miércoles, 19 de abril de 2017

Un hilo de luz azul

Ocurre cada vez que conozco a alguien. Unos segundos entrada la conversación, y todo lo que está alrededor desaparece, quedando la persona y yo en una red espacial, con numerosas estrellas en el fondo. Una nebulosa se acerca y reposa sobre la persona con la que converso; a medida que la conversación progresa, su Mundo se materializa. Lo primero que veo es la corteza. He visto Mundos de todo tipo: soles radiantes, de personas intensas y extrovertidas; otros cubiertos de agua y grandes masas terrestres, con su propia flora y fauna, para personas creativas. También los hay de sólo un elemento, incluso algunos con lluvia que cubre su superficie. El patrón que siempre se repite es que los Mundos cambian con respecto al ánimo y personalidad de su poseedor. La lluvia suele ser signo de tristeza o pesar; los soles suelen ser alegría y felicidad. El agua y la tierra, sinónimos de paz, pero al haber sólo uno de ellos, existe reflejan la ausencia de compañía, ya sea de otro o de la misma persona. La flora y la fauna que habita en algunos de ellos, es completamente distinta a la que conocemos y conviven en armonía. Pero todo lo descrito, es sólo la corteza.

Cuando la conversación se hace más profunda, me es posible ver con mayor claridad estos Mundos. Si soy cuidadoso, puedo influenciar en la superficie, con ciertas palabras, preguntas o comentarios hacia la persona. Si felicitas a alguien con un Mundo similar a un sol, este brillará más; si lo insultas, arderá con más fuerza y perderá luz. Si resaltas la belleza de una mujer, su flora y fauna se exaltarán. Si la criticas, su flora se marchitará y su fauna morirá. Si consuelas un mundo de lluvia, las nubes se disiparán y la superficie será revelada. Una vez se ha revelado completamente la corteza del Mundo, puedo acceder al manto. Estos Mundos no se rigen por las leyes de la física, por lo que, al igual que la corteza, pueden tener cualquier forma. He encontrado mundos que pese a ser soles, su manto son nubes y llueve constantemente. Otros que pese a no tener vida en la corteza, rebosan de vida en su manto.

Pero existen otros Mundos que no pueden ser influenciados de formas convencionales. A veces es necesaria una psicoterapia, o una experiencia de vida para cambiar. Estos tienen formas y tamaños extraños. Recuerdo uno completamente negro. Ninguna luz podía penetrarlo. El sólo mirarlo podía provocar que la oscuridad consumiera tu cordura. Sin embargo, al pasar la corteza, su manto era un pequeño océano, lleno de vida marina. Su núcleo se escondía en las profundidades de este océano, sin duda alguna, lleno de tesoros. Había otro que era el sol más grande y brillante que había visto, te llenaba de alegría sólo por saber que estaba cerca. Pero mi curiosidad me hizo preguntar: "¿cómo eres tan feliz?". Inmediatamente, el fuego se apagó y la corteza se desmoronó, dejando ver un tétrico paisaje como manto. Esqueletos de personas y animales, enterrados en brea. Sin vegetación y lo poco que intentaba surgir, se podría al instante. Completamente decaído y enfermo; no era posible ver el núcleo de este Mundo. Es por esto que aprendí a ser más cuidadoso al intentar influenciarlos. Nunca se sabe lo que puede haber bajo la corteza y menos aún, en su núcleo.

Para pasar el manto, una sola conversación no basta, sólo es posible estableciendo una relación cercana a la persona. Cuando se ha establecido un vínculo sólido, se puede ver la verdadera esencia de la persona, su núcleo. He visto pocos, pero aquellos que vi, me han hecho llorar por lo poco. Animales majestuosos, como un león negro y dorado brillante, ecosistemas maravillosos de animales y plantas que jamás habría imaginado, incluso uno que contiene hermosos manuscritos llenos de historias que envuelven y cautivan tu alma.

Disfrutaba de ver estos Mundos y ayudar a que las personas se sintieran mejor, a medida que influía en ellos. Hasta que un día, miré hacia arriba. Quedé atónito viendo mi propio Mundo alzándose sobre mi cabeza y cubriéndome con una densa sombra. Una esfera negra y metálica, su superficie estaba formada por interminables laberintos, los cuales giraban y rotaban, combinándose y separándose, sin dejar ver nada en su interior. Ocasionalmente, cierta combinación de segmentos de laberinto se separaban y dejaban escapar un intenso hilo de luz azul, sólo para bloquearla inmediatamente al moverse nuevamente los muros. Entrar parecía imposible, pero había ciertas partes de este gran laberinto con las que se podía interactuar, pero sólo a través de acertijos, de idiomas y lenguajes diferentes. Si alguien intentaba pasar la corteza de mi Mundo, se encontraría con tres capaz de estos laberintos, cada uno más complejo que el anterior. Si alguien lograse pasar la corteza, llegaría al manto: un árbol inverso hecho de alambre cubre el núcleo. El que sea inverso implica que las raíces van hacia afuera, conectándose con las paredes del laberinto, y las hojas están cubiertas por las ramas y el esférico tronco. Son las raíces las que generan el movimiento de la corteza. A través de las ramas y pequeñas aberturas del tronco, intensos rayos de luz azules se abren paso. Para atravesar el árbol de alambre, no hay acertijos ni lenguajes. Es el propio árbol el que debe permitir tu entrada, y su voluntad está sujeta a la total aceptación del núcleo. En lo más profundo del árbol, entre las hojas y ramas inversas, se encuentra un pequeño y frágil nido de alambre. En él, una inocente cría de zorzal, color verde agua y semitransparente, reposa plácidamente. Sólo cuatro personas han podido acariciarlo, y una de ellas cometió el error de hacerlo muy fuerte, hiriendo al pequeño. Fue rechazada inmediatamente por el árbol y expulsada por el laberinto, para nunca más volver entrar.

Hoy miro hacia atrás y recuerdo la primera vez que vi mi Mundo. Ahora, el zorzal ha crecido y cada vez que veo un nuevo Mundo, deja el nido, pasa por el árbol, a través del laberinto y vuela hacia la otra persona para ayudarme a comunicarme con ella. Aún me falta influenciar las capas de mi Mundo para que no sean tan hostiles, desenredar el árbol y disminuir los acertijos del laberinto, para que pueda permitir el paso a más gente que me gustaría que pudieran entrar y ver cómo es mi núcleo.

Y ahora que mi zorzal está en tu hombro, cuéntame, ¿cómo es tu Mundo?

martes, 18 de abril de 2017

Nostalgia

Cada vez que estoy contigo, siento un poco de nostalgia.

Es raro, la nostalgia se siente por cosas que uno extraña. La infancia, un ser querido que ya no está, épocas más simples. Antes de la eterna complejidad e incesante marea de un mundo que parece nunca callar y que no nos deja bajarnos de él. No soy ningún ignorante respecto a esta sensación, ya somos viejos amigos a estas alturas.

Pero no es esa la que me visita cuando estoy contigo.

Es en escuchar tu risa, no muy femenina pero por lo mismo con la marca de autenticidad. Por pasar horas y horas contigo sin percatarme del paso del tiempo, de cómo estar contigo me hace olvidar esa angustia que cuelga sobre mí a diario, es en momentos como esos, y sobre todo la reflexión después, que le pongo nombre a lo que siento.

Es nostalgia, por un amor que nunca fue.

jueves, 21 de abril de 2016

El manto blanco

La tormenta nos pilló de pronto. Decían que caería más de un metro de nieve y nosotros por ahorrar forraje habíamos dejado los corderos pastando arriba. El Pedro seguía enfermo, así que yo era él que debía traerlos pal corral.

Me subí al caballo cuando ya comenzaba a nevar.

Debería haber llamado a la Juana y preguntarle por la niña, pero uno es bruto pa esas cosas.

Avancé siguiendo la orilla del estero, pasando mi peso de un estribo al otro y pegándome al caballo pa sentir su calor. El viento me pegó fuerte, cortaba y apenas te dejaba ver, así que me metí por el valle pa acortar camino, pero avanzábamos cada vez más lento.

Nunca vi la piedra, el caballo bufó, saltó hacia atrás y cayó sobre mi pierna. Grité de dolor y salí como pude de abajo.  La puntada era fuerte así que la cubrí de nieve. Le silbé al caballo pa que se levantara y nos volviéramos, pero apenas apoyó una de las patas volvió a caer.

Estábamos cagados.

Y yo pensé en la niña, en la Juana y la niña.

Me arrastré hacia él y lo abracé por el cuello, mientras le hablaba pa calmarlo. La nieve comenzó a cubrirnos, el frío era insoportable y la pierna era lo peor. Los días todavía eran cortos y la noche cayó de pronto sobre nosotros.

Y la nieve nos estaba sepultando cuando recordé una historia de las guerras napoleónicas.

Si tan solo tuviera un cuchillo.

viernes, 15 de abril de 2016

El Retorno

Siempre había escuchado que sería raro ver a su pueblo de nuevo.

Tenía sentido, en realidad. No había ido mucho más lejos de su pueblo que a la capital, apenas había salido de su región. De la nada se había ganado la beca y en un par de semanas que pasaron volando se encontraba en barco camino al viejo continente. Había sido una experiencia increíble, una oportunidad de ver al mundo, y ahora volvía a sus humildes tierras, ciertamente un hombre distinto.

Desde la desolada cubierta veía el horizonte, en busca de tierra firme, como seguramente Colón había hecho siglos atrás. A sus pies yacía un cigarrillo apenas fumado: el viento hacía prenderlo imposible. Recordaba con nostalgia las múltiples aventuras que había tenido en su barrio al crecer, pero algo de nervios se mezclaban en su proceso mental. ¿Lo reconocerían sus amigos, sus vecinos, sus hermanos? Cuando se había ido, el menor tenía dos, ¿tendría algún recuerdo de él? Decidió deshacerse de ese pelo facial europeo que había trabajado por tantos años, no quería correr el riesgo de que no lo reconocieran al verlo.

Un marinero pasó corriendo a su lado mientras su nerviosismo aumentaba. Habían pasado seis años desde que veía a su familia. Ni él ni ellos tenían los recursos para hacer el viaje, la beca solo le daba para viajar una vez. Se habían escrito constantemente, y él había recibido fotos de sus hermanos, pero no era lo mismo. ¿Qué iba a decir cuando los viera? ¿Hola, qué tal, soy tu hermano mayor que no ves desde que balbuceabas tus primeras palabras, mucho gusto? Sus padres eran otra cosa entera. Su papá había sufrido un infarto y todavía caminaba con dificultad. ¿Sería muy raro ver al hombre a quien siempre admiró, orgulloso e imponente, reducido a cojear como un viejo?

El barco le pegó un remezón, sacándolo de sus negros pensamientos. Se burló de sí mismo, que grave se ponía a veces. Todo iba a estar bien, iba a ser un placer ver a todos de nuevo. Otro remezón sacudió el barco entero, seguido de un fuertísimo crujido.


Sin mucho aviso, y todo sucediendo muy rápido, el agua fue finalmente lo único que podía ver.

Te veré todos los días

Una mañana después de visitarla, se fue sin ponerle llave a la puerta. Alicia estaba algo dormida, sintió que algo había faltado pero no notó lo que era hasta mucho después.

Descalza y en silencio probó la manilla. Para su sorpresa, esta bajó suavemente. Al otro lado estaban las escaleras y al final de estas otra puerta. Se vistió rápido y subió conteniendo la respiración. Giró el pomo y sus ojos se llenaron de lágrimas. No podía creer su suerte. Demasiado fácil ¿Cierto? Tan fácil como adormecer a una chica con cloroformo y encerrarla en un sótano.

Él debía estar en el trabajo, pero ella no se preocupó en verificarlo. Salió de la casa y corrió. Corrió sin saber a dónde iba, ni donde estaba. Todas las casas le parecían iguales y correr fue su momento de catarsis, sentir el frio del viento, la luz del sol, el olor del césped a cada paso.

No supo cuánto tiempo más siguió corriendo, ni donde tomó el taxi, ni cuando dio la dirección, pero llegó a su casa. El lugar más seguro de todo el mundo. estaba igual igual que como la recordaba en sus sueños.

Sin decir nada al taxista bajo del auto, corrió y golpeo con fuerza la que antes había sido su puerta.
Su hermana abrió, susurró una frase con Dios y abrazó a Alicia fuertemente, como diciendo que nunca más la perdería. Virginia le pagó al taxista y luego llevó a Alicia hasta la cocina, tomándola del brazo. Ahí le dio un beso en la frente y la abrazó una vez más.

Alicia lloró por un largo rato, decía frases imposibles de entender y luego volvía a llorar. Mientras Virginia ponía agua en la tetera el teléfono sonó una vez y después de ver quien era lo corto.

Sirvió te para las dos y con una serenidad que tranquilizó a Alicia le aseguró que todo iba a estar bien. Luego sacó una botella de vodka y Alicia contó todo lo que pudo, evitando siempre las peores partes. Virginia le tomaba la mano con fuerza y cada cierto tiempo decía “que horror” o “todo va a estar bien”.

Cuando ya no pudieron hablar más Virginia le dijo que se tomara un baño, que le haría bien y que ella llamaría a la policía.

El agua caliente fue lo mejor. Y con ropa limpia, con el perfume de su casa, se sintió mas relajada aunque algo cansada.

Al salir del baño su hermana estaba ahí, hablando por el celular y cuando la vio salir, corto de inmediato.

-La policía vendrá en la tarde-dijo con una sonrisa- deberías dormir un poco, te vez cansada.

La llevó a su pieza y le dio unas pastillas para dormir, la cubrió hasta las orejas con una manta y le dio un beso en la frente. Alicia sintió el aroma de Virginia en la cama y otro perfume que le recordaba a él. Debía ser ella, ella era la olía como él. ¿Cuántas duchas faltarían para sacar ese olor repugnante de su cabeza?

-Prométeme que nunca más nos separaremos-murmuro Alicia.

-Te veré todos los días.- respondió Virginia - Cocinaré algo rico para cuando despiertes.

Virginia esperó hasta que su hermana estuvo dormida y llamó por teléfono a su marido para saber donde estaba. Él ya venía en camino. Escuchar eso la tranquilizó.

jueves, 14 de abril de 2016

Reclusión

Gente, lo prometido es deuda, aquí va una versión pseudo-terminada de mi cuento del poncho.

Reclusión.
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7 AM. suena el despertador. Una mano lo golpea torpemente y vuelve a su cueva para seguir descansando. 7:10, 7:20, 7:25 y 7:30, la escena se repite, partía otro día, igual a todos los demás.
Ángeles se sentó en su cama, dos, cuatro, siete minutos. Miró la hora, 7:40.

Se obligó a levantarse, como siempre, se duchó, se vistió, tomó desayuno, se lavó los dientes y se puso su Poncho…su Poncho, la razón por la que le gustaba tanto era simple, era equivalente a una cama portátil, algo que la cobijaba y hacía sentir segura durante el día.

Su Poncho.

A veces, cuando estaba triste, le gustaba hacerse bolita y dejar sólo la cabeza fuera de él. Comía, cantaba, corría y bailaba en él, y en la noche, se lo quitaba y lo ponía cuidadosamente sobre su cama.
Ángeles vivía sola, no tenía amigos ni recordaba haber tenido familia alguna vez. Pero su querido Poncho la había acompañado desde que tenía memoria.

Más de alguna vez había intentado hacer amigos, pero eso ya estaba en el olvido, la sola idea de salir de esa manta mágica era una tortura colosal. Así que, de a poco, la gente que la rodeaba fue perdiendo interés en conocer a esa persona que se refugiaba ahí debajo. Pero ya no le importaba.

Ese día, sin embargo, había algo distinto, algo que, de haberlo sabido ella, le habría salvado la vida. Su tan preciada posesión era ahora un centímetro más larga. Era el inicio de algo terrible, que la llevaría a su fin.

Fue sucediendo gradualmente, uno, dos, dos y medio y tres centímetros, la pobre no se daba cuenta. ¿Cómo se iba a imaginar que su querido Poncho la llevaría a su perdición?

Después de un par de semanas comenzó a notar que apenas tenía fuerzas para moverse, estaba pálida, con aspecto demacrado, y en las noches ni siquiera se animaba a sacárselo, y a veces cuando despertaba se daba cuenta de que se había quedado dormida sentada en su sillón, el suelo de su pieza e incluso en la cocina. Le pesaba, le hacía difícil ponerse de pie, su espalda le dolía cada día más.
Durante sus últimos días, Ángeles había entendido que debía deshacerse de él. Intentó cortarlo, romperlo y quemarlo. Si sólo hubiese tenido a quién llamar.

La encontraron en su departamento un mes después, cuando los vecinos comenzaron a quejarse del mal olor.

Su cuerpo nunca fue identificado, pues nadie la había visto antes. Había sido consumida por la soledad.


HT.

martes, 1 de diciembre de 2015

La pelea

Antes de partir pon en tu cabeza “Seven nations army”, el soundtrack perfecto para esta historia, y mira como tú pie ya empieza a moverse junto al riff.

Sobre su cama, el chico abrocha sus zapatillas, la camisa de colegio esta tirada sobre el piso. La batería entra en juego, y vamos tras el chico que sale de la casa sin avisar a la nana. ¿Su mamá? De viaje por dos semanas más. ¿Su papá? Sólo lo ve una vez al mes.

Jack White comienza a cantar y Benjamín corre por el medio de la calle en sincronía con el golpe del tom. Está oscureciendo y piensa que sus amigos ya deberían estar en la plaza. Él tiene miedo, pero evita pensar en eso. Todo por Clara, o eso quiere creer, es mejor decir que lo hace por proteger a su mina que por la presión social, y aceptar esto sería una cobardía.

Ocultos bajo la sombra de un árbol, un grupo de quinceañeros fuma mientras lo ven llegar. No hay nada que decir, todos saben las reglas, sin patadas ni golpes sucios, y la pelea termina con el primero que cae a piso. El círculo se arma, con Benjamín y Pablo en el centro.

El coro de guitarra entra con todo y Pablo recibe un golpe en la cara. Los nudillos de Benjamín se quejan, pero no hay tiempo para eso y embiste una vez más. Esta vez Pablo lo recibe con uno firme en la boca del estomago, el aire se le escapa, y otro le hace un corte en el labio. El gusto a sangre y los gritos a su alrededor lo hacen sentirse más vivo que nunca. La música está en él, es lo que lo mueve. La guitarra se calla por un segundo y empieza el riff una vez más.

Los dos se alejan, se estudian, Pablo se ríe y le tira unos garabatos. La furia lo inunda pero Benjamín no va a caer en esa, toma aire. Necesita reponerse, aunque no siente dolor.

El sonido de la batería lo oculta todo. ”Es por Clara” se dice, sabiendo que pelea más por orgullo que por ella.

Los otros se aburren y Pablo dice que Clara es una maraca. El solo de guitarra lo acalla todo.
Le tira una derecha al rostro y con el antebrazo izquierdo le pega en el cuello, Pablo le mete uno desde abajo que le hace morderse la lengua. La furia lo enceguece y los combos de Benjamín hacen retroceder al otro. Golpes en el estomago, las costillas, los brazos, la cara, y Pablo termina por caer. Pero la música sigue y Benjamín se tira encima perdido en un mar rojo y oscuro.

Todos a la cara, sin ritmo, con fuerza desmedida. No puede detenerse, por fin está votando todo lo que ha reprimido. Hasta que alguien lo agarra por atrás y lo pone de cara al suelo, frente a una masa sanguinolenta que solía ser Pablo. El miedo no ha desaparecido, se ha transformado en algo peor. El círculo se desarma y la última nota termina perdiéndose en el aire.