jueves, 21 de abril de 2016

El manto blanco

La tormenta nos pilló de pronto. Decían que caería más de un metro de nieve y nosotros por ahorrar forraje habíamos dejado los corderos pastando arriba. El Pedro seguía enfermo, así que yo era él que debía traerlos pal corral.

Me subí al caballo cuando ya comenzaba a nevar.

Debería haber llamado a la Juana y preguntarle por la niña, pero uno es bruto pa esas cosas.

Avancé siguiendo la orilla del estero, pasando mi peso de un estribo al otro y pegándome al caballo pa sentir su calor. El viento me pegó fuerte, cortaba y apenas te dejaba ver, así que me metí por el valle pa acortar camino, pero avanzábamos cada vez más lento.

Nunca vi la piedra, el caballo bufó, saltó hacia atrás y cayó sobre mi pierna. Grité de dolor y salí como pude de abajo.  La puntada era fuerte así que la cubrí de nieve. Le silbé al caballo pa que se levantara y nos volviéramos, pero apenas apoyó una de las patas volvió a caer.

Estábamos cagados.

Y yo pensé en la niña, en la Juana y la niña.

Me arrastré hacia él y lo abracé por el cuello, mientras le hablaba pa calmarlo. La nieve comenzó a cubrirnos, el frío era insoportable y la pierna era lo peor. Los días todavía eran cortos y la noche cayó de pronto sobre nosotros.

Y la nieve nos estaba sepultando cuando recordé una historia de las guerras napoleónicas.

Si tan solo tuviera un cuchillo.

viernes, 15 de abril de 2016

El Retorno

Siempre había escuchado que sería raro ver a su pueblo de nuevo.

Tenía sentido, en realidad. No había ido mucho más lejos de su pueblo que a la capital, apenas había salido de su región. De la nada se había ganado la beca y en un par de semanas que pasaron volando se encontraba en barco camino al viejo continente. Había sido una experiencia increíble, una oportunidad de ver al mundo, y ahora volvía a sus humildes tierras, ciertamente un hombre distinto.

Desde la desolada cubierta veía el horizonte, en busca de tierra firme, como seguramente Colón había hecho siglos atrás. A sus pies yacía un cigarrillo apenas fumado: el viento hacía prenderlo imposible. Recordaba con nostalgia las múltiples aventuras que había tenido en su barrio al crecer, pero algo de nervios se mezclaban en su proceso mental. ¿Lo reconocerían sus amigos, sus vecinos, sus hermanos? Cuando se había ido, el menor tenía dos, ¿tendría algún recuerdo de él? Decidió deshacerse de ese pelo facial europeo que había trabajado por tantos años, no quería correr el riesgo de que no lo reconocieran al verlo.

Un marinero pasó corriendo a su lado mientras su nerviosismo aumentaba. Habían pasado seis años desde que veía a su familia. Ni él ni ellos tenían los recursos para hacer el viaje, la beca solo le daba para viajar una vez. Se habían escrito constantemente, y él había recibido fotos de sus hermanos, pero no era lo mismo. ¿Qué iba a decir cuando los viera? ¿Hola, qué tal, soy tu hermano mayor que no ves desde que balbuceabas tus primeras palabras, mucho gusto? Sus padres eran otra cosa entera. Su papá había sufrido un infarto y todavía caminaba con dificultad. ¿Sería muy raro ver al hombre a quien siempre admiró, orgulloso e imponente, reducido a cojear como un viejo?

El barco le pegó un remezón, sacándolo de sus negros pensamientos. Se burló de sí mismo, que grave se ponía a veces. Todo iba a estar bien, iba a ser un placer ver a todos de nuevo. Otro remezón sacudió el barco entero, seguido de un fuertísimo crujido.


Sin mucho aviso, y todo sucediendo muy rápido, el agua fue finalmente lo único que podía ver.

Te veré todos los días

Una mañana después de visitarla, se fue sin ponerle llave a la puerta. Alicia estaba algo dormida, sintió que algo había faltado pero no notó lo que era hasta mucho después.

Descalza y en silencio probó la manilla. Para su sorpresa, esta bajó suavemente. Al otro lado estaban las escaleras y al final de estas otra puerta. Se vistió rápido y subió conteniendo la respiración. Giró el pomo y sus ojos se llenaron de lágrimas. No podía creer su suerte. Demasiado fácil ¿Cierto? Tan fácil como adormecer a una chica con cloroformo y encerrarla en un sótano.

Él debía estar en el trabajo, pero ella no se preocupó en verificarlo. Salió de la casa y corrió. Corrió sin saber a dónde iba, ni donde estaba. Todas las casas le parecían iguales y correr fue su momento de catarsis, sentir el frio del viento, la luz del sol, el olor del césped a cada paso.

No supo cuánto tiempo más siguió corriendo, ni donde tomó el taxi, ni cuando dio la dirección, pero llegó a su casa. El lugar más seguro de todo el mundo. estaba igual igual que como la recordaba en sus sueños.

Sin decir nada al taxista bajo del auto, corrió y golpeo con fuerza la que antes había sido su puerta.
Su hermana abrió, susurró una frase con Dios y abrazó a Alicia fuertemente, como diciendo que nunca más la perdería. Virginia le pagó al taxista y luego llevó a Alicia hasta la cocina, tomándola del brazo. Ahí le dio un beso en la frente y la abrazó una vez más.

Alicia lloró por un largo rato, decía frases imposibles de entender y luego volvía a llorar. Mientras Virginia ponía agua en la tetera el teléfono sonó una vez y después de ver quien era lo corto.

Sirvió te para las dos y con una serenidad que tranquilizó a Alicia le aseguró que todo iba a estar bien. Luego sacó una botella de vodka y Alicia contó todo lo que pudo, evitando siempre las peores partes. Virginia le tomaba la mano con fuerza y cada cierto tiempo decía “que horror” o “todo va a estar bien”.

Cuando ya no pudieron hablar más Virginia le dijo que se tomara un baño, que le haría bien y que ella llamaría a la policía.

El agua caliente fue lo mejor. Y con ropa limpia, con el perfume de su casa, se sintió mas relajada aunque algo cansada.

Al salir del baño su hermana estaba ahí, hablando por el celular y cuando la vio salir, corto de inmediato.

-La policía vendrá en la tarde-dijo con una sonrisa- deberías dormir un poco, te vez cansada.

La llevó a su pieza y le dio unas pastillas para dormir, la cubrió hasta las orejas con una manta y le dio un beso en la frente. Alicia sintió el aroma de Virginia en la cama y otro perfume que le recordaba a él. Debía ser ella, ella era la olía como él. ¿Cuántas duchas faltarían para sacar ese olor repugnante de su cabeza?

-Prométeme que nunca más nos separaremos-murmuro Alicia.

-Te veré todos los días.- respondió Virginia - Cocinaré algo rico para cuando despiertes.

Virginia esperó hasta que su hermana estuvo dormida y llamó por teléfono a su marido para saber donde estaba. Él ya venía en camino. Escuchar eso la tranquilizó.

jueves, 14 de abril de 2016

Reclusión

Gente, lo prometido es deuda, aquí va una versión pseudo-terminada de mi cuento del poncho.

Reclusión.
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7 AM. suena el despertador. Una mano lo golpea torpemente y vuelve a su cueva para seguir descansando. 7:10, 7:20, 7:25 y 7:30, la escena se repite, partía otro día, igual a todos los demás.
Ángeles se sentó en su cama, dos, cuatro, siete minutos. Miró la hora, 7:40.

Se obligó a levantarse, como siempre, se duchó, se vistió, tomó desayuno, se lavó los dientes y se puso su Poncho…su Poncho, la razón por la que le gustaba tanto era simple, era equivalente a una cama portátil, algo que la cobijaba y hacía sentir segura durante el día.

Su Poncho.

A veces, cuando estaba triste, le gustaba hacerse bolita y dejar sólo la cabeza fuera de él. Comía, cantaba, corría y bailaba en él, y en la noche, se lo quitaba y lo ponía cuidadosamente sobre su cama.
Ángeles vivía sola, no tenía amigos ni recordaba haber tenido familia alguna vez. Pero su querido Poncho la había acompañado desde que tenía memoria.

Más de alguna vez había intentado hacer amigos, pero eso ya estaba en el olvido, la sola idea de salir de esa manta mágica era una tortura colosal. Así que, de a poco, la gente que la rodeaba fue perdiendo interés en conocer a esa persona que se refugiaba ahí debajo. Pero ya no le importaba.

Ese día, sin embargo, había algo distinto, algo que, de haberlo sabido ella, le habría salvado la vida. Su tan preciada posesión era ahora un centímetro más larga. Era el inicio de algo terrible, que la llevaría a su fin.

Fue sucediendo gradualmente, uno, dos, dos y medio y tres centímetros, la pobre no se daba cuenta. ¿Cómo se iba a imaginar que su querido Poncho la llevaría a su perdición?

Después de un par de semanas comenzó a notar que apenas tenía fuerzas para moverse, estaba pálida, con aspecto demacrado, y en las noches ni siquiera se animaba a sacárselo, y a veces cuando despertaba se daba cuenta de que se había quedado dormida sentada en su sillón, el suelo de su pieza e incluso en la cocina. Le pesaba, le hacía difícil ponerse de pie, su espalda le dolía cada día más.
Durante sus últimos días, Ángeles había entendido que debía deshacerse de él. Intentó cortarlo, romperlo y quemarlo. Si sólo hubiese tenido a quién llamar.

La encontraron en su departamento un mes después, cuando los vecinos comenzaron a quejarse del mal olor.

Su cuerpo nunca fue identificado, pues nadie la había visto antes. Había sido consumida por la soledad.


HT.