domingo, 29 de noviembre de 2015

Vísperas de una Guerra

Eternal- Evanecence

Ambos bandos se preparaban para la guerra, una guerra en que ambas contrincantes se jugaban el destino de su respectiva civilización y el dominio del planeta.
En el espacio, los generales y comandantes observaban y coordinaban los movimientos de tropas, tanques y naves, que se agrupan  y se movían en perfecta sintonía.

Silencio. En tierra, comienza a caer la lluvia sobre las tropas nativas, quienes miraban en silencio al cielo esperando que apareciesen entre las oscuras nubes esas enormes naves espaciales. Cundía la desesperanza, aunque había un pequeño sentimiento de posibilidad, que se mezclaba con el deseo único de defender lo que es propio, aquello único que da ferocidad ante la terrible ansiedad.

Silencio.

Intervencionista


Versión mejorada, 
escrita mientras se escucha 
“Eternal” de Evanescence

Gotas son los instantes que nos van moldeando y definiendo. Ese día, en ese momento, el mundo merecía su desprecio. Merecía que ella dejara el carito del supermercado allí en el medio del estacionamiento, sin cuidado, con descuido y con desdén.

Ella lo haría si... pudiera hacerlo en caso de..., pero no lo hace. Ella es una pequeña masa de agua de ingenuidad, de borbotones de egocentrismo.

Ella aprovechaba cualquier momento para impactar, para intervenir. Un día vio rosales preciosos en el Parque Araucano y regaló pétalos caídos a los peatones, como flyers y anuncios, diciendo al entregarlos "Debes ir al parque, está precioso".

Varias veces dejó paltas pesadas y marcadas en los estantes de frutas, para darle a otros un pequeño regalo útil, un pedacito de comodidad y tiempo.

Dejaba permanentemente poemas doblados en esquinas y bancos, imaginando los ojos lectores y agradecidos que se posarían sobre ellos. Disfrutaba dejar notitas y lápices de colores para que hallaran nuevos dueños y almas.

Ahora solo quería irse, había sido un terrible, el mundo merecía el desprecio de dejar el carrito botado. Pero no lo hizo.

Arrastró sus pies hasta la fila de carritos y sonrió. No todas sus intervenciones tienen que ser notorias. Las mudas también eran regalos hacia desconocidos perdidos y anhelantes de sentido.


La primera versión de la historia, 
escrita mientras se escucha 
“Macondo” de Marcelo Saitta

Fue un día horrible, en su mente se accionó una idea estridente, desagradable, feroz: por qué no dejar ahí mismo el carrito del supermercado, por qué no dejarlo donde solo a ella le acomoda, donde se ahorra unos pasos de dejarlo donde corresponde, a instantes de su auto, ocupando espacio de otros puestos. Por qué, por qué, por qué no. Necesitaba por un segundo no pensar en los demás, no hacer cosas por ello, no arreglarles la vida, no ser la héroe, no buscar mejorar al otro, ¿por qué simplemente no velar por sí?

Porque no, porque no quiere herir, porque le incomoda generar perjuicio al otro, porque el mal está en las pequeñas cosas, porque hay que hacer el bien. El mundo necesita bien.

Pero no, no era por eso. Era porque ser egoísta era igualmente impactar. Era igualmente meterse en la vida de los demás, era seguir interviniendo.

Este gesto era desagradable, pero era un gesto al otro. No era esta acción diferente a otras, a cuando dejó un diario abierto, cuando regaló una flor en una banca, a cuando dejó paltas ya marcadas y pesadas en el supermercado hace unos segundos. Es una loca de la intervención, es al final una enorme ególatra que se regala por el mundo, que se impone, que se echa sobre los demás, posesiva, anhelando reacción. Necesita una respuesta, no sirve de nada no impactar. Si la palta se pudre y nadie la vio, no hizo la pega. Si hay silencio hay falla.