viernes, 19 de junio de 2015

El coleccionista de recuerdos

Era una hermosa casa. Grande, con espacios amplios y… pequeños rincones que guardaban secretos.
Esos secretos susurraban desde las cortinas, el suelo, los tapices y alfombras y, en realidad, oscura como era la casa, parecía que esos susurros simplemente fueran el alma del misterioso hombre que la habitaba.
El origen de esa inquietud, se hallaba dentro de una habitación que estaba sellada para toda persona que desconociera su presencia y que no supiera que tenía algo que buscar ahí.
En esa habitación guardaba el hombre una colección de recuerdos; colección que mantenía oculta del mundo y que no guardaba nada que en verdad pudiera concernirle. Cosas oscuras, cosas dolorosas. Palabras que decían algo que ojalá hubiera sido enterrado en las profundidades de la tierra, donde los pensamientos sólo dormían. A veces también bellos recuerdos que sólo podían hacer renacer la miseria actual de quien lo hubiera vivido.
El hombre tenía el poder de quitar sus recuerdos a las personas y guardarlos en un objeto. Esa habitación estaba llena de ellos: guardados en estanterías con puertas de vidrio, que permitían ver lo que contenían sin necesidad de ser abiertas. Hermosos relicarios, gastados pañuelos, antiguas pipas, brillantes canicas… una verdadera colección de aparentes cachivaches; dormida y constantemente susurrante.
Al centro había una butaca y frente a ésta un escabel. A uno de los lados un escritorio con un cajón cerrado con llave. Un cajón que la mirada indiscretamente reservada del hombre evitaba y buscaba en un constante vaivén de intranquilidad.
La mañana de ese día, el coleccionista estuvo ocupado, pues lo fue a ver una mujer que quería deshacerse de un recuerdo. Él la llevó a pasear por el jardín que circundaba su casa. Tras una conversación de unos minutos, que terminó frente a la reja de su casa, el hombre se separó de la mujer. Ella miró a su alrededor algo confusa y se alejó por la vereda, como si siguiera un camino que se hubiera detenido sólo por unos segundos. Por su parte, el hombre volvió a su casa, con una nueva adquisición: un recuerdo guardado en un anillo.
Sin embargo, entrando a su casa, fue consciente de que había algo que le molestaba. Tenía la desagradable sensación de que alguien lo había estado observando desde la mañana. Sin ignorar esa impresión, cosa que sabía que hubiera sido imprudente, se preparó para almorzar.
Considerablemente más tranquilo tras una buena comida, el coleccionista fue a la habitación de los recuerdos para dejar el anillo recientemente obtenido. Ya adentro, lo puso en una de las estanterías del fondo, junto a la ventana y luego se sentó en su butaca, mirando el cajón cerrado. Todos los objetos que conformaban su colección, contenían recuerdos que había recibido de sus antiguos dueños. Eran algo que esas personas no querían. Cosas que les producían dolor de una forma u otra. Era su intento de cambiar sus vidas. Tal vez el pasado no se puede cambiar, pero el futuro sí, ya que depende del pasado. Esa era la idea.
Pero entre esos objetos abandonados, había uno robado. Fue su propio intento de cambiar su futuro. Pero el futuro resultante, su actual presente, no era el que él esperaba. Y sin embargo no quería devolverlo. Al menos quería tener ese consuelo. Aunque fuera ese.
Al caer la tarde, la habitación de los objetos se hallaba vacía de gente. Con el coleccionista lejos de la habitación, un hombre que conocía su existencia y que buscaba algo en ella, entró silenciosamente. De entre todos los objetos de la colección, supo enseguida cuál no pertenecía a ese lugar, pues no se encontraba en las vitrinas. Con discreción y prontitud, fue hacia el cajón cerrado, lo abrió hábilmente y tomó el pequeño cofre que estaba dentro. No quería correr riesgos, así que trató de abrirlo también, para estar seguro. Tras un minuto de lucha, lo logró y pudo sentir el familiar aroma saliendo de la cajita, que tenía dentro un delicado pañuelo para el cuello. Se lo llevó al rostro y suspiró.
-Deja eso ahí.
El ladrón, paralizado, giró sus ojos hacia la puerta, donde el coleccionista lo miraba, lleno de hostilidad. Como un espejo, el ladrón reflejó esa hostilidad y bajando lentamente sus manos, se giró y encaró al coleccionista.
-Tomaste esto sin derecho alguno. Aunque sea, yo puedo reclamar que sí lo tengo.
El coleccionista lo seguía mirando con hostilidad, casi con odio.
-Déjalo –Había un dejo de impotencia en su voz que el ladrón notó.
-Esto es parte de ella, fue su perdón. Sin ese recuerdo, su decisión está incompleta.
Cerró los ojos unos instantes. Se armó de valor y con presteza saltó hacia la ventana y la golpeó con su hombro, rompiendo sus goznes. Sin embargo, el poder del coleccionista era mayor que el suyo. Le era imposible traspasar el alféizar. Una fuerza invisible lo detenía.
-No la tendrás.
Sintió la furia del coleccionista detrás de él y tuvo miedo, pero también él era un hombre desesperado y el miedo era su fuerza:
-Tú jamás pudiste tenerla ¿no? Eres patético. Quisiste jugar a ser Dios, pero viste tus propios límites, salió mal. Por eso ahora te escondes en esta casa, llena de recuerdos que no son tuyos y que no pueden significar nada para ti.
Tras terminar esa última frase, el poder que lo detenía desapareció y él no dejó de aprovechar esa oportunidad para desaparecer con la oscuridad de la noche que ya comenzaba.
El coleccionista, quebrado, doblado en el suelo junto a la ventana, no dejaba de escuchar esas palabras una y otra vez. ¿Qué valor puede tener una colección sin la pieza en torno a la cual todo gira? ¿Sin aquello que fue el inicio? ¿Qué importancia tiene esa pieza si no fue dada? La pieza cardinal. La semilla de un futuro que era una mentira.
Cachivaches. Sólo baratijas acumulando polvo.

º º º


1 comentario:

  1. AArrrrgh!! TAN BUENO!!!

    Me dan ganas de traducirlo al inglés y mostrarselo a mis amigos gringos DX

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