucha, Caperucita Verde…”

-¡Que no, Roja!

-¡Ah!, sí, Roja. “Ve a casa de tía Diomira a llevarle esta piel de papa”.

-No: “Ve a casa de la abuelita a llevarle este pastel”.

-Bien. La niña se fue al bosque y se encontró una jirafa.

-¡Qué lío! Se encontró al lobo, no una jirafa.

-Y el lobo le preguntó: “¿Cuántas son seis por ocho?”

-¡Qué va! El lobo le preguntó: “¿Adónde vas?”

-Tienes razón. Y Caperucita Negra respondió…

-¡Era Caperucita Roja, Roja, Roja!

-Sí. Y respondió: “Voy al mercado a comprar salsa de tomate”.

-¡Qué va!: “Voy a casa de la abuelita, que está enferma, pero no recuerdo el camino”.

-Exacto. Y el caballo dijo…

-¿Qué caballo? Era un lobo

-Seguro. Y dijo: “Toma el tranvía número setenta y cinco, baja en la plaza de la Catedral, tuerce a la derecha, y encontrarás tres peldaños y una moneda en el suelo; deja los tres peldaños, recoge la moneda y cómprate un chicle”.

-Tú no sabes contar cuentos en absoluto, abuelo. Los enredas todos. Pero no importa, ¿me compras un chicle?

-Bueno, toma la moneda.

Y el abuelo siguió leyendo el periódico.

FIN

LA MUERTE EN SAMARRA - ADAPTACIÓN DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

  El criado llega aterrorizado a casa de su amo. "Señor", dice, "he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho una señal de amenaza." El amo le da un caballo y dinero, y le dice: "Huye a Samarra." El criado huye. Esa tarde, temprano, el señor se encuentra la Muerte en el mercado. "Esta mañana le hiciste a mi criado una señal de amenaza", dice. "No era de amenaza", responde la Muerte, "sino de sorpresa. Porque lo veía ahí, tan lejos de Samarra, y esta misma tarde tengo que recogerlo allá."

domingo, 10 de mayo de 2015

Marioneta de avión que va y va

¡Allá! FFFFFFFFFFFFFFFF suena el ave grande en el cielo.

Mamá me dice que busque las estrellas fugaces, pero yo prefiero los aviones. Dan tiempo de pedir no uno, sino mil deseos. Pido siempre barbies, cosquillas y sirenas. Pero el deseo por el que aprieto más los puños y cierro más los ojos es el sueño de surcar los cielos, tocar el sol, engordar de noches y acercarme al Dios Cosmos.



"¿Sprite, dijo?", sonrisa por acá. "Señorita, ¿qué gusta tomar?", sonrisa por allá. Cabellos recogidos, ojos delineados, boca pintada. Cualquier turbulencia emocional debe serenarse en nombre de la cortesía.

Ignorantes me envidian. Me llaman, sonrientes, "ciudadana de mundo". Me llaman "ligera de andar", "guía de los aires". Moza del aire, aeromoza y azafata soy.

A ningún lado voy, porque voy a todos indistintamente. Acompaño, no tanto "ayudo", a otros a ir por sus sueños. Mi maleta es minúscula como mi apetito porque no tengo vida ni recuerdos.

Tampoco respuestas, en el cielo sólo hay nubes, y más y más preguntas, que por qué, que quién. Hace mucho que extravié mi acento y mi origen en alguna escala. Con el síndrome "ni de aquí ni de allá" serpenteó mi identidad, pero tenuemente, como se va escapando la juventud.

Hoy quiero divorciarme de la soledad y aterrizar a la posibilidad. Las salidas de emergencia están para mí debajo de mis pies, por algún lugar lleno de luces y montañas, pero dónde, el mundo se me hizo pequeño, desde acá todo luce igual.

viernes, 8 de mayo de 2015

Pequeño bosquejo cuento estilo Journey (sin título)

- ... ¿Dónde estoy?
- Por ahora, en el Infinito.
- ... ¿Quién eres?
- ¿Yo?, bueno, yo soy yo.
- ... ¿Y quién soy yo?
- Jajaja, tú, querido amigo, puedes ser quién quieras, pero sólo puedes elegir una vez, así que te recomiendo que elijas cuidadosamente.
- ...
- ¿Y bien?
- ...¿Primum?
- ¡Excelente nombre!
- Muchas gracias
- ¡Vaya! Y además eres cortes. Primum, posees el pensamiento lógico, pero careces de pensamiento abstracto o irracional. Será tu responsabilidad obtenerlo, si quieres. Y para ayudarte, te daré un regalo.
- ¿Regalo?
- Así es, un obsequio, algo de mi para ti, sin mayor intención que darte algo que creo te gustará y te hará feliz.
- ¿Y qué es?
- Una realidad.
- ¿Qué es una realidad?
- Es algo que existe, algo real. Sin embargo, te estoy regalando una realidad que apenas existe, solo tiene unos pequeños arreglos.
- ¿Y que hago con esta realidad?
- Lo que tu quieras, amigo, es tu realidad de ahora en adelante.
- Te lo agradezco.
- Jajaja no hay problema. Bueno Primum, debo retirarme.
- ¿A dónde vas?
- Muy lejos.
- Entonces, ¿esto es el adiós?
- No, no, jajaja. Nos volveremos a ver Primum, es una promesa

Se fue. Ahora solo estoy yo en esta realidad solitaria.

Debería comenzar por crearme fisicamente- pensé.

Comencé a condensarme. Imaginé varias formas: una esfera, un cubo, una pirámide de base triangular, y otras más. Creé un núcleo, alrededor del cual me solidificaría y desarrollaría mi forma física.

Eventualmente decidí tomar la forma de una esfera. Al centro estaba mi núcleo, el cual había tomado la forma de un triaquisicosahedro. Finalmente, al haber tomado una forma física, comencé a percibir el exterior, todo aquello que no era yo.

- ¿Qué es todo esto? Quiero sentirlo, saber como es esto que me rodea. Necesito... Sentidos.

Tacto, vista, oído, sensibilidad, percepción, intuición e imaginación sensible, la cual ya poseía de antemano, pero solo la parte lógica.

Bastará con estos por ahora.

Para desarrollar los sentidos, debía adquirir una nueva forma. Atribuí a mi núcleo la sensibilidad, la percepción y la intuición. Aumenté el volumen de mi existencia, pero mantuve el de mi núcleo. Empecé a desplegar cuatro extremidades, dos para apoyarme en el terreno y dos para interactuar con el entorno. Al mismo tiempo, deshice mi forma de esfera para ajustarme a mis nuevas extremidades. Dejé un poco menos de la mitad para la parte inferior donde se ubicarían las extremidades para el terreno, y el resto lo subí para guardar mi núcleo y ubicar las extremidades de interacción. La metamorfosis progresaba satisfactoriamente. Decidí ubicar el tacto en toda mi existencia, de esa manera, podría estar alerta a todo lo que me tocara y en cualquier parte de esta. Aún me faltaban 2 sentidos físicos, por lo que decidí tener un centro de percepción: una quinta extremidad. Saldría de la parte de arriba de mi existencia, sobre el núcleo y entre las extremidades de interacción. Su diseño sería una esfera conectada al resto de la existencia, de la cual emergerían tres conos en un hemisferio en formación triangular y dos icosidodecaedros truncados aproximadamente de un décimo del tamaño de la extremidad, ubicados dentro de ésta, en el hemisferio opuesto. Destinaré el oído a los conos, utilizando su formación triangular para percibir las ondas sonoras a mi alrededor. La vista será asignada a los icosidodecaedros truncados; podrán girar y rotar para visualizar el entorno.

No se cuánto tiempo estuve materializandome, pero al fin había concluído y podía sentir lo que estaba más allá de mí, la realidad.

Nunca más

-¡Traicionaste mi confianza! ¡Yo jamás te habría hecho algo como esto! ¡Eres una basura como persona! – gritó Felipe.
-¡No me trates así! – respondió Lucy.
-¿¡Por qué lo hiciste!? – volvió a gritar Felipe.
-…- Lucy no contestaba; pequeñas lágrimas asomaban por sus ojos de color azul y se deslizaban por sus mejillas, antes de color rosa piel, ahora rojas e hinchadas.
-¿No vas a decir nada? – preguntó Felipe.
-…Creí que… - a Lucy le costaba articular las palabras – Creí que sería lo mejor – dijo finalmente. No había nadie más en la habitación, sólo había un cuadro de Cristo crucificado, una ventana cerrada, una mesa redonda, siete sillas de plástico de color verde,  de las cuales dos estaban rotas y una puerta de madera de roble que permitía entrar y salir de ésta.
-¿Eso creíste, ah? ¡Creíste mal, Lucy, ahora yo y ella no podremos trabajar juntos en la obra, y sólo porque le dijiste lo que explícitamente te pedí que no le dijeras! – gritó nuevamente Felipe.
-¡No me trates así! – gritó Lucy. Felipe no dijo nada más, dio la vuelta y salió de la habitación. Se dirigió cabizbajo a recoger sus pertenencias. Se puso su polerón, tomó la mochila y su bolso de almuerzo y partió en dirección a su casa. Iba caminando muy lento a través de las calles de asfalto. Hacía frío, el aire estaba húmedo y además ya era de noche. Comenzó a chispear. Felipe se detuvo y miró hacia arriba. Contempló el cielo. No habían estrellas, sólo una nube negra sobre él, que chispeaba diminutas gotas de agua.
Lucy seguía de pie, inmóvil en la habitación. Sus manos y pies temblaban. No se movía. Lágrimas caían al piso, y ese era el único sonido que había en la habitación. De pronto, comenzó a chispear. Lucy volvió en sí. Secó sus lágrimas y fue a buscar su bolso. Lo encontró en la misma esquina de la sala contigua en la que lo había dejado. Se arrodilló para recogerlo y, luego de tomarlo, se levantó con dificultad y salió por la puerta principal. Lentamente se dirigió a su hogar.

- Hola Felipe – saludó Lucy.
- Hola Lucy – respondió Felipe.
- ¿Cómo estás? – preguntó ella.
- Muy bien, ¿y tú? – contestó él
- Bien también gracias. Oye, ¿te tinca si vamos al cine el viernes? ¡Están dando una película buenísima! – dijo Lucy.
- ¡Ya! Buenísimo – contestó Felipe.
Acordaron ir al cine el viernes. Se encontraron ahí pasado las 20:00 hrs. Primero compraron las entradas: la función era a las 21:00. Durante la hora de espera, fueron a comer pizza de pepperoni  y a conversar. Felipe le contó un secreto a Lucy y le pidió que por favor no le dijera a nadie, en especial a la persona sobre la cual trataba aquél secreto. Luego, vieron la película y Felipe acompañó a Lucy a su casa. Era una noche despejada, y Felipe le dijo a Lucy que viera la infinita cantidad de estrellas que había en el cielo. Lucy sonrió, se despidieron con un beso en la mejilla y Felipe se fue caminando a su casa también con una sonrisa en su rostro.
Felipe siguió caminando mientras chispeaba; ya no iba en dirección a su casa, simplemente dobló en la primera calle que se le cruzó. Se tambaleaba. Apenas sostenía su bolso de almuerzo. Siguió caminando, por 1 hora en completo silencio, sólo se escuchaba el caer de las gotas, que ya no eran un simple chispeo. Había comenzado a llover.
Lucy caminaba despacio, siguiendo la acera de la calle principal que conectaba con el pasaje que dirigía a su hogar. Cuando llegó, empapada, subió a su pieza, tiró su bolso al piso, se acostó en su cama y comenzó a sollozar. El chispeo había cesado. Ahora llovía.
Ya eran pasadas las 23:00 y Felipe aún no llegaba a su casa. Seguía vagando, calla tras calle, pasaje tras pasaje, hasta que de pronto se detuvo. La lluvia cesó. Felipe miró nuevamente al cielo. No había estrellas. Se quedó en esa posición por 5 minutos hasta que de pronto, abrió los ojos, bajó rápidamente la mirada y miró sus manos. Luego exclamó: -¿Qué es lo que he hecho? – Y comenzó a correr en dirección a la casa de Lucy.
Lucy seguía recostada boca abajo en su cama color rosa. Cesó la lluvia. Lucy se levantó lentamente, se cambió la ropa húmeda se abrigó con un chaleco y una parca sobre su pijama. Salió a la calle a mirar el cielo. No había estrellas y la lluvia se había detenido. Estuvo 5 minutos en esa posición, sin moverse.
Felipe llegó donde se encontraba Lucy. Lucy dejó de contemplar el cielo sin estrellas y lo miró. Felipe, jadeando, se acercó lentamente a ella. Cuando estuvieron frente a frente, Lucy lo miró directamente a los ojos. Los ojos de Lucy se habían oscurecido. Ya no eran los ojos azules de antes, cristalinos, que se asemejaban a un cielo de un día de primavera, ahora eran de un azul oscuro como el del rincón más profundo del océano. Su cara estaba pálida, sus párpados caídos y tenía el cabello húmedo. Luego de 3 minutos de mirarse en silencio el uno al otro, dijo fríamente:
-Se acabó, Felipe… – Felipe no dijo nada, sólo agachó la cabeza y lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. Se arrojó al suelo de rodillas y comenzó a golpear el asfalto mientras se lamentaba. Lucy dio la vuelta y entró en su casa. Cerró el portón con llave. Felipe quedó inmóvil viendo como Lucy entraba por la puerta principal. Ya no se lamentaba ni tampoco golpeaba el asfalto. Simplemente, estaba ahí, arrodillado en la calle, completamente quieto, con los rastros de las lágrimas en su rostro y toda su ropa empapada. Sus ojos se oscurecieron y lentamente se levantó. Dio media vuelta y se fue.
Felipe y Lucy no volverían a hablar, nunca más.

Martín Castro Ferreiro 2013

El cubo

                                                                

La sombra de él se desdibujaba a medida que avanzaba por el campo, no encontraba nada mejor que sentir el pasto húmedo bajo sus pies,  el calor del sol sobre su nariz y el olor a aire limpio de una tarde veraniega.
¡¡¡ABRAZOOO!!!- grita de repente su hermana en su oreja haciéndolo sentir un poco desconcertado.  La toma en sus brazos, la acomoda sobre sus hombros y empiezan a correr por entre las viñas a toda velocidad. Se sienten libres, relajados y  sin preocupaciones. 
A medida de que corrían podían ver cada ver más lejos su casa, una cabaña pintada a mano por él y su padre, un hombre fornido y de aspecto hosco, muy distinto de su hijo, un muchacho de aproximadamente 21 años, de facciones finas y una mirada inteligente. Su nombre: Eduardo.
Su hermana alega para que la baje y él acepta sin pensarlo dos veces. Se habían dado cuenta de que habían traspasado los límites de la finca y él era ahora era responsable de su hermana. 
¿Dónde estamos?- pregunta ella.
No lo sé. Iré a ver que hay más allá, tú quédate aquí- contestó su hermano.
El joven empezó a explorar el terreno desconocido, vio que más adelante había una edificación en forma de círculo que parecía un aro de concreto y ladrillos. 
Además notó que estaba inhabitado hasta que de una pequeña puerta de madera salió un cubo arrastrándose con dos ojos grandes y brillantes y le empezó a hablar. Le contó que en su vida pasada había sido un camaleón pero que ahora se encontraba bien y que había decidido ser un cubo multifacético. 
El muchacho se sorprendió de lo ocurrido y fue corriendo donde su hermana, la que se había quedado ahí jugando con una pistola que había descubierto entre la maleza. 
Eduardo le presentó a su nuevo amigo.
A primera vista la ella se mostró reacia a lo nuevo, pero a medida de que fueron conversando, le empezó a caer bien.
Eran ya las 8 cuando vieron que empezaba a oscurecer y decidieron devolverse a la cabaña.
¿Los acompaño?- preguntó el cubo. Eduardo aceptó encantado. Le pareció una buena idea.  Entonces, de manera repentina, ella sacó la pistola, le disparó al cubo y se lo comió.
Nunca antes había visto a su hermana actuar así, quedando completamente anonadado. 
¿¡¿Qué hiciste?!?- Le preguntó. ¿No ves que es alguien que vale la pena?
No digas tonterías, no era más que una simple ilusión. Yo soy una ilusión- contestó.



No recordaba que el sonido de las máquinas que le medían el ritmo cardíaco sonaran tan fuertes. Abrió los ojos y vio a su padre sentado en una silla junto a él. 
¿Eduardo?
¿Si?- responde.
Por fin había despertado del coma en el que se había sumido durante tres años debido a un accidente que había tenido en bicicleta. 


                                                                                FIN

miércoles, 6 de mayo de 2015

El Hombre del Traje

-¿Sabes por qué estás aquí?
-Sí…
-Entonces, por favor cuéntame, que fue lo que sucedió- le dijo el detective, mientras anotaba algunos apuntes en su agenda.
-…
-¿Ignacio?
-Yo… Lo siento…- entre lágrimas sacó un papel de su bolsillo y se lo entregó al detective. Era una hoja de cuaderno en mal estado, mal doblada y escrita con lápiz grafito. Cuando se la pasó al  detective, éste se dió cuenta de que Ignacio estaba temblando; todo su cuerpo lo estaba.
-¿Qué es esto?- preguntó el detective.
-Yo… lo encontré… en su cuarto,… después de… de…
-¿Después del incidente cierto?
Ignacio rompió en llanto; aunque hubiera cumplido recientemente dieciocho años y ser considerado un adulto, lloró como un niño cuando pierde su juguete favorito. No sería capaz de superar esta situación fácilmente.
Luego de unos minutos, Ignacio se calmó y continuó:
-Esa… esa nota… dice qué le sucedió… yo… no pude hacer nada… lo lamento tanto…
El detective comenzó a leer en voz alta:
-“Me llamo Felipe, tengo diecisiete años y mi vida corre peligro… no sé si de morir o de desaparecer, sólo sé que puede que esta nota sea lo último que sepan de mí.
Todo comenzó el treinta de Agosto, en el funeral de mi amada abuela. Estaba muy triste, siendo la persona a la que más he amado en esta vida, incluso más que mis padres; estaba destrozado… De pronto, lo vi… Estaba parado bajo uno de los árboles del cementerio; medía casi tres metros, era muy delgado, vestía con un terno, camisa blanca y corbata negra. No fui capaz de distinguir su rostro. Estaba tan triste, que simplemente lo ignoré y me enfoqué en dedicarle unas palabras a mi querida abuela.
El día siguiente, fue bastante normal: fui a la casa de mi abuelo a almorzar; claramente se notaba la ausencia de mi abuela, luego más o menos a las cuatro de la tarde fui a competir a un campeonato de atletismo. Finalmente, en la noche, fui al cumpleaños de mi mejor amigo, Ignacio…”
-Según tenemos entendido, para ese entonces ya había visto al "hombre del traje". ¿Notaste alguna actitud fuera de lo común en tu amigo?
-…- Ignacio no contestaba.
-¿Ignacio?
-¡No, no maldición! ¡Él estaba normal, sólo vino a pasar un buen rato a mi casa con todos mis amigos!... pero… pero…
-No te alteres Ignacio, estamos haciendo todo lo posible para-
-¡¿Para qué?!... Él no volverá… se ha ido… para siempre… y todo fue mi culpa…-se puso las manos en la cara y comenzó a llorar…
El detective decidió dejarlo salir un momento para que se tranquilizara, así que Ignacio se retiró de la sala de interrogación y se sentó unos minutos junto a sus padres que lo esperaban afuera.
Mientras tanto el detective prosiguió con su lectura:
“…Fue una noche excelente, comimos pizza, conversamos mucho hasta que de pronto a Ignacio se le ocurrió que jugáramos un juego nuevo que había salido hace poco tiempo: “Slender”. Un juego de terror psicológico el cual consiste en encontrar ocho notas escondidas en diversos lugares de un bosque, en el cual estás encerrado con tan solo una linterna. La dificultad de este juego es que luego de que obtienes la primera nota, un sonido escalofriante retumba en el bosque, sin incluir que la nota dice: “No puedes correr”, escrito con lápiz a mina y con notoria velocidad ya que las letras estaban muy mal escritas. A medida que avanzas en el juego, sientes pisadas detrás de ti, el viento sopla y cada lugar donde se encuentra la siguiente nota es más aterrador que el anterior. Hasta que llega un momento en el cual alumbras a la profundidad del bosque y ahí está, el tal Slender persiguiéndote para quizás qué propósito. Si llega a alcanzarte la pantalla del computador comienza a hacer ruidos de interferencia. A medida que Slender se acerca, la pantalla se distorsiona cada vez más, hasta que de pronto aparece una figura delgada con terno, camisa blanca, corbata negra y sin un rostro aparente en tu pantalla… en ese momento pierdes el juego.
Continuamos la noche tratando de pasarnos ese desagradable pero viciante juego hasta obtener la séptima nota; la octava nunca pudimos encontrarla así que cada uno se fue a su casa, ligeramente frustrado, pero muy felices por haber tenido una excelente noche para compartir con los amigos.
Al día siguiente, fui a mi preuniversitario… para qué decir, agotador como siempre, hubo un ensayo sorpresa, y además mi amiga con la que estoy siempre para pasar el rato en esas desgastantes clases, faltó y me dejó solo, sufriendo… quizás exagero un poco.”
El detective dejó su lectura, para hacer pasar de nuevo a Ignacio a la sala de interrogación. Ignacio estaba más tranquilo y había dejado de gemir, pero su cuerpo aún temblaba.
-Entonces, tú le mostraste el juego Slender, ¿no es cierto?
-Sí…
-¿Porqué lo hiciste?- preguntó el detective.
-¡¿Qué insinúa, que acaso quise hacerle algo malo a Felipe?!- había vuelto a alterarse.
-Ignacio, cálmate por favor, no estoy insinuando nada, son sólo preguntas de rutina…
-¡A la mierda con su rutina, jamás podría haberle hecho algo a Felipe, él me ayudó en los momentos que más lo necesitaba!... En cambio… yo… yo…- nuevamente Ignacio se puso las manos en la cara, se quedó quieto y guardó silencio.
El detective continuó leyendo:
“En la tarde de ese mismo día, decidí investigar sobre este tal Slender. Lo primero que averigüé fue que es una leyenda urbana, unos cuantos aseguran haberlo visto, pero hay pocas (por no decir ninguna) fotos, videos o grabaciones. Slender, Slender Man, Der Ritter, Él, el Operador son unos de los tantos nombres que tiene este personaje. La palabra "slender" significa esbelto y, además de su contextura, mide casi tres metros, viste con un terno, camisa blanca y corbata negra; en ese momento recordé al hombre que había visto en el funeral de mi abuela, la descripción era perfecta… al rato encontré una foto de él y un escalofrío horrible descendió por mi espalda… era la foto de unos niños jugando con Slender en medio de ellos, mientras que él estaba apoyado contra un árbol, exactamente como lo había estado en el funeral de mi abuela… se dice que el fotógrafo que tomó la foto, desapareció tiempo después de sacarla… Me aterré, pero era muy excitante el tema, así que seguí investigando para llegar al fondo de esta “leyenda urbana”, la cual ya no parecía una leyenda para mí.
Luego de un rato investigando, descubrí que Slender hacía desaparecer personas. Sus razones son desconocidas, al igual que su forma de hacerlo y el paradero de las personas secuestradas. Según lo que se sabe de sus habilidades es que puede sacar más extremidades de su espalda y alargar sus brazos a voluntad. Otra habilidad, que no se sabe si es con intención o solo una “causa de su presencia” es que los aparatos electrónicos comienzan a fallar cuando él se encuentra cerca.
A medida que iba ahondando en los misterios de este personaje que había conocido hace poco, comencé a sentir como si todo esto no fuese una simple leyenda urbana y estaba aún más seguro que antes de que esto fuera real; después de averiguar sobre algunos artistas que retrataron a Slender, me di cuenta de que, aparentemente, no sólo yo lo había visto, sino que además en la antigüedad, hacia el año 3200 antes de Cristo, se encontraron murales egipcios, donde se veía retratado un “ente” que se asemejaba de increíble manera a la descripción de Slender; también, alrededor del año 1540 se encontró un grabado en madera el cual ha confundido a muchos historiadores desde que se encontró en 1880 en el castillo Haltsberg. En esta imagen se distingue claramente el estilo de grabado de un artista de esa época llamado Hans Freckenberg; su estilo consistía en retratar la anatomía humana… había algo inusual en esta imagen… en este grabado, el estilo difería radicalmente del resto de los trabajos de Freckenberg. El personaje que aparece a la derecha de la imagen, se asemeja a un ser humano con un físico esquelético y largas extremidades dobladas en extraños ángulos; además, de este personaje emergen otras dos extremidades aparentemente de la espalda… Esto sólo significa una cosa para mí… los pocos que lo han visto y han vivido para contarlo, han sufrido un trauma tan horrible que se sienten obligados a advertir al resto del mundo. Para mí, esto era suficiente… Slender era real… Y la pregunta aún rondaba en mi cabeza: ¿Qué hacía Slender en el funeral de mi abuela?
Llamé a Ignacio, pero tenía el celular apagado; llamé a su casa y me dijeron que había salido hace tan solo unos minutos, y que venía a mi casa. Eso me tranquilizó mucho. Oscurecía. Subí a mi pieza para descansar y distraer mi mente, aprovechando que esperaba a Ignacio. De pronto, vi una foto mía y de mis hermanitas en un día de campo; me trajo buenos recuerdos hasta que, lo vi… estaba parado bajo el mismo árbol en el que estábamos nosotros, casi tocándonos. Mis hermanas no estaban en casa, de hecho, yo estaba solo en la mía… ellas se encontraban donde mi abuelo. Llamé enseguida para preguntar por ellas; mi abuelo me dijo que dormían plácidamente; le agradecí y le deseé buenas noches.

Me acosté en mi cama y sonó mi celular a los pocos minutos… Era Ignacio:
-¿Aló?... ¿Aló?- pregunté dos veces, y nadie contestó, había mucha interferencia.
-Sal…hi…ta…fuera...- no entendí que quiso decir.
-¿Qué pasa Ignacio?
-¡Sal de ahí, está afuera!- gritó…
En ese momento se cortó el celular…
Las luces comenzaron a parpadear hasta que se apagaron
Esto no podía estar sucediendo.
Rápidamente tomé una hoja de cuaderno y comencé a escribir esta nota…
La desesperación corre por mis venas… acabo de mirar por la ventana y ahí está, junto a la puerta de entrada mirándome fijamente con su rostro sin ojos ni boca.
Temo sobre qué pasará ahora, mi celular no sirve, no puedo llamar a mis padres, mi computador probablemente tampoco sirva y no me atrevo a bajar…
No sé qué hacer… no puedo salir de mi casa… no tengo escapatoria y él está ahí afuera de mi puerta, listo para cumplir su cometido… Escucho golpes en la puerta, como si quisieran derribarla…
Solo espero que…”

La nota estaba rota en esa esquina y termina, aparentemente, ahí.
Felipe desapareció el 1º de Septiembre, sin dejar más que una nota explicando qué sucedió en sus últimos tres días.
El detective siguió investigando sobre este caso y luego de un mes, se encontró el trozo faltante de la nota… decía lo siguiente:
“…cualquiera que lea esta nota sepa… Slender existe.”

El paradero de Felipe aún es desconocido.





Martín Castro Ferreiro 2012