viernes, 19 de junio de 2015

El coleccionista de recuerdos

Era una hermosa casa. Grande, con espacios amplios y… pequeños rincones que guardaban secretos.
Esos secretos susurraban desde las cortinas, el suelo, los tapices y alfombras y, en realidad, oscura como era la casa, parecía que esos susurros simplemente fueran el alma del misterioso hombre que la habitaba.
El origen de esa inquietud, se hallaba dentro de una habitación que estaba sellada para toda persona que desconociera su presencia y que no supiera que tenía algo que buscar ahí.
En esa habitación guardaba el hombre una colección de recuerdos; colección que mantenía oculta del mundo y que no guardaba nada que en verdad pudiera concernirle. Cosas oscuras, cosas dolorosas. Palabras que decían algo que ojalá hubiera sido enterrado en las profundidades de la tierra, donde los pensamientos sólo dormían. A veces también bellos recuerdos que sólo podían hacer renacer la miseria actual de quien lo hubiera vivido.
El hombre tenía el poder de quitar sus recuerdos a las personas y guardarlos en un objeto. Esa habitación estaba llena de ellos: guardados en estanterías con puertas de vidrio, que permitían ver lo que contenían sin necesidad de ser abiertas. Hermosos relicarios, gastados pañuelos, antiguas pipas, brillantes canicas… una verdadera colección de aparentes cachivaches; dormida y constantemente susurrante.
Al centro había una butaca y frente a ésta un escabel. A uno de los lados un escritorio con un cajón cerrado con llave. Un cajón que la mirada indiscretamente reservada del hombre evitaba y buscaba en un constante vaivén de intranquilidad.
La mañana de ese día, el coleccionista estuvo ocupado, pues lo fue a ver una mujer que quería deshacerse de un recuerdo. Él la llevó a pasear por el jardín que circundaba su casa. Tras una conversación de unos minutos, que terminó frente a la reja de su casa, el hombre se separó de la mujer. Ella miró a su alrededor algo confusa y se alejó por la vereda, como si siguiera un camino que se hubiera detenido sólo por unos segundos. Por su parte, el hombre volvió a su casa, con una nueva adquisición: un recuerdo guardado en un anillo.
Sin embargo, entrando a su casa, fue consciente de que había algo que le molestaba. Tenía la desagradable sensación de que alguien lo había estado observando desde la mañana. Sin ignorar esa impresión, cosa que sabía que hubiera sido imprudente, se preparó para almorzar.
Considerablemente más tranquilo tras una buena comida, el coleccionista fue a la habitación de los recuerdos para dejar el anillo recientemente obtenido. Ya adentro, lo puso en una de las estanterías del fondo, junto a la ventana y luego se sentó en su butaca, mirando el cajón cerrado. Todos los objetos que conformaban su colección, contenían recuerdos que había recibido de sus antiguos dueños. Eran algo que esas personas no querían. Cosas que les producían dolor de una forma u otra. Era su intento de cambiar sus vidas. Tal vez el pasado no se puede cambiar, pero el futuro sí, ya que depende del pasado. Esa era la idea.
Pero entre esos objetos abandonados, había uno robado. Fue su propio intento de cambiar su futuro. Pero el futuro resultante, su actual presente, no era el que él esperaba. Y sin embargo no quería devolverlo. Al menos quería tener ese consuelo. Aunque fuera ese.
Al caer la tarde, la habitación de los objetos se hallaba vacía de gente. Con el coleccionista lejos de la habitación, un hombre que conocía su existencia y que buscaba algo en ella, entró silenciosamente. De entre todos los objetos de la colección, supo enseguida cuál no pertenecía a ese lugar, pues no se encontraba en las vitrinas. Con discreción y prontitud, fue hacia el cajón cerrado, lo abrió hábilmente y tomó el pequeño cofre que estaba dentro. No quería correr riesgos, así que trató de abrirlo también, para estar seguro. Tras un minuto de lucha, lo logró y pudo sentir el familiar aroma saliendo de la cajita, que tenía dentro un delicado pañuelo para el cuello. Se lo llevó al rostro y suspiró.
-Deja eso ahí.
El ladrón, paralizado, giró sus ojos hacia la puerta, donde el coleccionista lo miraba, lleno de hostilidad. Como un espejo, el ladrón reflejó esa hostilidad y bajando lentamente sus manos, se giró y encaró al coleccionista.
-Tomaste esto sin derecho alguno. Aunque sea, yo puedo reclamar que sí lo tengo.
El coleccionista lo seguía mirando con hostilidad, casi con odio.
-Déjalo –Había un dejo de impotencia en su voz que el ladrón notó.
-Esto es parte de ella, fue su perdón. Sin ese recuerdo, su decisión está incompleta.
Cerró los ojos unos instantes. Se armó de valor y con presteza saltó hacia la ventana y la golpeó con su hombro, rompiendo sus goznes. Sin embargo, el poder del coleccionista era mayor que el suyo. Le era imposible traspasar el alféizar. Una fuerza invisible lo detenía.
-No la tendrás.
Sintió la furia del coleccionista detrás de él y tuvo miedo, pero también él era un hombre desesperado y el miedo era su fuerza:
-Tú jamás pudiste tenerla ¿no? Eres patético. Quisiste jugar a ser Dios, pero viste tus propios límites, salió mal. Por eso ahora te escondes en esta casa, llena de recuerdos que no son tuyos y que no pueden significar nada para ti.
Tras terminar esa última frase, el poder que lo detenía desapareció y él no dejó de aprovechar esa oportunidad para desaparecer con la oscuridad de la noche que ya comenzaba.
El coleccionista, quebrado, doblado en el suelo junto a la ventana, no dejaba de escuchar esas palabras una y otra vez. ¿Qué valor puede tener una colección sin la pieza en torno a la cual todo gira? ¿Sin aquello que fue el inicio? ¿Qué importancia tiene esa pieza si no fue dada? La pieza cardinal. La semilla de un futuro que era una mentira.
Cachivaches. Sólo baratijas acumulando polvo.

º º º


domingo, 14 de junio de 2015

El corazón delator - Edgar Allan Poe

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.

Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!

Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?

Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!

-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

FIN

No oyes ladrar los perros - Juan Rulfo

—Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.
        —No se ve nada.
        —Ya debemos estar cerca.
        —Sí, pero no se oye nada.
        —Mira bien.
        —No se ve nada.
        —Pobre de ti, Ignacio.
        La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.
        La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda.
        —Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio.
        —Sí, pero no veo rastro de nada.
        —Me estoy cansando.
        —Bájame.
        El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde entonces.
        —¿Cómo te sientes?
        —Mal.
        Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja. Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba:
        —¿Te duele mucho?
        —Algo —contestaba él.
        Primero le había dicho: "Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco." Se lo había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra.
        —No veo ya por dónde voy —decía él.
        Pero nadie le contestaba.
        El otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo.
        —¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.
        Y el otro se quedaba callado.
        Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo.
        —Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas allá arriba, Ignacio?
        —Bájame, padre.
        —¿Te sientes mal?
        —Sí
        —Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean.
        Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse.
        —Te llevaré a Tonaya.
        —Bájame.
        Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:
        —Quiero acostarme un rato.
        —Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.
        La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.
        —Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas.
        Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar.
        —Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!” Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente... Y gente buena. Y si no, allí esta mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: “Ese no puede ser mi hijo.”
        —Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo.
        —No veo nada.
        —Peor para ti, Ignacio.
        —Tengo sed.
        —¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír.
        —Dame agua.
        —Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo.
        —Tengo mucha sed y mucho sueño.
        —Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces.
        Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza... Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas.
        Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza; allá arriba, se sacudía como si sollozara.
        Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.
        —¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién darle nuestra lástima”. ¿Pero usted, Ignacio?

        Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván, se recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado.
        Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.
        —¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.

jueves, 11 de junio de 2015

Un último atardecer

Dormía. Al menos eso pensé, pero cuando uno duerme, se siente a gusto, feliz. No era eso lo que sentía, sino náuseas y dolor. Estaba inconsciente. No recuerdo que fue lo que ocurrió ni como había llegado allí. Cuando desperté, sentía los rayos de sol caer levemente sobre mi, entibiando mi cuerpo. Lentamente abrí los ojos, aún sin moverme. Estaba rodeado de un follaje, verde, alto y delgado, que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Estaba seguro de haberlo visto en otro lugar. Miré hacia el cielo, y me di cuenta que estaba aún más lejos que antes. Cuando intente levantarme, me di cuenta que una de mis extremidades no respondía. Di vuelta mi cabeza a ver qué le ocurría. Al verla, intenté moverla nuevamente. Estaba completamente despedazada. Al costado izquierdo de mi abdomen, tenía una herida profunda. Volví mi cabeza, y traté de recordar qué había ocurrido. Lo único que pude recordar fue haber salido de mi casa, despedirme de mamá y luego... Nada, todo en blanco hasta que recobré la conciencia aquí. Intenté arrastrarme para buscar refugio antes de que anocheciera. Era medio día, tenía al menos 7 horas antes de que comenzara a oscurecer. De pronto, sentí que la tierra se estremecía, pero se detuvo inmediatamente; no tembló más de 2 segundos. Ocurrió nuevamente, pero esta vez, el epicentro se sentía más cerca. En ese momento recordé: temblores en intervalos, los cuales se acercan cada vez más significaban una sola cosa: Colosos. Las criaturas más misteriosas y aterradoras que había visto. Tenían extrañas pieles sobre ellos, cubriendo la mayoría de su cuerpo, ya que tenían la carne en el exterior. Cubiertos de vellos en lo que parecía ser su cabeza. Cuatro extremidades, de las cuales dos estaban cubiertas de una piel más dura que el resto y las otras dos tenían en sus extremos 5 tentáculos; nunca había visto algo o alguien escapar de ellos, una vez que eran atrapados. No sabia cuanto median ni cuanto pesaban, pero eran casi tan altos como los arboles y cada vez que caminaban el suelo se estremecía, tal y como estaba ocurriendo ahora. Horrorizado, volví desesperadamente a mi búsqueda de un refugio, mi vida se terminaría en el momento en que el Coloso me viera. De pronto, vi a lo lejos que el follaje terminaba abruptamente y comenzaba una extensa planicie, totalmente árida. Al otro lado de este valle, había un bosque, el lugar perfecto para ocultarme. Junté todas mis fuerzas y continué arrastrándome hacia el valle. Los temblores eran cada vez más fuertes y continuos. Por más que me arrastraba, no lograba acortar la distancia; el bosque seguía en el horizonte. Ya comenzaba a atardecer; me quedaba poco tiempo. De pronto, una sombra me cubrió y los temblores cesaron. Levanté mi cabeza y miré al cielo. Quedé totalmente paralizado mientras miraba al Coloso que se erguía sobre mi. Inclinó su cabeza. Dos esferas grandes incrustadas en lo que parecía ser su cara, con dos círculos, uno dentro del otro. El del centro era negro, como lo que hay más allá del cielo. Podía ver las profundidades del abismo en ellos. Rodeando ese negro infinito, había un color cafe oscuro, y fuera de éste continuaba el resto de las esferas, totalmente blancas, hasta perderse en el interior de la cabeza del Coloso. Supuse que esos eran sus ojos. Abajo de ellos, tenía una protuberancia que sobresalía del resto de su cabeza. En la parte inferior, tenía dos orificios, que parecían ser una entrada al interior de su cabeza. Bajo esta protuberancia, su carne, se volvía más rojiza en un sector de su cara. Su rostro era sinónimo de muerte. Ya había visto mi hogar destruido por ellos en dos ocasiones, mis hermanos y hermanas, casi todos perecieron luchando... Pero al Coloso pareció no importarle todas las vidas que había arrebatado. También había escuchado historias sobre Colosos que secuestraban aldeas enteras, y las esclavizaban para que hicieran alimento para ellos. Ahora estaba frente a uno de ellos. Me miraba fijamente. Estaba aterrado. ¿Qué ocurriría ahora? ¿Acaso me torturaría? O quizás me eliminaría rápido y sin dolor. El Coloso se inclinó y se acercó para mirarme de cerca. Cerré los ojos esperando el final o que quizás, con un poco de suerte, creyera que estaba muerto y se alejara... pero nada ocurrió. Sentí una ligera brisa y un leve temblor. Me quedé quieto y en silencio. Al cabo de unos minutos, pensé que quizás se había alejado. Abrí muy despacio mis ojos. Frente a mi, estaba una de las extremidades con tentáculos del Coloso, reposando en el follaje, a no más de 5 metros. No valía la pena hacerme el muerto, ya había notado que no lo estaba. Pero, ¿porque extendía su extremidad a mi lado? ¿Acaso me creía tan estúpido como para que me subiera y me condenara a mi mismo? Había perdido mucha sangre. Comenzaba a sentir como poco a poco me desvanecía. No me quedaba mucho tiempo. Quise mirar al cielo aunque fuera una vez más, sin embargo, al levantar la vista, me encontré mirando directamente a los ojos del Coloso. En ese momento, mi corazón se detuvo. Pude ver al fondo del abismo que reflejaban sus ojos. Allí había algo que jamás había visto. Una pequeña llama de fuego blanco, como si estuviera hecha de luz. Mi corazón volvió a latir, pero esta vez no estaba agitado por miedo, sino tranquilo. Al ver ese pequeño y hermoso fulgor blanco en los ojos del Coloso, me di cuenta de que no tenía intenciones de hacerme daño. Usé lo que me quedaba de fuerza y me acerqué a su extremidad. Escalé el borde y me recosté en el centro. La extremidad comenzó a elevarse y vi como los tentáculos se recogían sobre mí. Sabía que el Coloso no era hostil. Al ver esa llama blanca en la profundidad de sus ojos, supe que quería ayudarme. Cuando los tentáculos se recogieron, no me aplastaron, de hecho dejaron el espacio preciso para mí. Su carne era blanda y un poco áspera, pero muy cálida. Comenzó a moverse y caminó en dirección desconocida. Mi herida continuaba sangrando y me sentía un poco mareado. No tuve tiempo de cerrar los ojos antes de que el Coloso dejara de moverse y comenzara a abrir nuevamente sus tentáculos. La luz del atardecer me cegó por un momento. Me recosté y vi su extremidad pegada a uno de los árboles del bosque que había visto en la lejanía. Di vuelta mi cabeza; el valle y el follaje habían quedado atrás. Miré nuevamente al Coloso. Me miraba fijamente. Al ver nuevamente en dirección al bosque, me di cuenta de que estaba justo al lado de un árbol con una hermosa flor. Apenas podía moverme, pero juntando lo que me quedaba de fuerza, logré aferrarme a una de las ramas. Cuando estuve sobre la rama y justo al lado de la flor, el Coloso retiró su extremidad, sin despegar su mirada de mi. Intenté gritar gracias, pero ya no me quedaban fuerzas. Simplemente le devolví la mirada y sonreí. Luego de unos momentos, el Coloso, inclinó su cabeza y la levantó nuevamente, dio media vuelta y se marchó. El dolor había desaparecido. Sentía los últimos rayos de sol caer sobre mi, entibiando mi cuerpo. Pensé que quizás no todos los Colosos eran malignos, crueles o tiranos. Al menos el que me topé hoy, era todo lo contrario. Miré al cielo; atardecía. Me aferré a la flor y tomé un último sorbo de néctar. Para ser una abeja, este final no estaba tan mal. Ese fue mi último atardecer.

Amor a Primera Vista

Les dejo uno de mis poemas favoritos

Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.

Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún “lo siento”
o el sonido de “se ha equivocado” en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.

Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,

una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,

que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?

Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.

Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.

Todo principio
no es mas que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.

Wislawa Szymborska

martes, 9 de junio de 2015

Lacayda: prólogo



Prólogo






Cuando duendes, hadas, elfos, gigantes, trolls y toda criatura consciente se alejó de los humanos para siempre, sé levanto una autoridad entre ellos. Y es que cundía tal caos que una crisis mayor que la producida por el nacimiento de la humanidad parecía cernirse sobre las cabezas de los indignados rebeldes. Esta autoridad correspondía nada más y nada menos que a las Lacaydas, odiadas por muchos eran consideradas las culpables del nacimiento de la raza más destructiva del mundo; los hombres.


Las lacaydas se definían como un intrincado conjunto que razas que incluían entre otros a Sirenas, licántropos, centauros y vampiros, poseían todas ellas una mitad humana, genética que de algún modo derivó en las inconscientes criaturas que representaban la humanidad.

 Sin embargo las Lacaydas eran las únicas capaces de tomar las riendas de un mundo que debía, o someterse a los egoístas, autodestructivos, violentos y desconsiderados humanos, o alejarse por siempre de ellos a riesgo de perderlo todo. 


El consejo de Lacaydas ocultó a los hombres toda la sabiduría milenaria que poseían y selló la entrada a esta aborrecible especie a todo sector habitado por otras criaturas conscientes, pasaron así varios cientos de años y aquellos parajes más hermosos de la tierra, alejados del fuego, guerra y ambición, permanecieron intactos bajo la supervisión lacaydana. 


Sin embargo entre los rebeldes comenzó a gestarse un recelo tan profundo, que las bases de esta nueva sociedad  se tambalearon con furia. Una masiva cacería de hombres por parte de las criaturas mágicas con el solo objetivo de destruir a quienes les habían robado su libertad, su hogar e incluso su familia, fue el culmine de todo un movimiento rebelde contra el sistema de auto confinamiento. Fueron periodos oscuros, siniestros, donde la magia se confundía con la negrura del alma humana y quienes antes condenaban esa extraña oscuridad propia del hombre, hoy se bañaban en ella cobrando venganza de los hijos, nietos, e incluso bisnietos de aquellos humanos que hace cientos de años habían arrasado con tierras y vidas que no eran suyas.


El consejo Lacaydano a pesar de su responsabilidad se mantuvo a un lado, observando cómo sus gentes antes pacíficas, dejaban en la miseria a una especie débil e ignorante. Todos ellos habían vivido en el momento en el que dejaban a los humanos por su incapacidad de aprender a separarse del mal, vivían también hoy para ver a ese mismo mal apegarse con fuerza a las conciencias de los poseedores de magia más resentidos e iracundos, que a pesar de los muchos años que habían pasado continuaban alimentando el rencor y la sed de venganza.


No fueron las Lacaydas ni menos los seres mágicos subordinados los que acabaron la matanza y la tortura, cuando las fronteras entre ambos mundos se desdibujaban de tal modo que parecía jamás volverían a existir, un grupo formado con los últimos descendientes de una extraña raza llamada los Nata-ha bloqueó la frontera mágica; fue un poderoso conjuro el que solidificó las puertas a lo que era antes un mundo de paz, muchos atrapados entre los humanos nunca encontraron el camino de vuelta a esa tierra intacta de destrucción, condenándose a vivir por cientos de años hasta su muerte entre la pestilente miseria. Quienes quedaron al interior de la frontera verían como su mundo se transformaba ahora en una bóveda de doble candado, donde ni los hombres ni las criaturas mágicas podrían superar la frontera evitando la sed de destrucción que ambas existencias habían demostrado poseer.

Los Nata-ha, pálidas criaturas de fantasmagórica apariencia, no poseían a diferencia de muchas de las otras especies mágicas, una vida que superara los veinticinco años y tras este periodo el grupo de cinco individuos que sellara para siempre el destino de los mágicos murió sin dejar más descendencia. 


Tras su muerte una inesperada tiniebla cayó sobre las conciencias de los mágicos, los rumores de aquel entonces contaban la existencia de cinco dijes de piedra, cada uno perteneciente a uno de los difuntos Nata-ha, ocultos entre los humanos, unidos podrían nuevamente abrir las puertas que mantenían separado a nuestro mundo. 


Pero tal era el pánico que provocaba en la población mágica los recuerdos de las masivas torturas a los humanos que los Nata-ha y sus misterios pronto se sumergieron en un profundo e impenetrable tabú. Lo que en un principio era solo una condena social a quien si quiera mencionara a estos antiguos hechiceros, se transformó en ley cuando los Lacaydas retomaron el poder tras veinte años de desorden, oscuridad, escases de alimentos, miedo, miseria y muerte que surgieron de forma posterior a la muerte del último Nata-ha. Quien si quiera mencionase sus nombres, quien si quiera insinuase su pasada existencia, sería castigado y su magia racionada más aún de lo que ya estaba. Ese periodo sería olvidado y enterrado en la fosa de la historia, los Lacaydas se encargarían de ello, nunca perdonarían el que los Nata-ha robaran su magia y los relegaran al final de la pirámide jerárquica como castigo por no haberse pronunciado en el conflicto con los hombres.


 Con los años la historia del mundo perdido de los mágicos fue callada por todos quienes la vivieron y conocieron y la leyenda de los dijes de piedra se perdió en los recovecos del tiempo.

A pesar de los conjuros que los Nata-ha impusieron en su momento, cada cierto tiempo un hombre, hembra o macho, traspasaba la frontera sin saberlo. El linde mágico que lo apartaba cedía contra un alma no intoxicada por la oscuridad, sin embargo el gran peso mágico que circundaba en el aire terminaba por enloquecerlo hasta condiciones muy cercanas a la muerte. Nadie salvo las Lacaydas tenían conocimiento de estos extraños cruces, se encargaban de sus propietarios antes que una criatura subordinada volviese a tener contacto con los sucios recuerdos de la guerra y con ello la pared que los separaba del resto del mundo.


Nunca el portal se abriría en sentido contrario y la única esperanza de libertad recaía en unos dijes de piedra de los que nadie podía hablar hasta ahora.

domingo, 7 de junio de 2015