Eternal- Evanecence
Ambos bandos se preparaban para la guerra, una guerra en que ambas contrincantes se jugaban el destino de su respectiva civilización y el dominio del planeta.
En el espacio, los generales y comandantes observaban y coordinaban los movimientos de tropas, tanques y naves, que se agrupan y se movían en perfecta sintonía.
Silencio. En tierra, comienza a caer la lluvia sobre las tropas nativas, quienes miraban en silencio al cielo esperando que apareciesen entre las oscuras nubes esas enormes naves espaciales. Cundía la desesperanza, aunque había un pequeño sentimiento de posibilidad, que se mezclaba con el deseo único de defender lo que es propio, aquello único que da ferocidad ante la terrible ansiedad.
Silencio.
"Y así los mentirosos se adentraron en la ficción, acercándose letra a letra a la vida!"
domingo, 29 de noviembre de 2015
Intervencionista
Versión mejorada,
Gotas son los instantes que nos van moldeando y definiendo. Ese día, en
ese momento, el mundo merecía su desprecio. Merecía que ella dejara el carito
del supermercado allí en el medio del estacionamiento, sin cuidado, con
descuido y con desdén.
Ella lo haría si... pudiera hacerlo en caso de..., pero no lo hace.
Ella es una pequeña masa de agua de ingenuidad, de borbotones de egocentrismo.
Ella aprovechaba cualquier momento para impactar, para intervenir. Un
día vio rosales preciosos en el Parque Araucano y regaló pétalos caídos a los peatones,
como flyers y anuncios, diciendo al entregarlos "Debes ir al parque, está
precioso".
Varias veces dejó paltas pesadas y marcadas en los estantes de frutas,
para darle a otros un pequeño regalo útil, un pedacito de comodidad y tiempo.
Dejaba permanentemente poemas doblados en esquinas y bancos, imaginando
los ojos lectores y agradecidos que se posarían sobre ellos. Disfrutaba dejar
notitas y lápices de colores para que hallaran nuevos dueños y almas.
Ahora solo quería irse, había sido un terrible, el mundo merecía el
desprecio de dejar el carrito botado. Pero no lo hizo.
Arrastró sus pies hasta la fila de carritos y sonrió. No todas sus
intervenciones tienen que ser notorias. Las mudas también eran regalos hacia
desconocidos perdidos y anhelantes de sentido.
La primera versión de la historia,
Fue un día horrible, en su mente se accionó una idea estridente,
desagradable, feroz: por qué no dejar ahí mismo el carrito del supermercado,
por qué no dejarlo donde solo a ella le acomoda, donde se ahorra unos pasos de
dejarlo donde corresponde, a instantes de su auto, ocupando espacio de otros
puestos. Por qué, por qué, por qué no. Necesitaba por un segundo no pensar en
los demás, no hacer cosas por ello, no arreglarles la vida, no ser la héroe, no
buscar mejorar al otro, ¿por qué simplemente no velar por sí?
Porque no, porque no quiere herir, porque le incomoda generar perjuicio
al otro, porque el mal está en las pequeñas cosas, porque hay que hacer el
bien. El mundo necesita bien.
Pero no, no era por eso. Era porque ser egoísta era igualmente impactar.
Era igualmente meterse en la vida de los demás, era seguir interviniendo.
Este gesto era desagradable, pero era un gesto al otro. No era esta
acción diferente a otras, a cuando dejó un diario abierto, cuando regaló una
flor en una banca, a cuando dejó paltas ya marcadas y pesadas en el supermercado
hace unos segundos. Es una loca de la intervención, es al final una enorme
ególatra que se regala por el mundo, que se impone, que se echa sobre los
demás, posesiva, anhelando reacción. Necesita una respuesta, no sirve de nada
no impactar. Si la palta se pudre y nadie la vio, no hizo la pega. Si hay
silencio hay falla.
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