Era una hermosa casa.
Grande, con espacios amplios y… pequeños rincones que guardaban secretos.
Esos secretos
susurraban desde las cortinas, el suelo, los tapices y alfombras y, en realidad,
oscura como era la casa, parecía que esos susurros simplemente fueran el alma
del misterioso hombre que la habitaba.
El origen de esa
inquietud, se hallaba dentro de una habitación que estaba sellada para toda
persona que desconociera su presencia y que no supiera que tenía algo que
buscar ahí.
En esa habitación
guardaba el hombre una colección de recuerdos; colección que mantenía oculta
del mundo y que no guardaba nada que en verdad pudiera concernirle. Cosas
oscuras, cosas dolorosas. Palabras que decían algo que ojalá hubiera sido
enterrado en las profundidades de la tierra, donde los pensamientos sólo
dormían. A veces también bellos recuerdos que sólo podían hacer renacer la
miseria actual de quien lo hubiera vivido.
El hombre tenía el
poder de quitar sus recuerdos a las personas y guardarlos en un objeto. Esa
habitación estaba llena de ellos: guardados en estanterías con puertas de
vidrio, que permitían ver lo que contenían sin necesidad de ser abiertas.
Hermosos relicarios, gastados pañuelos, antiguas pipas, brillantes canicas… una
verdadera colección de aparentes cachivaches; dormida y constantemente
susurrante.
Al centro había una
butaca y frente a ésta un escabel. A uno de los lados un escritorio con un
cajón cerrado con llave. Un cajón que la mirada indiscretamente reservada del
hombre evitaba y buscaba en un constante vaivén de intranquilidad.
La mañana de ese día, el
coleccionista estuvo ocupado, pues lo fue a ver una mujer que quería deshacerse
de un recuerdo. Él la llevó a pasear por el jardín que circundaba su casa. Tras
una conversación de unos minutos, que terminó frente a la reja de su casa, el
hombre se separó de la mujer. Ella miró a su alrededor algo confusa y se alejó
por la vereda, como si siguiera un camino que se hubiera detenido sólo por unos
segundos. Por su parte, el hombre volvió a su casa, con una nueva adquisición:
un recuerdo guardado en un anillo.
Sin embargo, entrando
a su casa, fue consciente de que había algo que le molestaba. Tenía la desagradable
sensación de que alguien lo había estado observando desde la mañana. Sin
ignorar esa impresión, cosa que sabía que hubiera sido imprudente, se preparó
para almorzar.
Considerablemente más
tranquilo tras una buena comida, el coleccionista fue a la habitación de los
recuerdos para dejar el anillo recientemente obtenido. Ya adentro, lo puso en
una de las estanterías del fondo, junto a la ventana y luego se sentó en su
butaca, mirando el cajón cerrado. Todos los objetos que conformaban su colección,
contenían recuerdos que había recibido de sus antiguos dueños. Eran algo que
esas personas no querían. Cosas que les producían dolor de una forma u otra.
Era su intento de cambiar sus vidas. Tal vez el pasado no se puede cambiar,
pero el futuro sí, ya que depende del pasado. Esa era la idea.
Pero entre esos
objetos abandonados, había uno robado. Fue su propio intento de cambiar su
futuro. Pero el futuro resultante, su actual presente, no era el que él
esperaba. Y sin embargo no quería devolverlo. Al menos quería tener ese
consuelo. Aunque fuera ese.
Al caer la tarde, la
habitación de los objetos se hallaba vacía de gente. Con el coleccionista lejos
de la habitación, un hombre que conocía
su existencia y que buscaba algo en ella, entró silenciosamente. De entre
todos los objetos de la colección, supo enseguida cuál no pertenecía a ese
lugar, pues no se encontraba en las vitrinas. Con discreción y prontitud, fue
hacia el cajón cerrado, lo abrió hábilmente y tomó el pequeño cofre que estaba
dentro. No quería correr riesgos, así que trató de abrirlo también, para estar
seguro. Tras un minuto de lucha, lo logró y pudo sentir el familiar aroma
saliendo de la cajita, que tenía dentro un delicado pañuelo para el cuello. Se
lo llevó al rostro y suspiró.
-Deja eso ahí.
El ladrón, paralizado, giró sus ojos hacia
la puerta, donde el coleccionista lo miraba, lleno de hostilidad. Como un
espejo, el ladrón reflejó esa
hostilidad y bajando lentamente sus manos, se giró y encaró al coleccionista.
-Tomaste esto sin
derecho alguno. Aunque sea, yo puedo reclamar que sí lo tengo.
El coleccionista lo
seguía mirando con hostilidad, casi con odio.
-Déjalo –Había un dejo
de impotencia en su voz que el ladrón
notó.
-Esto es parte de ella,
fue su perdón. Sin ese recuerdo, su decisión está incompleta.
Cerró los ojos unos
instantes. Se armó de valor y con presteza saltó hacia la ventana y la golpeó
con su hombro, rompiendo sus goznes. Sin embargo, el poder del coleccionista
era mayor que el suyo. Le era imposible traspasar el alféizar. Una fuerza
invisible lo detenía.
-No la tendrás.
Sintió la furia del
coleccionista detrás de él y tuvo miedo, pero también él era un hombre desesperado
y el miedo era su fuerza:
-Tú jamás pudiste
tenerla ¿no? Eres patético. Quisiste jugar a ser Dios, pero viste tus propios
límites, salió mal. Por eso ahora te escondes en esta casa, llena de recuerdos
que no son tuyos y que no pueden significar nada para ti.
Tras terminar esa
última frase, el poder que lo detenía desapareció y él no dejó de aprovechar
esa oportunidad para desaparecer con la oscuridad de la noche que ya comenzaba.
El coleccionista,
quebrado, doblado en el suelo junto a la ventana, no dejaba de escuchar esas
palabras una y otra vez. ¿Qué valor puede tener una colección sin la pieza en
torno a la cual todo gira? ¿Sin aquello que fue el inicio? ¿Qué importancia
tiene esa pieza si no fue dada? La pieza cardinal. La semilla de un futuro que
era una mentira.
Cachivaches. Sólo
baratijas acumulando polvo.
º º º
AArrrrgh!! TAN BUENO!!!
ResponderEliminarMe dan ganas de traducirlo al inglés y mostrarselo a mis amigos gringos DX