Algunos
años después se volvió a encontrar sobre cubierta, luchando por encender un
cigarrillo que el viento se obstinaba en apagar. Derrotado por el mistral, lo
guardó en su cigarrera y se limitó a contemplar la bastedad infinita del mar
que cruzaba. Esta vez, regresaba a su país natal. Volvía aquella tierra que
levantaba polvo a cada paso. Un lugar detenido en el tiempo, donde la gente se
seguía levantando antes que el gallo cantara avisando que el sol comenzaba a
salir. El país que le había formado su obstinación, la misma, que lo había
llevado a cruzar el mar la primera vez.
Nacido
y criado en las faldas de la cordillera, siempre tuvo la sensación de no
pertenecer a aquel lugar. La soledad, las historias de un abuelo colono y los
libros extranjeros, terminaron por convencerlo de buscar una nueva vida.
Escapar antes que su espíritu se brutalizara, y lo convirtiera en otro
campesino de ojos tristes. Así cuando su padre murió, vendió todo lo que pudo y
arrancó. Abandonando a su madre con promesas de cartas que nunca enviaría.
Todavía
recordaba el día cuando llegó a la ciudad de las luces. Deslumbrado ante el
lujo y la voluptuosidad, la urbe lo recibió en todo su esplendor. Demostrándole
que todo lo que había soñado alguna vez era posible ahí. Durante esos años la
quiso y la conoció, más de lo que ella lo conoció a él. Dominó su idioma, se
empapó de su cultura y emuló su espíritu bohemio. Conoció personalidades
inimaginables, humanistas cosmopolitas, artistas y filólogos. Sin embargo, y a
pesar de todo el amor que él le profesó, ella nunca lo invitó a pasar más allá
del salón. Despechado, comenzó a notar las sombras que existían en la ciudad.
Sombras que no había notado antes, porque sus ojos extranjeros no se habían
acostumbrado aun, al brillo de la ciudad.
Un malestar
se alojó en sus entrañas, un lamento sordo que solo lograba acallar los fines
de semana, con la ayuda del alcohol y los recuerdos de la tierra que había
dejado atrás. Y conoció un nuevo tipo de soledad, distinta a la que se siente
en las montañas, la soledad de la ciudad, estremecimiento que nace al verse uno
rodeado por multitudes impersonales. Así, una noche de verano mientras caminaba
por calles adoquinadas, decidió volver. Dos maletas y un traje fue todo lo que
alcanzó a tomar y una semana después, regresó al puerto que lo había visto
llegar. Sin mirar atrás, pero con la vista en su pasado, más allá del mar, tomó
el primer barco hacia el oeste.
Mientras
viajaba, volvió a percatarse que los días pasaban más lento en el mar como si
el tiempo se distorsionara cada vez que el sol se perdía en el océano uniforme,
incapaz de encontrar la ruta a su diario morir. Sin una noción del tiempo, pasó
sus primeros meses conversando con tripulantes, en pláticas casuales y planas
que siempre terminaban en pronósticos climáticos. Aburrido y con una maleta
llena de libros que le era inútil por el mareo, se volcó de lleno a sus
pensamientos. Buscó el hilo del destino que lo había hecho terminar ahí, y jugó
con las posibilidades infinitas, y aterradoras, que le esperaban en el futuro.
Cerca
del final de su viaje, el día que el viento apagó su cigarrillo, notó que las
aguas se detenían y que azules, como reflejo del cielo despejado, creaban una
ilusión hermosa. Fue incapaz de distinguir donde terminaba el mar y donde
comenzaba el cielo. El barco se reflejó sobre su cabeza y el agua replico esta
imagen hasta la eternidad. Él gozó de esta maravilla, sin molestarse en
cuestionar la veracidad de lo que veía. Y supo que esa era la señal de que su
viaje terminaba, porque solo en su tierra la magia se mezclaba con la realidad.
Bajó a su cabina, armó su maleta, se limpió la cara y tras vestirse con ropas
frescas, se recostó hasta escuchar el bullicio del puerto.
Salió
precipitado, con la esperanza de reencontrarse con su tierra y rellenar su soledad
con el amor por su país. Nadie lo esperaba, nadie lo hubiera reconocido. Y el
único familiar que le quedaba, había muerto mucho tiempo atrás, murmurando el
nombre de su hijo.
Con el
peso de sus maletas en cada mano, chocó de frente con su pasado. A primera
vista todo le pareció igual al día lejano de su partida, como si los años en el
extranjero nunca hubieran acontecido. Pero tras una segunda mirada, pudo ver
los estragos que dejaba el tiempo al correr. Notó que aquello no era un puerto,
sino, una pequeña caleta de pescadores. Hedionda a orines, ruinosa y
empobrecida. Las calles seguían siendo de un polvo negro y las casas, que se
amontonaban a la orilla del mar, se veían incapaces de soportar una brisa
marina. Las pocas personas que se veían, vestían ropas de muchos años atrás. Poco
quedaba del puerto pintoresco que había atestiguado su partir. Y después de
haber visto ciudades esplendorosas que se perdían en el horizonte, aquello le
parecía una postal desoladora.
Recorrió
las calles arrastrando sus maletas, y sintió en sus espaladas las miradas
inquisidoras de los costinos. Curiosidad, extrañeza y algo de rencor, era lo
que expresaban sus caras resquebrajadas. No le gustaba esa atención. Y mientras
caminaba hacia la estación de trenes se detuvo ante el escaparate de una tienda
y vio su reflejo. Un bigote bien cuidado, ropas de corte ingles y una cadena de
oro que se perdía en el bolsillo de su chaleco. Un hombre de mundo. Pero al ver
el resto del retrato, notó que lo único que desentonaba en aquella imagen era
él. Un extranjero en su propia tierra.
arreglé el cuento del extranjero para un concurso. Ya lo mande, así que no puedo hacerle mas cambios, si hubiera ido ayer me lo podrían haber comentado, pero filo. ¿como lo encuentran?
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