miércoles, 28 de octubre de 2015

Ephraim contra Felgrand


En la pradera a las afueras del reino de Áster, dos armadas se preparaban para una inevitable guerra, el mismo escenario de hace 3 años, pero esta vez, los generales serían los primeros en enfrentarse. Justo antes de que el general del ejército de Áster, Faoh, y el general del ejército de Berthum, Felgrand, comenzaran su duelo, un Círculo de Invocación apareció entre ellos. Ambos retrocedieron, sin bajar la guardia. Ninguno sabía si el círculo era obra de su contrincante, o era algo externo. Una figura comenzó a materializarse. Faoh, sin dar crédito a lo que sus ojos veían, sólo reaccionó guardando sus armas, inclinando una rodilla y bajando su cabeza.

-    ...Príncipe... Martín... Está con vida... -dijo atónito, mientras la figura del príncipe que todo el reino de Áster creía muerto, luego de perder su brazo y caer por el precipicio de la Montaña Torán, aparecía frente a ellos.
-    Levántate, Faoh -dijo mientras se acercaba al general- es una larga historia, pero no es el momento. Y mi nombre no es Martín, es Ephraim.
-    ¿Cómo lo supo? -preguntó nervioso mientras se levantaba.
-    Deshice el hechizo que alteró mis recuerdos, así que por favor, Ephraim está bien -contestó amigablemente.
-    ¿Dónde está su espada legendaria? -preguntó aún confuso Faoh.
-    ¿Ignisber? La perdí... Pero no hay de qué preocuparse, amigo mío -dijo poniendo una mano en su hombro, esbozando una sonrisa- yo me encargo de Felgrand.
-    Pero señor, ¡no lleva ningún arma! -aseveró Faoh.
-    Lo sé -contestó sin dejar de sonreír- ¿Felgrand sigue teniendo las mismas armas legendarias?
-    Así es, señor.
-    Entonces, su espada manipula el elemento hielo, su escudo absorbe la magia y su colgante cura sus heridas... Muy bien, basta de preguntas -dijo mientras daba media vuelta- ¡Felgrand!
-    Príncipe de Áster, ¿asi que sigues con vida? -dijo ligeramente asombrado.
-    Terminemos con esta guerra, Felgrand, no tiene que morir más gente inocente -dijo Ephraim mientras se acercaba al general enemigo.
-    Habiendo sido derrotado una vez, sin armas, sin armadura y aun así, ¿me desafías? Eres menos inteligente de lo que pensaba. Te derrotaré nuevamente, y luego a todo tu ejército.


Mientras se acercaban, un aura negra y dorada comenzó a emanar del cuerpo de Ephraim. Sus ojos cambiaron el color café oscuro de su iris por el mismo dorado claro de su aura. Al ver esto, Felgrand inmediatamente retrocedió de un salto, blandió su espada tres veces y proyectó ondas de hielo contra Ephraim. Éste desvió el ataque, invocando una espada del mismo color de su aura. "Así que Magia de Invocación..." pensó Felgrand. Ephraim se detuvo, apuntó su mano al general y comenzó a disparar "Voltios Oscuros", la magia ofensiva más simple. "Veamos como funciona ese escudo" pensó Ephraim. Felgrand posicionó su escudo y absorbió todos los voltios. Ephraim detuvo su ataque, y comenzó a correr en dirección a su enemigo. Este blandió su espada nuevamente, pero además, reflejó todos los voltios absorbidos. Ephraim cambió de dirección, para esquivar el contraataque y rodear a Felgrand. Con su espada desviaba y cortaba los disparos, mientras esquivaba y bloqueaba las ondas de hielo. Sin embargo, un voltio golpeó su mano y lo obligó a soltar su espada, lo que le impidió bloquear una inminente onda de hielo que golpeó de lleno su estómago, arrojándolo varios metros hacia atrás. "Con eso tendrá todos sus órganos congelados" pensó Felgrand. La espada invocada por Ephraim se desvaneció. Felgrand dejó su estancia de batalla y se acercó a Ephraim.

-    Nunca tuviste oportunidad, príncipe -dijo Felgrand llegando al cuerpo inmóvil.- Acabaré con todo tu ejército, y luego el reino de Áster se-

Felgrand no terminó la frase, debido a un repentino y fuerte dolor en su espalda. Un corte se extendía desde su hombro hasta la cadera. El cuerpo ya no estaba a sus pies. Rápidamente se dio vuelta blandiendo su espada, pero fue bloqueado sin dificultad. Frente a él se hallaba el príncipe, sin heridas y con su espada en mano. Felgrand no entendía qué había pasado. Activó el sistema de protección de su espada, y el aire comenzó a enfriarse a su alrededor. Ephraim notó esto y retrocedió a la misma velocidad que se había levantado y atacado a Felgrand.

-    ¡¿Cómo hiciste eso?! -preguntó Felgrand, mientras su herida se regeneraba gracias al colgante y desactivaba el sistema de protección.
-    Me levanté y te ataqué por la espalda -contestó sarcástico Ephraim.
-    ¡Mi onda de hielo te impactó directamente, deberías estar agonizando con todos tus órganos congelados! -gritó enfurecido Felgrand.
-    Tienes razón, recibí tu ataque, pero no fue lo suficientemente fuerte para traspasar mi Aura y dañarme. Sólo me empujó -explicó Ephraim.
-    ¿Que significa eso? -preguntó al mismo tiempo que su herida terminaba de curarse.
-    Mi Aura me hace inmune a la Magia de bajo poder.
-    ¡Eso es mentira, cuando te golpeé la mano, soltaste tu espada!
-    No fuiste tú quien golpeó mi mano, fue uno de mis voltios.


Felgrand enfurecido, se levantó y reactivó el sistema de protección. El Aura de su arma creó una barrera de hielo semi transparente que lo envolvió completamente. "Primero habrá que encargarse del escudo... Espero que esto funcione" pensó Ephraim. Tomó la espada con ambas manos y levantó los brazos hasta la altura del pecho. Parte de su Aura se concentró en esta, hasta formar una lanza helicoidal que, desde la mitad, se desenrollaba en 3 puntas con bordes afilados. Ephraim se posicionó para arrojar la lanza, mientras Felgrand alzaba su escudo. Ephraim apuntó, corrió una pequeña distancia y la arrojó. Al momento de ser arrojada, la lanza se enrolló sobre sí misma, dejando una sola punta. La barrera de hielo no opuso resistencia, pero el escudo la detuvo. Sin embargo no la absorbió. "¡¿No es Magia?!" pensó Felgrand utilizando todas sus fuerzas para detener el impacto. Pero luego de unos segundos, la lanza perforó el escudo, haciéndolo trizas y atravesando de lado a lado el hombro izquierdo de Felgrand. El general soltó su espada y se tomó el brazo herido. Vio su escudo legendario destrozado y miró al Príncipe.

-    ¡¿Qué fue ese ataque?! -gritó el general enemigo, mientras el colgante restauraba su hombro.
-    ¿Sorprendido? -preguntó sarcástico Ephraim.
-    ¡Maldito! -gritó nuevamente, mientras se preguntaba "¿qué era esa lanza?, ¿por qué tenía esa extraña forma? Si no era Magia, pero tampoco un arma convencional, ¿cómo atravesó mi escudo?"

Con su hombro recuperado, Felgrand se incorporó y recogió su espada. "No permitiré que me pongas en ridículo..." murmuró cerrando sus ojos y tomando con ambas manos su arma. El pasto a su alrededor se cubrió de escarcha. La barrera de hielo que lo cubría se tornó más densa. Pronto, la escarcha alcanzó los pies de Ephraim. "Es Magia de Hielo muy poderosa; está congelando el Espacio, mi Aura no podrá protegerme... Debo acabar con esta pelea pronto" pensó Ephraim mientras invocaba dos espadas, una para desgarrar y otra para perforar. Utilizando su máxima velocidad, comenzó a correr alrededor de Felgrand, atacando con ambas espadas la barrera de hielo. Felgrand no podía seguir sus movimientos; cada vez que intentaba contraatacar, Ephraim estaba golpeando la barrera a su espalda. Era como si hubiera 3 enemigos atacándolo al mismo tiempo. Sin embargo, Ephraim comenzó a ralentizarse. Hematomas habían comenzado a formarse en su cuerpo debido a la exposición a la Magia de Hielo. La barrera comenzó a trisarse. Felgrand giró, blandiendo su espada, y emitió una onda circular. Ephraim retrocedió para esquivarla, se posicionó frente a Felgrand y rompió la barrera, al mismo tiempo que este clavaba su espada en el piso. Logró destruir su colgante, justo antes de que una enorme onda expansiva lo golpeara en todo el cuerpo y lo arrojara por el aire; sólo alcanzó a cubrir su rostro y su pecho. Ephraim de pie. Sin embargo, cayó sobre sus rodillas casi al mismo tiempo que aterrizaba. Intentó levantarse, pero no hubo caso: sus extremidades y su abdomen estaban completamente congelados. Comenzó a vomitar sangre. "Maldición..." pensó mientras veía su cuerpo cubierto de escarcha. La barrera de hielo de Felgrand se había recuperado. Hubo unos segundos de silencio.


"No... Esto no ha terminado..." El Aura de Ephraim comenzó a condensarse a su alrededor, creando una armadura. Se levantó, aunque sus extremidades se rompieran casi completamente en el proceso. Invocó las dos espadas y las juntó. Calzaban perfectamente, y una nueva espada se había formado: su espada legendaria Ignisber. Ephraim se dirigió al general enemigo. Cada vez que daba un paso, algún músculo, órgano o hueso se trizaba. "¡Imposible, maldito Príncipe!" pensó Felgrand mientras comenzaba a disparar ondas de hielo. Estas rebotaban sin mover a Ephraim quien seguía acercándose. La desesperación de Felgrand fue tal, que intentó huir, pero al darse la vuelta, se encontró cara a cara con Ephraim. Este blandió su espada y destrozó completamente la barrera de Felgrand. El general enemigo intentó golpearlo con su espada, pero no era capaz de atravesar la armadura. Eventualmente Ephraim bloqueó la espada y la rompió.  Flegrand quedó con el mango en sus manos mirando al príncipe que alguna vez venció, pero esta vez como un enemigo invencible. "Él... Había ganado antes de empezar..." pensó bajando los brazos y botando el mango. Finalmente, Ephraim tomó la espada con ambas manos y atravesó a Felgrand por el estómago. "Quiebre Ignición" murmuró Ephraim. La espada comenzó a vibrar y a calentarse, hasta quedar al rojo vivo. "Esto no puede estar pasando..." pensó Felgrand.

Luego de un destello, hubo una enorme explosión.


-    ¡Clérigos, recuperen al príncipe! -gritó Faoh mientras el ejército opresos huía- el resto, vuelvan a casa...

lunes, 26 de octubre de 2015

La niña que no tuve - Rodrigo Rey Rosa

A los ocho años, había sido condenada a muerte. Una extraña enfermedad, cuyo nombre no quiero repetir, la disolvería en menos de ciento veinte días, según varios doctores. El médico que me dio las malas nuevas lo hizo cuan humanamente pudo, pero eso no bastó. Tuvo que ser cruel, con la crueldad particular que se desarrolla en esa profesión. Le pedí que describiera las etapas de la enfermedad, y él precisó punto por punto – “con un margen de dos o tres semanas” – la descomposición de mi niña. Como, terminada la descripción, él añadió: “Me temo que no hay nada más que nosotros podamos hacer”, le dije que si lo que aseguraba no era cierto, yo lo maldecía.

Llegué a casa con pensamientos fúnebres mezclados con accesos de esperanza: pero la niña estaba tendida en su camita, pálida y temblorosa, pues era la hora de los ataques.

La niñera salió del cuarto en silencio, y yo me arrodillé al lado de la niña.

- ¿Cómo te sientes? – le pregunté, y le besé la frente.
- Mal – dijo, y agregó -: Voy a morirme, ¿verdad?

Por un descuido mío, una semana antes ella había leído una carta del doctor, acerca de la posibilidad de su muerte.

- No creo – le dije -. De niño yo también estuve muy enfermo varias veces y sobreviví.
- Yo también quiero sobrevivir – dijo con una seriedad conmovedora -. Pero papi, si voy a morirme, si los doctores piensan que me voy a morir, dímelo, no me engañes.

Me miraba fija, intensamente, y no pude mentir.

- Según el doctor que ha estado viéndote, podrías morirte dentro de cuatro meses. Pero yo no le creo.
- ¿Cuatro meses? –se puso a contar, primero mentalmente y luego, para asegurarse, con los dedos-. Eso sería en febrero.

Asentí con la cabeza. Tomé su mano, sudorosa, y la apreté. Y ella se quedó dormida, o, con su delicadeza, fingió que se dormía.

Al día siguiente me levanté temprano, le hice el desayuno y le preparé el baño. Por la mañana, parecía una niña sana, y por un momento olvidé que había sido condenada. Salí de compras. Era una esplendorosa mañana de noviembre, de modo que al volver a casa, le propuse que saliéramos a pasear después de comer.

- ¿A dónde quieres ir? – me preguntó.
- A donde tú quieras.
Dijo inmediatamente:
- A un lugar al que nunca hayamos ido.

Eran tantos los lugares a los que habíamos ido, pensé. Había sido un error que yo la concibiera, yo, que siempre tuve miedo a la descendencia. Pero no me opuse a los deseos de su madre con suficiente determinación, y la niña nació.

Su madre me abandonó hace tres años, y aquí estamos.

Cuando salíamos, al cruzar la doble puerta del vestíbulo, un hombre alto y pálido que aguardaba la ocasión, se introdujo furtivamente en el corredor.

- Un drogadicto – dijo ella, y el hombre pudo oírla.
- Tal vez – dije.
En la calle, me recriminó.
- Claro que era un drogadicto. Por qué dices tal vez.
- Tal vez te oyó.
- Y qué, es la verdad.
- A la gente no le gusta oír lo que uno piensa de ella.
Me miró, entre decepcionada y comprensiva, y dijo:
- Supongo que no.

En la esquina del Bowery y la octava, me tiró de la mano.

- ¿Por qué no vamos a Times Square?

Tomamos el subterráneo en Astor Place, con su telón de fondo kitsch. Abajo, en el andén, una bandada de poetas daba un tono intelectual y hasta elegante a ese agujero del grand gruyére. La cosa sería evacuar la ciudad, demolerla por completo de una sola vez, darle la espalda al sitio y reintegrarse a la realidad.

Subimos al tren, ingresamos en el túnel. El carro dio un bandazo, y los pasajeros que estaban de pie fueron lanzados unos contra otros, pero los cuerpos con caras grises se mantuvieron de pie, con un movimiento pendular, como si colgaran de sus ganchos en un matadero prolongado. Cadáveres de todas las edades.

El cemento era tan duro en la Calle 42 y el aire helado hería de la misma manera que diez años atrás, cuando caminé por primera vez en esta ciudad, pero el lugar había cambiado.

En la antesala de la muerte, hubiera sido de esperar que cada quien buscara el placer del prójimo como el suyo propio, pero suele ocurrir lo contrario. Así, en lugar de un jardín de delicias de fin de siglo, la ciudad era una morgue suprema.

Dimos una vuelta por Times Square. Y así, entre aquel torbellino de gente muerta y en ejército de criaturas de Walt Disney, perdimos una de las ciento veinte tardes que le quedaban a mi niña.

Volvimos a casa decaídos al atardecer. Llegué al séptimo piso como siempre, sin aliento. Las luces de un pequeño rascacielos entraban, en lugar de la luz de las primeras estrellas, por un ventanastro en el otro extremo de nuestro apartamento. Me acerqué a la ventana. Era como arena erizada al lomo de un imán, aquel paisaje.

Preparamos juntos la comida y cuando nos sentamos a comer ella dijo:

- Perdimos el tiempo esta tarde. Debí quedarme leyendo o estudiando. No tengo tiempo que perder.
- Pero linda, hacía un día hermoso.
- Sí, lo sé. Sé que tratas de hacerme feliz porque tengo poco tiempo. Pero no trates demasiado, ¿está bien?

Me quedé callado un momento, mientras ella miraba por la ventana el pequeño rascacielos.

- Claro, preciosa –dije después-. Perdona, pero nadie es perfecto. – Me encogí de hombros, y creo que, si hubiera tenido rabo, lo habría escondido entre las piernas.

Ella cerró los ojos, y luego me miró de una manera extraña. Me atemorizó.

- Papi – me dijo -, antes de morirme, quiero saber lo que es el sexo.

Levanté las cejas y tragué saliva y se me cortó la respiración. Habría oído algo en la escuela, pensé, era lo natural. Me pregunté fugazmente si no habría fantasmas pornográficos flotando todavía por la Calle 42. Recordé al ratón Mickey, a Pluto, a Carabela.

- Sí, mi niña – dije con una sonrisa confundida-, un día de estos te lo explicaré.
- ¿Me lo prometes?
Asentí con la cabeza.
- No – insistió-, quiero que lo digas.

Dije que se lo explicaría. Miré el reloj que estaba sobre el televisor.

- ¿Cuándo?- preguntó.
- Ya son las siete, cómo corre el tiempo- le dije-. Desde luego, hoy no.
Hizo una mueca.
- Sí- dijo, ya lo sé, comienzo a sentir los temblores.

La acompañé a su cuarto, le puse el pijama y la acosté. Le di a tomar sus medicinas: tantas gotas de esto, tantas de aquello, tantas de lo otro.

- La luz- dijo.

Apagué la luz, y nos quedamos juntos en la penumbra esperando los ataques.

miércoles, 21 de octubre de 2015

So You Want To Be A Writer - Charles Bukowski

if it doesn't come bursting out of you
in spite of everything,
don't do it.
unless it comes unasked out of your
heart and your mind and your mouth
and your gut,
don't do it.
if you have to sit for hours
staring at your computer screen
or hunched over your
typewriter
searching for words,
don't do it.
if you're doing it for money or
fame,
don't do it.
if you're doing it because you want
women in your bed,
don't do it.
if you have to sit there and
rewrite it again and again,
don't do it.
if it's hard work just thinking about doing it,
don't do it.
if you're trying to write like somebody
else,
forget about it.
if you have to wait for it to roar out of
you,
then wait patiently.
if it never does roar out of you,
do something else.

if you first have to read it to your wife
or your girlfriend or your boyfriend
or your parents or to anybody at all,
you're not ready.

don't be like so many writers,
don't be like so many thousands of
people who call themselves writers,
don't be dull and boring and
pretentious, don't be consumed with self-
love.
the libraries of the world have
yawned themselves to
sleep
over your kind.
don't add to that.
don't do it.
unless it comes out of
your soul like a rocket,
unless being still would
drive you to madness or
suicide or murder,
don't do it.
unless the sun inside you is
burning your gut,
don't do it.

when it is truly time,
and if you have been chosen,
it will do it by
itself and it will keep on doing it
until you die or it dies in you.

there is no other way.

and there never was.

viernes, 16 de octubre de 2015

El asesino de la paz

No siempre fui un loco psicópata. Hubo una vez un tiempo en que fui una buena persona, que solo quería vivir en una sociedad normal. Pero en mi tiempo la policía se encuentra corrupta a más no poder. El narcotráfico se ha infiltrado en varias agencias policiales, por lo que la justicia no abunda, y en gran parte fue culpa mía, por no querer ver un enemigo donde realmente lo había. Hubo un momento en donde podría haberlos eliminados, a varios de ellos por lo menos, ya que los conocía de manera cercana. Tíos, primos y sus hijos, especialmente sus hijos.

Mi tío, Hernán Erving era un demente; siempre vio el mundo como le daba la gana y no tenía ningún escrúpulo al momento de pasar a llevar a otros. Cuando comenzó a lucrar con el negocio de la droga, la facilidad de este lo cautivo y pronto se volvió un multimillonario narcotraficante. Sus hijos, es decir mis primos, tuvimos una gran infancia juntos, fuimos mejores amigos y por ello siempre me rehusé a creer que ellos seguirían el camino de su padre, y lo creí hasta el día en que mataron a mi hermano junto a toda su familia. Los hijos de mis primos no fueron un caso aparte, ya que ellos lograron llevar el negocio familiar a otro nivel. La red mafiosa que venía cultivándose hace varios años, ellos la expandieron a su máximo, convirtiendo a toda la policía nacional en un títere a su disposición. Tampoco se podía confiar en los jueces ni en la milicia. El mundo estaba bajo el dominio Erving. Cargué con el peso de culpabilidad toda mi vida hasta que un día encontré un agujero del tiempo en mi sótano. Este apareció después de una lluvia de meteoritos. Si bien la mayoría se desintegró en la atmósfera, un pequeño trozo de piedra logró caer en mi patio y atravesarlo hasta el sótano.

La curiosidad me llevó a entrar en aquel portal, y sin demora aparecí en un terreno vacío de 30 años atrás. En ese momento no hice nada y me volví por el portal por donde vine. En el instante en que regresé a mi sótano, sabía lo que debía hacer; debía asesinar a mi tío y a mis primos. Volví un par de veces más y estudié cada detalle de la vida de mis parientes, sus horarios, sus comidas, sus amigos, etc. Finalmente llegó el día en que perpetré mi primer crimen y este fue contra mi tío. Había pensado que se me haría dificultoso, pero debo admitir que al final lo disfruté. Cuando intenté volver a mi tiempo, me encontré con la horrible sorpresa que ya no podía volver. Aparentemente el cambio que tengo que haber generado debe haber destruido mi tiempo. Pero eso no me desalentó. Mi incorporé a la sociedad rápidamente y continué con el plan. Asesiné a mis 3 primos a sangría fría, lo cual trajo la atención de la versión joven de mi mismo. Mi yo joven comenzó a investigar por su cuenta los asesinatos de sus queridos primos, y en más de una ocasión “fui” un estorbo para mí mismo, pero de alguna manera u otra, le daba más diversión a esto, que para mí ya se había convertido en un juego. Mis últimos asesinatos fueron contra otras personas que en un futuro serán socios de mis primos y mis sobrinos lejanos, y ya habiendo terminado mis actos criminales, era justo hacerle saber a “mi mismo” el porqué de estos asesinatos, así que decidí que había llegado el momento en que nos conociéramos, a pesar de no estar seguro de que si me veía yo iba a desaparecer o se iba a producir una paradoja del tiempo; ya saben, problemas del tiempo.

Así que me hice un par de juegos para poder finalmente llegar al estadio, donde tocaría la antigua banda Queen.

-Bosco- Le dije cuando lo encontré.

El (osea yo) se dio vuelta y quedó sumamente sorprendido.

-Pero si eres….eres….yo.


-¿Ahora entiendes porque es una autodestrucción?- Le pregunté. La situación me hacía mucha gracia la verdad y mi mente retorcida había calado muy hondo en mi como para comportarme como una persona normal.

jueves, 15 de octubre de 2015

El Regreso

 Algunos años después se volvió a encontrar sobre cubierta, luchando por encender un cigarrillo que el viento se obstinaba en apagar. Derrotado por el mistral, lo guardó en su cigarrera y se limitó a contemplar la bastedad infinita del mar que cruzaba. Esta vez, regresaba a su país natal. Volvía aquella tierra que levantaba polvo a cada paso. Un lugar detenido en el tiempo, donde la gente se seguía levantando antes que el gallo cantara avisando que el sol comenzaba a salir. El país que le había formado su obstinación, la misma, que lo había llevado a cruzar el mar la primera vez.

Nacido y criado en las faldas de la cordillera, siempre tuvo la sensación de no pertenecer a aquel lugar. La soledad, las historias de un abuelo colono y los libros extranjeros, terminaron por convencerlo de buscar una nueva vida. Escapar antes que su espíritu se brutalizara, y lo convirtiera en otro campesino de ojos tristes. Así cuando su padre murió, vendió todo lo que pudo y arrancó. Abandonando a su madre con promesas de cartas que nunca enviaría.

Todavía recordaba el día cuando llegó a la ciudad de las luces. Deslumbrado ante el lujo y la voluptuosidad, la urbe lo recibió en todo su esplendor. Demostrándole que todo lo que había soñado alguna vez era posible ahí. Durante esos años la quiso y la conoció, más de lo que ella lo conoció a él. Dominó su idioma, se empapó de su cultura y emuló su espíritu bohemio. Conoció personalidades inimaginables, humanistas cosmopolitas, artistas y filólogos. Sin embargo, y a pesar de todo el amor que él le profesó, ella nunca lo invitó a pasar más allá del salón. Despechado, comenzó a notar las sombras que existían en la ciudad. Sombras que no había notado antes, porque sus ojos extranjeros no se habían acostumbrado aun, al brillo de la ciudad.
Un malestar se alojó en sus entrañas, un lamento sordo que solo lograba acallar los fines de semana, con la ayuda del alcohol y los recuerdos de la tierra que había dejado atrás. Y conoció un nuevo tipo de soledad, distinta a la que se siente en las montañas, la soledad de la ciudad, estremecimiento que nace al verse uno rodeado por multitudes impersonales. Así, una noche de verano mientras caminaba por calles adoquinadas, decidió volver. Dos maletas y un traje fue todo lo que alcanzó a tomar y una semana después, regresó al puerto que lo había visto llegar. Sin mirar atrás, pero con la vista en su pasado, más allá del mar, tomó el primer barco hacia el oeste.

Mientras viajaba, volvió a percatarse que los días pasaban más lento en el mar como si el tiempo se distorsionara cada vez que el sol se perdía en el océano uniforme, incapaz de encontrar la ruta a su diario morir. Sin una noción del tiempo, pasó sus primeros meses conversando con tripulantes, en pláticas casuales y planas que siempre terminaban en pronósticos climáticos. Aburrido y con una maleta llena de libros que le era inútil por el mareo, se volcó de lleno a sus pensamientos. Buscó el hilo del destino que lo había hecho terminar ahí, y jugó con las posibilidades infinitas, y aterradoras, que le esperaban en el futuro.

Cerca del final de su viaje, el día que el viento apagó su cigarrillo, notó que las aguas se detenían y que azules, como reflejo del cielo despejado, creaban una ilusión hermosa. Fue incapaz de distinguir donde terminaba el mar y donde comenzaba el cielo. El barco se reflejó sobre su cabeza y el agua replico esta imagen hasta la eternidad. Él gozó de esta maravilla, sin molestarse en cuestionar la veracidad de lo que veía. Y supo que esa era la señal de que su viaje terminaba, porque solo en su tierra la magia se mezclaba con la realidad. Bajó a su cabina, armó su maleta, se limpió la cara y tras vestirse con ropas frescas, se recostó hasta escuchar el bullicio del puerto.
Salió precipitado, con la esperanza de reencontrarse con su tierra y rellenar su soledad con el amor por su país. Nadie lo esperaba, nadie lo hubiera reconocido. Y el único familiar que le quedaba, había muerto mucho tiempo atrás, murmurando el nombre de su hijo.

Con el peso de sus maletas en cada mano, chocó de frente con su pasado. A primera vista todo le pareció igual al día lejano de su partida, como si los años en el extranjero nunca hubieran acontecido. Pero tras una segunda mirada, pudo ver los estragos que dejaba el tiempo al correr. Notó que aquello no era un puerto, sino, una pequeña caleta de pescadores. Hedionda a orines, ruinosa y empobrecida. Las calles seguían siendo de un polvo negro y las casas, que se amontonaban a la orilla del mar, se veían incapaces de soportar una brisa marina. Las pocas personas que se veían, vestían ropas de muchos años atrás. Poco quedaba del puerto pintoresco que había atestiguado su partir. Y después de haber visto ciudades esplendorosas que se perdían en el horizonte, aquello le parecía una postal desoladora.

Recorrió las calles arrastrando sus maletas, y sintió en sus espaladas las miradas inquisidoras de los costinos. Curiosidad, extrañeza y algo de rencor, era lo que expresaban sus caras resquebrajadas. No le gustaba esa atención. Y mientras caminaba hacia la estación de trenes se detuvo ante el escaparate de una tienda y vio su reflejo. Un bigote bien cuidado, ropas de corte ingles y una cadena de oro que se perdía en el bolsillo de su chaleco. Un hombre de mundo. Pero al ver el resto del retrato, notó que lo único que desentonaba en aquella imagen era él. Un extranjero en su propia tierra.